Dos años

Meses de ausencia en mi blog abandonado. Tal vez porque la experiencia que lo vio nacer ha cambiado tanto, tanto que ya no es la misma. Ya no soy la madre de un bebé. Hace dos años me preguntaba si, omnipresente y aboserbente, mi hijo se apropiaría de todo mi tiempo, de todo mi espacio.

La fusión va cediendo paso a un “yo” que nombra orgulloso, tiene afectos por aquí y por allá, ya no soy su alimento, nos comunicamos mediante el lenguaje -que maneja con una soltura increíble-. Camina, corre, salta, habla, trepa, ríe, actúa. Este segundo año de vida fue el de adquisición de habilidades. Muchas que nos acompañan toda la vida, y él comenzó a ensayar en estos últimos meses.

¿Quién negaría que fue un año importante? Con pasos cada vez más largos y firmes, aceptó tiempos de lejanía cada vez mayores, hasta de treinta horas impensables un años atrás. La última vez que, a hurtadillas, me fui, durmió seguro, tranquilo, sin enterarse hasta la mañana de mi ausencia.

Mientras él amplía su universo intento recuperar el mío. Sé que aunque yo no esté puede comer, puede dormir. Justamente aquello que malamente hice mientras fui imprescindible para él. Mañana cumple dos años. Ya no “tengo un bebé”. Será por eso que, sin decidirlo en ningún momento, mis teclas andan por otros lares.

¿Cuál historia?

“Los chavales de hoy en día son los que menos afecto reciben de toda la historia”, así se titula una entrevista a Carlos González, pediatra catalán que se a convertido en referente de la crianza “natural” (entrecomillado porque lo de natural no me convence) o digamos, con apego, que me parece más preciso.

Me pregunto -con muy buena leche, aclaro- a qué historia se refiere Carlos González. La crianza que presenta como “natural” -es decir, como invariante histórica- forma parte de una construcción social que constituye más bien la excepción que la regla.

¿La generación que menos afecto recibe de la historia?
Pues sí, por un motivo muy sencillo: nunca antes habían acudido niños de pocos meses a pasar 8 ó 10 horas en una guardería, un recurso que no existía hasta los años 50. Incluso hay quien cree que es una experiencia deseable, porque allí les estimulan. Como mínimo debemos aceptar una cosa: los niños de hoy pasan mucho menos tiempo con sus padres que hace unos años, que es precisamente lo que más quieren.”

Dar por sentado que en la guarderías no se recibe afecto es muy injusto con personas que en algunos casos entregan mucho de sí mismas por el bienestar de los niños que cuidan. Por otra parte, que lo mejor es estar con los padres es algo que los padres también deben responder. ¿Quién dijo que los padres siempre cuidan y que lo hacen bien? Por último y central, no es una novedad que a los niños los cuiden otras personas que no sean sus progenitores. La familia nuclear, mamá, papá y nenes cuidados por ellos (por ella), es cualquier cosa menos la invariante antropológica que se pretende presentar.

En Esparta los niños eran alejados de su madre al nacer, en las sociedades cortesanas eran entregados a nodrizas, en los países del tercer mundo las madres viajan a Estados Unidos y Europa para trabajar como niñeras de estos niños “carentes de afecto” mientras los hijos propios quedan al cuidado de otros parientes. ¿Por qué no preocuparse por el hijo de la filipina, que no ve a su madre por ocho años, antes que por el europeo que no la ve por ocho horas? LA historia y EL mundo son más extensos que nuestra imaginación.

