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La metamorfosis de Kafka y la aridez del alma

En su diario fechado el 3 de julio, Juan se refirió a un extraño sentimiento que lo invadió aquella tarde:
Súbitamente sintió que su corazón se había secado. Entonces recordó el argumento de la metamorfosis de Kafka. En realidad nunca había leído el original sino un comentario de otro escritor. En esa versión, sólo el personaje percibía que su cuerpo había experimentado una mutación. Pero nadie podía advertirlo. Entonces, luego de una lucha imposible, el personaje se resignaba.
Así se sintió Juan en aquella infausta tarde. Se daba cuenta que ya no podía sentir nada de lo que había alguna vez sentido. Sin embargo, todo se había trasmutado en una angustia hueca. Sintió deseos de llorar, pero no pudo.
Estuvo así varias horas. Su principal problema radicaba en cómo haría para disimular su alteración.
Hacia la noche, Juan volvió a marcharse bajo la intensa llovizna.
Nadie volvió a verlo.

Reminiscencia sobre el amor y la soledad en noche de invierno

¿Por qué será que los ocasos del amor apagan las luces del alma?

Los acasos del amor, los quizás, los podría ser, los algún día.

Tal vez deberíamos poder vivir varias vidas para poder vivir aquello que no pudo ser.

Tal vez deberíamos vivir varias vidas para curarnos de las heridas del amor.

A veces está todo. Pero no hay nada. El vacío es esa extraña fuerza que nos impulsa a tocar esa puerta. A abrir ese horizonte. A surcar el abismo.

Los abismos de los corazones. La imposibilidad de comunicarse. El milagro del encuentro. Somos tan complejos que el encuentro es un don del cielo. Por eso el amor habita en la zona del misterio y de lo sagrado.

La inmensidad del horizonte. Los paisajes lunares. Siempre hay alguien inerme ante la infinitud sin cielo.

Hay algo que no se nos revelará. Hay algo que se nos desvanece delante de los ojos. Imagen de hechizo sobre el estanque. Un viento leve puede ser suficiente. Y los falsos oasis pueden dejarnos en la soledad de los desiertos.

Las desdichas del amor. Su vano encantamiento. Habitantes nocturnos ebrios de pieles que se evaporan. Las pieles de las noches de invierno que son refugio. Estamos aquí, del lado de adentro de la intemperie. Y eso es la única magia que nos preserva. El instante en que sentimos la plenitud de la presencia.

Tocar un alma es como tocar un pedazo de cielo. Un cielo con gusto a besos. Un néctar que enciende el deseo y la pasión. La vida es la perpetua búsqueda de los cielos cotidianos. El amor es una brújula hacia algo que no podemos terminar de definir. Pero que siempre nos vuelve a llamar.

Tocar una piel es un intento de tocar un alma. A veces sentimos esa alma. Y eso es emoción.

De nuevo es la noche que deja entreabierta un sendero hacia el sentimiento. A veces, es necesario estar en la soledad avanzada de la noche para sentir la plenitud de la luna.

La luna de los enamorados donde el tiempo se ha detenido. Amar es un encantamiento dulce donde el tiempo ha quedado abolido.

Quizás la felicidad sea ese fugaz salvajismo del presente en que se contempla un rostro, se acaricia una piel, se cruzan las miradas, se murmura un nombre, se grita un éxtasis.

Acerca de “Sobre mi sombra”, de José Larralde

Una canción que transmite una profunda soledad existencial.
Un hombre que espera en la inmensidad de la pampa, o del cosmos.

Una espera cargada de ansiedades.

Una sombra agazapada en las entrañas del ser.

Una pasmosa quietud que atraviesa el alma.

Una mujer sin nombre que quizás no se revele.

Una soledad existencial que es también la presencia de un amor ausente (…) que podría llegar, pero no llega.

Mientras alguien espera con las venas abiertas en el aire.

Quizás ese amor no llegue nunca. O tal vez sí. Quién sabe.
Quisiera escribir una poesía para atrapar todas las sensaciones y sentimientos que evoca esta bellísma y triste canción de José Larralde.
Tal vez las palabras me acompañen, tal vez…

