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El concepto de histeria epistemológica y la máquina de leer el pensamiento




Musica y cerebro: Sting
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Con cierta frecuencia leemos alguna noticia de divulgación científica titulada más o menos así: “Científicos japoneses descubren una nueva tecnología para leer el pensamiento”

Sin duda, la idea de una máquina capaz de leer el pensamiento representa una de las grandes quimeras de esa vasta empresa que se llama ciencia.

Inversamente, la mera consideración de la factibilidad de tal desarrollo científico-tecnológico produce el horror de quienes consideran que algunas utopías de la tecno-ciencia chocan contra los valores humanos y/o contra las bases de nuestra naturaleza social.

Pero, ¿a quién le importaría desarrollar una máquina capaz de escudriñar nuestros pensamientos en tiempo real?
En este artículo no trataré de los intereses extra científicos (políticos, comerciales, militares, etc.) que podrían tomar partido a favor del desarrollo de la denominada “telepatía tecnológica”.

Sí me limitaré a indicar algunos intereses inherentes a la ciencia propiamente dicha.

En primer lugar, el tema interesa a las neurociencias, cuyo programa de investigación aspira a encontrar el código neural supuestamente subyacente a los procesos mentales.

Por su parte, el tema también importa a varias disciplinas emparentadas con la psicología y la ciencia cognitiva, interesadas en desentrañar la naturaleza de un hipotético código mental que resultaría clave para entender el funcionamiento del pensamiento humano, así como sus relaciones con la memoria, las emociones, las sensaciones y el lenguaje.

Muchos neurocientíficos y psicólogos pueden estar algo desencantados con los avances de sus respectivas ciencias. Ciertamente ha habido notables adelantos, pero, sin embargo, lo que ocurre en esa misteriosa “caja negra” denominada mente, todavía sigue resultando elusivo para la comprensión científica. La naturaleza inasible e intangible de la mente ha generado un descomunal edificio de teorías pero, en última instancia, parte de sus cimientos tiene la sustancia de las conjeturas.

Ese fondo de insatisfacción ha propiciado, por ejemplo, que quien escribe estas líneas (Licenciado en Psicología) alguna vez –y sin pretender demasiado– haya afirmado: “Mientras no tengamos la máquina de leer la mente, en psicología debemos conformarnos con teorías conjeturales”.

¿Pero qué pasa si tomamos seriamente aquella eventualidad? ¿Qué sería realmente una máquina capaz de leer la mente?

Por cierto, la respuesta dista de ser simple, en la medida en que habría que precisar qué es lo que tal dispositivo efectivamente leería (¿los pensamientos concientes?, ¿las representaciones mentales inconcientes?, ¿las emociones?, ¿las intenciones?, ¿los deseos?, etc.) y en qué formato se mostraría el resultado (¿texto?, ¿imágenes?, etc.)

También habría que determinar si tal lectura se realizaría a partir de la intención colaborativa del sujeto, que en ese caso actuaría como una especie de emisor o, por el contrario, si sería capaz de monitorear los estados mentales de una persona tal como estos ocurren en la vida ordinaria.

Aclarada entonces la complejidad que se esconde detrás de la referida “telepatía tecnológica”, cabe avanzar a través del siguiente experimento imaginario:

Una persona ingresa voluntariamente en un escáner fRMI (dispositivo que permite, a través de la denominada resonancia magnética funcional, mapear en tiempo real y a nivel de detalle neuronal la actividad cerebral) y al cabo de cierto tiempo se obtiene una serie de videos, imágenes y textos qué se corresponden a lo que está pensando, sintiendo y queriendo el sujeto de la experiencia.

Además, el resultado permite escudriñar imágenes de la memoria del sujeto voluntario.

Asimismo, el sistema permite reconstruir la génesis de los pensamientos e intenciones que ha emergido en su mente conciente, mostrando el conjunto de procesos de carácter inconciente que le dieron origen.

Aunque la imagen descripta en el anterior experimento hipotético pueda parecer simple y clara, está muy lejos de serlo.

Por ejemplo, resultaría elusivo cómo podrían visualizarse las emociones de la persona, en la medida en que las emociones son cualidades que “cohabitan” nuestra experiencia, pero no representaciones que puedan ser visualizadas (la cara de la mujer amada puede verse, pero no la emoción del amante al verla).

Tampoco resulta evidente si deberíamos ver imágenes separadas de textos, cuando el pensamiento real parece una amalgama entre ambos; aunque queda menos claro qué sería exactamente ver textos que simultáneamente se ensamblan con imágenes.

Sin embargo, asumamos -a modo de hipótesis útil- la plausibilidad del referido experimento. Podemos entonces preguntarnos: ¿quisiéramos realmente desarrollar esa tecnología?

Ignoro lo que pensará el lector (aunque me atrevería a adivinar lo que pensará la mayoría), pero creo saber cuál es mi opinión:

Si me pongo el “sombrero” del científico no puedo sino celebrar tal avance científico-tecnológico. Es que finalmente la mente habría dejado de ser un objeto de estudio opaco e inasible para transformarse en otro cognoscible y más “transparente”. Lo cual no parece poco.

Pero resulta inevitable colocarse el “sombrero” humanista y social. Es claro que la “telepatía tecnológica” podría sumirnos en una de los más espeluznantes distopías Orwellinas.

Porque ¿Cómo podría ser posible vivir en un sociedad donde nuestra vida privada podría ser completamente pública?, ¿Cómo seducir a nuestra parejas cuando nuestras cartas, buenas y malas, ya han sido reveladas de antemano?, ¿Cómo soportar el peso de la verdadera mirada del otro que, aplicada en su salvaje crudeza, puede pulverizarnos al estado de meros objetos (recordemos que para Sartre el infierno es la mirada del otro), etc., etc.

Arribo entonces a revelar el significado del título de este artículo:
Si la histeria es un estado del alma caracterizado por cierta ambivalencia del querer, entonces mi posición intencional hacia la “telepatía tecnológica” quizás deba catalogarse como “histeria epistemológica”.

De tal modo, histeria epistemológica sería ese sentimiento dual orientado a querer que algo ocurra, pero a la vez temiendo su ocurrencia.

Para finalizar, no creo ser el único ejemplar del universo aquejado de histeria epistemológica. En realidad, creo que muchas personas que hacen y piensan la ciencia se ven aquejadas por ese extraño síndrome. Creo que algunos pueden reconocerlo. Otros prefieren negarlo.

La máquina de leer la mente. Extraño objeto de deseo epistemológico. ¿Nos animaremos a desarrollarla? ¿O preferíamos que la neurociencia y la psicología ensayen por otros caminos, sin importar lo que renunciamos a revelar?

Más información sobre proyecto de lectura articial del pensamiento:

http://psicuba.psicologia-mundial.net/19

 


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