Archivo para la categoría ‘Experiencias emotivas’
28 Sep 2009 | Por romina | Claves: bebé, dormir, mamá, sueño | # Enlace permanente
Suena a poesía barata. Lo sé. Tampoco sé escribir otra. Pero por muy cursi que suene, es literal. El sábado me desperté a las 6:30, con los primeros hilos de luz en la cara, y oyendo el canto de los pajaritos.
Bruno durmió desde las 22 hasta las 7hs, milagro que sólo se había dado dos veces. Una, a sus cinco meses, en que se desperó a las 8hs, yu otra hace cinco semanas, en que durmió unas cuantas horas seguidas también, desde las 23:30 hasta las 6hs.
Parece que cada tanto me recuerda que es posible dormir toda la noche, para que tenga un poco más de paciencia y permita que la independencia la adquiera solo. Que cuando no me llame sea porque no me necesita, y no porque se ha resignado a que o acudiré.
Sé que hay tantas posturas como personas con el tema del sueño de los bebés, pero no negocio ni admito que la receta sea dejarlo llorar. Los argumentos, por otra parte, son tan flojos que cuanto más me quieran explicar, más entenderé lo absurdo e irracional que es.
“Que si no se va a creer que siempre estás ahí cuando te llama”, “Que te está tomando el pelo”, “que tiene que entender que no estás disponible todo el tiempo”. Bueno, cada cual que haga como le plazca. Yo quiero que mi hijo piense que sí estoy ahí cuando me llama, ahora y dentro de treinta años, como está disponible mi mamá cuando la llamo yo. Necesitar de alguien no es tomarle el pelo, yo también reclamo afecto de quienes más quiero, y el resto puede hacer lo que le venga en gana.
Queda un largo camino para finalizar la exigente primera infancia. Pero esa noche me recuerda que terminará, e incluso la extrañaré. Y me convence de que no ganaré en descanso a costa de su llanto.
11 Sep 2009 | Por romina | Claves: bebé, familia, hardín, maestra, mamá | # Enlace permanente
Gracias por romper con mis prejuicios. Por mostrarme que el trabajo no tiene por qué ser impedimento para la entrega desinteresada. Tanto teórico europeo preocupado por la mercantilización de las relaciones personales, casi me hace olvidar de las personas con nombre y apellido. De carne y hueso. Que hacen por los demás más de lo que “corresponde”. Que no trabajan a reglamento. Que son capaces de comprender, respetar la diversidad, las opciones personales.
Bueno, es injusto hablar en plural. Has sido vos la que me mostró esa cara de la moneda. Que apagó los temores que implicaba separarme de mi hijo por algunas horas. Que se ganó la confianza y el amor de Bruno. Que le abrió la puerta de nuevas experiencias.
Si este año pudimos trabajar un poco más -aunque yo todavía me encuentro descentrada-, cada artículo que escribamos debería tener una nota al pie con tu nombre. Porque no basta con encontrar el momento y el lugar sin Bruno. Hacía falta sentir que él lograría disfrutar esos momentos sin mamá y papá para concentrarnos en otras cosas. La incertidumbre no habría dejado que la cabeza se pusiera en marcha -bueno, tampoco es que funcione tanto-.
Para siempre formarás parte de nuestras vidas. Este año de grandes cambios para la vida de Bruno quedará siempre entre nuestros mejores recuerdos, y tu acompañamiento en las horas de jardín es un capítulo especial de este segundo año como mamá, papá y nene -diría bebé, pero me vas a retar por eso-.
Muchas páginas se han escrito sobre la imposibilidad de autosuficiencia de la familia nuclear. Los parientes, los amigos, los vecinos, el Estado, el mercado cuando cuando los anteriores no están o fallan, sostienen la provisión de bienestar que los miembros por sí solos no pueden darse.
Cuando nace un bebé comprendés que es cierto. Que no podemos resolverlo todo solos. Que es una tarea ardua, que es mucho el tiempo y mucho el amor para que sólo dos personas basten para dárselo. Por eso agradecemos que hayas sido vos la que formó parte de esa red de sostén para el cuidado y la educación de nuestro hijo. Porque no tuvimos la posibilidad de elegirte, pero te elegiríamos mil veces.
