Agosto 8, 2008 | Por elyerard | # Enlace permanente
De pequeño yo tenía, como bien repite Víctor Heredia cada vez que desgrana “Aquellos Soldaditos de Plomo”, un marcado sentimiento armamentista. Mis juegos estaban orientados a ese tópico, con un uniforme casero fruto de cierto acto escolar en la plaza del pueblo, la bandera que por aquellos tiempos todavía era celeste y blanca, un sable de madera , también manufacturado en casa, y un birrete, primero de papel de diario y luego merced a la habilidad de mi vieja para la costura, de tela azul que alguna vez supo haber sido camisa. Y si hablamos de bandera argentina, sable y birrete antiguo, pocos nombres tallan al momento de definir quien es el muchachito en esta historia de pibe de los sesenta: San Martín o Belgrano. Resultaba, diría, hasta lógico, natural y coherente que en el trecho de año comprendido entre el veinticinco de mayo y mediados de agosto, los juegos infantiles de los pibes de la época estuvieran orientados a rememorar las hazañas que de dichos próceres bocinaba la escuela. Que tiempos aquellos, no? Y no sé por qué se me ocurrió traer a los empellones esos viejos recuerdos, que a pesar de los vientos de cambio y el inmenso caudal de agua corrida bajo el puente, se conservan intactos en el lado izquierdo del pecho, donde muchos alternan la escarapela bicolor con el aburrido cocodrilo verdolaga de la Chemise Lacoste.
Muchos de nosotros, cada vez que se conmemora una fecha como esta del 17 de agosto planeamos el ansiado viajecito de medio pelo, condición sine qua non que avala la existencia del fin de semana largo, un invento tan argentino como la birome, el colectivo, el dulce de leche o el corralito de Cavallo, mas cercano a éste último por lo antipático, claro.
Otros, sin embargo, recordamos de manera sobria y humilde al llamado Padre de la Patria e intentamos reflexionar respecto de su obra, de su personalidad, del mundo que le tocó vivir y establecemos de ese modo un paralelo con la realidad virtual en que se fue convirtiendo la actualidad argentina. Recordamos por ejemplo que San Martín, como muchos de los próceres, tomó muchas decisiones que no tenían retorno y que su obra permitió que los argentinos y otros países pudieran disponer de sus respectivas soberanías. Nada más ni nada menos.
Recordamos también que San Martín abrazó la carrera militar, y como militar, ganó y perdió batallas. Que fue capaz de liberar a medio continente, muy a pesar de las enfermedades permanentes que lo acuciaron a lo largo de su vida. Que dejó de lado la tranquilidad familiar y supo poner todas sus energías al servicio de las ideas en las cuales creyó fervientemente. Que San Martín no sólo fue un guerrero, como muchos detractores y revisionistas esbozan, sino también fue un estadista y cuando le tocó gobernar el Alto Perú, lo hizo tomando al hecho educativo como uno de los principales motivos de gobierno. Porque hombres como San Martín, con virtudes y defectos, con aciertos y errores, pero lleno de nobles ideales, son lo que los países siempre necesitan para poder progresar y llevar tranquilidad y felicidad a sus familias y hogares. Por ahí pasa todo este tema del paralelo trazado entre el pensamiento, la acción y la decisión de los verdaderos próceres comparados con los jerarcas que se vanaglorian de ser poco menos que los popes que dicen haber transformado la actualidad argentina, una verdadera bolsa de gatos donde se dice mucho, se promete demasiado y se histeriquea mas de la cuenta.
Educar al ciudadano fue la consigna y –por ende- mantener viva la llama de la memoria para no tropezar con los mismos males, esos que nos agobian y tienen tanto que ver con la ligereza de pensamiento, la desinformación y el olvido.
“Los pueblos que olvidan sus tradiciones, pierden la conciencia de sus destinos y aquellos que se apoyan sobre tumbas gloriosas, son los que mejor preparan el porvenir” decía Nicolás Avellaneda en oportunidad de lanzar su proclama, en 1877, para repatriar los restos de José de San Martín.
El mejor homenaje que podemos hacer por su memoria, es seguir apostando a la educación de nuestros pibes, de nuestros jóvenes, y más aún: obligar a quienes tienen las facultades para hacerlo, a seguir invirtiendo en los educandos, porque pensamos que solo ello ayudará a que el país crezca a pesar de los duros golpes propinados desde siempre por los de afuera y los de adentro. Emplazando esa misma necesidad de educar que puso en práctica quien ayudó a liberar medio continente es como se debe cuidar a nuestro pueblo y repensar el futuro de los hijos que tenemos y los que vendrán.
Porque apuntar a la educación proporciona, por defecto, la posibilidad de hacer buen uso de la memoria, algo que según dicen los entendidos en el tema, nos posiciona de una manera mas firme y segura en nuestro paso por la vida. La memoria es mucho más que un registro, está ligada a nuestra identidad personal, es nuestro mayor tesoro. La satisfacción de conservar un recuerdo forma parte del entramado de la cultura. No hay cultura sin memoria. No hay país en serio sin memoria.
Pero no basta registrar los eventos, archivar y clasificar. Es preciso ejercitar nuestra memoria cada día y ser exigentes en ello. Para que además nosotros, adultos que a veces ya entramos en esa etapa de estar mas allá del bien y del mal no sigamos preguntándonos como dice Victor: ¿qué nos pasó, cómo ha pasado? ¿Qué traidor nos ha robado la ilusión del corazón?… y esa nueva generación de compatriotas que gracias a una tarea educativa en serio y respeto por quienes hicieron grande a esta querida patria de los argentos, puedan dedicarse a jugar como antes lo hicimos nosotros, mientras casi sin proponérselo alguien desde arriba los aliente al son de Que vuelva el bruñido el bronce, que se limpien las banderas…
Y que todo sea para bien.
Agosto 6, 2008 | Por elyerard | # Enlace permanente
…A decir verdad, señor, hacia santísimos años que no pisaba un circo. Gran parte del milagro se lo debo a Pili, la mayor de mis hijas, especie
de mosca blanca en esta nueva generación
sometida a realidades virtuales exacerbadas.Y otra de las grandes culpables es Victoria, Vicky para nosotros, quien cada vez que oía las
bocinas de la camioneta repitiendo los horarios de la función pellizcaba con fuerza mi costado izquierdo recordándome la cita del sábado a la noche.
