DESERTIFICACIÓN
Muchas teorías, muchos preconceptos y muchas ideas engloba esta palabra. Para referirnos a ella, debemos referirnos inicialmente a suelo y definirlo. Para ello podemos recurrir a textos de Ecología o Ecología Agrícola, allí encontramos que suelo se denomina al material de superficie que a lo largo de un periodo ha llegado a constituirse en capas diferenciadas u “horizontes”. Tiene características físicas, químicas y biológicas que se ajustan al clima, topografía y vegetación y que experimentan cambios internos cuando estas condiciones varían. El suelo se diferencia del sustrato estéril que puede consistir en un manto detrítico o en lecho rocoso; el suelo verdadero se compone de partículas minerales y orgánicas mientras que los materiales situados debajo sólo poseen naturaleza inorgánica.
El suelo consta de sustancias en los tres estados: sólido, líquido y gaseoso. La parte sólida del suelo es a la vez orgánica e inorgánica. La erosión de las rocas produce partículas inorgánicas que dan al suelo la mayor parte de su peso y volumen. Se clasifican en arenas, arcillas y pequeños coloides microscópicos. Los sólidos orgánicos son materiales vivos o en descomposición de origen animal, vegetal, protista o monera. La parte líquida del suelo es una solución compleja de materiales químicos indispensables para los procesos que tienen lugar en éste. Los gases que ocupan los poros del suelo son procedentes de la atmósfera (O2, N2) y los liberados por la actividad química y biológica del suelo (CO2, CH4, SH2, etc.)
Los suelos se clasifican de diferentes formas según distintos parámetros que atienden entre otros a la cantidad de Materia Orgánica que presentan, al tipo de partícula predominante, a la humedad, a la calidad gaseosa, etc. Un suelo sufre multiplicidad de procesos evolutivos, la desertificación es sólo uno de ellos y puede, o no, contar con la participación humana.
La desertificación es un proceso que mediante diferentes formas conlleva la pérdida de la capa superficial o lesiona la riqueza de la misma alterando sus propiedades físicas o químicas. En el peor de los casos queda el lecho rocoso o “la tosca” al desnudo y se pierde el suelo en su totalidad. La desertificación de una región o zona puede ser analizada bajo diferentes parámetros, algunos más o menos convenientes según la especificidad o generalidad del mismo.
Resulta conveniente aclarar que no hablamos de un fenómeno nuevo, si no de un suceso que a través de la historia geológica ha ocurrido con frecuencia en varias zonas del planeta y que actualmente tiene lugar, por ejemplo, en nuestra patagonia, más allá de la potencial participación humana. Hablamos del ascenso del macizo continental precámbrico oriental del continente y de la recurrencia de factores que alteran el clima e incrementan la erosión de la patagonia como son El Niño y
Por otro lado, si dejamos de lado, los sucesos geológicos y climatológicos y corremos nuestra atención hacia la conducta del hombre, podemos inferir que es esperable la baja en la fertilidad que se da en nuestro país. Aquí se debe poner el acento en el desmonte de zonas boscosas, cuando no selváticas (Amazonia), y en el aumento de ciclos de cultivo con el menor descanso de los campos, los que son sometidos a dos o tres ciclos de siembra, o en el caso de
También son responsables, y aquí es innegable la participación humana, el hacinamiento de personas en grandes urbes, con el consecuente vaciado de las napas acuíferas y la formación de embalses para la generación de energía eléctrica. A este fin se desvían cursos de agua y se inundan zonas que quedan en su totalidad como reservorios de sales (una parte importante provienen de los fertilizantes) que van contaminando los suelos y el agua, los suelos elevan su ph a niveles no tolerables para las plantas y las aguas, sufren un proceso de eutrofización con la consecuente pérdida de las cualidades básicas para la vida acuática y el consumo humano. Como anécdota, durante un año y medio, grupos ambientalistas protestaban por la pastera Botnia, porque contaminarían el Río Uruguay, ignorando que un estudio hecho años atrás por una consultora canadiense aconsejaba evitar el uso de esas aguas para elaborar papel, por su alto nivel de eutrofia, por la cantidad de fertilizantes vertidos por los productores de Entre Ríos. Es más, Botnia cuenta con un prelavado y filtro especial para tratamiento de las aguas que luego usará en la planta, pero es cierto, todo este proceso incrementa la temperatura del agua del Río y se traduce en la sinergia de dos problemas que agravarán la eutrofización del Río en un corto plazo.
En resumen, la desertificación es un problema real y grave que, más allá del normal desenvolvimiento de cuestiones climáticas geológicas, afecta gravemente al ser humano, al país y a la provincia que ve mermados sus ingresos. El que es un problema está claro, lo que no está muy en claro es la forma de encarar este conflicto. En nuestro país, encontramos diferentes banderas que, si bien apuntan a la solución del conflicto no han encontrado el modo de acercar posiciones. Sería interesante, comenzar a ver que progreso, industria y tecnología no se encuentran reñidos con principios ambientales o conservacionistas y que un obrar conjunto sería factible para un mayor enriquecimiento y podrían evitarse grandes errores. Un ejemplo de las prácticas que no deben repetirse, la situación de Villarino y la grave carencia de agua en la actualidad. Se escuchan falsas promesas huecas, pero carentes de sentido, o sin el necesario aporte de ingenieros y técnicos que puedan hallar una solución real.
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