El movimiento se demuestra andanado

Algunos dicen que tiene una terminal y que tiene un recorrido circular. Algunos se arriesgan a decir que tiene dos terminales. Lo cierto es que, para mi, la linea 60 compra los colectivos, los pinta, los pone en una ruta y hasta que no caen por el costadito del mundodisco no compran otro. Esto les sirve a ellos para ahorrarse sueldos y a mi me sirve de introducción para continuar mi relato anterior.

Viendo a los humanos me di cuenta de que un goblin de menos de un metro y poco mas de 35 kilos no estaba en su lugar dentro de un colectivo de la línea 60.

Una vez que freno el decimoctavo sesenta que pasó y luego de escalar los 3 peldaños hasta la meseta interior denominada “piso” tuve que lidiar con algo que jamás hubiera creído posible: sacar el boleto. Primero, sigiloso, me acerque a quien conducía esa oruga saltarina e indicando el importe a pagar tuve que alimentar al demonio del metal que, según decía mi mamá, devora goblins que piden chocolate, a los gritos, en la calle. Y, por fin, mire hacia el fondo…

Caos. Destrucción. Una compacta horda de humanos parecía bambolearse como cuando una tribu caníbal comienza a danzar antes de la guerra. No. ¡No me amedrentaron!. Aunque horrorizado di un paso al frente (o sea: hacia el fondo)

Escuchando frases como “¡Ay! Pobrecito nene. Parece que lo masticó un rottweiler.”, “¡OH POR DIOS! ESO ESTÁ PODRIDO” y “Nene, vení, acompañame que te regalo unos caramelitos” con voz gruesa y un leve aroma a vino rancio, logre llegar al fondo donde una especie de tribunal indiferente miraba para cualquier lado desde sus cinco sillones. En esta parte estoy adivinando, pero me parece que buscaban a alguien para tirar por esa puerta trasera en movimiento. Una suerte de ritual ancestral para calmar a los dioses que habitan en los pozos y que hacían que, con su furia, el colectivo saltara. Y ojalá hubieran tirado a alguien… tengo chichones por todos lados al punto de parecer un gully sucio (valga la redundancia) más que un goblin.

Los días y las noches se sucedían. Logre subsistir a base de papel térmico y bebiendo el salado liquido que se condensaba en las ventanillas. Recuerdo, en medio de esa travesía, la calma de casi tres días en las que, escuchando voces del exterior, me enteré de que el colectivo entro al taller por reparaciones.

Al amanecer del vigésimo primer día encontré el timbre y me bajé.

Estire una oreja y escuché: “¡Tachero tenía que ser essste chambón! ¡Es un boludo!” y supe que había llegado a Buenos Aires.


Genesis del Blog

Lo recuerdo, nostálgico, como si hubiese pasado ayer. Mi padre me llama al comedor, me pide que me siente y me dice: “Bueno hijo, ha llegado la hora de que hablemos de hombre a hombre!”. Yo, siempre atento, lo atajé con un:

– ¡Pa! No hace falta, ya se de mujeres. – y orgulloso agregué – ¡Tengo Internet!

– No Dewi – así me llamaba él – Lo que te tengo que decir es que sos un goblin.

La noticia no me tomo por sorpresa. Era obvio que algo pasaba. De padre no-muerto y madre ciclope me imagine que algo raro pasaba. El color de mi piel no se ajustaba a ninguno que portara mis progenitores y era mas bien parecido a Washington, el loco que tomaba mate todo el día en la esquina del pueblo.

– Sos adoptado – continuó – y como ya cumpliste 28 años ahí tenes un sándwich de milanesa de pollo, tu DNI – porque los goblins también tenemos DNI aunque arrancan en los 118 millones – y un pasaje de ida a Buenos Aires, bueno… ¡Tomatelas!

– Pero.. ¡Padre! ¿Por qué? Hay tanto que me falta aprender. Todavía no se como afeitarme

– No tenés ni barba ni bigote por una cuestión racial, grandulón.

– O, nunca me enseñaste a manejar.

– Si, te mostre como manejar un triciclo y perdí una pierna en el intento. Todos lo llamaron “descomposición cadavérica”, yo lo llamo “ser un padre cariñoso”. Además medís menos de un metro.

– Pero, padre… ¿por que ahora?

– Porque termine de garpar mi tiempo compartido en un jardín de paz en el sur y no te puedo bancar mas.

Triste y desanimado no tuve mas remedio que alzarme orgulloso de cara al nuevo mundo que me esperaba, tomar el sándwich, el peso con sesenta para el viaje, mi espada de madera y una muda de ropa de cuero.

Salí cabizbajo de lo que alguna vez supe llamar hogar, alejándome de su cálido confort. Por supuesto llovía, era de noche y pleno invierno.

Me tome el 60 en alguna parada que ya no recuerdo rumbo a la mítica ciudad de Buenos Aires donde recordaba que estaba mi tío, el Groncho, que por extraño que parezca era el orco jodón de la familia.


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