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Formalmente, hasta luego.

A los que se encuentren leyendo esto  les quiero indicar que, impulsada por lo que queda de mi naturaleza formal, le doy a este espacio el cierre que le corresponde. Sobre todo por el respeto que me merecen quienes han entrado, leído y comentado en alguna oportunidad.

Hace rato no estoy a gusto con esta casa, de modo que me retiro definitivamente. Como es de mi agrado tener un espacio libre para publicar algo cuando lo desee, de hacerlo,  lo haré  en:

http://nimundusniquimeras.blogspot.com/

Lugar   al que queda por supuesto invitado quien por esos desvíos de la rutina virtual haya llegado hasta este punto.

Gracias a los que intercambiaron conmigo inquietudes de todos los talantes en este espacio.

Un beso.

“Limpiaculos”

Capítulo XIII
“De cómo Grandgousier conoció el prodigioso ingenio de Gargantúa por haber inventado éste un limpiaculos”

Hacia finales del quinto año, Grandgousier, de vuelta de la derrota de los canarienses, visitó a su hijo Gargantúa. Allí se alegró tanto como correspondía a un padre que tenía tal hijo, y, abrazándole y besándole, le interrogó de diversas maneras sobre cosas pueriles. Bebió mucho con él y sus ayas, a las cuales preguntaba con interés, entre otras cosas, si le habían llevado siempre limpio. A lo que Gargantúa respondió que él había tomado tales disposiciones, que no existía en el país muchacho más limpio que él.
–¿Cómo ha sido eso?
–He inventado –respondió Gargantúa–, tras larga y curiosa experiencia, un medio de limpiarme el culo, el más regio, más señorial, más excelente, más convincente que jamás se haya visto.
–¿Cuál?– quiso saber Grandgousier.
–Os lo voy a contar ahora –repuso Gargantúa–. Me limpié una vez con un paño de terciopelo de una doncella noble con el que se tapaba la nariz y la parte inferior de la cara y me agradó, porque la suavidad de la seda me daba mucho gusto en el ano. Otra vez lo hice con una caperuza y me sucedió lo mismo. Otra, con una pechera. Otra, con unas orejeras de raso carmesí; pero la dureza de un montón de pelotillas de mierda que allí había me desolló todo el trasero. ¡Que el fuego de San Antonio queme la morcilla cular del orfebre que las hizo y de la doncella que las llevaba! Se me pasó ese mal limpiándome con un gorro de paje adornado con plumas a la manera suiza.
“Después, al cagar detrás de un zarzal, encontré un gato nacido en el mes de marzo, y me limpié con él; pero sus uñas me ulceraron todo el perineo. De esto me curé al día siguiente limpiándome con los guantes de mi madre, que olían a sexo de mujer.
“Después me limpié con salvia, hinojo, aneto, mejorana, rosas, hoja de curga, col, acelga, parra, malvavisco, verdasco (que es la escarlata del culo), gordolobo, lechuga y espinaca –todo lo cual me produjo mucho efecto–, mercurial, persicaria, ortiga, consuelda; pero tuve disentería, de la que me curé limpiándome con mi bragueta.
“Después me limpié con las sábanas, la manta, las cortinas, un cojín, una alfombra, un mantel, una servilleta, un pañuelo para los mocos y un peinador, y todo eso me daba tanto gusto como el que sienten los roñosos cuando les quitan la roña.–
– Pero, en fin, ¿qué es lo que te parece mejor para limpiarse el trasero?– preguntó Grandgousier:
– A eso iba –respondió Gargantúa–. Pronto sabréis el tu autem. Me limpié con heno, paja, estopa, borra, lana, papel. Pero:

Los cojones siempre ensucia
Quien su culo con papel limpia.
(…)
……………………………………………………………………………………………….