“El milanés Pietro Verri escribió en 1777 que los hijos de las familias nobles de la época podrían haber hecho a sus padres los siguientes reproches: “No tengo que daros gracias por mi vida. Apenas había nacido cuando me arrancasteis del pecho de mi madre y me entregasteis a una nodriza mercenaria, casi como si tuvieras la sensación de que era indigno de nosotros practicar semejante deber natural. Me dejabais llorando descosoladamente, envuelto en bis pañales, que me impedía usar los músculos que debía desarrollar; me manteníais arrebujado en mis propios excrementos, tan apretado que a veces se me cortaba la circulación de la sangre y la respiración”

Cité extesamente el párrafo que retoman Kertzer y Barbagli en “Historia de la familia europea”, porque cuando le leí, con Bruno durmiendo encima mío y con unos cuatro o cinco meses, desde ya que el texto hirió mi sensibilidad. Hoy lo retomo sólo como ejemplo de una argumentación que me choca por falaz. Ya sea por ignorancia o por omisión, hay algo que falla al decir que “los niños de hoy” -existe tal cosa- son que menos afecto reciben en la historia. ¿En qué historia estamos pensando? ¿En qué niños? ¿Hay sólo una manera de recibir afecto?

Alguien podría decir, en referencia a la cita anterior, que en las familias campesinas la situación era distinta. Bueno, es cierto. Las nodrizas formaban parte de esas familias campesinas, tenían varios niños a su cuidado -más o menos los mismos que en una sala maternal- y su función quedó entrampada en el prejuicio de que su labor siempre era reprochable: “si cuida más a su niño que a su cliente, es una mala nodriza; si por el contrario, prioriza a su cliente, será una mala madre”.

Ni hablar de las nodrizas que, para ser supervisadas de cerca, eran trasladadas a las casas de sus patrones para atender exclusivamente al niño del amo, ¿nadie pregunta por el hijo biológico de la nodriza? ¿Quién lo alimento si su madre no estaba y no tenía recursos para contratar una nodriza, ya que su propia madre lo era? Decir que todos los niños eran amamantados porque “no imagina” otra forma de hacerlo hasta la generalización de las leches de fórmula, no es un ejercicio histórico sino un ejercicio de imaginación. Y como bien sabemos, la realidad supera la ficción.

No todo tiempo pasado fue mejor. Ni peor. Ni siquiera el presente es tan homogéneo como para atreverse a tamañas generalizaciones. Y ojo, que yo no pretendo argumentar en contra de esa forma de crianza que Carlos González promueve. Pero prefiero pensar que la elijo, que es una opción entre tantas que ha habido a lo largo de la historia, y no la que se ha practicado desde los orígenes de la humanidad hasta 1950, en que la participación masiva de la mujer en el mercado de trabajo y los laboratorios médicos vinieron a pudrirlo todo.

Me despertó el canto de los pájaros

Suena a poesía barata. Lo sé. Tampoco sé escribir otra. Pero por muy cursi que suene, es literal. El sábado me desperté a las 6:30, con los primeros hilos de luz en la cara, y oyendo el canto de los pajaritos.

Bruno durmió desde las 22 hasta las 7hs, milagro que sólo se había dado dos veces. Una, a sus cinco meses, en que se desperó a las 8hs, yu otra hace cinco semanas, en que durmió unas cuantas horas seguidas también, desde las 23:30 hasta las 6hs.

Parece que cada tanto me recuerda que es posible dormir toda la noche, para que tenga un poco más de paciencia y permita que la independencia la adquiera solo. Que cuando no me llame sea porque no me necesita, y no porque se ha resignado a que o acudiré.

Sé que hay tantas posturas como personas con el tema del sueño de los bebés, pero no negocio ni admito que la receta sea dejarlo llorar. Los argumentos, por otra parte, son tan flojos que cuanto más me quieran explicar, más entenderé lo absurdo e irracional que es.

“Que si no se va a creer que siempre estás ahí cuando te llama”, “Que te está tomando el pelo”, “que tiene que entender que no estás disponible todo el tiempo”. Bueno, cada cual que haga como le plazca. Yo quiero que mi hijo piense que sí estoy ahí cuando me llama, ahora y dentro de treinta años, como está disponible mi mamá cuando la llamo yo. Necesitar de alguien no es tomarle el pelo, yo también reclamo afecto de quienes más quiero, y el resto puede hacer lo que le venga en gana.

Queda un largo camino para finalizar la exigente primera infancia. Pero esa noche me recuerda que terminará, e incluso la extrañaré. Y me convence de que no ganaré en descanso a costa de su llanto.