¡Feliz día!

09 Sep 2009 | Por romina | Claves: bebé, lenguaje, palabras | # Enlace permanente
Intento una lista exahustiva de las palabras que Bruno dice al día de la fecha. Estos días incorpora palabras a tal ritmo que ya casi es imposible de seguir. La fundamental y vehículo de todas las demás: “qué”. Pregunta todo el tiempo señalado figuras, objetos, personas. Anoche tenía el cerebro tan prendido que pensé que no se iba a dormir nunca más. En una hora aprendió tres palabras nuevas: tortuga, nena y Valentina.
Bueno, ahí la lista provisoria, es probable que olvide alguna.
mamá – papá – bebé – gato – baba (wow wow wubzy) – mimí (minnie) – capitán – Eli (Eli, la elefanta amiga de Pocoyó) – abi (la abuela materna) – nene – uaua (agua) – papa – pan – tatina (Valentina, una mariposa también de Pocoyó) – tutá (supongo que los Decadentes podrán explicar qué signfica, yo no lo sé) – pe (pie) – pue (puré) – totuga (tortuga) – nanena (una nena, por error usé pronombre, y repitió todo junto) – toná (Donald) – ahí va (es parte de la Mickeydanza) – Pepe (por el sapo pepe) – qué pipi (auto) – caca -cán (tucán)
Claro, es mi hijo y me parece un genio pero… son muchas palabras para 17 meses, ¿no?
03 May 2009 | Por romina | Claves: bebé, derecho, madre, maternidad, mujer | # Enlace permanente
Hace casi un año me propuse compartir en este blog mi experiencia como madre. Los primeros meses, las noches de sueño entrecortado, la lactancia, la alimentación, el desarrollo del bebé. Si tengo que “medirlo”, la aventura no fue muy próspera, estuve muy ocupada siendo madre como para escribir lo suficiente sobre ello.
Sigo con la idea de registrar más experiencias y reflexiones que me dan vueltas por la cabeza, pero la cotidianeidad me supera cada día más. Y pasado un tiempo, los recuerdos diferirán tanto de la experiencia que no sé si valdrá la pena su escritura; tampoco si estaré interesada en ella.
Ahora, me gustaría escribir más de lo que lo hago. Ser capaz de registrar momentos, sensaciones, ansiedad, alegría y aprendizajes que se van perdiendo en la vorágine de lo cotidiano.
Trece meses intensos, de cambios radicales que hubiera querido registrar para mí, para mi hijo y para todas las madres que se sientan solas. Solas con el llanto de su hijo, solas frente a los fastidiosos consejos de los entrometidos de turno, solas frente a las órdenes de médicos insensibles, solas en su trabajoe extrañando a sus hijos.
Es mi deuda, aunque no la única. He ido acumulando muchas en estos 32 años. Tengo como cuenta pendiente escribir en serio, conjugando con mis lecturas, mi vivencias como madre. Para decirle al mundo que no es poca cosa la crianza de un niño; que no da igual recibir la leche que brota del cuerpo de mamá que recibir de cualquier extraño el polvo rehidratado comprado en la farmacia; que es posible sentir placer en reencontrarse con tu bebé en medio de la noche; que la maternidad no debe ser una obligación, pero sí un derecho; que no es un función reemplazable en el mercado; que a una sociedad que reclame el derecho de las mujeres a elegir no ser madres, le falta otro paso en defensa de nuestros derechos, poder elegir ser madres y disfrutarlo.
De no ser así, la no maternidad pasará de derecho a imposición. Cuando me imponen conservar el cuerpo de los dieciocho años, limitarse a obedecer durante el embarazo y el parto, regresar al trabajo mientras mi pequeo de cuarenta y cinco días llora con una bienintencionada desconocida que tiene seis niños más a cargo, separarlos cuanto antes “por el bien de ambos”, destetarlo porque lo dice el médico o la vecina, dejarlo llorar por la noche para “que aprenda a consolarse solo”, perder nuestro puesto al regreso del permiso por maternidad. El desaliento toma infinitas formas, y la imagen de la madre sufriente es el producto social de un mundo sin espacio para el placer, que al obligar a las mujeres a ser madres sin ser otra cosa, también las obliga a resignar la maternidad para ganarse un lugar en la sociedad, o una opción más frecuente y dolorosa, resignar a sus hijos.