Hacia mucho que no pisaba un circo, señor, otra de las cosas simples de las que me alejo la adultez, esa adultez de lo solemne, de lo avinagrado; y debo reconocer que un par de lagrimas furtivas supieron rodar desde el
mentón hasta mi abdomen. Nostalgia quizás, o flojedad que le dicen, pero a esta altura de los acontecimientos soy consciente de que uno no puede divorciarse así nomás de los buenos recuerdos, señor, y eso es sano. Es mas: creo
que estoy comenzando a amar al circo y casi como un síntoma de ese cariño incipiente, a relacionarlo con la vida cotidiana, con el mundo, con lo que nos rodea.
Y no esta en mi ánimo hacer filosofía barata, señor, para nada, lo que pasa es que todo se parece a un circo; a un gigantesco y enorme circo que nos va reclutando y contagiando su manía de ilusionar al semejante con un cierto y descarado halo de fantasía, tal como aquellos viejos circos de parantes altos y carpas enmarcadas con alegres parches de lona colorinche que nutrían de picadero y alegría
momentánea los recónditos baldíos de mi pueblo ínfimo, en donde el mago iba sacando de a una las relucientes palomas del interior de su galera de doble fondo y tendía su capa de ilusión, que mas que eso era un lamento hecho jirones, y hacia ostentación de una enorme sonrisa dibujada. Sacaba y metía trapos de colores que eran como mis sueños, volátiles, los que al contacto con la luz engañadora del circo
se asemejaban a nubes sedosas en grácil movimiento, y al igual que en la torpe realidad, rondaba la mentira en la mesa del mago , pero ese tipo de mentiras no hacia daño , solo producía un extraño mejunje de complicidad mezclada con obsecuencia , pero no hacia dano, seguro estoy de ello , mientras recuerdo como
sobre el trapecio se meneaban furibundos aquellos hermosos fantasmas que supieron ser testigos de la amistad entre suerte y talento ,
pero solo los enanos movedizos y el lánguido payaso de enorme risotada encubierta los advertían, señor, aunque como aquí, su fama de poco serios terminaba por disuadir todo intento de abusar de su sapiencia ; lo sabían todo pero callaban por razones obvias. Sabían , por ejemplo, los payasos , que en las infancias pobres servían para que sus estridencias transfiriesen al circo el puro regalo de adornar la vida con sutiles rasgos de apariencia extraña, mientras el caballo del resentimiento resoplaba en el viento de nuestra propia bronca, gambeteando sueños de camote
asado, del mate a las cuatro, de suspiro largo por las desventuras de un baúl semivacío donde un puñado de juguetes flacos flotaba entre la abundancia de nada, entre la bulla y la calma de palmas y regazos de abuelas soñando, de tías
algo esquivas por aquel prejuicio de malcriar al “santo” justo cuando la cosa pintaba
demasiado jodida. Todo eso lo sabían estos tipos. Seres emblematicos de nombre sonoro, de raíz rimbombante. Allí se regodeaban los Polvorita, los Pirulines, los Petaco y tantos otros que mi adultez de lo austero quizas se niega a recordar.
Y el circo, mientras tanto, desoyendo los dictados de la crisis, iba desangrando
pinceladas indelebles de talento mezclado con el cariño de sus personajes, quienes sabiendo hacer de todo en esa especie de lecho de aserrín tan maleable como nuestras ganas de encontrar la escuela, pulían mis aristas con el torno inerte de lo simple, de lo alegre ,de lo ciertamente indemne a los vicios del mundo, al horror de las luchas por no comer salteado, y al azote constante de un salario indigente.
Sabe una cosa, señor? Creo que estoy comenzando a amar al circo. Por que -preguntará-? Simplemente -responderé- porque gracias a mis hijas y a su amor por esta fantasía simplona y trashumante vengo a descubrir que las ilusiones son nada mas ni nada menos que las alas del alma.
Agosto 1, 2008 | Por elyerard | # Enlace permanente

Esta mañana recordaba casi con precisión de alquimista los rostros infantiles de cada uno de mis amigos, todos nacidos -obviamente- durante la década del 60. Y no es que sea demasiado fisonomista, para nada, solo que me limité a realizar un extraño paralelo entre aquellas caritas de niños que allá lejos y hace tiempo supieron hacer de las suyas entre las calles de tierra de mi pueblo pequeño, y estos grandotes peludos y pelados que anoche supo reunirse, tras varios lustros de abstinencia, para rendirle culto insobornable a su majestad la parrilla, lo que en buen romance significa darle duro al asado y escabiarse bastante mas de lo que recomienda el galeno. Y con las pestañas todavía pegadas por el resabio de aquella significativa batalla etílica librada por toda la barra, recordé que fuimos nosotros los que no pudimos aprovechar a fondo la movida de los 60, ya que algunos todavía éramos niños y otros demasiado ingenuos porque, en esa época, quien no jugaba a la bolita, arrastraba las propias. A nadie escapa que dichos años fueron para la especie humana una verdadera bisagra en lo cultural, en lo económico, en lo social y se experimentó un verdadero florecimiento en el arte y las ciencias como en ninguna de las décadas posteriores. Y nosotros la perdimos, señores. La miramos de afuera con la ñata contra el vidrio, como al cafetín de Buenos Aires. Una verdadera lástima.Y entre otras cosas, también perdimos la capacidad de transitar por la vida con la inocencia y la frescura que solo tienen los niños y que cuando la prestan no sabemos como tomarla o ni por asomo se nos ocurre aceptarla. Nosotros mismos la perdimos. Nadie más que nosotros.
Nosotros, los de la generación puente, los que estamos entre La Bidú y la Coca Cola Zero, entre el Nintendo y el Mecano, entre los pantalones Far West y los actuales Jeans. Los que nadamos entre la tarjeta perforada y el software, entre Spielberg y Pepe Biondi, entre el gordito de Bonanza y la Realidad Virtual, entre los Padrinos Mágicos y el Lagarto Juancho. Nosotros, los que crecimos sin saber que Mouzo y Nicolau no jugaban de backs sino de stoppers y al protagonista de las carreras de autos se le decía corredor y no piloto.
Nosotros, que nos creíamos los reyes de la noche y llegábamos a los asaltos en el garage de la flaquita de la otra cuadra con cara de cancheros y una botella de Fanta abajo del brazo.
