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Las razones de Julio Cobos: radiografía de una decisión difícil – Parte 1: Tres posibles modos de interpretar un mismo hecho

Tal como lo hiciera en el post anterior, insisto en que –conforme a mi opinión– la decisión del vicepresidente Julio Cobos fue un acto valiente, sincero, sensato y sabio.

Sin embargo, como resulta esperable en el contexto, no todas las voces coincidieron ni coincidirán en el modo de calificar el mismo acto.

Por un lado, quienes mantuvieron una opinión favorable sostuvieron –entre otros calificativos– que se trató de un acto de grandeza política, fundado en la íntima convicción del vicepresidente, tanto acerca de la injusticia intrínseca de la resolución 125 como de las consecuencias negativas que hubiese acarreado su sanción parlamentaria, tanto para el país como para el propio gobierno.

El hecho de que tal decisión implicara una toma de posición contraria a la del gobierno que el mismo Cobos integra, sumado a que resultaba esperable que el oficialismo lo condenaría a un futuro aislamiento político, conferiría el tinte de dramatismo a la decisión.

Esto explicaría entonces, que –para muchos– la decisión de Cobos fue un acto de suma valentía, en la medida en que para preservar una lealtad hacia sus convicciones, el vicepresidente no vaciló en decidirse en una dirección manifiestamente riesgosa para su convivencia dentro del gobierno y para su futuro político.

En su grado máximo, la lógica decisoria arriba descrita explicaría por qué muchos ciudadanos adhirieron a la idea de que Cobos habría actuado como un auténtico héroe.

En cambio, en un extremo opuesto, quienes convergieron en una opinión desfavorable, argumentaron que la decisión del vicepresidente fue lisa y llanamente un acto de profunda traición al gobierno del que forma parte indisoluble conforme al mandato popular; razón por la cuál debería haberse comportado en forma solidaria o, en el peor de los casos, abstenerse.

En tal línea argumental, en su expresión máxima, se agrega que se trataría de un acto fundado en un oportunismo político gravísimo, en la medida en que se hallaría inmerso en la lógica de la conspiración.

Así, desde esta perspectiva, el vicepresidente no sería más que un traidor, que –por afanes netamente egoístas– no habría vacilado en poner en riesgo (de manera adrede) la causa noble de un gobierno que lo acogió en su seno.

Por último, en una opinión intermedia, se argumenta que la decisión de Cobos fue justa y con consecuencias positivas para el país, aunque subsistiría un manto de sospecha sobre las razones que la originaron.

Así, se argumenta que, al margen del valor final del acto, la verdadera causa determinante habría que encontrarla no tanto en convicciones de integridad moral, sino en un simple cálculo de conveniencia política.

En tal sentido, Cobos no habría actuado como un héroe de intachable moral y valentía, sino como un político astuto que, ante todo, supo privilegiar su supervivencia actual y futura.

Desde esta perspectiva, la razón fundamental del vicepresidente no habría sido el ánimo de socavar al gobierno, ni de hacer lo que mejor convendría al país, ni de ser consecuente con algún tipo de imperativo moral. Más bien habría sido el intento de sortear su propio dilema situacional del mejor modo posible.

En próximos post ampliaré sobre mi opinión respecto a estas tres posiciones. Argumentaré por qué considero que todavía se podría esclarecer al respecto. Y, por último, intentaré justificar por qué –al margen de las exageraciones– coincido con la versión favorable a Cobos.

Mientras tanto, invito al lector a que exprese su opinión al respecto.

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Las razones de Julio Cobos: radiografía de una decisión difícil – Parte 1: Tres posibles modos de interpretar un mismo hecho

Tal como lo hiciera en el post anterior, insisto en que –conforme a mi opinión– la decisión del vicepresidente Julio Cobos fue un acto valiente, sincero, sensato y sabio.

Sin embargo, como resulta esperable en el contexto, no todas las voces coincidieron ni coincidirán en el modo de calificar el mismo acto.

Por un lado, quienes mantuvieron una opinión favorable sostuvieron –entre otros calificativos– que se trató de un acto de grandeza política, fundado en la íntima convicción del vicepresidente, tanto acerca de la injusticia intrínseca de la resolución 125 como de las consecuencias negativas que hubiese acarreado su sanción parlamentaria, tanto para el país como para el propio gobierno.

El hecho de que tal decisión implicara una toma de posición contraria a la del gobierno que el mismo Cobos integra, sumado a que resultaba esperable que el oficialismo lo condenaría a un futuro aislamiento político, conferiría el tinte de dramatismo a la decisión.

Esto explicaría entonces, que –para muchos– la decisión de Cobos fue un acto de suma valentía, en la medida en que para preservar una lealtad hacia sus convicciones, el vicepresidente no vaciló en decidirse en una dirección manifiestamente riesgosa para su convivencia dentro del gobierno y para su futuro político.

En su grado máximo, la lógica decisoria arriba descrita explicaría por qué muchos ciudadanos adhirieron a la idea de que Cobos habría actuado como un auténtico héroe.

En cambio, en un extremo opuesto, quienes convergieron en una opinión desfavorable, argumentaron que la decisión del vicepresidente fue lisa y llanamente un acto de profunda traición al gobierno del que forma parte indisoluble conforme al mandato popular; razón por la cuál debería haberse comportado en forma solidaria o, en el peor de los casos, abstenerse.