Recuperar el derecho a disfrutar de la potencialidad de nuestro cuerpo, reencontrarse con una imagen de nosotras mismas que no reproduzca la que los medios nos imponen. Un cuerpo que tiene otras capacidades que no tienen valor en el mercado, que no llenan wallpapers ni afiches callejeros, pero que han servido para que hoy, ese pequeño de ya trece meses corra libre por la playa, descubriendo el mundo siempre cerca, pero cada vez más lejos de mamá.
01 Abr 2009 | Por romina | Claves: bebé, madre, maternidad, un año | # Enlace permanente
Sobre el final del día, a las 23:27, hará un año que nació mi hijo. A último momento decidieron sacármelo de la panza, de repente, y tuve que esperar un buen rato para poder abrazarlo. Será por eso que ahora no lo quiero soltar…
Hace un año creía que era una locura que durmiera conmigo parte de la noche. Ahora forma parte de mi vida. Si por esos milagros, duerme más de dos horas solo, seguro que me despierto yo.
Hace un año pensaba amamantar a mi hijo. Pero no sabría si sería posible. Hasta los tres meses por lo menos, pensé primero. Cuando empiece el trabajo empezará con leche de fórmula. Al menos hasta los seis meses, después. Y llegó un día, no recuerdo cuándo, que dejé de pensar en el final. Pienso, ahora, que no es el momento. No es un sacrificio ni una obligación. Si así lo viviera, ya no tendría sentido.
Y cuando leo que la SAP o la OMS recomiendan dos años de lactancia, en realidad no me importa demasiado. Nos hace felices por ahora. Lo necesitamos por ahora. No sé hasta cuando, sin plazos mínimos ni máximos. Porque, seamos sinceros, ¿alguien está dispuesto a hacer algo tan importante, que pesa tanto en las prácticas cotidianas, sólo porque la OMS lo dice? Si la palabra de los médicos pesara tanto nadie fumaría. Ah, y yo habría destetado hace rato.
Hace un año pensaba que a esta altura ya estaría durmiendo toda la noche. Me río de mi misma cuando lo recuerdo. Cuando recuerdo la única noche de su vida que durmió diez horas y media de un tirón, y mis pechos estaban a punto de estallar. Claro, yo no dormí más de cuatro o cinco. Me había quedado trabajando a la espera de que se despertara por primera vez. Nada. Me fui a dormir a las 2am. A las cuatro me desperté, me asomé, y seguía durmiendo. A las 6am desbordaba de leche, pero pensé, ya debe estar por despertarse. Nada. Me quedé levantada, pues no podía dormir. Y él durmió hasta las ocho.
Hace un año pensaba que podría trabajar mientras mi hijo dormía y mientras se entretenía con otras cosas. Hoy sé que concentrarse en su presencia es para mí más difícil que cualquier disciplina olímpica. Y hace un mes comenzó el jardín.
Hace un año, no había leído nada sobre historia de la maternidad, ni sobre los debates del feminismo en torno a la maternidad, etc. Mi hijo me enseño a aprender cosas que ni me imaginaba que me interesaban. Claro, también puso un velo a todas mis lecturas, del que no quiero ni puedo escapar. Sólo me resta reconocerlo.
Hace un año le pedí a mi amor que no fuera al trabajo, que hoy podría ser el día. Y fue. Hace un año, a lo largo del día las contracciones fueron aumentando en ritmo e intensidad, hasta que al caer la tarde decidimos ir a la clínica. No había dónde estacionar. Lloviznaba. Caminamos dos cuadras lentísimo. Luego comenzó una historia que ya he relatado.