Nosotros, los que amamos perdidamente a la Agente 99 sin saber que al final se casaría con nuestro mejor amigo, el Superagente 86. Nosotros, los que cabalgamos el lejano oeste junto con el Llanero Solitario, los que llegamos navegando hasta la Isla de Gilligan, los que defendimos a Curly de los golpes de Moe, los que “apretábamos” bailando “Yesterday” y emulábamos a los Beatles peinándonos como ellos y luciendo el bombilla negro como Lennon. Nosotros, los que tomábamos la leche con cascarilla antes de ser derrotada por el Toddy. Nosotros que venimos a ser el eslabón perdido entre la primera glaciación y el tercer milenio. Los que criticamos a nuestros padres. Los que ya somos criticados por nuestros hijos. Los que a los veinte años soñábamos con tener una amante de cuarenta y que cuando tenemos cuarenta nos babeamos al ver pasar una mina de veinte.
Nosotros, los que mientras nos removemos las lagañas nos preguntamos ¿Por qué nunca se nos habló sobre la ecología? ¿Qué restos quedan de las especies extinguidas? ¿Dónde están las botellas de leche, los campitos, los trenes de pasajeros, los arqueros como Fillol y los karting a bolillero …?¿Dónde estarán el Hombre de Acero, la Tortuga D’Artagnan y Don Don, La Momia Blanca, la Momia Negra, Kimba y sus amigos, el oso Yogui, Bubu y Don Gato y su pandilla?
¿Por qué sentimos su ausencia justo ahora que estamos a mitad de camino entre el acné juvenil y los problemas de próstata?, ¿Por qué cuando transitamos la mitad exacta del sinuoso periplo entre la ortodoncia y los pañales geriátricos? ¿Por qué recurrimos al recuerdo en el preciso instante en que nuestra panza se empecina en aumentar de tamaño cual galleta en el agua? ¿Por qué evocamos a Magoo cuando el oftalmólogo nos declara miopes y el maldito pelo se cae a pasos agigantados dejando el casco a la intemperie?
¿Acaso serán esos son los signos de que la vida empieza a los 40? ¿A quien corno se le puede ocurrir semejante apreciación? A nosotros, seguramente, que llegamos demasiado tarde para festejar el inicio del siglo XX y demasiado temprano para recibir el siglo XXI. A nosotros, que ahora sabemos que la cosa no era solamente hacerse grande, también había que ir creciendo. Y es en ese metié en el que gastamos las horas y mas horas que conforman la vida. Pero es ahí también donde evidentemente fuimos perdiendo la inocencia, retaceando la frescura, y enajenando el amor por las cosas simples.
Así que ¡arriba muchachos, que tenemos toda una vida por delante! Que nadie nos vaya a quitar lo bailado y elijamos nosotros mismos la música para seguir bailando! Volvamos a ser un poco niños y reverenciemos lo sencillo por sobre lo complejo!
Asumamos los cuarenta con madurez, si, porque ya somos hombres grandes. Y aunque a pesar de que el mundo no es como nos lo contaron, sepamos que las nuevas generaciones están pendientes de nosotros, de nuestra intacta responsabilidad, de nuestra adultez a ultranza y del sempiterno sentido de la seriedad orientada a mejorar la calidad de vida. Pero también están pendientes de la recuperación de nuestra inocente capacidad de pensar y –por que no- actuar como niños cuando hace falta.
Por esa razón es que esta mañana, mientras intentaba sacarme a fuerza de Sertal la resaca de encima, creo haber tomado la primera decisión importante de mi nueva vida adulta: subí al altillo, lo bajé, le pasé un plumero, mezclé poxipol y reparé una de sus esquinas. Bajé del modular del living el Pioneer de última generación y lo amontoné en un rinconcito. Lo coloqué allí, en lugar destacado. Logré ponerlo en marcha, revisé la púa y ahicito nomás hice rezongar al viejo wincofon que atronando al vecindario se las rebuscó solito para reproducir con voz gangosa “La gallina turuleca” de Gaby, Fofó y Miliky.
Julio 30, 2008 | Por elyerard | # Enlace permanente
Sale a la mañanita temprano, como el lucero, en silencio, sabiendo que entre las sombras de su amanecer de rutina miles de sombras iguales a la suya gastaran los pedales de las flacas bicicletas que, iguales a la que le prestó don Robles para salir del paso, se dirigen en tándem a la obra. Y con un impulso que tiene mas de arrastre cansino que de marcha, se va silbando un aire de milonga deformado por los años. Entre las sombras crecen y suben sus tímidos anhelos de ladrillo bayo, de arena y de cuchara, de mezcla y andamio, de suerte recortada por la huella plana de una carretilla chueca que gira y gira por entre los tablones cruzados, como su sueño utópico de cambiar la chapa podrida de la pared del fondo por esos cincuenta y cuatro bloques que el turco Miguel le vende a medio peso cada uno. Y tarareando ahora un aire de zamba ve recortarse. cada vez mas cerca, a figura de ese monolítico panal de ostentaciones varias, con tejas a dos aguas, a medio levantar, al que en el barrio llaman la “casa del capo”, aunque tal vez ese mismísimo “capo” sea solo un testaferro de algún pez mas gordo todavía. Y allí, con un escueto racimo de holas y quetales saluda al Juancho Ramírez, a su compadre Ramón, al negro Caticho y a Lorenzo Gómez, aguantándose con bronca entumecida los ladridos autoritarios de un capataz soberbio al que juran, cada uno por su lado, sacudirle un baldazo a la cabeza. Íntimamente sabe que nunca habrá de hacerlo, sabe que el fantasma del hambre pesa tanto que aplasta y aplasta su cabeza a la altura del cuello y sabe también que nunca ha de permitirle otra reacción que no sea la de agachar el lomo y dejar que lo sigan jodiendo.
Ladrillo y pórtland, arena y agua, la mezcla y el andamio van desgranando sus horas de albañil a la fuerza que una tardecita de noviembre llegó con bolsito desflecado, trayendo entre las zapatillas rotas aquellos últimos resabios de tierra polvorienta de su querido Chaco. Cinco horas a la mañana, media para el sánguche ,y después darle duro y parejo hasta terminar el hormigón de caída, para que en un par de meses, cuando llegue el verano puedan las hijas del dueño de su hambre broncearse parejito, casi casi tan parejo y oscuro como la piel tirante y percudida que le recubre el torso. Y él, pensando en eso que los instruidos llaman paradoja, ensaya una sonrisa y sigue trabajando, y hasta parece disfrutar de lo suyo sin demasiados miramientos. Y se ríe solo, a carcajadas, como un loco, presintiendo con natural certeza que el quini vacante del lunes que viene habrá de darle el empujón de coraje necesario para dejar de ser peón y comprar quizás una mezcladora, dos docenas de tablas, y una estanciera verde, su color predilecto. Tan seguro está del tamaño de su buena estrella que hasta planea también con inocencia brindarle un trabajo digno al Pedro Ramírez, a Manuel Pereyra y hasta al tuerto Ibarzábal, que tiene la mujer desangrando sus días y sus noches entre las grises sábanas del Centenario. Atrás van a quedar aquellos retos sin causa aparente, las broncas momentáneas, y el ladrido seco que a una luna de plata regalan por sistema los perros flacos de la miseria.