Encuentro abolido detrás de las palabras

Encuentro abolido detrás de cataratas de palabras hechas para mi desdicha.
Ahogarse en palabras. Palabras traicioneras.
Preso del decir. Decir lo que no se quiere decir. O lo que no debería decirse.
Hablar de más. Irse en palabras. Absurda compulsión del verbo.
No es que se trate de ocultar o de callar. Sí, de manejar el arte de los silencios.
O el arte de saber cuándo decir y de saber cuándo callar.
Elogio del silencio que no supimos elegir. No pude cumplir la promesa de escuchar.
Esa es mi pequeña condena. Mi remordimiento.
Palabras que pueden liberar. Pero también lastimar.
Cuchillos filosos hechos de la sustancia de las palabras.
Palabras que tejen castillos de amor en el aire.
Para después construir muros invisibles e inviolables.
Me dejaste solo. Te quedaste sola.
Nos quedamos solos detrás de esa densidad viscosa que fuimos hilvanando.
El encuentro que no fue.
Los brillos que no llegaron.
(No me consuela saber que el eclipse fue por la realidad de hierro que no podía ni debía ser silenciada y no por las palabras dichas a destiempo. Ya lo sé: no fueron las palabras sino mis realidades, pero lo inevitable eran las realidades (…) no las palabras)
Palabras que ahogaron la dulzura y anegaron las magias presentidas.
Palabras que acallaron el silencio pacífico.
Para dejarme este silencio hueco.
Este silencio que es angustia y llanto contenido.
Pájaro solitario sin canto y sin vuelo.
¿Que debería haber hecho con las palabras dulces?
Con los abrazos que no fueron.
No fue danza de delfines.
Sí eclipse de sol apagado.
Y nos encontramos sólo en nuestras nadas.
¿Pero cómo podría protegerte allí, donde no es posible llegarte, si ni siquiera pude abrazarte aquí, donde fuiste a esperarme?
Esta necesidad de seguir ahora hablándote.
Demasiadas palabras que no traen sosiego.
Esta tristeza de encuentro abolido
Que no es luz y es cruz.
Espejo de soledades.
La dulzura del chocolate mientras pronunciaba las palabras amargas.
Palabras que sellaron despedidas.
Palabras que construyeron murallas.
Amurallarlo al deseo. Acorralarlo para que no hable.
Palabras de no sé donde para acallar las voces del deseo.
Aunque sea justo (…)
Pero esta soledad desnuda en que nos despedimos, ese frío de noche (…)
Te desilusioné.
Porque las palabras dulces no llegaron.
O sí llegaron, pero ya era tarde.
Impotentes para revertir en muro infranqueable.
Fragilidades del amor.
Esa eterna dificultad de “asir el amor”
Amor que se escurre delante de nuestros corazones azorados.
Poesías tristes que se transmutan en historias tristes. Profecía auto cumplida.
Historia repetida de adolescente que ve el mundo detrás de la ventana.
De joven que ve la puerta del cielo que no podrá abrir.
De hombre solitario que no podrá develar el misterio.
Me quedé de este lado.
En la intemperie de hielo.
Vacío de tu magia.
Adiós.

¿Por qué será?

Por qué será que de pronto
Los corazones se cierran sin remedio
Y ya no vibran más como lo hicieron un día.
Esplendores fugaces como estelas en el mar
Que ya no veremos ni podremos sentir.
Y te quedaste en la otra orilla.
En esa quietud de congojas
El alma está desnuda
Ante el silencio vasto
De lo que se perdió.
Ese sueño que nos alumbraba.
Y ahora esta soledad sin perfume.
Ruta de nadas.
Caminos extraviados.
No pudimos comprendernos.
No aprendimos el arte de saber amarnos.
Esta soledad que golpea.
Este extrañamiento de niño asustado.
Espera tensa de que algo se revele.
Pero los corazones vacíos ya no tienen palabras.
Mutismo de lo que no pudo ser pronunciado.
Nos quedamos huecos de las palabras no dichas.
Y adonde iremos ahora.
Ese extravío que anticipa un eclipse.
Ya no pudimos tocarnos.
A fuerza de magias nos transformamos etéreos.
Y luego, fantasmas.
Sombras de recuerdos hechos de ausencia.
Esta ausencia que nos hiere el alma.
Y que no se irá.