–Volvamos a hablar de lo que hablábamos antes.
–¿De qué? –preguntó Gargantúa–. ¿De cagar?
– No, de limpiarse el culo.
–¿Me pagaréis un tonel de vino bretón si os dejo sin saber qué responder?
– Sí, te lo prometo.
– No hay necesidad de limpiarse el culo, sino cuando hay porquería. No puede haber porquería si no se ha cagado. Así, pues, hay que cagar antes de limpiarse el culo.
–¡Oh! –exclamó Grandgousier–. ¡Qué buen juicio tienes, muchachito! Uno de esto días haré que te gradúen de doctor en La Sorbona, porque, ¡pardiez!, tienes más razón que edad. Sigue hablando, te lo ruego, sobre los medios de limpiarse el trasero, y, ¡por mis barbas!, te daré no un tonel, sino veinte, de ese buen vino bretón, el cual no se produce en Bretaña, sino en ese gran país de Vernon.
–Me limpié después con un bonete, una almohada, un pantuflo, un saco, una cesta… ¡qué desagradable para el culo…! y después con un sombrero. Y reparad que hay sombreros pelados, de pelo, terciopelo, tafetán y raso. El mejor de todos es el de pelo, porque hace muy buena abstersión de la materia fecal.
“Después me limpié con una gallina, un gallo, un pollo, una piel de vaca, de liebre, de paloma, un cormorán, un capuchón, una toca, un señuelo en figura de pájaro.
Pero, en conclusión digo y mantengo que, para limpiarse el trasero, nada hay como un ansarón con plumón suave, con tal de que uno lo tenga con la cabeza entre las piernas. Y creedme por mi honor, pues se siente en el ano un deleite mirífico, tanto por la suavidad de ese plumón como por el calor templado del ansarón, el cual se comunica fácilmente a la morcilla cular y otros intestinos hasta llegar a las regiones del corazón y del cerebro.
Y no creáis que la bienaventuranza de los héroes y semidioses que viven en los Campos Elíseos esté en su asfódelo, en la ambrosía o néctar, como dicen las viejas de por aquí. Paréceme a mí que está en que se limpian el trasero con un ansarón, y ésta es la opinión de maese Juan de Escocia[2].

F. Rabelais, Gargantúa, Madrid, Alianza, 1992. (Publicado originalmente en 1535.)

“Esto es un hit, mi amor”

Los modelos de los medios

Me preocupa y no es joda. Este hombre (Ricardo Fort) se ha convertido en una mercancía, y cada vez que prendo el televisor de diez veces, ocho aparece este personaje.
Este país, tiene graves problemas estructurales económicos, sociales y culturales que alguien se debería encargar de mencionar cuando se habla el tema “inseguridad”.
En todo el mundo, asistimos a un terrible problema ambiental justamente producido por el desenfreno del capitalismo salvaje.
Habiendo intelectuales, científicos, artistas, y profesionales de la puta madre cuyas voces no aparecen en ningún lado. La respuesta no puede ser sólo la lógica del medio, que ya todos los conocemos. La pregunta es ¿Por qué vende?

ELOGIO DEL BOXEO

de Maurice Maeterlinck (1867-1949)

En medio de nuestros cuidados intelectuales, conviene ocuparnos a veces en las aptitudes de nuestro cuerpo y especialmente en los ejercicios que más aumentan su fuerza, su agilidad y sus cualidades de hermoso animal sano, temible y dispuesto a hacer frente a todas las exigencias de la vida.
A este propósito, recuerdo que hablando recientemente de la espada, en el entusiasmo de mi asunto, estuve bastante injusto respecto a la única arma específica que la naturaleza nos ha dado: el puño. Y deseo reparar aquella injusticia.
La espada y el puño se completan y pueden hacer, si así cabe expresarse, buenas migas juntos. Pero la espada no es o no debiera ser más que arma excepcional, una especie de ultima et sacra ratio. No debería recurrirse a ella sino con solemnes precauciones y un ceremonial equivalente al que rodea los procesos que puedan conducir a una condena a muerte.

