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Silencio y olvido

Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados.
Jorge Luis Borges, “He cometido el peor de los pecados”

Las antiguas luces de los esplendores juveniles ya se van apagando.
Estoy aquí. Presintiendo mi hora.
No hay dolor. No hay remordimiento.
Sólo la inmensa paz de quienes ya no esperan.
El silencio es un suave manto que arrulla el ser.
Quisiera despojarme para siempre de la memoria.
Para ser solo olvido y vacío.
Una pura libertad sin pasado, sin presente, sin futuro.
Ya los vientos azules me cubren de nieves.
Es el tiempo que me envuelve en su inexorable magia.
Adiós a las alegrías infantiles.
Adiós al amor materno que alguna vez fue.
Adiós a los perfumes alados del amor.
Adiós al brillo refulgente de la pasión.
Irme solitario por el viejo camino.
En pura paz.
En puro silencio.

Encuentros y abismos

Fiel a su rito, aquella noche Carlos acudió a aquel privado.

Una tras otra, las tres mujeres se fueron presentando.

Mariana fue la primera. Para Carlos fue suficiente. Con amabilidad, cumplió el ritual con las dos restantes.

Había algo en Mariana que lo hizo sentir tranquilo. Una tenue sonrisa. Una alegría juvenil.

Cuando la secretaria le preguntó, Carlos la eligió sin dudar.

Mariana volvió y Carlos sintió que era otra. Una distancia fría parecía envolver la situación. Era evidente que ese hielo partía de Mariana.

En vano Carlos intentó distender a través de algunas palabras. Mariana respondió con una cordialidad fría que confirmaba la sensación de Carlos.

Al comenzar el juego, Mariana comenzó a besarlo con cierta suave ternura. Una dulzura etérea parecía abrigar ese aire, cuyo fondo era de vacío y misterio.

Carlos ya no esperaba nada. La dulzura de Mariana era puro regalo. Tenía el sabor justo de lo que ya no se cree que pueda llegar. Pero estaba sucediendo. Carlos disfrutaba del paisaje pacífico de los besos de Mariana en su pecho. En todo su cuerpo. Hasta que Mariana lo besó en la boca. Carlos sintió que era el momento de actuar. Entonces la abrazo con fuerza contra su pecho, mientras comenzaba a recorrerla en sus suavidades. Él no podía dejar de embriagarse con la ilusión de que los besos de Mariana eran besos de novia.

Estuvieron ensimismados durante un largo rato. La ternura corporal de Mariana tenía el sello de lo evidente. Pero su silencio intenso no la confirmaba. Carlos comenzó a inquietarse. Había algo enigmático que lo perturbaba. Su tensión se tornaba tan cierta como la dulzura a la que asistía. Pero el silencio hermético de Mariana ahondaba un abismo.

Y así siguieron. Todas las variantes del ansia que es fuego. Todos los matices del amor que podría ser verdadero. Todos los ritos de los enamorados. Sin embargo, el abismo seguía allí. La ternura de Mariana era apenas un oasis contra un fondo de desasosiego. Su infinito silencio comenzó a lastimar el corazón de Carlos. Mientras ella lo apretaba contra su pecho con una extraña pasión, él libraba una violenta batalla interior que oscilaba entre el cielo y la nada.

Finalmente el clímax llegó. Y las tensiones se disolvieron al modo de una tregua fugaz. Carlos entendió que era el momento de hablar. Entonces intentó vanamente ponerle letras al vértigo que lo había consumido. Atinó a decir que, para él, Mariana era un enigma. Le confesó que jamás había sentido tanta cercanía y lejanía al mismo tiempo. Mariana respondía desde otra dimensión. Parecería hablar desde el seguro puerto de lo que no es trascedente.

La confusión de Carlos llegó al límite de lo intolerable. Entonces, jugando a la inocencia pero sabiendo lo que se jugaba, se animó a preguntar “¿Y qué pensás de mi?”. Mariana respondió impertérrita: no te lo voy a decir”. Carlos sintió el filo de la daga punzando su alma.

