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Tristezas del adiós

Nuestro tiempo se va terminando.

Adiós anunciado entre lágrimas y congojas hondas.

Adiós cargado de memorias de canciones y poemas tristes:

“Beber el trago del dolor hecho de lágrimas

Sentir el sabor amargo del adiós último. (1)

¿Por qué se marchitó la flor de nuestro amor?

¿Por qué se voló el pájaro de nuestros sueños?

¿Por qué esta angustia tensa, si el vino estimulante del deseo aún no se apagó?. (2)

Beber las lágrimas del sin sentido, de lo incomprensible.

Porque ya no hay leña en el árbol de la fe,

Y ya nos probamos la mortaja del recuerdo,

Y nos acostamos en la tumba del pasado. (3)

Y el mundo ha dejado de ser mágico,

Y ahora todas las lunas son espejos del pasado,

Cristales de soledad. Soles de agonía. (4)

Hemos cometido el peor de los pecados de los amantes:

No nos hicimos felices. (5)

No pudimos querernos.

Impotencias de hierro.

Amores sin fe.

Ya atravesamos sin quererlo la puerta de la densidad.

Océano de brumas.

Mares de confusión.

Almas extraviadas.

Corazones de niños asustados.

Promesas incumplidas.

Cruz de desdicha.

Revelamos nuestro misterio,

Pero no encontramos la paz.

La espesura de lo denso urdió este infierno sin centro.

Laberinto sin forma.

Cristal de confusión.

Filo en la nada.

Roca desangelada.

Me pierdo y te pierdo.

Transmutarnos en nadas.

Nos mostramos las heridas

Y no fue suficiente.

Nos fundimos en éxtasis sublimes,

Pero nos quedamos vacíos.

Cuerpos y espíritus entrelazados en danzas ardientes,

Pero no encontramos la luz.

Amor hecho a la medida de mi pena.

Te vas alejando y ya no te tomo.

Me amas, pero te pierdo.

Te amo, pero te vas.

Me llamas y ya no escucho.

Nos abrazamos y somos calor.

Pero también somos cenizas.

Cenizas de sueños no consumados.

Ya tejemos el ocaso de nuestros soles.

Ya nos vamos separando.

El péndulo va y viene.

Pero sabemos que habrá de detenerse.

Pronto.

Nos quedaremos sin tiempo.

Y ya no existirán brillos para nosotros.

Adiós Mi Amor.

Adiós.

(1) “Cuando existe tanto amor”. Sandro, Anderle, Soldán

“Qué triste es despedirse cuándo existe tanto amor” (…)

“Ya bebo de tus lágrimas el trago del dolor,

con el sabor amargo que nos da el último adiós”.

(2), (3) ¿Cómo te diré?. Sandro, Anderle

¿Cómo te diré, que aquella flor

que era este amor se marchitó,

que el pájaro de sueños que tuvimos ya voló,

que el vino estimulante del deseo se acabó?

¿Cómo te diré, que ya mis ojos

se cansaron de llorar,

que ya mis brazos se durmieron de esperar

crucificado en la agonía de tu adiós,

de tu tal vez, de tu quizás?

¿Cómo te diré, que ya no hay leña

en el árbol de la Fe,

que la mortaja del recuerdo me probé,

que ya en la tumba del pasado me acosté?”

4) 1964. Jorge Luis Borges

“Ya no es mágico el mundo (…)

Ya no compartirás la clara luna

ni los lentos jardines. Ya no hay una

luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías”

He cometido el peor de los pecados…

5) He cometido el peor de los pecados. Jorge Luis Borges

“He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido

me arrastren y me pierdan, despiadados”.

Pintura -autor desconocido-

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Encuentro abolido detrás de las palabras