Por el contrario, el puño es el arma de todos los días, el arma humana por excelencia, la única orgánicamente adaptada a la sensibilidad, a la resistencia, a la estructura tanto ofensiva como defensiva de nuestro cuerpo.
Efectivamente, si nos examinamos bien, debemos colocarnos, sin vanidad, entre los seres menos protegidos, más desnudos, más frágiles, más quebradizos y más flojos de la creación. Compáremonos, por ejemplo, con los insectos, tan formidablemente armados para el ataque y tan fantásticamente acorazados. Ved, entre otros, a la hormiga sobre la cual podéis acumular diez o veinte mil veces el peso de su cuerpo sin que al parecer sufra por ello. Ved el saltón, el menos robusto de los coleópteros, y pesad lo que puede llevar sin que se rompan los anillos de su vientre, sin que ceda el broquel de sus élitros. En cuanto a la resistencia del caracol, puede decirse que no tiene límites. Somos, pues, comparados con ellos, nosotros y la mayor parte de los mamíferos, seres no solidificados todavía gelatinosos y muy próximos al protoplasma primitivo. Nuestro esqueleto, que es como el esbozo de nuestra forma definitiva, es el único que ofrece alguna resistencia. Pero ¡cuán miserable es este esqueleto, que parece construido por un niño! Considerad nuestra espina dorsal, base de todo el sistema, cuyas vértebras mal articuladas no se sostienen sino por milagro; y nuestra caja torácica que no ofrece más que una serie de puntos en falso que apenas se atreve uno a tocar con la punta del dedo. Pues bien, contra esta floja e incoherente máquina, que parece un ensayo equivocado de la naturaleza; contra este pobre organismo del que la vida tiende a escaparse por todas partes, hemos imaginado armas capaces de aniquilarnos aunque poseyéramos la fabulosa coraza, la prodigiosa fuerza y la increíble vitalidad de los insectos más indestructibles. Hay que convenir en que hay aquí una curiosa y desconcertante aberración, una locura inicial, propia de la especie humana, que, lejos de corregirse, va creciendo de día en día. Para entrar en la lógica natural que siguen todos los demás seres vivientes, si nos es dado usar armas extraordinarias contra nuestros enemigos de un orden diferente, deberíamos entre nosotros, los hombres, no servirnos más que de medios de ataque y defensa proporcionados por nuestro propio cuerpo. En una humanidad que se conformara estrictamente al deseo evidente de la naturaleza, el puño, que es al hombre lo que el cuerno al toro y al león la garra y el diente, bastaría para todas nuestras necesidades de protección, de justicia y de venganza. So pena de crimen irremisible contra las leyes esenciales de la especie, una raza más sensata prohibiría todo ni yo modo de combate. Al cabo de algunas generaciones se llegaría a propalar así y a poner en vigor una especie de respeto pánico de la vida humana. ¡Y mí selección pronta y en el sentido exacto de las voluntades de la naturaleza resultaría de la práctica intensiva del pugilato, donde se concentrarían todas las esperanzas de la gloria militar! La selección es, después de todo, lo único realmente importante con que debemos preocuparnos; es el primero, el más vasto y el más eterno de nuestros deberes para con la especie.

Mientras tanto, el estudio del boxeo nos da excelentes lecciones de humildad y arroja sobre la decadencia de algunos de nuestros instintos más preciosos una luz bastante inquietante. Pronto notamos que, en todo lo concerniente al uso de nuestros miembros: agilidad, destreza, fuerza muscular, resistencia al dolor, hemos venido a parar al último orden de los mamíferos o de los bactracios. Desde este punto de vista, en una jerarquía bien comprendida, tendríamos derecho a un modesto lugar entre la rana y el carnero. La coz del caballo, como la cornada del toro o la dentellada del perro son mecánica y anatómicamente imperfectibles. Sería imposible mejorar, por medio de las más sabias lecciones, el uso instintivo de sus armas naturales. Pero nosotros, los más orgullosos de los primates, no sabemos dar un puñetazo. Ni siquiera sabemos cuál es exactamente el arma de nuestra especie. Antes que un profesor nos lo haya enseñado laboriosa y metódicamente, ignoramos por completo la manera de poner en obra y de concentrar en nuestro brazo la fuerza relativamente enorme que reside en nuestro hombro y en nuestro bacinete. Observad dos carreteros, dos campesinos que se pelean: nada más miserable. Después de una copiosa y dilatoria sarta de injurias y de amenazas, se agarran por el pescuezo y por los cabellos, ponen en juego pies y rodillas, al azar; se muerden, se arañan, se enredan en su rabia inmóvil, no se atreven a soltar presa, y si uno de ellos logra tener un brazo libre, da con él a ciegas, y a menudo en el vacío, pequeños golpes precipitados, exiguos, barbotados; y el combate no acabaría nunca si la navaja felona, evocada por la vergüenza del espectáculo incongruo, no surgiese de pronto, casi espontáneamente, de uno u otro bolsillo.

Contemplad por otra parte dos boxeadores: nada de palabras inútiles, nada de tanteos, nada de cólera; la calma de dos certidumbres que saben lo que hay que hacer. La actitud atlética de la guardia, una de las más hermosas del cuerpo viril, pone lógicamente en valor todos los músculos del organismo. Ninguna partícula de fuerza que desde la cabeza hasta los pies pueda extraviarse. Cada uno de ellos tiene su polo en uno u otro de los dos puños macizos recargados de energía. ¡Y qué noble sencillez en el ataque! Tres golpes, ni uno más fruto de una experiencia secular, agotan matemáticamente las mil posibilidades inútiles a que se aventuran los profanos. Tres golpes sintéticos, irresistibles, imperfectibles. Desde el momento que uno de ellos alcanza francamente al adversario, la lucha ha terminado a satisfacción completa del vencedor que triunfa tan incontestablemente que no tiene el menor deseo de abusar de su victoria, y sin peligroso daño para el vencido simplemente reducido a la impotencia y a la inconsciencia durante el tiempo necesario para que todo rencor se evapore. Momentos después, ese vencido se levantará sin avería duradera, porque la resistencia de sus huesos y de sus órganos es estricta y naturalmente proporcionada a la fuerza del arma humana que lo hirió y derribó.