Hoy también llueve. Ahora, tal vez deba terminar intempestivamente esta recapitulación. El último año, no he parado de interrumpir actividades. Tantas, que algunas no las he retomado aún. El desafío para el segundo año, es lograr una incorporación más armónica de la maternidad al resto de mi vida. Continuar todos los párrafos inconclusos, los estantes desordenados y los libros por la mitad.
Ya nos conocemos. Aunque alguna vez conté que durante mi embarazo lo había visto. Y aunque suene irracional, era él. Lo vi, con sus cachetes desbordantes, sus ojos azules y su cabello dorado. Sonriendo y pataleando suspendido en mis brazos. Era él, increíblemente tal como lo soñé. Tenía tanto miedo de recordar ese sueño. No quería hacerme una imagen de mi bebé cuando aún no había nacido. Temía no reconocerlo después. Pero hoy, nuevamente -con bastante esfuerzo- lo tomo del torso y lo levanto por los aires, y mientras sonríe pienso: es aún mejor de lo que había soñado.
16 Mar 2009 | Por romina | Claves: alimentación bebé, bebé, independencia, libertad | # Enlace permanente
Siempre cerca de alguna fecha significativa nos sorprende el paso del tiempo. Pero esta vez me sorprende de verdad. Hace un año, por estas fechas, estaba con mi enorme panza tratando de aprovechar mis últimas semanas libres. Quería con desesperación hacer todo lo que después no podría. Me asustaba el claustro doméstico y, confieso, es lo que más me pesó en mis primeras semanas de madre.
Hoy, mi hijo está cerca de cumplir un año, y es él quien no soportaría el encierro. Pronto nos adaptamos el uno al otro y pudimos salir de casa, primero cerca, luego más lejos, y hace más de una semana está con su adaptación en el jardín -ya contaré sobr eso-.
El bebé que hace un año flotaba en mi panza, ahora está del lado de afuera,durmiendo. El sueño le trae, imagino, la necesidad de reencontrarse con la seguridad de antaño. Más por estos días que andaba un poco enfermito. Durante el día, sin embargo, se convierte en un niño intrépido que no para de explorar lo que hay a su alrededor, y que con firmeza comienza a manifestar sus deseos y a hacer sus propias elecciones.
Hace casi un mes, intenté darle verduras en trozos y nunca más quiso puré “de bebés”. Más tarde, comenzó a tomar la comida con sus deditos e investigar lo que comia. Ahora, por nada del mundo tolera llevarse a la boca algo que no haya inspeccionado primero. Y claro, comienza a mostrar sus preferencias: arroz no, pollo sí. Batata no, carne sí.
La semana pasada lo encontró fanatizado con el pan, alimento de reciente incorporación. Le quise ofrecer una galletita, y cuando me vio meter la mano en la bolsa de pan se desató el escándalo. Y bueno, si quiere pan, que coma pan, ¿no? Luego de atiborrarse de pan una semana, le entusiasmó el ruido del paquete de galletitas, y entonces quiso volver a comerlas, pese a que le estaba ofreciendo pan.
Esas nimias decisiones que nosotros tomamos todos los días, son para él una novedad. Cierta pedagogía represora acusará que los padres deben imponer el menú a los hijos, y que para carta está el restaurant, cuando uno es mayor y puede pagarlo.
Claro, ellos no educan individuos libres. “¡Qué niño tan desobediente! Quiere comer una galletita “Vocación”, -dirán-, porque no le dejas el pan hasta que no dé más de hambre y ya se lo comerá.”
No quiero escuchar luego, que tenemos un pueblo muy sumiso, que no sabe elegir a sus gobernantes y que acepta todo sin cuestionarlo. Si los niños deben ser obedientes, y les enseñamos a serlo, ¿cómo haremos después para que sean otra cosa? Yo, prefiero asumir los riesgos.
11 Feb 2009 | Por romina | Claves: bebé, gatear, gateo, independencia, mamá, niño independiente | # Enlace permanente
El título de este post tiene varios contenidos posibles. En primer lugar, creo que mi hijo salió medio barrabrava. En franca oposición al sedentarismo de su madre -que ahora mismo está aquí sentada escribiendo- mi hijo no para de moverse un segundo mientras esta despierto, e incluso se mueve bastante cuando está dormido. Incluso ha llegado a gatear dormido. Cuando lo ponemos en la cuna -lugar que ya ni recuerda que puede servir para dormir- se trepa de los barrotes y comienza a gritar como un desaforado y salta sin parar.