Marisa

Gracias por romper con mis prejuicios. Por mostrarme que el trabajo no tiene por qué ser impedimento para la entrega desinteresada. Tanto teórico europeo preocupado por la mercantilización de las relaciones personales, casi me hace olvidar de las personas con nombre y apellido. De carne y hueso. Que hacen por los demás más de lo que “corresponde”. Que no trabajan a reglamento. Que son capaces de comprender, respetar la diversidad, las opciones personales.

Bueno, es injusto hablar en plural. Has sido vos la que me mostró esa cara de la moneda. Que apagó los temores que implicaba separarme de mi hijo por algunas horas. Que se ganó la confianza y el amor de Bruno. Que le abrió la puerta de nuevas experiencias.

Si este año pudimos trabajar un poco más -aunque yo todavía me encuentro descentrada-, cada artículo que escribamos debería tener una nota al pie con tu nombre. Porque no basta con encontrar el momento y el lugar sin Bruno. Hacía falta sentir que él lograría disfrutar esos momentos sin mamá y papá para concentrarnos en otras cosas. La incertidumbre no habría dejado que la cabeza se pusiera en marcha -bueno, tampoco es que funcione tanto-.

Para siempre formarás parte de nuestras vidas. Este año de grandes cambios para la vida de Bruno quedará siempre entre nuestros mejores recuerdos, y tu acompañamiento en las horas de jardín es un capítulo especial de este segundo año como mamá, papá y nene -diría bebé, pero me vas a retar por eso-.

Muchas páginas se han escrito sobre la imposibilidad de autosuficiencia de la familia nuclear. Los parientes, los amigos, los vecinos, el Estado, el mercado cuando cuando los anteriores no están o fallan, sostienen la provisión de bienestar que los miembros por sí solos no pueden darse.

Cuando nace un bebé comprendés que es cierto. Que no podemos resolverlo todo solos. Que es una tarea ardua, que es mucho el tiempo y mucho el amor para que sólo dos personas basten para dárselo. Por eso agradecemos que hayas sido vos la que formó parte de esa red de sostén para el cuidado y la educación de nuestro hijo. Porque no tuvimos la posibilidad de elegirte, pero te elegiríamos mil veces.

¡Feliz día!

Bla bla bla

Intento una lista exahustiva de las palabras que Bruno dice al día de la fecha. Estos días incorpora palabras a tal ritmo que ya casi es imposible de seguir. La fundamental y vehículo de todas las demás: “qué”. Pregunta todo el tiempo señalado figuras, objetos, personas. Anoche tenía el cerebro tan prendido que pensé que no se iba a dormir nunca más. En una hora aprendió tres palabras nuevas: tortuga, nena y Valentina.

Bueno, ahí la lista provisoria, es probable que olvide alguna.

mamá – papá – bebé – gato – baba (wow wow wubzy) – mimí (minnie) – capitán – Eli (Eli, la elefanta amiga de Pocoyó) – abi (la abuela materna) – nene – uaua (agua) – papa – pan – tatina (Valentina, una mariposa también de Pocoyó) – tutá (supongo que los Decadentes podrán explicar qué signfica, yo no lo sé) – pe (pie) – pue (puré) – totuga (tortuga) – nanena (una nena, por error usé pronombre, y repitió todo junto) – toná (Donald) – ahí va (es parte de la Mickeydanza) – Pepe (por el sapo pepe) – qué pipi (auto) – caca -cán (tucán)

Claro, es mi hijo y me parece un genio pero… son muchas palabras para 17 meses, ¿no?

No me ayude

No me ayude diciendo que lo estoy haciendo mal. Que mi leche no lo alimenta y una vaca hará mejor lo que yo quiero hacer por mi cuenta. Que es muy pequeño y necesita un “suplemento”. Que es muy gordito y mi leche no le alcanza.

No me ayude diciendo que es muy mayor y ya “no la necesita”, porque usted bien podrían arreglarse con polenta y prefieren asado y vino tinto.