Ya era hora de partir. Mariana lo acompaño hasta la puerta. Antes de despedirse volvió a besarlo como sólo puede hacerlo una novia. Carlos volvió a repetir lo que antes había dicho: “Sos muy dulce”. Mariana, rápida, respondió con su mejor sonrisa juvenil “Vos también; necesitas saberlo todo”

Al salir a la calle sintió que algo se había roto. Se sintió un niño asustado. Un paria. La calle estaba desolada. Su alma también.

El silencio en el amor

Hay ausencias de palabras
Que cargan el aire con la intensidad del deseo.
Un fondo de ansiedad cercana a la angustia
Podría hacer estallar los corazones que ya se han elegido.
Es el silencio de las miradas deseantes.
Lo que antecede al momento del éxtasis que se presiente.
Una atmósfera hecha de pieles y texturas.
A la espera del frenesí de los estallidos.
El silencio del deseo.
Cuerpos ardientes que son palabra no dicha.
Ser en la pasión.

Hay silencios expresan
La imposibilidad de decir el amor en palabras.
Porque cuando el amor estalla de veras
No hay palabra que puede colmarlo.
Porque el centro del amor,
Su infinitud,
Su inconmensurabilidad,
Habitan la zona de lo inefable.
De los intersticios innombrables dela alma
Que a veces es dicha y a la vez angustia.
Como todo amor que se sabe tan cielo
Con la misma certidumbre que se sabe nada.
Rosa fugaz.
Sol inasible.
Sustancia de lo efímero.
Es el amor acosado por el tiempo.
La dicha y la tristeza de lo condenado a morir.
Mientras el alma se tensa contra los arrullos de dicha.

Hay otros silencios llevan el signo del secreto.
Lo que se decide callar.
El umbral que no se debe trasponer.
Porque las palabras pueden ser puentes,
O alas,
Pero también anclas,
Y eclipses.
Los sabios amantes han aprendido el doloroso rito de la prudencia.
Hay una palabra que jamás pronunciaré.
Que sé que no debo pronunciar.
Que no podría pronunciar aunque quisiera.
Y elegimos entonces atarnos a este silencio secreto
Como un talismán que preserve al amor niño,
Huérfano, frágil.

Quizás ya hemos aprendido, por fin
Que las palabras del amor
Pueden ser las puertas del cielo.
O el pasaje al infierno del eclipse.
O la expresión certera de nuestra desnudez como amantes.
De nuestra infinita soledad ante tanta sol y tanta luz.
Que no termina de traernos la dicha de la paz.

Al final fue el silencio

Al final fue el silencio.

Silencio que explota el vacío de tu nombre ausente.

Silencio de los abrazos que no fueron.

De las miradas que no se cruzaron.

De las palabras que no fueron pronunciadas.

De las caricias que quedaron sepultadas.

De las declaraciones que no tocaron los corazones.

Silencio de silencio.

Silencios que sólo gritan vacío.

Silencios de las palabras calladas para siempre.

Silencio de lo impronunciable.

Silencio de los silencios plenos,

Los compartidos por las miradas encendidas.

Al final fue el silencio.

Una tristeza hueca.

La caricia que no llegó.

Las ternuras que se desvanecieron

Sobre el océano de la nada.

Sombra y silencio (2005/09)


Este profundo silencio que soy.

Este derrumbe de ruido apagado.

Fugacidad anónima de amaneceres infantiles eclipsados.

Esta piel despojada que no alcanza a ser luz.

Este laberinto hosco de caminante sin rumbo.

Esta sencilla noche de pena sin razón.

Las cosas eternas que se esconden en los intersticios

del tiempo olvidado.

Tiempo abolido.

Pensamiento sin centro.

Desierto de dicha ausente.

Mares encerrados detrás del misterio.

Sombras sin rostro detrás de la maravilla evanescente.

Este profundo valle del que no habrá retorno.

Fibra doliente en una congoja mansa.

Ríos de las palabras corridas por el viento,

Desierto de amores y ternuras huérfanas.

Este arroyo manso que me consume.

Este deslizarse hacia el callejón incierto,

Esta noche incipiente irradiando sombra.

Silencio de silencios.

Ya soy casi nada.


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