En tal línea argumental, en su expresión máxima, se agrega que se trataría de un acto fundado en un oportunismo político gravísimo, en la medida en que se hallaría inmerso en la lógica de la conspiración.

Así, desde esta perspectiva, el vicepresidente no sería más que un traidor, que –por afanes netamente egoístas– no habría vacilado en poner en riesgo (de manera adrede) la causa noble de un gobierno que lo acogió en su seno.

Por último, en una opinión intermedia, se argumenta que la decisión de Cobos fue justa y con consecuencias positivas para el país, aunque subsistiría un manto de sospecha sobre las razones que la originaron.

Así, se argumenta que, al margen del valor final del acto, la verdadera causa determinante habría que encontrarla no tanto en convicciones de integridad moral, sino en un simple cálculo de conveniencia política.

En tal sentido, Cobos no habría actuado como un héroe de intachable moral y valentía, sino como un político astuto que, ante todo, supo privilegiar su supervivencia actual y futura.

Desde esta perspectiva, la razón fundamental del vicepresidente no habría sido el ánimo de socavar al gobierno, ni de hacer lo que mejor convendría al país, ni de ser consecuente con algún tipo de imperativo moral. Más bien habría sido el intento de sortear su propio dilema situacional del mejor modo posible.

En próximos post ampliaré sobre mi opinión respecto a estas tres posiciones. Argumentaré por qué considero que todavía se podría esclarecer al respecto. Y, por último, intentaré justificar por qué –al margen de las exageraciones– coincido con la versión favorable a Cobos.

Mientras tanto, invito al lector a que exprese su opinión al respecto.

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La decisión de Julio Cobos y la salud institucional

La decisión del vicepresidente no sólo resguardó a La República, paradójicamente también podría resultar un shock de salud para un Gobierno que se venía deteriorando por sus propios errores

La dramática decisión tomada por el vicepresidente Julio Cobos esta madrugada semeja una bocanada de aire fresco en el marco de un clima asfixiante con rumores de aprietes y otras presiones non santas a senadores.

Tal como Cobos dijera en las palabras que precedieron a su voto, la historia juzgará su acto, aunque hoy no sepamos cómo.

No obstante, a juicio de quien escribe estas líneas y desde el humilde rincón histórico del hoy, se trató de una decisión valiente, sincera, sensata y sabia.

Había que ser valiente para disentir con uno de los gobiernos que mayor poder ha sabido acumular en la Argentina de los últimos años.

Conforme a mi percepción, Cobos expresó en su discurso un nivel de transparencia y sinceridad claramente contrastante con lo que estamos acostumbrados a ver en otros políticos.

La decisión tomada fue, además, sensata, ya que era la única y –quizás última- posibilidad de poner luz para la resolución de un conflicto inédito que viene desgastando al país y dividiendo a la sociedad.

Por último, se trató de una decisión sabia, en la medida en que pudo sobrevolar por encima de un “beneficio” inmediato para el Gobierno (que más temprano que tarde habría agravado el conflicto), en pos de un bien de mayor alcance en el futuro.

El gesto de Cobos fue la puesta en acto de la ley, sobre la desmesura de un poder desquiciado por un error de origen, derivado y perpetuado en un capricho incomprensible.

Por eso, al margen de cómo se desarrolle la historia, con sus marchas, contramarchas y misterios inescrutables; lo cierto es que hoy parece que la decisión del Vicepresidente Julio Cobos no sólo inyectó salud a La República, sino –y paradójicamente­– a un Gobierno que se venía debilitando día a día por un daño incomprensiblemente autoinfligido.

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La decisión de Julio Cobos y la salud institucional

La decisión del vicepresidente no sólo resguardó a La República, paradójicamente también podría resultar un shock de salud para un Gobierno que se venía deteriorando por sus propios errores

La dramática decisión tomada por el vicepresidente Julio Cobos esta madrugada semeja una bocanada de aire fresco en el marco de un clima asfixiante con rumores de aprietes y otras presiones non santas a senadores.

Tal cómo Cobos dijera en las palabras que precedieron a su voto, la historia juzgará su acto, aunque hoy no sepamos cómo.

No obstante, a juicio de quien escribe estas líneas y desde el humilde rincón histórico del hoy, se trató de una decisión valiente, sincera, sensata y sabia.

Había que ser valiente para disentir con uno de los gobiernos que mayor poder ha sabido acumular en la Argentina de los últimos años.

Conforme a mi percepción, Cobos expresó en su discurso un nivel de transparencia y sinceridad claramente contrastante con lo que estamos acostumbrados a ver en otros políticos.

La decisión tomada fue, además, sensata, ya que era la única y –quizás última- posibilidad de poner luz para la resolución de un conflicto inédito que viene desgastando al país y dividiendo a la sociedad.

Por último, se trató de una decisión sabia, en la medida en que pudo sobrevolar por encima de un “beneficio” inmediato para el Gobierno (que más temprano que tarde habría agravado el conflicto), en pos de un bien de mayor alcance en el futuro.

El gesto de Cobos fue la puesta en acto de la ley, sobre la desmesura de un poder desquiciado por un error de origen, derivado y perpetuado en un capricho incomprensible.

Por eso, al margen de cómo se desarrolle la historia, con sus marchas, contramarchas y misterios inescrutables; lo cierto es que hoy parece que la decisión del Vicepresidente Julio Cobos no sólo inyectó salud a La República, sino –y paradójicamente­– a un Gobierno que se venía debilitando día a día por un daño incomprensiblemente autoinfligido.

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