Posts etiquetados como ‘remordimiento’

Encuentro abolido detrás de las palabras

Encuentro abolido detrás de cataratas de palabras hechas para mi desdicha.
Ahogarse en palabras. Palabras traicioneras.
Preso del decir. Decir lo que no se quiere decir. O lo que no debería decirse.
Hablar de más. Irse en palabras. Absurda compulsión del verbo.
No es que se trate de ocultar o de callar. Sí, de manejar el arte de los silencios.
O el arte de saber cuándo decir y de saber cuándo callar.
Elogio del silencio que no supimos elegir. No pude cumplir la promesa de escuchar.
Esa es mi pequeña condena. Mi remordimiento.
Palabras que pueden liberar. Pero también lastimar.
Cuchillos filosos hechos de la sustancia de las palabras.
Palabras que tejen castillos de amor en el aire.
Para después construir muros invisibles e inviolables.
Me dejaste solo. Te quedaste sola.
Nos quedamos solos detrás de esa densidad viscosa que fuimos hilvanando.
El encuentro que no fue.
Los brillos que no llegaron.
(No me consuela saber que el eclipse fue por la realidad de hierro que no podía ni debía ser silenciada y no por las palabras dichas a destiempo. Ya lo sé: no fueron las palabras sino mis realidades, pero lo inevitable eran las realidades (…) no las palabras)
Palabras que ahogaron la dulzura y anegaron las magias presentidas.
Palabras que acallaron el silencio pacífico.
Para dejarme este silencio hueco.
Este silencio que es angustia y llanto contenido.
Pájaro solitario sin canto y sin vuelo.
¿Que debería haber hecho con las palabras dulces?
Con los abrazos que no fueron.
No fue danza de delfines.
Sí eclipse de sol apagado.
Y nos encontramos sólo en nuestras nadas.
¿Pero cómo podría protegerte allí, donde no es posible llegarte, si ni siquiera pude abrazarte aquí, donde fuiste a esperarme?
Esta necesidad de seguir ahora hablándote.
Demasiadas palabras que no traen sosiego.
Esta tristeza de encuentro abolido
Que no es luz y es cruz.
Espejo de soledades.
La dulzura del chocolate mientras pronunciaba las palabras amargas.
Palabras que sellaron despedidas.
Palabras que construyeron murallas.
Amurallarlo al deseo. Acorralarlo para que no hable.
Palabras de no sé donde para acallar las voces del deseo.
Aunque sea justo (…)
Pero esta soledad desnuda en que nos despedimos, ese frío de noche (…)
Te desilusioné.
Porque las palabras dulces no llegaron.
O sí llegaron, pero ya era tarde.
Impotentes para revertir en muro infranqueable.
Fragilidades del amor.
Esa eterna dificultad de “asir el amor”
Amor que se escurre delante de nuestros corazones azorados.
Poesías tristes que se transmutan en historias tristes. Profecía auto cumplida.
Historia repetida de adolescente que ve el mundo detrás de la ventana.
De joven que ve la puerta del cielo que no podrá abrir.
De hombre solitario que no podrá develar el misterio.
Me quedé de este lado.
En la intemperie de hielo.
Vacío de tu magia.
Adiós.

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Ese amor que dejamos ir sin saber por qué (elogio a la canción Puerto Montt)

Todos hemos tenido un amor al que dejamos ir incomprensiblemente.

Por que si…

Puerto Montt narra la desdicha de un enamorado que parte sin saber por qué

(Por qué será que el adiós en una playa parece todavía más triste)

Para luego retornar y sólo encontrar “silencio sin piedad”

Puerto Montt es una canción bella,

Una balada simple que toca el alma.

Puerto Montt es una canción triste

Porque siempre son tristes los amores desencontrados.

Puerto Montt es la historia de dos desdichas:

La de la amante abandonada sin motivo

Y la del remordimiento del amante fallido

Que retorna para enfrentarse con la nada.

Quien escribe estas líneas,

Fue alguna vez el amante fallido

Que abandonó a su amor en alguna playa.

