Mi primera “Noche de la Madre”
Ayer, después de las visitas, los regalos y los saludos virtuales, al caer el sol, emprendí el mismo desafío de todos los días estos últimos seis meses (y veinte días). Cada pequeña innovación en el ritual de dormir es un riesgo, y después nunca se sabe si es posible atribuir al pequeño cambio las complicaciones.
Sin embargo, aún cuando sea difícil, es mucho más fácil que al comienzo. Hace seis meses pensaba que nunca más dormiríamos. Tres meses después me fui sorprendiendo cuando comenzó a estirar cada vez más sus ratos de sueño, llegando hasta ocho o nueve horas seguidas, con un total de doce. A los cuatro me sorprendió durmiendo toda una noche seguida, once horas. Cumplidos los cinco se despertaba sólo una vez. Después volvió a las dos.
Cuando comenzamos a organizar su vida, tardaba mucho en dormirse, y el ritual se repetía tres o cuatro veces en la noche, pues no dormía más de dos horas seguidas. Últimamente, cae rendido con la última mamada, y ahi nomás va a la cuna, sin mayor problema. Si se despierta, unas caricias y pronto retoma el sueño.
La noche de ayer, para seguir el tren del cambio de horario, decidimos introducir un cambio que ya habíamos probado algunas otras veces -con éxito disímil-.
Primero el baño, después cenamos nosotros y se va a dormir pasadas las diez. La idea es, además, prepararlo para cuando el tenga que cenar también, en unas pocas semanas. Lo habitual era que después del baño esté tan cansado que llore mientras lo vestimos y se calme recién cuando se da cuenta que va a dormir, en mis brazos al lado de la cuna. En ese estado no era posible intentar que comiera nada, así que eso debía cambiar.
Así que ayer vino el baño, después la cena -nuestra- unos jueguitos y a dormir. Parecía que todo venía normal. Se durmió, lo acosté en la cuna, entreabrió los ojos, canté un poco y se durmió. A los cinco minutos comenzo a llorar. Lo abracé, le canté, y otra vez a la cuna. A los diez o quince minutos igual. Lo volví a dejar en la cuna y cuando di dos pasos comenzó un llanto desgarrador. Otra vez conmigo, lo mismo, y a la cuna. Quince o veinte minutos más, me disponía a dormir yo también. Cuando estaba a punto de acostarme, otra vez el llanto. Otra vez el canto, mecerlo y acostarlo, y otra vez un llanto desconsolado. Luego de varios intentos, uno más que terminó con una reacción imediata de llanto desgarrador, ese tan fuerte que pareciera no tener suficiente aire para soltarlo, y termina quedando en silencio, como ahogado en llanto.
No sé quién dijo que es posible acostumbrarse, tomarlo con naturalidad o ignorarlo. El llanto de mi hijo cada día me duele más. El recuerdo del llanto de mi hijo también. Me duelen todas las noches que insistí en hacerlo dormir solo cantandole mientras lloraba. Muchas veces, después de esos intentos frustrados, ya no intentaba más en toda la noche acostarlo en el moisés. Me aterraba que volviera a sufrir así. Me duele hoy el llanto de ayer.
Finalmente, luego de una cantidad de intentos fallidos que no logro enumerar, y luego de ese llanto de infinito dolor, lo saqué de la cuna y no volví a intentarlo. Como hace seis meses, me dolió provocarle tanto sufrimiento. Hoy amanecí con toda clase de dolores de cabeza por haber dormido tan contorsionada con él un rato sobre mí, un rato pegado a mí. Ahora él se durmió otra vez, sobre mi hombro.
Esta noche,todo volverá a empezar. Y parece que no hay leyes que rijan su sueño y su sensación de seguridad. Al menos no es posible conocerlas. Es difícil organizar la vida en medio de la incertidumbre, y tal vez ese sea uno de los grandes desafíos de la maternidad. Tu hijo puede necesitarte en cualquier momento. A la hora de la cena, cuando tenés que terminar un trabajo o preparar una clase, cuando el sueño te ha vencido, la noche de tu aniversario…
Mientras tanto, las obligaciones se acumulan incumplidas en una agenda imaginaria, cansadas de nunca ser tachadas. Creo que me espera otra semana sin dormir. La semana pasada fue así hasta el miércoles, y después quise una pausa. Pero cometí un pecado mortal. Nunca sé cuándo podré recuperar el tiempo perdido. Anoche, no pude.
Cualquier día, a cualquier hora;o más bien, todos los días, a toda hora, mi hijo me necesita con él. ¿De ahí el trillado “todos los días es el dia de la madre”?
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Cuando Luz se despierta de noche, al día siguiente estoy fisurada y no sirvo para nada. Lo que me sirve es tomarme yo un té de tilo a la noche. Parece que cuando yo me relajo bien y descanso bien, Luz también. Exitos esta noche!!! Y paciencia, mucha paciencia!!
Cambiaste la pediatra al final?
Besos!