Cree saber que a partir del lunes logrará cambiar la indigencia rosada de las cuatro fetas de su mortadela barata por aquellos aromas compradores de asadito faldero de otros tiempos. Y se irá contento, con gesto esperanzado, sin mezquinar en gastos, riendo de costado por sus ocurrencias, mientras en la sucia calle volverá a gastar, esta vez con cierto gusto, los pedales duros y chillones de la bicicleta prestada.
Julio 29, 2008 | Por elyerard | # Enlace permanente
Dijo la crónica fría, escueta, del diario mas popular de rosario:
“Miguel Angel Méndez, conductor del tradicional programa de “De artistas, bohemios y soñadores” que se emitía por Radio 2, falleció en la madrugada de ayer luego de luchar contra una enfermedad terminal…”
Ya que estamos, partamos de la base de saber que alguien que noche a noche nos acompaña a traves de la radio es un amigo. Un verdadero amigo. Alguien que nos ayuda a sobrellevar problemas, a reprimir angustias, alguien que junto a nuestros afectos comparte alegrías y tristezas. Es el tipo que SIEMPRE está.
Y a veces, cuando un amigo parte, nos autoconvencemos de que se han compartido tantas horas con él y se recuerdan tanto los momentos sin importancia como las risas despreocupadas de todos los días o los tiempos intensos de trabajo, de enseñanza, las cosas de la vida en definitiva. Queremos hacernos los fuertes, pero a pesar de todo, sentimos un enorme peso que lastima el alma.
Porque anidan en nuestro corazón cosas del pensamiento que solo el amigo comparte, temas filosóficos, trivialidades –por que no- y también las heridas o las discordias, los dramas y los duelos. Cuando un amigo parte siempre se produce esta reacción culpable, egoísta tal vez, pero irreprimible que consiste en lamentarse uno mismo y en apiadarse de si mismo porque el amigo perdido siempre deja un lugar imposible de cubrir, Nunca tan cierto. Es lo que me toca.
Cuando parte un amigo, quizás entre el llanto mas sentido y el dolor mas crudo solo seamos capaces de acuñar, merced a lo triste y jodido del caso, frases hechas, quizás convencionales, que contienen la verdad irremediable de esta compasión:. “Queda un espacio vacío” –decimos por lo bajo- o “algo se muere en el alma”- lamentamos para esbozar algo acorde.
Pero a pesar de estar preparado para casos como éste (porque convengamos que no soy un nene), no sabía que me iba a ocurrir justo ahora, che. Que esta madrugada iba a ser incapaz de expresarme, que no iba a ser capaz de encontrar, como se suele decir, las palabras justas que expresen lo que siento.
Vos , que de esto la sabes lunga, quizás me hubieses explicado alguna vez lo que hay que decir en semejante momento. Pero no estás. Podes creer? No estás para darme una mano! Y eso duele. No estás y hasta me hacés notar sin querer cómo asusta temblar en el silencio o tropezar de repente frente al papel en blanco de una futura carta y hablarle así a un tipo como vos, el que me ayudaba a digerir a toda orquesta,. con la mejor onda, las frías madrugadas del invierno mas crudo, entre un concierto de motores en marcha en aquella no menos infaltable ruta por donde miles de veces caminé para llegar a tiempo al programa. Sabés bien de quien hablo, para que dar nombres. Nunca te lo dije y
andá apostando todas las fichas al hecho de que tampoco te lo diré en esta anodina, fresca y húmeda madrugada de lunes. Vos me conoces… Vos, que por esas cosas del destino supiste juntar a esta particular fauna noctámbula que gracias a Dios existe y se potencia.
Quien si no vos, alguien hecho con tu particular madera puede ostentar aglutinados los títulos de artista, de bohemio, de soñador, de amigo y principalmente de buen tipo, el mejor quizás… Resulta imposible pensar en otra cosa.
Cómo olvidar aquella noche en que con mi humilde primer librito de poemas bajo el brazo bajé esquivando los autos de la avenida Godoy para llegar a la radio, esperando encontrar a un pope de la palabra. … Gracias al cielo encontré a un amigo, un tipo humilde, sencillo, que supo contagiar modestia a mi nativo agrande de literato incipiente. y eso no tiene precio.
Y fueron muchas cosas…muchas mas…. Vos y yo lo sabemos… Y lo sabe Marcelo, y Nestor, y Manuel, y muchos en la radio, y amigos en común, de los que nunca faltan. Por referencias tuyas -por ejemplo-conocí a los grandes artistas rosarinos, me mezcle entre ellos, bebí de su néctar, camine sus veredas,
mucho antes de derretirme haciendo dedo en esos lejanos parajes agrestes
y sombríos donde solo el amor por la escritura y el reconocimiento por quienes me ayudaron a expresar lo que sentía dejaron de lado tantas vicisitudes y ensancharon mis alas.
Podés creer que todavía guardo entre mis suvenires mas íntimos aquel galardón logrado una noche en que sin sospecharlo me dejó de pronto, mudo, frente a la gente que colmaba la sala. Era tu público, eran tus seguidores. Eran los que te acompañaban incondicionalmente adonde quiera que vayas. Por algo habrá sido. Quizas porque eras de los que pasan por la vida dejando huella y se notaba… Vaya que se notaba.
Yo a pesar de los pesares seguí siendo aquel escritor de medio pelo que soñaba con ser alguien en el complejo mundo de las letras… Vos seguiste siendo hasta este puto mes de julio que tantas cosas hubo de afanarme, entre ramalazos de frío extremo y desaires, aquel mismo soñador que supo alimentar con su aire entrecortado la fragua de mi juventud, empeñada también en no claudicar con esos proyectos un poco alocados, pero que tanto bien le hacían con sus cosquillas al alma de quienes te aprecian. Sé que estás escuchando, lo presiento, y por circunstancias obvias es mi única forma de agradecerte tantas cosas buenas que dejaste en este loco compendio de penas propias y
ajenas que vengo a ser yo, quien te habla…
Pero ni sueñes con que esta fría madrugada de fines de julio vaya y te lo
diga personalmente. Creo que no hace falta. O si?