Reminiscencias de la tristeza

Una tristeza antigua horada los instantes del presente.
Una antigua letanía de silencios y sombras tiñe de gris los amaneceres.
Yo tengo una tristeza de niño enjaulado por el adolescente que hizo del amor su cielo y su suplicio.
Belleza que se escapó para siempre en la esquina desnuda de la calle del barrio.
Ríos de nostalgia que invaden y penetran el vestigio del joven amor esperanzado.
Desiertos de orfandades anegadas por los vientos del desencuentro.
Laberintos de nada que sellaron la noche oscura de las soledades.
Glaciares portentosos encerrando de frío el cálido refugio.
Las puertas permanecieron cerradas y no pude ir.
Mientras las ventanas dejaban entrever el majestuoso signo de la dicha inasible.
Prisionero detrás del muro hecho de fantasmas, me perdí sin luz.
Soles eclipsados detrás de la máscara del niño sin rostro.
Cristales petrificados danzando alrededor del vuelo sin brillo.
No pude penetrar el misterio de la inefable alegría.
Condenado a navegar sin rumbo en la densidad de la niebla.
Bruma que se esparce por el interior de los pliegues de angustia.
Intersticio hueco del desamor atado a su centro.
Espíritu vagabundo condenado al océano de la congoja eterna.
El niño que perdí llora su sol extraviado.
Mientras el adolescente dormido añora los destellos de la luz que no pudo ser.

Mi vana soledad

El centro de la angustia palpita su tristeza,

Locuras escondidas de tu nombre ausente,

Hoy mis intemperies anidan tu perfume,

Mientras mi claro anhelo añora tu esplendor.

Amor ausente de una herida leve,

Infancia de jazmines en veredas de sol.

¿Adonde habrán ido mis huérfanas caricias?,

¿Adonde las alondras, los malvones y mi sol?

Seca tu herida y arrulla al niño huérfano,

Porque detrás de tu tristeza no habrá ya amanecer.

Quizás sólo esta tenue letanía de tus brillos,

Que envuelve para siempre mi vana soledad.


Al final fue el silencio

Al final fue el silencio.

Silencio que explota el vacío de tu nombre ausente.

Silencio de los abrazos que no fueron.

De las miradas que no se cruzaron.

De las palabras que no fueron pronunciadas.

De las caricias que quedaron sepultadas.

De las declaraciones que no tocaron los corazones.

Silencio de silencio.

Silencios que sólo gritan vacío.

Silencios de las palabras calladas para siempre.

Silencio de lo impronunciable.

Silencio de los silencios plenos,

Los compartidos por las miradas encendidas.

Al final fue el silencio.

Una tristeza hueca.

La caricia que no llegó.

Las ternuras que se desvanecieron

Sobre el océano de la nada.

Invierno desolado

Amaba este invierno

De nieves y lloviznas.

Porque el invierno es siempre

La señal cierta de nuestro alma desnuda.

Anhelante eterna de ráfagas de sol.

Amaba este invierno gélido.

Porque desde su imponencia altiva.

Podía soñar mejor el sueño de tu calor rozándome

Y el de mis abrazos

Envolviéndote en el océano de mis ternuras.

Este, mi amor.

Este volcán estallante de ansias contenidas.

De tanta angustia sin rumbo,

De tanta pasión que quema,

De esta suave hoguera que me consume.

Necesitaba el contrapeso de ese invierno hondo,

Intenso, inmaculado.

La escena era una ruta solitaria,

Desde el suave andar de un auto.

En noche desbordante en plenitud.

Con los silencios simples.

La magia de ir juntos.

De estar, porque sí.

Estar, sólo estar.

Porque el amor nos cifra con sus ritos,

Con sus pequeños intersticios que son refugio.

Mientras afuera, hiere la intemperie.

La escena era un lugar tranquilo, cualquiera,

Con leños y calor,

Con luz apenas necesaria para contemplar tú maravilla.

Ese deslizarse suave por los entresijos de tu belleza.

Por los pliegues de tu alma.

La escena éramos nosotros,

Con las canciones de siempre.

Con la magia de ir acompañándonos.

La escena eran nuestras miradas.

Las miradas encendidas, las manos entrelazadas.

Y así, me imaginaba paseando de tu mano,

Como eternos novios adolescentes,

Y los infaltables besos a la luz de la luna,

Y el chocolate marca “te quiero mucho; me gustás mucho, sabés; me gustás vos,”

Y los infinitos mares de ternura.

Y ese fondo de angustia por no acertar a ser un Dios.

Y poder entonces parar el tiempo

Para quedarnos así, acá adentro,

del lado seguro;

Resguardados del afuera,

Donde la intemperie del invierno crudo

Y la más feroz del tiempo,

Nos arrebatará, inexorable,

Sin piedad de nuestros corazones maravillados.

La escena era esa escena,

Los sueños, esos sueños.

Pero, sólo fueron eso: vanos simulacros de fantasmas hechos de espuma.

Porque afuera reina la intemperie cierta del invierno crudo.

Y no llegaste.

Y, mientras te esperaba, escribí estos versos tristes,

En ese invierno seco que me golpea el alma,

Anhelante eterna de ráfagas de sol.

Ese, tú sol.

El que no pudo ser.


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