Ya había comentado que comenzó a gatear. Bueno, cada vez lo hace mejor. Esa nueva habilidad le permitió conocer mejor la casa, y pasar de uno a otro ambiente por sus propios medios. Es increíble cómo aprendió en poco tiempo a dominar el espacio. Cuando desaparezco de su vista sabe hacia donde voy y me sigue hasta el lugar. Lo llevo a otro ambiente y vuelve a donde estaba yo.
Esto último, lo hace todo el tiempo. Por un lado insiste en aquello que le interesa sin darse por vencido ante los obstáculos. El “NO” le resulta chistoso. Si lo apartas, protesta, llora, y finalmente vuelve. Por otra, desde ya que no dejó de interesarle estar conmigo y con su padre y siempre que puede corre -bueno, gatea- tras nuestros pasos.
No negaré que el ritmo es un poco cansador. Si bien no demanda el pegoteo de los brazos tanto como antes, está expuesto a peligros -y la casa toda está expuesta al peligro de él- y por lo tanto hay que vigilarlo permanentemente. Un breve rato en la cuna puede dar mínima tregua, pero sabiendo que no dura mucho.
Sin embargo, a medida que veo su desarrollo me convenzo de que no me estoy equivocando, al menos en ésto. Haber evitado andadores y corralitos, tenerlo en brazos siempre que pude y que lo pidió, dejarlo jugar en el piso aunque se ensucie y aunque haya que vigilarlo. Todo lo que, amenazan algunos, son signos de dependencia, por la cercanía con los cuidadores que implica, va siendo evidente que son signos de independencia. No necesita de un artilugio tecnológico para movilizarse. No está encerrado. Está simplemente en casa, igual que nosotros.
Estar atado y no protestar por ello no es ser independiente. Si lo es poder ir a dónde uno quiere. Como ayer el la madrugada, que solito se levantó de su colchón y se paró al lado de la cama para buscarme. No necesitó llorar, podía ir a donde yo estaba. Como hoy a la mañana que estaba en la cuna jugando, y comenzó su cántico de hinchada cuando entré en la habitación, hasta que me acerqué y lo traje conmigo. Como hoy a la noche, cuando llegué a casa, me vió y vino gateando hasta mí. Se trepó a mis piernas y nos unimos en un abrazo increíble. Y sus balbuceos exaltados e indescifrables parecen decir “yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más”…
16 Dic 2008 | Por romina | Claves: bebé, madre, mamá, sociedad | # Enlace permanente
Todo empezó con las dos rayitas. Ahí nomás se apresuraron a anunciar “¡cuidado en el colectivo!” (viajo sola hace más de quince años), “es muy tarde para que andes sola” (no creo que acepten cambiarme el horario en el trabajo por mis siete semanas de embarazo), “no, esto no lo comas que es muy picante” (las mexicanas embarazadas, ¿Qué hacen?). Toda una serie de cuidados de menor de edad fueron in crescendo junto con la panza. A medida que las semanas pasaban, me iba convirtiendo poco a poco en una incapacitada.
Por supuesto, todos los cuidados estaban relacionados con la función social que estaba llevando a cabo con mi cuerpo. Pero eso era lo de menos, es decir, yo, era lo de menos. Una coetánea embarazada me comentó por la misma época que su obstetra le había dicho bromeando: “Vos sos el envase” ¿Cuánto había de cierto en ese pensamiento que pertenecía, parece, a unos cuantos más? Como si todas fuéramos un poco, madres subrogadas, el mundo entero se apropia de nuestra persona porque de ella depende una vida que, se supone, no nos pertenece.