Puede parecer paradójico, pero es fácil dc observar que el arte del boxeo, donde generalmente se practica y cultiva, se convierte en una garantía de paz y de mansedumbre.
Nuestra nerviosidad agresiva, nuestra susceptibilidad en acecho, la especie de perpetuo quién vive en que se agita nuestra vanidad recelosa, todo esto dimana, en el fondo, del sentimiento de nuestra impotencia y de nuestra inferioridad física, que se esfuerza en imponerse, con una máscara altiva e irritable, a los hombres a menudo grostescos, injustos y malévolos que nos rodean.
Cuanto más desarmados nos sentimos en presencia de la ofensa, más nos atormenta el deseo de manifestar a los demás y de persuadirnos a nosotros mismos de que nadie nos ofende impunemente.
El valor es tanto más susceptible, tanto más intratable, cuanto más el instinto asustado, agazapado en el fondo del cuerpo que recibirá los golpes se pregunta con angustiosa ansiedad de qué manera acabará la algarada.
¿Qué hará ese pobre instinto prudente, si la crisis toma mal giro? Con él se cuenta, a la hora del peligro. Destinados le están los cuidados del ataque y de la defensa.
Pero en la vida cotidiana se le alejó tantas veces de los negocios y del consejo supremo, que al llamamiento de su nombre sale de su retiro como un cautivo envejecido, súbitamente deslumbrado por la luz del día.
¿Qué resolución tomará? ¿Dónde habrá que dar? ¿En los ojos, en el vientre, en la nariz, en las sienes, en el cuello? ¿Y qué arma escoger? ¿El pie, los dientes, la mano, el codo o las uñas?
No sabe: vacila en su pobre morada que van a deteriorar, y mientras se atolondra y las tira de la manga, el valor, el orgullo, la vanidad, la altivez, el amor propio, todos los grandes señores magníficos, pero irresponsables, enconan la querella recalcitrante, que para en fin, después de innumerables y grotescos rodeos, en el inhábil cambio de porrazos chillones, ciegos, híbridos y llorones, lastimosos y pueriles e indefinidamente impotentes.
Por el contrario, el que conoce la fuente de justicia que posee en ambas manos cerradas no tiene nada de qué persuadirse. Una vez para siempre sabe lo que sabe saber.
La longanimidad, como una flor apacible, emana de su victoria ideal pero segura.
El más grosero insulto no puede alterar su sonrisa indulgente. Espera, pacífico, las primeras violencias, y puede decir con calma a todo el que lo ofende: “No pasaréis de ahí”.

Un solo gesto mágico, en el momento necesario, detiene al insolente. ¿A qué hacer ese gesto? Su eficacia es tan segura, tan rápida, que ni siquiera se piensa en él. Y con la misma vergüenza que causaría pegar a un niño indefenso, en el último extremo se decide al fin a levantar contra el bruto más fuerte una mano soberana que siente anticipadamente su victoria demasiado fácil.

(*) Fuente: Maurice Maeterlinck, “Elogio del boxeo”, en La inteligencia de las flores, Colección Biblioteca Personal Jorge Luis Borges, Hyspamérica Ediciones Argentina, Buenos Aires, 1985, pp. 104-110.