————————————————————————–Gerardo
Julio 26, 2008 | Por elyerard | # Enlace permanente
Exhalé largo bufido, incruste la cara entre mis propias rodillas y mascullé en idioma francamente inentendible un sonoro insulto o algo análogo, cosa nada habitual en mi, ya que soy tímido y recatado, tal cual monje franciscano al momento de orar. Es que durante la noche anterior pasaron cosas que me sobresaltaron, que crisparon mi piel y hasta lograron quebrar la pasmosa pasividad que siempre hubo de caracterizarme en mis pocas horas de ocio, a la tardecita de un día cualquiera en los inviernos calmos, junto al leño encendido, con copita de jerez u oporto tibio entre los dedos.
Aquello sí que era tranquilidad, pensaba, y no este amorfo rato de pensamientos crudos que mucho tienen que ver con la visita de mi amigo a casa.
Hablo del coronel Villalba, héroe de Malvinas y única persona a quien supe recurrir para preguntar, cuando no, por el pobre de José Roberto, mi sobrinito político de tan solo catorce años secuestrado quien sabe por que mente malvada en julio del setenta y siete, en un día invernal como éste pero de veinticinco años atrás, día en que sus padres hallaron el cuarto vacío y un manchón de sangre cubriendo el póster que en la pared del fondo recreaba el ícono de Guevara, como me gustaba de llamar en publico al Che solo por demostrar un poco de recelo, pizca de odio y mucho empeño en tomar las distancias necesarias por si las moscas. Qué miércoles podía saber José Roberto del Guevara ese, balbuceé antes de recordar cuan recto era Villalba por aquellos tiempos en que orgulloso mostraba al mundo su porte adusto, su mirada altanera, sus brazos enérgicos, fibrosos, esos labios curtidos y tirantes de ejecutar voces de mando. Lo envidiaba un poco, a que negarlo .Es más; hubiese querido parecerme a él para de ese modo tener la suficiente porción de la torta como para poner en vereda a mas de un trastornado subversivo que conozco. Pero lo de José Roberto era tan groso… Villalba sí que se calentaba por él, cómo no.
Hablaba con el capitán tal, le gritaba al teniente cual y hubo de llevarme en su propio coche para formalizar la entrevista con el general Cherquis, que dicho sea de paso era un flor de tipo, amigo mío; si hasta logro invitarme con un café en el casino de oficiales y todo, aunque cierto es que dejó bien en claro que hacía todo lo que estaba a su alcance nada mas que por mi estrecha amistad con Villalba, por supuesto, y éste, inflando el pecho repetía hasta quedarse sin aire que lo iban a sacar al pibe de las entrañas mismas de ese monstruo comunista que habría cobrado tantas víctimas inocentes como el pobre chico; y engalanaba el discurso con vocablos que exaltaban el verdadero peligro de la invasión ideológica, y condenaba la anarquía, y la sinarquía, y el enemigo externo, y el interno, y sus bigotes renegridos saltaban, se erizaban y metían soberano miedo; y esos ojos aciruelados que solo él tenia tomaban una fiera coloración de grana que debe haber amoratado de terror a mas de un inglés cuando lo capturaron en Ganso Verde sin ninguna reputa bala en el cargador del fal. Que cojones tenía Villalba, mi amigo. Pobres de los gurkas que no quedaron para contarlo, pensé entre mi. Què cacho de hombre este Villalba,volví a pensar,y sentí un poco de miedo, lo admito, por elevar demasiado mi costado homosexual. Pero luego me avivé, enseguida, de que solo era simple admiración, ni mas ni menos que la que sentí alguna vez por otros hombres como Napoleón, Ike, De Gaulle o el mismísimo Franco, que joder. Puto yo?, razoné y seguí derrochando mis mejores babas con la figura poco menos que sanmartiniana de Villalba, quien para estos tiempos ya hubiese sido general retirado con todos los honores , y las cruces y las alegorías y el noble respeto de todos los ciudadanos que asuman su rol de argentinos bien nacidos, por supuesto. Hubiese llegado a general de no haberse cansado de pisar los cuarteles solo para adiestrar a pendejos que no sienten la fuerza, ni tienen enemigos contra quien luchar, carajo. Debe ser bastante denigrante tener a cargo semejante hato de tagarnas, lo entiendo, y entiendo también a los pobres colimbas, que ya no tienen motivación alguna para plasmar su ímpetu. Otros le allanaron el camino y dieron en cierto modo la vida por ellos, ingratos de mierda, que ni siquiera saben agradecerlo, ni lo saben sus padres a la hora de recordar casos como el del pobre José Roberto, mi sobrino político, pobre santo inocente.Ni siquiera Villalba pudo hallar la guarida donde afirma que lo llevaron esos barbudos apátridas que bien enterraditos deben estar bajo el suelo de esta nación que,sin pedir nada a cambio los cobijó en vida,como me cobija a mí, a esta grácil esposa que Dios me ha dado,al amigo Villalba , y a todos los que lejos estamos de mentirle a la gente.
Porque uno podrá tener miles de defectos , pero el placer de mentir lejos esta de ser moneda corriente entre mis afectos,que no son muchos, realmente. Está mi primo Paco,Juan Cruz su hijo, mi esposa Clara y mi amigo del alma, el tan mentado Villalba a quien respeto y admiro, precisamente por eso, por tener a lo largo de toda una vida la conducta mas brillante de que tenga memoria. Nunca una mentira, nunca una tomada de pelo, nunca una burla ; por eso creo a pie juntillas todos sus relatos respecto de las guerras que lo tuvieron como protagonista; las dos, por supuesto, la de Malvinas y la otra, la interna contra el comunismo, bah .
Miles de historias cuenta Villalba, mi amigo, y nosotros no hacemos otra cosa que comernos las uñas.Por los nervios.Vio? Que otra alternativa nos queda a mi esposa y a mi cuando quedamos los dos en compañía del coronel hasta las cuatro o cinco de la mañana, mateando en el living ante la foto de mi abuelo muerto, un poco mareados de escucharlo, es cierto, pero siguiéndolo lo mas atentos que podemos. En realidad a veces parecemos escucharlo con atención, pero hay oportunidades en que nos distendemos y pensamos en nuestra propia identidad o en la de José Roberto, mi sobrinito político y su futuro incierto , pero eso solo sucede cuando él apoya la pistola cargada sobre el filo de la estufa y deja de apuntarnos a la cabeza.