Claro que esto no termina con la, ya por las 36 semanas, la prohibición de viajar en colectivo o los mensajes de texto cada cinco minutos. El nacimiento del niño, lejos de liberarnos del “cuidado” social, nos sitúa en el ojo de la tormenta, listas para ser blanco de toda clase de consejos, opiniones y sentencias a favor del niño, se supone.
“¡Ah ese chico tiene hambre! Hay que complementarle con una mamadera, algunos chicos lo necesitan. No irás a dejar que pase hambre, ¿no?” El club amigos de la lactancia y la autoestima materna tiene innumerables socios. Para colmo todos son seres queridos, en los que uno confía y a los que ama, lo cual no hace más que complicarlo todo.
Al mes y medio ya empezaron “¿Duerme toda la noche?” Enormes carcajadas eran la única respuesta posible, cuando mi hijo mamaba cada hora y media o dos, de día y de noche. Entonces, cuando una abre las puertas de su casa y de su corazón, y se decide a compartir generosamente estos asuntos de la vida privada, no recibe más que la sana competencia del resto de los bebés del pasado y del presente, que seguro ya duermen toda la noche. Seguramente ya están por conseguir trabajo y se mantienen solos. Aún peor, “es culpa tuya”, por no dejarlo llorar. Parece que a algunos –y son demasiados- pediatras, padres y otras yerbas, han sido iluminados con la maravillosa idea de que luego de haber llevado nueve meses a tu bebé dentro tuyo, de alimentarlo con tu propio cuerpo y dedicarle todas tus energías vitales, debés “educarlo” abandonándolo a su suerte en un cuarto oscuro, eso sí, con un chupete.
Ah, el chupete, capítulo aparte. Parece que es obligatorio. Es pecado mamar “demás” (demás para quién, qué saben cuánto quiere mi bebé). Más aún dormir el brazos o junto a los padres. Estos peligrosos signos de dependencia deben ser desterrados, y para eso parece que hay una fórmula mágica, el chupete. El niño que usa chupete y mamadera es más independiente que el que mama. ¿Quién se lo inventó? ¿Acaso no depende del chupete para no llorar y de la mamadera para alimentarse? La verdad es que la única que logra algo de independencia con estos recursos es la madre. Y ojo, me parece perfecto que los utilice. De hecho, mi hijo se alimenta con una mamadera con mi leche cuando yo no estoy. Lo que me fastidia es el engaño. NO HAY bebés independientes. Sin cuidados básicos, sencillamente, se mueren. Y cuanto más superen lo básico esos cuidados, mayor bienestar parecen tener.
Ni hablar de la situación crítica que viví hace algunas semanas, con mi bebé enfermo y encima sin saber muy bien lo que tenía por unos cuantos días. “No llores, que se lo transmitís al bebé” ¡Pero si él ya está llorando! Su piel ardía y se descamaba, lo pinchaban y limpiaban sus heridas arrastrándole una áspera gasa, su boca lastimada apenas podía succionar. Sus bracitos se movían y tironeaban la sonda por la que pasaban los antibióticos. Se encontraba en un lugar desconocido, frío y gris. Dormía mal y entrecortado. Yo no dormía nada. Ni podía pasar un bocado. Pero no tenía derecho a llorar. Eso sí, tenía que comer igual, porque de lo contrario él no podría alimentarse.
Ni hablar del pediatra que arremetió “Esto no es de dos días, lleva mucho tiempo y no se dieron cuenta” ¿Desde cuándo se ven las bacterias? Además, tomó mis manos sin pedir permiso y me revisó las uñas como hacían en la escuela en la década del ’30. Mis manos “sucias” eran motivo de enfermedad para mi hijo. También si pedir permiso, corrió a mi hijo de mi pecho para revisar si yo lo había contagiado, y aún más grosero, corrió mi remera y mi corpiño del otro lado para realizar la misma operación. Unos días después, con lesiones todavía en carne viva, me acusó de tomar a mi hijo con miedo. Finalmente, ya casi recuperado, tuvo la genial idea de pedirle al padre en mi ausencia –por suerte no le hizo caso- que no me dijera que al día siguiente le daban el alta, porque si pasaba algo me iba a deprimir. Escribía en una historia clínica a la vista de todo el mundo “posible alta mañana” y yo no debía saberlo. Debió avisárselo a todos los que pasaban y leían y, por supuesto, me comentaban.