No me ayude a descansar diciendo que debería atenderlo menos. Que no lo malacostumbre a estar en brazos ni de día ni de noche. Que mejor dejarlo llorar para que se acostumbre a estar solo, ¿cuántas horas del día y de la noche pasa usted solo?

No me ayude a dormir ni destetarlo a costa de su llanto. Que no se va a “traumar”. Que no se van a a morir. Que no les pasa nada. Que “yo hice lo mismo con mis hijos y están lo más bien” -no me consta-.

No diga que mi hijo es un malcriado, porque entonces le preguntaré con mi peor mirada “¿Qué es lo que usted dice que estoy haciendo mal?”, y se quedará pasmado. Claro, la loca seré yo. Pero no le digo que es mal marido, mal empleado o mal ciudanano -y no necesariamente porque sea muy bueno-.

Resulta que estaba mal tenerlo upa “todo el día”. “Se hace” muy dependiente. Pero ahora es un caprichoso porque prefiere caminar. No me engañe. No le importa la independencia de mi hijo. Está pensando en la alternativa más cómoda para los adultos.

Cuántos silencios ayudarían más que las palabras socarronas. Que las vidas ejemplares de bebés de antaño que son hoy adultos por lo menos vulgares, cuando no desastrosos.

Sólo un abrazo. Sólo unos minutos para darle a mi hijo lo mismo que yo quiero darle, así puedo descansar un poco. Sólo el reconocimiento de un mínimo mérito en cada gramo que sube, en cada centímetro que crece, en cada habilidad que aprende, en cada sonrisa que regala a cualquier desconocido.

Gracias a todos lo que supieron comprenderlo en este tiempo. Y un encarecido silencio a los que no han sido capaces de hacerlo todavía. No a mí. Que siempre he sido muy tozuda y llevo quince meses ganando en seguridad, aunque las dudas nunca desaperecen.

Silencio y respeto frente a cada nueva madre, que después de nueve meses se encuentra perdida, porque siempre es más difícil de lo que parecía, porque todos parecen saber más que ella. Porque terminan cediendo ante el poder de los hábitos culturales que no consideran al recién nacido un ser con derechos, una persona capaz de sufrir y de necesitar algo más que comer y dormir -solo-. Porque acarician y consienten a su perro mientras piden que dejes a tu hijo llorar solo. No merecen crédito. No merecen respeto. Déjenlos hablar solos.

Odontóloga “mala leche”

Volví. Después de meses de mucho trabajo, muchas enfermedades y poco sueño, el enojo me movilizó y aqui me encuentro para compartir nuevamente pequeños fragmentos de mi vida maternal.

Ayer fui a la odontóloga. La “muela del juicio” -será que todavía no tengo juicio, por eso no sale-, no tiene lugar para salir y luego de cinco años ha vuelto a molestarme e imflamar la encía. Habrá que extraerla, pero eso es otro asunto. Lo que aquí me convoca es la dulzura con que fui recibida por la sujeta que me atendió.
Luego de inspeccionar mi boca, me indicó antibióticos a vistas de los claros signos de infección en la maltrecha encía. Advertí oportunamente que estaba amamantando. Preguntó la edad del niño, a lo que respondí: “quince meses”. ¡Para qué! Ahí nomás soltó: “¡Ah, no!, suspendele y tomate esto”. Mi insistencia en que indicara algún antibiótico compatible con la lactancia no fue oída, y siguió escribiendo como si tal cosa.
Una vez terminada la receta insistí con el interrogante, y ante la visceral mala onda no me quedó otra que irme y arreglarmela por las mías. En la era de la información, no me iba a quedar con la palabra de la odontóloga mala leche.
La pediatra me dio el OK para tomar el medicamento sin interrumpir la lactancia, y más tarde consulté www.e-lactancia.org que indica un riesgo 0 para el medicamento en cuestión.
¿Tan difícil es aceptar que uno no puede saberlo todo? ¿Tan difícil es informarse? ¿Tan inaceptable resulta que un bebé de quince meses sea amamantado?