Encuentro abolido detrás de cataratas de palabras hechas para mi desdicha.
Ahogarse en palabras. Palabras traicioneras.
Preso del decir. Decir lo que no se quiere decir. O lo que no debería decirse.
Hablar de más. Irse en palabras. Absurda compulsión del verbo.
No es que se trate de ocultar o de callar. Sí, de manejar el arte de los silencios.
O el arte de saber cuándo decir y de saber cuándo callar.
Elogio del silencio que no supimos elegir. No pude cumplir la promesa de escuchar.
Esa es mi pequeña condena. Mi remordimiento.
Palabras que pueden liberar. Pero también lastimar.
Cuchillos filosos hechos de la sustancia de las palabras.
Palabras que tejen castillos de amor en el aire.
Para después construir muros invisibles e inviolables.
Me dejaste solo. Te quedaste sola.
Nos quedamos solos detrás de esa densidad viscosa que fuimos hilvanando.
El encuentro que no fue.
Los brillos que no llegaron.
(No me consuela saber que el eclipse fue por la realidad de hierro que no podía ni debía ser silenciada y no por las palabras dichas a destiempo. Ya lo sé: no fueron las palabras sino mis realidades, pero lo inevitable eran las realidades (…) no las palabras)
Palabras que ahogaron la dulzura y anegaron las magias presentidas.
Palabras que acallaron el silencio pacífico.
Para dejarme este silencio hueco.
Este silencio que es angustia y llanto contenido.
Pájaro solitario sin canto y sin vuelo.
¿Que debería haber hecho con las palabras dulces?
Con los abrazos que no fueron.
No fue danza de delfines.
Sí eclipse de sol apagado.
Y nos encontramos sólo en nuestras nadas.
¿Pero cómo podría protegerte allí, donde no es posible llegarte, si ni siquiera pude abrazarte aquí, donde fuiste a esperarme?
Esta necesidad de seguir ahora hablándote.
Demasiadas palabras que no traen sosiego.
Esta tristeza de encuentro abolido
Que no es luz y es cruz.
Espejo de soledades.
La dulzura del chocolate mientras pronunciaba las palabras amargas.
Palabras que sellaron despedidas.
Palabras que construyeron murallas.
Amurallarlo al deseo. Acorralarlo para que no hable.
Palabras de no sé donde para acallar las voces del deseo.
Aunque sea justo (…)
Pero esta soledad desnuda en que nos despedimos, ese frío de noche (…)
Te desilusioné.
Porque las palabras dulces no llegaron.
O sí llegaron, pero ya era tarde.
Impotentes para revertir en muro infranqueable.
Fragilidades del amor.
Esa eterna dificultad de “asir el amor”
Amor que se escurre delante de nuestros corazones azorados.
Poesías tristes que se transmutan en historias tristes. Profecía auto cumplida.
Historia repetida de adolescente que ve el mundo detrás de la ventana.
De joven que ve la puerta del cielo que no podrá abrir.
De hombre solitario que no podrá develar el misterio.
Me quedé de este lado.
En la intemperie de hielo.
Vacío de tu magia.
Adiós.

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El final de “La Dolce Vita” de Federico Fellini