Tampoco se quedó atrás la enfermera que insistía en que lo acostara en esa cama desconocida e insegura aunque se desgarrara en llanto, para abrir paso al personal de maestranza que debía limpiar el cuarto. No sabía que mis pies ocuparan tanto lugar. Capaz, si no era mucha molestia, se podía trapear primero una mitad y después la otra, y yo seguía con mi hijo en brazos. Lo único que lo consolaba y mantenía tranquilo en medio de esa situación traumática. Junto a la teta que, por supuesto, también fue objeto de crítica de la mencionada enfermera, que insistía en darle una mamadera porque no veía cuanto estaba tomando, y ella decía que “se estaba deshidratando”.
A los pocos días de llegar de la clínica, tratando de ordenar la casa después de terremoto, mi amorcito rociaba los zócalos del cuarto del bebé con veneno para insectos. Mi hijo, que no elige el momento para sus deposiciones, hizo caca y lo llevé rápidamente al cambiador. Todo el que cambió alguna vez a un bebé sabe que los movimientos descontrolados del niño hacen todo muy difícil y es casi un milagro poder limpiarlo. Pero al caballero, que por supuesto nunca cambió al niño en esas condiciones (mi hijo no elige cuándo, es de suponer, pero nunca hizo caca cuando yo no estoy), se le ocurrió decir: “metele”. Claro, tenía que apurarme (aclaro que se disculpó horas después). Además, no enojarme por la presión. Y hacer todo sola. No grites que le hacés más al bebé. ¿Qué más tengo que reprimir?
No puedo abrazarlo. No puedo darle de mamar “demasiado”. No puedo dormir con él. No puedo atenderlo cuando llora. No puedo llorar cuando estoy triste. No puedo gritar cuando estoy enojada. Y como si fuera poco, están los oportunos allegados que no dejan de preguntar, ¿y cuándo piensan tener el segundo?
25 Nov 2008 | Por romina | Claves: bebé, crecer, madre, mamá | # Enlace permanente
Supongo que debo registrar el acontecimiento. Aunque al igual que otros, si tiene una fecha precisa, se perdió por ahí. Cuando nació mi hijo me había propuesto registrar cada hito de su crecimiento en un diario, pero el tren de la cotidianeidad me pasó por encima. Los baños, la alimentación, las horas sin dormir, la ropa para lavar, la vuelta a al trabajo, etc. fueron ocupando todo el tiempo sin que pudiera registrar nada.
Además, algunas cosas ocurrieron de manera tal que no pueden inscribirse en una fecha precisa. Suceden de a poco, primero parece que no es cierto y luego se presentan más claras. ¿Cuándo sonrió por primera vez? ¿Cuándo siguió un objeto con la mirada? ¿Cuándo pudo tomar algo con sus manos? ¿Cuándo se dio vuelta boca arriba y boca abajo? ¿Cuándo se sentó solito? Los cambios no se suceden de un día al otro. Hay indicios, pistas que los anuncian hasta que un día, cuando uno se da cuenta, ya parece tarde.
Ayer dijo ma-ma. ¿Por qué digo que fue ayer? Ya lo había dicho, o dicho cosas parecidas. Comenzó a decirlo llorando, y sólo cuando lloraba lo repetía. Ayer lo dijo sin llorar. Lo repitió todo el día. Me respondió cuando se lo dije, una y otra vez. Ma-ma, ma-ma, ma-ma-ma-ma. Todavía es un sonido sin significado. Una alocución casi onomatopéyica común a todos los niños, que abre las puertas del mundo del lenguaje.
Me gustaría poder registrar el momento en que diga mamá dirigiéndose a mí, pero es una empresa difícil. Seguramente, como todos los cambios hasta ahora, se sucederá de a poco y sorprenderá si avisar. Al hablar, logrará poner en palabras sus deseos, sus sentimientos. Al menos parte de ellos. Yo, aún no encuentro las apropiadas para expresar lo que significa ser mamá.
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