¿Ta intolerante se puede ser?

En nuestra sociedad “moderna”, tal actitud de discriminación frente a una práctica sexual o diversidad étnica-cultural, hubiera merecido una lluvia de denuncias ante el INADI. Sin embargo, la intolerancia está arraigada en los lugares comunes que devienen verdades y promueven el autoritarismo.
¿Con qué derecho la odontóloga “receta” el destete? ¿Con qué derecho desorbita sus ojos frente a los quince meses de mi hijo? El conocimiento da poder, y cuando se ocupa un lugar de conocimiento siendo ignorante, del poder nace el autoritarismo.

Escribir la maternidad

Hace casi un año me propuse compartir en este blog mi experiencia como madre. Los primeros meses, las noches de sueño entrecortado, la lactancia, la alimentación, el desarrollo del bebé. Si tengo que “medirlo”, la aventura no fue muy próspera, estuve muy ocupada siendo madre como para escribir lo suficiente sobre ello.

Sigo con la idea de registrar más experiencias y reflexiones que me dan vueltas por la cabeza, pero la cotidianeidad me supera cada día más. Y pasado un tiempo, los recuerdos diferirán tanto de la experiencia que no sé si valdrá la pena su escritura; tampoco si estaré interesada en ella.

Ahora, me gustaría escribir más de lo que lo hago. Ser capaz de registrar momentos, sensaciones, ansiedad, alegría y aprendizajes que se van perdiendo en la vorágine de lo cotidiano.

Trece meses intensos, de cambios radicales que hubiera querido registrar para mí, para mi hijo y para todas las madres que se sientan solas. Solas con el llanto de su hijo, solas frente a los fastidiosos consejos de los entrometidos de turno, solas frente a las órdenes de médicos insensibles, solas en su trabajoe extrañando a sus hijos.

Es mi deuda, aunque no la única. He ido acumulando muchas en estos 32 años. Tengo como cuenta pendiente escribir en serio, conjugando con mis lecturas, mi vivencias como madre. Para decirle al mundo que no es poca cosa la crianza de un niño; que no da igual recibir la leche que brota del cuerpo de mamá que recibir de cualquier extraño el polvo rehidratado comprado en la farmacia; que es posible sentir placer en reencontrarse con tu bebé en medio de la noche; que la maternidad no debe ser una obligación, pero sí un derecho; que no es un función reemplazable en el mercado; que a una sociedad que reclame el derecho de las mujeres a elegir no ser madres, le falta otro paso en defensa de nuestros derechos, poder elegir ser madres y disfrutarlo.

De no ser así, la no maternidad pasará de derecho a imposición. Cuando me imponen conservar el cuerpo de los dieciocho años, limitarse a obedecer durante el embarazo y el parto, regresar al trabajo mientras mi pequeo de cuarenta y cinco días llora con una bienintencionada desconocida que tiene seis niños más a cargo, separarlos cuanto antes “por el bien de ambos”, destetarlo porque lo dice el médico o la vecina, dejarlo llorar por la noche para “que aprenda a consolarse solo”, perder nuestro puesto al regreso del permiso por maternidad. El desaliento toma infinitas formas, y la imagen de la madre sufriente es el producto social de un mundo sin espacio para el placer, que al obligar a las mujeres a ser madres sin ser otra cosa, también las obliga a resignar la maternidad para ganarse un lugar en la sociedad, o una opción más frecuente y dolorosa, resignar a sus hijos.

Recuperar el derecho a disfrutar de la potencialidad de nuestro cuerpo, reencontrarse con una imagen de nosotras mismas que no reproduzca la que los medios nos imponen. Un cuerpo que tiene otras capacidades que no tienen valor en el mercado, que no llenan wallpapers ni afiches callejeros, pero que han servido para que hoy, ese pequeño de ya trece meses corra libre por la playa, descubriendo el mundo siempre cerca, pero cada vez más lejos de mamá.