El título de este post es deliberadamente ambiguo. Tanto como el título mismo del film “La Dolce Vita”
La Dolce Vita es una película de 1960, dirigida por el magistral Federico Fellini e interpretada por el “bello” Marcello Mastroiani y por esa diosa voluptuosa y sensual que fue Anita Ekbergg.
La vi por primera vez siendo aún adolescente. La disfruté en algunas particulares escenas. Pero, también, debo reconocerlo, sentí la aridez de extensos pasajes. Con todo, la atesoro como una de las grandes películas de la historia del cine.
Porque, para mi, La Dolce Vita es un complejo manifiesto de filosofía existencial, donde están el amor, la vacuidad, la soledad, el éxtasis ante la hembra humana, el misterio de la mujer, la dulzura perdida…
La Dolce Vita tiene mucho: la pinta y simpatía de Marcello Mastroiani (ese latin lover que él adolescente que fui quería ser), la sensualidad pagana de Anita Ekbergg, la pregunta sobre el sentido de la existencia, la vida inauténtica de la que no se puede escapar, la ilusión de resurrección a través del amor…
Hace muchos años que no veo el film. Sólo puedo hablar de mi recuerdo (de qué otra cosa podría hablarse sino de los recuerdos que quedaron). De los sentimientos que me dejo.
Roma. 1960. Marcello Rubini es un periodista de prensa amarilla. Seductor y carismático. Insatisfecho con su vida. Quizás sea profundamente escéptico. Quisiera ser novelista, hacer algo más comprometido. Pero su drama radica en la imposibilidad de comprometerse. Ya ha sido aguijoneado por la duda sobre qué vida deberíamos vivir. Y eso no tendrá retorno.
La historia de Marcello es la de una lucha interna entre su permanente coqueteo con la frivolidad y una inquietud existencial. Eso marca dos aguas:
Cuando Marcello se deja “encandilar” por la frivolidad, Fellini nos muestra su encuentro con Silvia, actriz americana y bomba sexy del momento (Anita Ekbergg); sus escarceos pseudo amorosos con su aristocrática amiga y confidente (Anouk Aimée) y su clara indiferencia hacia una amante a quien no ama.
Cuando en Marcello aflora la pregunta sobre el sentido, Fellini nos muestra sus diálogos con su amigo periodista intelectual, a quien respeta y a quien parece escuchar.
En diálogo intimista, ese amigo le manifiesta su temor ante el futuro de la sociedad, donde avizora una caída en la banalidad, un eclipse del amor. Mientras le muestra a Marcello el dormitorio de sus hijas aún niñas cubierta por velos angelicales, le confiesa que quisiera preservarlas de ese destino desangelado; y le revela una frase: “Deberíamos poder amarnos mejor”
Poco después sucede lo que, a mi juicio, resulta el punto de inflexión de la historia: su amigo mata a sus hijas y se suicida. Y esa noticia quiebra finalmente a Marcello. Ya no habrá retorno para él. Sólo frivolidad y vacío.
Me quedaron tres escenas grabadas de “La Dolce Vita”:
Por supuesto, la escena de Marcello y Anita Ekbergg en la Fontana di Trevi. La perplejidad e indefensión de Marcello ante la belleza voluptuosa de esa hembra bestial, diosa pagana. Marcello, tipo ganador, hombre experimentado, es apenas un niño pequeño ante la magnificencia de esa belleza femenina que hace doler el alma. Éxtasis, arrobamiento, encandilamiento, embeleso, temor ante el dios femenino, todo eso en unas pocas frases simples: “¿Pero quién sos?, Sos la mujer, la hermana, la amiga, la amante” (no estoy seguro de cada frase, sino de lo que transmite el conjunto; me gustaría recordarlas en italiano, porque esa lengua expresa mejor esa pasionalidad sensual)
También, la escena con Anouk Aimée, la amiga aristócrata. Ambos participan de una fiesta en un castillo de la alta realeza. En un momento se encuentran en un gran salón. Anouk se esconde y Marcello le habla. Marcello le declara su amor. Anouk responde en consecuencia. Por un momento, el espectador cree asistir a una revelación. Pero esa ilusión dura nada. La cámara de Fellini ya nos está mostrando que, mientras Anouk le habla de amor a ese Marcello al que no ve, otro hombre se que se ha filtrado en la sala la abraza desde atrás y la besa. Ocaso del amor, nacimiento de la vacuidad.
Reservo para el final la escena del final. Marcello, junto a su grupo de amigos y amigas de la noche, participa de una fiesta frívola, esa especie de orgías que en aquellos años se denominaban “happenings”. Vemos que Marcello ya se ha entregado al vasto mundo de lo insubstancial, al que temía. Al amanecer salen a caminar por la playa.
En una escena anterior, Fellini ya “plantó una Información” para esa escena final: Marcello está escribiendo en un parador de playa donde la camarera que lo atiende es una adolecente simple y dulce. La chica podría ser una provinciana. Es seguro que no ha sido contaminada por las luces de Roma. Marcello le pregunta si tiene novio. Ella, en su cálida ingenuidad le responde algo como: “¿Novio yo?, Que va!”
Vuelvo entonces al final. El grupo en que va Marcello se detiene curioso para ver a una extraña raya que yace en la orilla. A lo lejos se oye la voz de aquella adolescente. Marcello se vuelve para escucharla, pero no alcanza a comprender lo que dice. Una entrada del mar en la playa, los separa. La chica, siempre con una limpia sonrisa, gesticula para hacerse comprender. Marcello insiste en que no oye: “Non capisco, non si sente”. La escena se repite tres veces y Marcello está ya por renunciar. Finalmente, una amiga del grupo lo reclama: “vamos”. Y se va.
¿Se habrá perdido Marcello para siempre en el mundo de lo vacuo?. ¿Es que no puede ya escuchar el canto de la ternura?. ¿Se habrá perdido para él la dulzura de la vida?.
Conjeturas de espectador basadas en los sentimientos despertados por el film.
“La dolce vita” es un título ambiguo. Podría corresponder al “dolce far niente” de una vida disipada. Podría referir a la dulzura de la vida.
Me gusta concluir en que Marcello sucumbió a la primero por su imposibilidad de atender a lo segundo. En todo caso, es mejor que pensar que esta última posibilidad sea sólo una ilusión quimérica.
“La dolce vita”. Federico Fellini, Marcello Mastroinai, Anita Ekbergg. Un tesoro de imágenes. Un ensayo de existencialismo. Un deleite para el espíritu.

Nota: Años después leí un reportaje al propio Fellini donde decía que su “La Dolce Vita” refería a la “dulzura de la vida”



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Reminiscencias de la tristeza

Una tristeza antigua horada los instantes del presente.
Una antigua letanía de silencios y sombras tiñe de gris los amaneceres.
Yo tengo una tristeza de niño enjaulado por el adolescente que hizo del amor su cielo y su suplicio.
Belleza que se escapó para siempre en la esquina desnuda de la calle del barrio.
Ríos de nostalgia que invaden y penetran el vestigio del joven amor esperanzado.
Desiertos de orfandades anegadas por los vientos del desencuentro.
Laberintos de nada que sellaron la noche oscura de las soledades.
Glaciares portentosos encerrando de frío el cálido refugio.
Las puertas permanecieron cerradas y no pude ir.
Mientras las ventanas dejaban entrever el majestuoso signo de la dicha inasible.
Prisionero detrás del muro hecho de fantasmas, me perdí sin luz.
Soles eclipsados detrás de la máscara del niño sin rostro.
Cristales petrificados danzando alrededor del vuelo sin brillo.
No pude penetrar el misterio de la inefable alegría.
Condenado a navegar sin rumbo en la densidad de la niebla.
Bruma que se esparce por el interior de los pliegues de angustia.
Intersticio hueco del desamor atado a su centro.
Espíritu vagabundo condenado al océano de la congoja eterna.
El niño que perdí llora su sol extraviado.
Mientras el adolescente dormido añora los destellos de la luz que no pudo ser.

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