Fuente de la version digital: http://www.temakel.com/texolvmaeterlinck.htm

SOBRE LA HIGUERA Y SUS LEYENDAS…

Donde yo vivía cuando era chica, el verano significaba muchas cosas, pero sobre todo quietud. Quietud del tiempo que hace de los pequeños pueblos lugares sín límites, en los que todo sucede más lentamente que en cualquier parte. Durante la siestas calurosas abría la puerta trasera de mi casa y salía al patio. En la primera parte recuerdo que había mucho cesped prolijamente cortado, un limonero, un sauce, plantas que daban flores de todos colores, dos galpones grandes , un palomar, y un perro ovejero. Llegado a un punto, había que abrir una puerta de alambre para entrar a los casi cincuenta metros sobre los que se extendía “la quinta”. Montones de surcos perfectamente delineados sobre la tierra siempre húmeda, en donde crecían todo tipo de verduras.
Más allá, hacia la izquierda, la casa de un vecino, y hacia la derecha un cañaveral que en primavera estaba lleno de cientos de flores silvestres, azules y violetas, que yo robaba.
La quinta estaba dividida a la mitad por un camino angosto, al final de éste nacía un terreno descuidado, con el pasto crecido por demás y seco; una especie de cementerio donde se depositaban esos objetos sin uso, que una vez empapados de oxido y olvido, alguien se encargaba de retirar. En ese pequeño espacio hostil estaba ella, sola, erguida, y siempre inmóvil. Su vientre generoso engendraba higos por doquier todos los años. A su escasa sombra me sentaba yo, a comer sus frutos que arrancaba ya maduros y se me deshacían en las manos. Por ese tiempo me contaron que la higuera daba una flor blanca sólo una vez al año, cualquier día del año, por la noche. Y que si veías esa flor, sencillamente, era lo último que verías en este mundo. En pocas palabras, a quien la veía le llegaba la muerte…

PERO…

Después, no hace mucho tiempo atrás, me enteré que existe un mito que cuenta todo lo contrario. Viene de Chile y está ligado a la fiesta pagana de San Juan, que se celebra el 24 de junio.
“Cuenta la leyenda que la higuera florece por única vez en la víspera de San Juan, precisamente a las 12 de la noche , pero dura solo algunos instantes.
Según la creencia el que arranca esta flor se enriquece y es feliz para el resto de sus días. Para esto es necesario subirse al árbol y observar las ramas más altas , lugar donde florece la flor.
La tradición dice : que cerca de las 12 se oyen gruñidos , ruidos , mullidos y hasta gritos espantosos o se ve aparecer al diablo , serpientes y arañas .
Al que no tiene miedo no le pasara nada y lograra ver la higuera llena de flores.
Debe tomar solo una y ponérsela en el pecho y después bajar del árbol .Al día siguiente desaparecerá la flor , pero el valiente tendrá fortuna y felicidad”.

PERO HAY MÁS…

La leyenda sobre la flor de esta planta circula y adquiere nuevas significaciones. En esta página: http://www.paranormal.com.ar/forum/archive/index.php/t-3726.html Se dicen cosas sobre la higuera y su flor, de las más irracionales y coloridas. Pueden leer estos comentarios que he seleccionado. En definitiva, son todas representaciones de representaciones. En estos temas, todos tenemos un cuento diferente para contar

ady_y:
“Siempre me llegaron relatos con respeto a las higeras, supuestamente podes encontrar presencias malignas cerca de ellas.
Una vez mi abuelo me dijo que si un dia ( no recuerdo si era el 6/6 o el dia de san juan) a la medianoche te pones desnudo envuelto en una sabana debajo de un higuera y haciendo una oracion se te aparecia un demonio o el mismo diablo.
No se si algunos de ustedes sabra algo al respecto.
O porque se asocia a la higuera con las presencias malignas.
Muchas gracias
Yani”

Kovach:
“Esta historia o leyenda es muy popular en Argentina y es verdaderamente real, o el que no este convencido tiene la posibilidad de comprobarlo prestándole mucha atención a lo que se cuenta. Se comenta por la Provincia de Entre Ríos – Argentina, la aparición del \”diablo\” llamado en ese sitio o conocido por los habitantes como Lucifer. Muchas personas, hasta Brujas inclusive cuentan que todos los 24 de diciembre a las 24:00 Hrs. Las personas que desean ver o notar su aparición, se deben sentar envuelto con una sabana blanca bajo una higuera y esperar que la flor del higo florezca. Cuando esto ocurre al llegar a las 24:00 y estar floreciendo la flor del higo, los individuos que participaron en el hecho comentaron que no fue solamente una imaginación y lo volvieron a comprobar para estar mas seguro siempre estando solos sin ninguna compania y cuando intentaron otras veces! de nuevo ocurrió lo mismo, se le apareció Lucifer, pudieron visualizar un hombre con un sombrero grande y con un sobretodo largo hasta el suelo, pero por la oscuridad del lugar nunca pueden ver bien su rostro.
Esta historia sigue sucediendo debido a que nadie puede evitar que Lucifer deje de aparecer bajo la higuera.

Encontre eso en un foro de centroamerica creo.
Respecto a la Higuera del Diablo, no, no se sabe el origen del nombre, algunos dicen por el color rojo de sus hojas o la forma de ellas.”

akhya
“Me referia a nivel general…
¿Porque las higueras se relacionan con tanta mala energia?”