Hace un año…

Sobre el final del día, a las 23:27, hará un año que nació mi hijo. A último momento decidieron sacármelo de la panza, de repente, y tuve que esperar un buen rato para poder abrazarlo. Será por eso que ahora no lo quiero soltar…

Hace un año creía que era una locura que durmiera conmigo parte de la noche. Ahora forma parte de mi vida. Si por esos milagros, duerme más de dos horas solo, seguro que me despierto yo.

Hace un año pensaba amamantar a mi hijo. Pero no sabría si sería posible. Hasta los tres meses por lo menos, pensé primero. Cuando empiece el trabajo empezará con leche de fórmula. Al menos hasta los seis meses, después. Y llegó un día, no recuerdo cuándo, que dejé de pensar en el final. Pienso, ahora, que no es el momento. No es un sacrificio ni una obligación. Si así lo viviera, ya no tendría sentido.

Y cuando leo que la SAP o la OMS recomiendan dos años de lactancia, en realidad no me importa demasiado. Nos hace felices por ahora. Lo necesitamos por ahora. No sé hasta cuando, sin plazos mínimos ni máximos. Porque, seamos sinceros, ¿alguien está dispuesto a hacer algo tan importante, que pesa tanto en las prácticas cotidianas, sólo porque la OMS lo dice? Si la palabra de los médicos pesara tanto nadie fumaría. Ah, y yo habría destetado hace rato.

Hace un año pensaba que a esta altura ya estaría durmiendo toda la noche. Me río de mi misma cuando lo recuerdo. Cuando recuerdo la única noche de su vida que durmió diez horas y media de un tirón, y mis pechos estaban a punto de estallar. Claro, yo no dormí más de cuatro o cinco. Me había quedado trabajando a la espera de que se despertara por primera vez. Nada. Me fui a dormir a las 2am. A las cuatro me desperté, me asomé, y seguía durmiendo. A las 6am desbordaba de leche, pero pensé, ya debe estar por despertarse. Nada. Me quedé levantada, pues no podía dormir. Y él durmió hasta las ocho.

Hace un año pensaba que podría trabajar mientras mi hijo dormía y mientras se entretenía con otras cosas. Hoy sé que concentrarse en su presencia es para mí más difícil que cualquier disciplina olímpica. Y hace un mes comenzó el jardín.

Hace un año, no había leído nada sobre historia de la maternidad, ni sobre los debates del feminismo en torno a la maternidad, etc. Mi hijo me enseño a aprender cosas que ni me imaginaba que me interesaban. Claro, también puso un velo a todas mis lecturas, del que no quiero ni puedo escapar. Sólo me resta reconocerlo.

Hace un año le pedí a mi amor que no fuera al trabajo, que hoy podría ser el día. Y fue. Hace un año, a lo largo del día las contracciones fueron aumentando en ritmo e intensidad, hasta que al caer la tarde decidimos ir a la clínica. No había dónde estacionar. Lloviznaba. Caminamos dos cuadras lentísimo. Luego comenzó una historia que ya he relatado.

Hoy también llueve. Ahora, tal vez deba terminar intempestivamente esta recapitulación. El último año, no he parado de interrumpir actividades. Tantas, que algunas no las he retomado aún. El desafío para el segundo año, es lograr una incorporación más armónica de la maternidad al resto de mi vida. Continuar todos los párrafos inconclusos, los estantes desordenados y los libros por la mitad.

Ya nos conocemos. Aunque alguna vez conté que durante mi embarazo lo había visto. Y aunque suene irracional, era él. Lo vi, con sus cachetes desbordantes, sus ojos azules y su cabello dorado. Sonriendo y pataleando suspendido en mis brazos. Era él, increíblemente tal como lo soñé. Tenía tanto miedo de recordar ese sueño. No quería hacerme una imagen de mi bebé cuando aún no había nacido. Temía no reconocerlo después. Pero hoy, nuevamente -con bastante esfuerzo- lo tomo del torso y lo levanto por los aires, y mientras sonríe pienso: es aún mejor de lo que había soñado.