Julio 23, 2008 | Por elyerard | # Enlace permanente
“Escucháme, che… a mi me lo vas a decir??? si me lo contó mi abuelo!!!.”
“…No jodás, loco!!! Mi abuela estaba ahí!!! Me lo dijo mil veces!!!!!…”
¿Cuántas veces hemos pronunciado frases similares? ¿Cuántos son los relatos y representaciones que evocan la presencia de los viejos? ¿Cuantos acontecimientos protagonizaron nuestros abuelos y nos van marcando de por vida? En infinidad de historias son ellos quienes dan a conocer los hechos o bien son quienes los llevan a cabo, entre evocaciones rebosadas en nostalgia y vestidas a veces con el manto aterciopelado de la melancolía. Al paso de los años, su imagen se conserva y va ensalzándose en miles de relatos que se recrean en nuestros días, a través de esa hermosa tradición oral que tanto tiene que ver con nuestra formación, con nuestros actos cotidianos…
Porque en ellos está el recuerdo, está la acción, está la posibilidad cierta de apuntalar nuestro futuro. Porque sus dichos son el hilo conductor de las tramas y porque sus palabras colorean, aconsejan y encauzan el devenir de nuestra historia personal y suman una contribución invalorable a la sociedad que de una vez y para siempre debe ser consecuente con sus necesidades, con sus reclamos, con sus carencias y debe revertir esa dichosa falta de afecto que de un tiempo a esta parte parece haberse hecho carne en muchos de nosotros.
Ellos, y nadie más que ellos, son los encargados de preservar las historias cotidianas, ellos las protagonizan, las narran, las recrean. Su imagen y sus palabras encierran ese tipo de recuerdos que seguramente rozaron nuestra infancia y que difícilmente habrán de olvidarse. Porque en ellos está el barrio, está el pueblo con calles de tierra, están los tapiales raídos y las casitas simples de una planta, están los mates bajo la parra, está el sol dominguero y hasta debe hibernar aquel primer porrazo que nos dimos de pibe cuando empeñados tapar el sol de la rutina con nuestras propias manos nos dimos cuenta que para lograrlo era necesario nada mas ni nada menos que haber vivido.
Y en tren de evocar vivencias de la infancia, vienen a visitarme esta noche tan especial nombres queridos de aquellos nobles ancianos que supieron avivar, merced a su sapiencia, la inocente chispa imaginaria del piberío atorrante que tenia su teatro de operaciones en la periferia del pueblo. Sin pizca de rodeos me acuerdo del gringo, de
su labia frondosa y de su porte campechano que para esta fecha debería estar cumpliendo noventa y pico de abriles en comunión con la vida.
Recuerdo también que salía a la mañana bien temprano, rengueando un poco y gastando las baldosas de la veredita despareja de la parte sur de Sporting. Y que con un andar que tenía más de traqueteo que de caminata, pasaba tarareando una vieja tarantela indescifrable.
Cada vez que imagino verlo pasar al gringo -bolsita de pan en mano, sonrisa desdentada, saludo a flor de piel y medio corazón latiendo todavía en la antiquísima Napoli-, un rebuzno de alegría se me escapa de la boca como queriendo expresar la admiración que mis limitadas luces niegan evacuar de otro modo que no sea un exabrupto.
Eran días de larguísimos monólogos y pibes sentados al cordón de la vereda, en las orillas, donde casi como al pasar, sus historias vertidas con la tanada encendida a pleno copaban el aire con míticas vivencias de quien todo lo pasó en la vida, desde perder la guerra hasta ganar la fulera batalla del desarraigo; siempre blandiendo entre sus manos partidas, trozos de corazón, restos de lagrimas que iban a cristalizar el acero caprichoso de un arado mancera.
Y hoy, con tanta agua corrida bajo el puente de las esperanzas, vengo a enterarme de que la vieja barra de la esquina pobre sigue disfrutando de aquellas historias, sin olvidarse de que fueron sus exageraciones el primer nexo entre nuestra humilde condición de chacareros y la inalcanzable Europa de los sesenta.
Viejo divino el gringo!!!!: Simpático, osado, cauto y chanta a la vez , tan bueno como el mate cocido. Especie de rey mago octogenario hablando en cocoliche que en cada rueda de amigos sabía regalarnos un calido relato ciertamente adornado que aportaba a nuestra pobre infancia la cuota de fantasía necesaria para contener tanta vagancia, tanta inocencia pueblerina.
Conservo viva aquella imagen de abuelo que no tengo, esa de cuando aspiraba con lentitud un cigarrillo negro e inmediatamente su memoria comenzaba a rodar por los aires nuevamente en un añejo avión de dos alas, y hasta volvía a estar en la armada, y revivía de un golpe su viaje tentador por esa patagonia que gracias a él conocimos en detalle. Y seguía siendo el famoso wing izquierdo de aquel extraño club napolitano de nombre aglutinante, y sus ojos se humedecían una y otra vez por el recuerdo de los favores de Giuliana, esa ignota actriz de varieté que hubo de desgarrarle el pecho cuando en sus años mozos supo ser Vicenzo Pernigotti , capitán del sitio de Cagliari, allende los mares teñidos en sangre.
Sabíamos que macaneaba… Como lo supieron hacer Don Sosa, Don Barrios, como lo supo hacer Piapoco….
Pero… ¿quien se animaba a decírselos…? Si nos alegraban la vida con eso!!!!!
Como la viva imagen de mis abuelos ausentes, aún hoy me parece verlo al gringo, regodeándose entre paréntesis de rubias , sabrosas , apetecibles campesinas del Údine y alguna que otra mentira a medias que todavía aprisiono en el recuerdo, detrás de mis frontales, cuando a fuerza de empujones dados por esa firme barra de atorrantesca traza , pasan de largo los negros nubarrones del olvido para dar paso al sol de la bohemia compartida, del vino tinto , de las memorias rancias, y de un gastado acordeón gimiendo en lontananza aquella canzonetta triste que hubo de acompañarlo aquel siete de marzo del treinta y siete, cuando bajó del barco.
