de “El Amor, Las Mujeres y La muerte”
Ante todo, preciso es considerar que el hombre propende por naturaleza a la inconstancia en el amor, y la mujer a la fidelidad. El amor del hombre disminuye de una manera perceptible a partir del instante en que ha obtenido satisfacción. Parece que cualquiera otra mujer tiene más atractivo que la que posee; aspira al cambio. Por el contrario, el amor de la mujer crece a partir de ese instante. Esto es una consecuencia del objetivo de la Naturaleza, que se encamina al sostén, y por tanto al crecimiento más considerable posible
de la especie.
En efecto, el hombre con facilidad puede engendrar más de cien hijos en un año, si tiene otras tantas mujeres a su disposición; la mujer, por el contrario, aunque tuviese otros tantos varones a su disposición, no podría dar a luz más que un hijo al año, salvo los gemelos. Por eso anda el hombre siempre en busca de otras mujeres, al paso que la mujer permanece fiel a un solo hombre, porque la Naturaleza la impele, por instinto y sin reflexión, a conservar junto a ella a quien debe alimentar y proteger a la futura familia menuda.
De aquí resulta que la fidelidad en el matrimonio es artificial para el hombre y natural en la mujer, y por consiguiente (a causa de sus consecuencias y por
ser contrario a la Naturaleza), el adulterio de la mujer es mucho menos perdonable que el del hombre. Quiero llegar al fondo de las cosas y acabar de
convenceros, probándoos que por objetivo que pueda parecer el gusto por las mujeres, no es, sin embargo, más que un instinto disfrazado, es decir, el sentido de la especie, que se esfuerza en mantener el tipo de ella. Debemos investigar más de cerca y examinar más especialmente las consideraciones que nos dirigen a perseguir ese placer, aunque hagan extraña figura en una obra filosófica los detalles que vamos a indicar aquí.
Estas consideraciones se dividen
como sigue: en primer término, las que conciernen directamente al tipo de la especie, es decir, la belleza; las que atienden a las cualidades psíquicas, y por último las consideraciones puramente relativas, la necesidad de corregir unas por otras las disposiciones particulares y anormales de los dos individuos
procreadores. Examinemos por separado cada una de esas divisiones.
La primera consideración que nos dirige al simpatizar
y elegir es la de la edad. En general, la mujer que elegimos se encuentra en los años comprendidos entre el final y el comienzo del flujo menstruo; por tanto, damos decisiva preferencia al período que media entre las edades de quince y veintiocho años.
No nos atrae ninguna mujer fuera de las precedentes condiciones. Una mujer de edad, es decir, incapaz de tener hijos, no nos inspira más que un sentimiento
de aversión. La juventud sin belleza tiene siempre atractivo, pero ya no lo tiene tanto la hermosura sin juventud.
Con toda evidencia, la inconsciente intención que nos guía no es otra sino la posibilidad general de tener hijos. Por consiguiente, todo individuo pierde
en atractivo para el otro sexo según se encuentre más o menos alejado del período propio para la generación o la concepción.
La segunda consideración es la salud: las enfermedades agudas no turban nuestras inclinaciones sino de un modo transitorio; por el contrario, las
enfermedades crónicas, las caquexias, asustan o apartan, porque se transmiten a los hijos.
La tercera consideración es el esqueleto, porque es el fundamento del tipo de la especie. Después de la edad y de la enfermedad, nada nos aleja tanto como
una conformación defectuosa: ni aun el rostro más hermoso podría indemnizarnos de una espalda encorvada; por el contrario, siempre será preferido un rostro feo sobre un torso recto. Un defecto del esqueleto es lo que siempre os choca más; por ejemplo, un talle rechoncho y enano, piernas demasiado cortas o el andar cojeando, si no es como consecuencia
de un accidente exterior. Por el contrario, un cuerpo notablemente hermoso compensa muchos defectos y nos hechiza. La extremada importancia
que damos todos a los pies pequeños tiene también relación con estas consideraciones. En efecto, son un carácter esencial de la especie, pues no hay animal alguno que tenga tan pequeños como el hombre el tarso y el metatarso juntos, lo que depende de su paso en actitud vertical: es un plantígrado. Jesús Sirach dice a este propósito: «Una mujer de buenas formas y bonitos pies, es como columnas de oro sobre zócalos de plata.» No es menor la importancia
de los dientes, porque sirven para la nutrición y son
especialmente hereditarios.
La cuarta consideración es cierta plenitud de carnes, es decir, el predominio de la facultad vegetativa, de la plasticidad, porque ésta promete al feto un
alimento rico; por eso una mujer alta y flaca es repulsiva de un modo sorprendente. Los pechos bien redondos y de buena forma ejercen una notable fascinación sobre los hombres, porque hallándose en relación directa con las funciones genésicas en la mujer, prometen rico alimento al recién nacido. Por
el contrario, mujeres gordas con exceso excitan repugnancia en nosotros, porque ese estado morboso es un signo de atrofia del útero, y por consiguiente
una señal de esterilidad. No es la inteligencia quien sabe esto, es el instinto.
La belleza de la cara no se toma en consideración sino en el último lugar. También aquí lo que ante todo choca más es la parte ósea: más que nada
se busca una nariz bien hecha, al paso que una nariz corta, arremangada, lo desluce todo. Una ligera inclinación de la nariz hacia arriba o hacia abajo ha
decidido de la suerte de infinidad de mujeres jóvenes, y con razón, porque se trata de mantener el tipo de la especie. La pequeñez de la boca, formada por
unos huesos maxilares pequeños, es esenciadísima como carácter específico del rostro humano, en oposición al hocico de los demás animales. La barba
escurrida, o más bien dicho, amputada, es particularmente repulsiva, porque un rasgo característico de nuestra especie es la barbilla prominente, mentum
prominentum. En último término, se consideran los ojos y la frente hermosos, los cuales se relacionan con las cualidades psíquicas, sobre todo con las cualidades intelectuales, que forman parte de la herencia, por la madre.