Kovach
“Por que no haces la prueba y te metes en una sabana en bolas??
Yo lo haria pero no tengo higueras… y no me quiero poner en bolas delante de Lucifer…
Pero que tienen de malo las higueras, digo yo??
Las higueras dan higos, no?”

pablo_languedoc
“Encontre esto en internet.Al final se cita al autor del texto.Es interesante porque en cierta forma aparecen todos los aspectos que se vienen comentando sobre este arbol tan particular
Los guaraníes siempre vieron que en la higuera habitaba una especie de alma o fantasma que periódicamente producía quejidos. Dicen que florece en Viernes Santo y que da una sola flor muy codiciada como gran payé, especie de amuleto para la suerte.
El criollo hace caso a la leyenda que sobre la higuera cargan los años, los siglos y la fuerza de la tradición. La planta que no pudo calmar el hambre del Nazareno, es objeto de muchas leyendas. A su “mala sombra nada crece; que todo aquel que se cobija bajo sus ramas se ve muy pronto, atacado de lo qué nuestra gente da en llamar el “aire” de la planta y que produce hinchazones en todo el cuerpo, así también como “mal de ojo” o conjuntivitis.
En algunas provincias se asegura que en las entrañas de la higuera tienen su morada legiones de espíritus infernales, y que es propicio refugio para los duendes. Claro está que para evitar todo eso, es necesario “curarla”. Para hacerlo, que es la única forma de expulsar de su interior los malos espíritus que la poseen, basta un pequeño cuchillo filoso, con el cual se grabará en el tronco de la misma el signo de la cruz, por el que escapará todo mal humor. “Curada la planta, de maligna que era, vuélvese igual que cualquiera otra. Su sombra tórnase acogedora, su savia se emplea en múltiples manifestaciones de medicina popular, y su corteza sirve para definir uno de los procedimientos más curiosos de este género, conocido por todos con el nombre de la “cura por el rastro de la higuera”. Se emplea este método para combatir ciertas anormalidades umbilicales propias del recién nacido, a quien por este motivo se le llama “pupulo”; es decir, de pupo u ombligo grande.
La criatura enferma. se lleva hasta una higuera curada que produzca brevas negras, por un tío o pariente de nombre Juan (20). Ya junto a la planta, el tío toma el piececillo del enfermito y colocándolo en el tronco de la higuera, del lao del sol, con un cuchillo o instrumento filoso, se lo va diseñando en la corteza. Luego se ahueca un tanto el interior del diseño, terminando con ello la operación. Se afirma que, a medida que la herida hecha a la planta se va curando, o más bien secando, el ombligo de la criatura tiende a adquirir su forma normal.
Extraído de: “El mito, la leyenda y el hombre – Usos y costumbres del folklore”, Félix Molina-Tellez, Editorial Claridad, Primera edición, Buenos Aires 1947.”

gcdi
El origen del “mito”, o “poder maligno” del arbol de la higuera está en la Biblia, en el Evangelio de San Marcos, cap.11, donde cuenta como Jesus maldice una higuera:
Marcos 11
11 Y entró Jesús en Jerusalem, y en el templo: y habiendo mirado alrededor todas las cosas, y siendo ya tarde, salióse á Bethania con los doce.
12 Y el día siguiente, como salieron de Bethania, tuvo hambre.
13 Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó, si quizá hallaría en ella algo: y como vino á ella, nada halló sino hojas; porque no era tiempo de higos.
14 Entonces Jesús respondiendo, dijo á la higuera: Nunca más coma nadie fruto de ti para siempre. Y lo oyeron sus discípulos.
19 Mas como fué tarde, Jesús salió de la ciudad.
20 Y pasando por la mañana, vieron que la higuera se había secado desde las raíces.
21 Entonces Pedro acordándose, le dice: Maestro, he aquí la higuera que maldijiste, se ha secado.
22 Y respondiendo Jesús, les dice: Tened fe en Dios”.

Ale
“Según lo que tengo entendido (y disculpen si esto ya lo dijeron), en la biblia está escrito que el árbol en donde Judas Iscariote se ahorcó luego de traicionar a Jesús era el Higuero.
¿Será esto una coincidencia?
Recuerdo haber leído, que una de las teorías sobre el vampirismo, era que el vampiro mayor (no sé el nombre que lleva, corrijanme por favor) era la reencarnación del mismísimo Judas Iscariote.”


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