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Existía una vez un pibe de pu
eblo, de los barrios bajos, de la periferia. Siempre había soñado con una cosa redonda, perfecta, de cuero. Patearla como Carlitos, pisarla como el Diego, amasarla como Riquelme. Lo veía por la tele, en las vidrieras del centro. La primera, la hinchada… el sueño del pibe, vio? Nunca la había tenido entre sus pies. En el potrero donde jugaba no había ni pasto… Alguna que otra mata de gramilla rebelde adornaba el campito, que no era mas que un trozo de baldío que matizaba la indigencia en las orillas, con su piso desparejo de tierra ya pelada y un solitario manchón de trébol como ultimo bastión del pasto verde en el paisaje. Allí soñaba, allí se reía, allí esperaba.
Un buen día, ese pibe de la periferia se juntó con otro. y con otro, y con otro mas. Y sus viejos, junto a otros viejos, indigentes y laburantes al extremo, con esfuerzo casi sobrehumano hicieron que pudiera cambiar aquellas viejas Pampero desflecadas por un par de botines de goma. Usados, claro. Una vez al año, quizás dos.
La foto, golosinas, los globos, el cielo de colores, los payasos, los títeres, hasta el señor intendente en persona y una catervada de gente con pilcha excesivamente cara y aplauso demasiado barato fueron la postal de moda por aquellas cuatro o cinco horas de tarde dominguera. Era natural, sencillamente obvio. A lo lejos, casi a contrapierna, un altavoz chillón y evanescente desangraba el viejo jingle que repetía hasta el hartazgo que estaban en el “segundo domingo de agosto, día del niño…”
Y ése, y ese otro, y esos otros pibes humildes de la periferia que soñaron una vez con la numero cinco, y la hinchada, y la gloria se vieron una tarde juntitos, jugando codo a codo contra otros infantes venidos del colegio privado que se emplaza desafiante al otro lado de la vía. Contra la ropa de marca, contra el triste referente de un orden que se contraponía demasiado con su flaqueza y sus hilachas.
Un buen día, una tarde de invierno, entre tanta pálida, entre tantos malabares para gambetear a la injusticia, ese pibe de la periferia, y ese otro. y esos otros estiraron sus sonrisas desdentadas al ganar casi por goleada su ansiada contienda, la que le permitió al menos por un rato ostentar el pequeño y pasajero título de “el mejor de los dos”, y no era para menos. Y hubo festejo, y hubo gritos, y abundaron las sonrisas y -por que no- las lágrimas.
Un buen día, ese pibe de la periferia, y ese otro. y esos otros dejaron de reír, dejaron de gritar, ya nada festejaron. De repente, y como siempre suceden esas cosas, llegó la noche y con ella el inevitable paso al segundo lunes de agosto. Otra vez a la calle, otra vez a los trenes, otra vez a esperar un año exacto para que la administración de turno se acuerde de que ellos existen, mas allá del promocionado “día del niño“. Otra vez el olvido, otra vez la exclusión, otra vez el miedo.
Porque lo que muchos parecemos no saber es que hay pibes como ése, ese otro y muchísimos otros más que contra los vientos y las mareas de los nuevos tiempos deben salir a rebuscársela de lo que sea, como sea, peleando literalmente por su vida a cada rato, echándole un soslayo a la suerte y, a su manera, idealizar el crítico futuro que les queda. Si es que le queda, claro. Porque hablar de niños como ése, que jamás juegan a nada, hablar de niños que tienen que salir a trabajar es hablar de padres y madres cuyas existencias están atravesadas por el dolor y la tristeza por esa ausencia de trabajo que impide la nutrición y lógicamente impide la ternura. Pasa que aquel Estado Benefactor que tenía como únicos privilegiados a los niños está muerto y enterrado. Que ya no le importa si los pibes comen o no comen. Que no le importa si van a la escuela o la abandonan. Si lloran más de lo que ríen. Pasa que la niñez humilde fue llevada al desierto de la exclusión. Pasa que fue condenada a unas pocas calles y a unas cuantas migajas que con tinte electoralista se les caen un par de veces al año a los pícaros de siempre. Pasa que el 80 por ciento de nuestros hijos son pobres. Pasa que para no morirse antes de tiempo casi dos millones trabajan en mendicidades que nos humillan. Pasa que el cachorro de hombre es hoy por hoy una especie en peligro. Pasa que esos chicos, como diría Olga Orozco, “van consumiendo su destino de arena, porque su cielo cabe en una lágrima.” Pasa que para ese pibe de la periferia que había soñado patear como Carlitos, pisarla como el Diego, amasarla como Riquelme, siempre llega la noche de un segundo domingo de agosto donde como por arte de magia ve cómo se va desvane-ciendo la ilusión de la foto, los globos, los colores, los payasos y títeres, la risa dibujada del señor intendente y hasta puede imaginar como se esfuma aquella catervada de gente con pilcha excesivamente cara y aplauso demasiado barato.
Julio 19, 2008 | Por elyerard | # Enlace permanente
No fue solo un día triste para ustedes, los Kirchner, señora. Fue tortuoso, sin dudas, y a mi modesto entender, fue el día en que se propinó un merecido castigo al autoritarismo, a la soberbia, a los insultos, a los agravios, a los atropellos patoteriles, a los devaneos de los Fernández, al floreo de D’elía. A las componendas mafiosas que entre gallos y medianoche supieron regalarnos algunos personajes adornados-con-fueros-legislativos. Estoy esperanzado en que todo eso haya sido solo la idea de su esposo Néstor, querida Presidenta, y usted -como se dice por ahí- no la haya compartido en su totalidad. O al menos, con la cabeza hoy mas fresca y haciendo caso omiso a los dictados de su consorte, sepa que hacer y cómo hacerlo.
Solo le ruego que recapacite, que entienda que así la cosa no va más en el querido país de los argentinos, que queremos más entendimiento y necesitamos contar con funcionarios que nos respeten. Sáquese de encima, querida Presidenta, a la gente como Moreno por dar algún nombre. Inste a su compañero de cuarto a tomarse unas buenas vacaciones en El Calafate con todos los gastos pagos hasta que él también caiga en la cuenta de que aquí solo hay compatriotas que exigen ser tratados como seres humanos, si no es mucho pedir. Movilícelo, querida presidenta, háblele usted por las noches, en una cena íntima si quiere, de las bondades de dar el simple, sencillo y valiente paso al costado. Pero gobierne usted. Gobierne que ya es hora de hacerlo. Y aunque le hayan dicho otra cosa, todos estamos aquí para apoyarla, con elogios o críticas si hiciera falta, pero para ayudarla de corazón a continuar con su mandato hasta su finalización, allá por el 2011.
