Canción “botón de muestra”: Los ‘90 y la globalización
Dios diferenció a la especie humana y en ella lo sexual no es por celo estacional, sino una cosa más compleja. A lo largo de los milenios por lo general arranca el macho sintiendo ganas, pide “chichachicha” y la hembra le dice que sí o le dice que no. Y en este caso, no sólo hay un “no”, sino que (por si no quedó claro) un categórico “pendejo estúpido” nos confirma que ella no está para ese tipo de solicitudes
Antes hubo un tecladito, una batería electrónica que suena de reputísima madre y unos caños bien, bien arriba. Y más allá del rechazo inicial el tipo (o debería decir “los tipos”?) arranca la canción explicitando claramente lo que hay para ofrecer:
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Tengo mi funny pinga for your little chichachicha
Te voy a romper, bobo, si tú tocas mi minita
Ella viene del estero, trayendo su perfume nuevo
Tengo el vudú sureño, tengo el sendero de tus sueños
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Al idioma universal del sexo lo entendemos todos. Y al otro también. Porque los Kuryaki hablan el nuevo idioma, en el que “funny” puede ser adjetivo de “pinga” y el porteñísimo “minita” es empleado por alguien que habla de “tú”. Y donde “ella” (la del arranque) pronuncia “pendeho” aspirando la jota como si fuera cubana, o portorriqueña, o cualquier latina de Miami. Pero, sin embargo “viene del estero”. De cuál? De Santiago?
Pero no sólo las letras vienen de cóctel, no. También desde lo instrumental “Jennifer del Estero” (un muy buen título para un muy buen tema) combina bata electrónica, congas, un excelente bajo, sesión de vientos, viola eléctrica, flauta traversa, órgano y coros que van desde el tribal “uh, ah, uh, uh, ah, uh, ah, uh, uh, ah” al funkýsimo “na, na, ra, na, nau” que tan bien les sale. Como todo, bah. Porque la canción suena bailable, potente, redondita. Y apta para bailarse en Recoleta, en el DF, en Hamburgo o en el Central Park
Ah! Me olvidaba . . . Y, como estrella invitada, una mujer que es también un paradigma de la mezcla. Y que, por razones incontrastables (o quizás “con — tras . . .” – risas – ) seguramente nos gusta a casi todos
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Jennifer López
entró a mi casa,
abrió la heladera,
puso su culo junto a la cereza
la cual yo comeré
la próxima primavera
Yo creo en Dios,
pero es ella quien cura mis penas
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Para algunos fueron “lo más”; para otros, una reverenda cagada. El asunto fue que, derribado el Muro de Berlín, los ’90 trajeron un mundo donde PC dejó de ser las iniciales de Partido Comunista para ser el mágico aparato que, muy de a poco, empezó a destronar a la tele del lugar de Amo y Señor de la mayoría de las familias del planeta. Mundo de las comunicaciones y de la globalización, de empresas nacionales y multinacionales que se compran y se venden, de partidos políticos cada vez más parecidos entre sí y de barreras físicas de tiempo y distancia que tienden a casi desaparecer con un abanico de decenas de canales de cable para mirar y de un teléfono celular que empezó siendo el lujo de unos pocos para, en el cambio de siglo, perfilarse un destino de objeto personal indispensable. Y de a poquito, la cereza del postre: Internet (así con mayúscula)
Artísticamente el cambio iba a ser abrupto, también. Sin abundar sobre lo conocido, apunto algo: en el panorama internacional la cosa ya es mucho más fluida y diversa que antes. No es ya tanto que aparezca un fenómeno que sale desde un país poderoso y se desparrama (tipo rock en los ’60) y la cosa es mucho más mano y contramano. Y podemos ver a Peter Gabriel deslumbrado tocando con músicos senegaleses, a David Byrne diciendo que le gustan La Portuaria y Los Decadentes y al bueno de Enrique Martín Morales haciendo la canción oficial del Mundial Francia ‘98
Amigos, ya tocó el timbre. Los lectores se cansan de este post largo y quieren salir a despejarse
(Y mi mente imagina a seres humanos de todo tipo y condición – argentos, caribeños, yankees, blancos, negros, amarillos – que bailan con Dante y Emmanuel . . .)
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