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Las ilusiones del transhumanismo

El transhumanismo es una rama de la filosofía cuyo propósito final radica en el logro de mejoras superlativas de las capacidades humanas, tanto físicas como mentales, a través del uso del conocimiento científico y tecnológico.
Pero, además, cabe agregar que el transhumanismo expresa una actitud existencial profunda a la que podría caracterizarse como optimismo radical
Nick Bostrom (2005) aporta la siguiente definición:
El Transhumanismo es tanto un concepto filosófico como un movimiento intelectual internacional que apoya el empleo de las nuevas ciencias y tecnologías para mejorar las capacidades mentales y físicas con el objeto de corregir lo que considera aspectos indeseables e innecesarios de la condición humana, como el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento o incluso en última instancia la mortalidad. Los pensadores transhumanistas estudian las posibilidades y consecuencias de desarrollar y usar la tecnología con estos propósitos, preocupándose por estudiar tanto los peligros como los beneficios de estas manipulaciones.
La anterior definición resulta útil para comprender que el transhumanismo no se presenta como una nueva utopía de carácter acrítico, sino al modo de un realismo posible no exento de complicaciones y peligros.
Tal como expresé alguna vez, creo que resulta atinado sostener que el transhumanismo es tanto la rama más científica de la filosofía como la vertiente más filosófica de la ciencia.
Personalmente, simpatizo con la línea general propositiva del transhumanismo. Pero reconozco una ambivalencia profunda respecto a su eventual concreción. Como toda idea emparentada a lo que suele denominarse “progreso”, resulta difícil dirimir entre los posibles beneficios y perjuicios
Sin duda la utopía transhumanista promete múltiples cielos terrenales, tan fáciles de imaginar cómo los posibles infiernos alternativos.
A modo de “encuesta” por cierto asistemática (basada en una muestra de personas a de mi conocimiento) he observado que, salvo en el minoritario subgrupo afecto al futurismo científico-tecnológico, el programa transhumanista genera escaso entusiasmo, acompañado por sentimientos que tienden a oscilar entre la indiferencia y el rechazo.
Me aventuraría a sostener que la indiferencia suele asociarse con la incredulidad o la escasa probabilidad que se le atribuye a la empresa transhumanista (Vg. “no creo que eso llegue a ocurrir”, “si ocurriera, yo no estaría aquí para poder verlo”)
En cambio, el rechazo parece mejor relacionado con una aversión visceral a lo que signifique desvirtuar nuestra natural esencia humana.
Paro comprender mejor el trasfondo de esa tensión conviene precisar las promesas y los temores alrededor del controversial movimiento que se viene analizando.
Digámoslo de modo simple y elocuente: el transhumanismo nos promete, entre otras logros, prolongar de modo creciente e indefinido la duración de la vida humana, atemperar el sufrimiento, aumentar las capacidades intelectuales, incrementar la capacidad de experimentar estados placenteros, etc.
La singularidad de esa promesa es que no refiere a hipotéticas vidas después de la muerte, tal como se ha venido predicando en muchas religiones desde tiempos inmemoriales. Por el contario, se sostiene la importancia de considerar seriamente la posibilidad fáctica de aquellos logros.
Para comprender mejor la naturaleza de los sentimientos antagónicos que suscita el transhumanismo resulta importante destacar el énfasis con que expresa su ideario. Al fin y al cabo, el programa transhumanista podría considerarse como una versión remozada de humanismo convencional (en la medida en que cuestiones como la lucha contra el sufrimiento y la enfermedad, etc. siempre han estado incluidas dentro de las preocupaciones humanistas)
No obstante, la diferencia es un énfasis expresado en una intensidad: obviamente, no es lo mismo luchar contras las enfermedades que aspirar a una longevidad de 500 años.
De modo que la radicalidad del programa transhumanista se expresa con elocuencia por la magnitud de sus objetivos. En efecto, aspirar a objetivos de ese tenor supone un diagnóstico previo de las leyes de la biología y psicología humanas naturales a las que, de algún modo, habría que violar para avanzar hacia el logro de una evolución posible catalizada por la aplicación del saber científico-tecnológico.
Y eso es lo que constituye la grandeza y la miseria de la propuesta transhumanista: el logro de ese humano mejorado con capacidades extraordinarias aparece como la contrapartida aquello que concebimos como esencialmente humano.
Lo transhumano, lo post-humano, representarían entonces una extraña amalgama entre cielo deseados e infiernos temidos.
Cielos e infiernos posibles que quizás la humanidad futura deberá explorar en su incesante búsqueda de aspirar a emular a los dioses.