No crea más esas historias trasnochadas que suele contar su esposo, de golpistas, de confabulaciones agarradas de los pelos, de grupos de tareas dispuestos a todo…. Yo que vivo en el campo conozco a muchos de esos personajes siniestros que tan bien define en sus discursos. Quiere conocer alguno de ellos? El camionero de acá a la vuelta, por ejemplo, que desangra madrugadas de asfalto y ausencias en esos interminables caminos que serpentean por la patria. O el tachero rosarino que a cambio de unas pocas monedas se juega la vida en cada cuadra, por las calles mas oscuras y ante la pasividad de quienes no son precisamente los héroes del milenio, aunque debieran velar por su tranquilidad. .
Son aquellos bravos, corajudos y cálidos maestros con mayúsculas que por leguas y leguas a lomo de mula regalan vocación y don de gentes a quien necesita del saber casi tanto como el mismísimo pan que ahuyenta por un rato al flaco fantasma del hambre, y por el que nadie hizo demasiado, incluyendo a su Néstor, a que negarlo.
Y mis viejos, que estuvieron orgullosos en la plaza sin tener mas tierra que el patio ínfimo donde mi madre cuida sus rosales. Y los padres del vecino, par de viejos chacareros dueños de 40 hectáreas, quienes haciendo caso omiso a esta suerte avinagrada que les viene tocando desde hace un rato largo, se las ingeniaron para darles a sus hijos lo mejor a instancias de la honradez, del respeto, del aguante y del amor supremo por la familia, por su gente y por su lugar en el mundo.
Y son los que desde la intimidad de sus casas piensan ensimismados en como construir un país… pero un país en serio.
Y son los que están convencidos de que para lograrlo necesitamos coraje, ese mismo coraje argentino que tuvieron en los incipientes albores de la lucha por la Independencia los San Martín, los Belgrano, los Laprida, los Dorrego, los French, los Berutti … ese mismo coraje argentino que supieron emplear en beneficio de sus compatriotas y que debemos asir nosotros mismos para no resignar mas lo que es nuestro.
Para seguir reclamando sin ira y sin violencia, pero con inteligencia, para demostrar que somos mejores personas por llevar a cabo una idea que solucione conflictos, para no cesar en la lucha por lo que nos corresponde, para no ceder ni un centímetro nuestro territorio ante nadie, ni de afuera ni de adentro.
Claro que se puede cambiar la historia, señora. De usted depende. Si acepta la invitación a trabajar juntos y en nombre de las instituciones de la República tomar el rol de verdaderos gestores de esta argentina de principios de siglo. Levantando los cimientos desde el pie, con firmeza, reclamando la dignidad y la identidad de la verdadera conciencia de un pueblo que sepa decidir por si solo y al que nadie más le falte el respeto…
Gobierne usted ahora, que necesitamos juntarnos todos: los de la plaza leal y los de la otra, los de la ciudad y los gringos, los optimistas y los agoreros. Es altamente necesario, a partir de esta verdadera bisagra en la vida institucional argentina, planear un gran país, señora, porque todas las condiciones están dadas para que crezcamos y nos ubiquemos en un lugar privilegiado en el mundo. Vamos ,señora presidenta, llévenos a producir en paz y concordia. La sociedad la sigue, no le tema, y por favor entienda que donde hoy ve traidores, quizás solo haya gente todavía con ideales, que no es poco. Lo demás es puro Kuento.
Julio 18, 2008 | Por elyerard | # Enlace permanente
Muchas veces se dice, y quizás con un dejo de razón, que el amigo de todos no es amigo de nadie. Pero así como tallan lugares comunes de ese tenor para limitar, radiar o defenestrar el sentido de la amistad existen otros innumerables, bellos, tangibles que no hacen otra cosa que congraciarnos con esa fiel institución, que sin dudas funciona como el combustible que mueve los motores del mundo: un amigo. Quién puede negar que un verdadero amigo es la antorcha que ilumina esa oscura caverna donde hibernan apilados los sueños incumplidos, que es el soplo de aire fresco necesario para calmar en parte el sofocón de una vida pesada, que el verdadero amigo está en el brillo de un sol dominguero en la plaza del pueblo, está en el diapasón de una tosca guitarra que desafina versos tras cada primavera. El verdadero amigo existe en el contorno elíptico de plateada mojarra bajo el viejo puente de las esperanzas, donde solo se apoyan las canillas chuecas de una infancia pobre. Está en el pucho compartido y en esos trece años que giran por los aires como una tórtola de vuelo distendido. Se encuentran los amigos en cada madrugada de la loca bohemia, ante lo impredecible que se puede hallar tras el portón tramposo de un tugurio bailable, o en el trago exagerado y un poco vergonzante que riega con sus vahos cada real conjunción de asado y ensalada. Los amigos encallan en ese mate amargo que nos quema los labios, en el pícaro pase que lo dejo pagando a aquel marcador de punta rubio, grandote, con cara de asesino que alguna vez te marcó los tapones a la altura del muslo, te acordás? Están en el perfume grasiento de una buena fritanga de tortas sedientas de lluvia vespertina. Están en ese gesto que a fuerza de paciencia supo acomodarnos los cables cada vez que la minita de al lado nos dejaba de seña en la puerta del cine… Viven entre el recuerdo de aquellas flacas bicicletas que devoraban barro por las calles de tierra, Y en esa secundaria de contagiosa risa y estudio recortado que capturó de pronto un rabo de inocencia y diplomó de piola nuestro ingreso al tercero de los adolescentes. Y en las aborrecidas guardias de mil y una insulsas madrugadas, donde solo un amigo te acomoda el fusil cuando te estás durmiendo. Y pensar que hay salames que saben irse al mazo a la hora de hablar de tu tema y mi tema, bravo amigo del alma. Yo los dejo, me callo. Sus propias experiencias han de haberlos marcado con resentidas mañas y no debo ser quien para poder juzgarlos. Pero cuando me abro al sereno cielo tachonado de estrellas de una noche en el campo, recreo a la distancia las queridas estampas de chicle pegajoso, de sincero aguante y de gomera al cuello, porque – como bien dijo alguna vez un catalán que conozco- “Dios y mi canto, saben a quienes nombro tanto.”
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