Naturalmente, no podemos enumerar con tanta exactitud las consideraciones inconscientes a las cuales se adhiere la inclinación de la mujer.
He aquí lo que, de una manera general, puede afirmarse. Las mujeres prefieren en el hombre a cualquiera otra edad la de treinta y treinta y cinco años, aun por encima de los hombres jóvenes que, sin embargo representan la flor de la belleza masculina. La causa de eso es que se guían, no por el gusto, sino por el instinto, que reconoce en esos años el apogeo de la potencia genérica. En general, hacen muy poco caso de la hermosura, sobre todo de la del
rostro, cómo si ellas solas se encargasen de transmitirla al hijo. La fuerza y la valentía del hombre son, sobre todo, las que conquistan su corazón, porque
estas cualidades prometen una generación de robustos hijos y parecen asegurarles para lo venidero un protector animoso. Todo defecto corporal del
hombre, toda desviación del tipo, puede suprimirlos la mujer para el hijo en la generación si las partes correspondientes en la constitución de ella a las defectuosas en el hombre son intachables o aun están exageradas en sentido inverso. Sólo hay que exceptuar las cualidades del hombre peculiares de su sexo
y que, por consiguiente, la madre no puede dar al hijo: por ejemplo, la estructura masculina del esqueleto, de anchos hombros, caderas estrechas, piernas rectas, fuerza muscular, valentía, barbas, etc. De aquí procede que a menudo amen las mujeres a hombres feísimos, pero nunca a hombres afeminados, porque no pueden ellas neutralizar semejante defecto.
El segundo orden de consideraciones que importan en el amor concierne a las cualidades psíquicas.
Encontraremos aquí que las cualidades del corazón o del carácter en el hombre son las que atraen a la mujer, porque el hijo recibe estas cualidades de su padre. Ante todo, sirven para ganar a la mujer una voluntad firme, la decisión y el arrojo y acaso la rectitud y la bondad de corazón. Por el contrario, las cualidades intelectuales no ejercen sobre ella ninguna acción directa e instintiva, precisamente porque el padre no las transmite a sus hijos.
La necedad no perjudica para con las mujeres. Con frecuencia causa un efecto desfavorable por su desproporción un talento superior o el genio mismo.
Así se ve a menudo a un hombre feo, necio y grosero suplantar cerca de las mujeres a un hombre bien formado, ingenioso y amable. Hasta se ven matrimonios por amor entre seres lo más desemejantes posible desde el punto de vista del espíritu; por ejemplo, el hombre brutal, robusto y romo de entendimiento: ella dulce, impresionable, aguda en el pensar, instruida, llena de buen gusto, etc.; o bien el hombre muy sabio, un genio, y ella una gansa.
La razón de esto es que las consideraciones predominantes en el amor no tienen nada de intelectual, y se refieren al instinto…
….Para la neutralización de dos individualidades una por otra, es preciso que el determinado grado de sexualidad en cierto hombre corresponda exactamente
al grado de sexualidad en cierta mujer, a fin de que esas dos disposiciones parciales se compensen la una a la otra con exactitud.
Así es que el hombre más viril buscará a la mujer más femenina, y viceversa. Los amantes miden por instinto esta parte proporcional necesaria a cada uno
de ellos, y ese cálculo inconsciente se encuentra con las demás consideraciones en el fondo de toda gran pasión. Por eso, cuando los enamorados hablan con
tono patético de la armonía de sus almas, casi siempre debe sobrentenderse la armonía de las cualidades físicas propias de cada sexo, y de tal naturaleza que
puedan engendrar un ser perfecto, armonía que importa mucho más que el concierto de sus almas, el cual, después de la ceremonia, suele convertirse en
chillona discordancia. Únense a esto las consideraciones relativas más lejanas, que se fundan en el hecho de que cada cual se esfuerza por neutralizar, por
medio de la otra persona, sus debilidades, sus imperfecciones y todos los extravíos del tipo normal, por temor a que se perpetúen en el hijo futuro, o de que se exageren y lleguen a ser deformidades.
Cuanto más débil es un hombre desde el punto de vista de la fuerza muscular, más buscará mujeres fuertes, y la mujer obrará lo mismo. Pero como es
una ley de la Naturaleza que la mujer tenga una fuerza muscular menor, también está en la Naturaleza el que las mujeres prefieran a los hombres robustos. La estatura es también una consideración importante.
Los hombres bajitos tienen decidida inclinación a las mujeres grandes, y recíprocamente… La aversión de las mujeres grandes por los hombres grandes está en el fondo de las miras de la Naturaleza, a fin de evitar una raza gigantesca, cuando la fuerza transmitida por la madre sería demasiado débil para asegurar larga duración a esta raza excepcional.
Si una mocetona elige por marido a un mocetón, entre otros móviles por hacer mejor figura en sociedad, sus descendientes expiarán esta locura… Hasta en las diversas partes del cuerpo busca cada cual un correctivo a sus defectos, a sus desviaciones, con tanto mayor cuidado cuanto más importante sea la parte. Por ejemplo: las personas de nariz chata contemplan con inexplicable placer una nariz aguileña, un perfil de loro, y así por el estilo. Los hombres de
formas escuálidas, de largo esqueleto, admiran a una personilla que cabe bajo una taza y corta con exceso. Lo mismo sucede con el temperamento: cada cual prefiere el opuesto al suyo, y su preferencia es proporcional siempre a la energía de su propio temperamento.
Fragmentos de El Amor, Las Mujeres y la Muerte, A. Schopenahauer(1788-1860)
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