Oscar Wilde, Shakesperare y las paradojas de la inmortalidad

En una de sus tantas sutiles exquisiteces sobre la existencia humana Oscar Wilde señaló que “En este mundo hay sólo dos tragedias: una es no obtener lo que se quiere; la otra es obtenerlo. Esta última es la peor: es una verdadera tragedia”

Aplicada a un plano existencial más vasto, esa frase me permitió esbozar una síntesis sobre un dilema en el que venía pensando desde algún tiempo.

Como, supongo que debe suceder a muchos, cuando se pasan los cincuenta y la propia muerte deja de ser una abstracción remota para pasar a ser pensada como una realidad probable, el tema de la muerte comienza a hacerse presente en la cosmovisión de nuestra vida.

En “Del sentimiento trágico de la vida”, Miguel de Unamuno argumentaba que la creencia en Dios escondía secretamente el deseo de inmortalidad. Así, un universo regido por Dios puede deparar una grata sorpresa a nuestro destino; en cambio, un universo vacío de Divinidad nos deja fatalmente desnudos ante el azar cósmico inescrutable.

Pero casi un siglo después, la utopía científico-tecnológica ya comienza a balbucear que, quizás, no todo esté tan perdido. Por ejemplo, la denominada filosofía transhumanista, sostiene que ya es hora de revisar ese “supuesto paradigmático dogmáticamente aceptado” que prescribe que la naturaleza humana es sustancialmente invariante tanto a nivel biológico como psicológico y que, por ende, debemos resignarnos al sufrimiento y a la muerte.

Cómo sustraerse a sentencias como las que acostumbra a formular Ray Kurzweil, uno de los representantes más conspicuos del tecno-transhumanismo, cuando nos sorprende afirmando que hacia 2045 las mentes humanas podrán ser transferidas a soportes artificiales y, también, nuestros cuerpos podrán ser indefinidamente auto-reparados doblegándose así la -hasta ahora- aparente flecha de la irreversibilidad biológica.

Longevidad, inmortalidad, suprahumanidad parecen ser poderosas razones para explorar de qué se trata. Invito al lector curioso a iniciar esa apasionante exploración arrancando por cualquiera de los links que referencio al final de este post.

Personalmente, me llamó la atención el descubrimiento de la Turritopsis nutricula, especie de medusa que –desde el punto de vista biológico—podría ser considerada como inmortal. La tentación extrapoladora resulta casi inevitable: si en el seno de la biología misma ya se habría “logrado” un mecanismo orgánico para realizar la inmortalidad, ¿por qué no podríamos replicar algo análogo en nuestra propia biología?

Querido lector: ¿te entusiasma la idea?, ¿te parece posible?, ¿te gustaría que eso pasará? ó ¿temerías que pudiera llegar a ocurrir?

Confieso mi profunda ambivalencia en relación a todo este asunto. Desde mi adolescencia siempre he creído ser especie de optimista realista utópico, que albergaba la esperanza secreta de alcanzar a ser testigo y partícipe de revoluciones científico humanistas como la que ahora pregona Ray Kurzweil.

Pero, sin embargo, y más allá de la probabilidad que le asigne a ese tipo de epopeya científica, confieso que hay algo ahora que me inquieta profundamente.

Y tal inquietud me hace rememorar parte del argumento de Zardoz, extraña película de ciencia ficción estrenada en 1974, donde se narra el problema existencial de una sociedad de inmortales que cuya meta más ansiada era la muerte. Al igual que Jorge Luis Borges, quien quería morir del todo cuando muriera, los habitantes de ese inhóspito futurismo sentían una profunda nostalgia por su pasado de terrenales mortales.

Llegado a este punto, “mi tesis” es sencilla:

Tal vez el temor a la muerte no sea sino la contracara del temor a la inmortabilidad

Detrás del miedo a la muerte tal vez se esconda otro miedo no menor: el de ser realmente inmortales

Entonces, quizás el verdadero dilema shakesperiano sea “Desear la mortalidad o desear la inmortalidad: esa es la cuestión”


Referencias

Transhumanismo

Ray Kurzweil

Turritopsis nutricula

Zardoz


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