Y es también el hombre absurdo

Que vuelve a esa playa para intentar comprender lo incomprensible.

Sombrías e inescrutables son las razones del corazón humano.

Abandonar un amor a la deriva puede ser apenas un pequeño extravío adolescente.

Pero se me hace que se trata de algo más profundo.

Acaso se trate del intento dejar una huella perdida en el tiempo, para recordar que había una felicidad posible para nosotros.

Acaso para torturarnos el resto de nuestra vida, añorando ese camino que no tomamos y que tal vez deberíamos haber tomado.

Puerto Montt: una canción bella y triste.

Una canción simple,

Pero acaso también un símbolo de lo irreparable en el amor.

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

El remordimiento de Oskar Schindler y el amor que no puede terminar de decirse – Reflexiones sobre la tristeza ante una pérdida irreparable


Uno de los momentos de mayor hondura dramática en la película “La lista de Schindler” ocurre cuando Oskar Schindler se da cuenta que salvó a muchos judíos condenados a morir en las cámaras de gas del nazismo, pero, sin embargo, no salvó a todos los que podría haber salvado.

El remordimiento es uno de los terribles aguijones que pueden horadar el alma de una persona. Ignoro las diferencias entre el remordimiento y la culpa y no me interesa ahora rastrear o teorizar sobre las mismas. Me basta concluir que el remordimiento es culpa en estado puro.

Hace apenas unos días me tocó vivir por primera vez la profunda tristeza que embarga el alma de quien ha perdido una mascota con quien había establecido un vínculo de cariño. Quisiera decirlo sin eufemismos: mi vínculo con mi perra fallecida era de PURO AMOR.

Mi perrita murió después de un mes de padecimiento y complicaciones en su salud. Durante ese período hubo marchas y contramarchas en sus tratamientos derivadas de las consultas e interconsultas de los profesionales veterinarios que la asistieron.

Cómo suele suceder cuándo uno se involucra activamente en el proceso diagnóstico-terapéutico, dando y pidiendo información, aceptando las prescripciones, sugiriendo caminos posibles, etc.; de pronto uno no puede dejar de sentirse co-responsable de las acciones y/u omisiones llevadas a cabo.

Y cuando el desenlace no es bueno, junto a la tristeza lógica ante lo irreparable, puede emerger entonces con toda su fuerza el aguijoneo implacable de los podría haber sido.

“Porque si en lugar de hacer A, hubiera hecho B, entonces, quizás (….)”; “¿Por qué acepté hacer o no hacer tal o cuál cosa?”; “¿Por qué no me puse más firme e insistí en que se haga esto o aquello?”. Así, ad infinitum.

Emparentada con el remordimiento más puro está la lógica de pensar las posibilidades que no fueron. Extraña es la mente humana que parece necesitar el sostenimiento de una quimera como si su plausibilidad permitiera mágicamente revertir lo irreparable. Pero, más extraño aún es que el éxito de descubrir ese atajo imaginario que hubiera revertido el fin trágico de las cosas, puede esconder la paradoja de magnificar ese aspecto trágico. En efecto, si podría haber hecho lo que no hice para que no sucediera lo malo que sucedió, entonces lo único que se ha ganado es sumar el dolor del remordimiento al de la pérdida.

Me niego a los simplismos psicoanalíticos que señalarían la existencia de un oscuro goce en retorcernos ante lo irreparable.

Tampoco trato de desconocer el sano precepto de poder reconocer qué uno hizo todo lo que pudo y entonces lo más positivo es dejar el alma en paz y transmutar el dolor de la pérdida en los gratos recuerdos vividos con el ser que hemos pedido. Por supuesto, sería hasta insensato negarse a mirar para adelante en aras de sumergirse en un autoflagelación inutil.

Sin embargo, nada de lo anterior quita el valor de verdad de que en esa ardua procesión interior que denominamos duelo, nos damos cuenta de las insuficiencias de nuestro amor.

Como dije en algún otro texto “El amor nunca puede terminar de decirse”. Y agregaría aquí que tampoco puede terminar de realizarse en toda su potencialidad.

Creo que una de las grandes expresiones de nuestra insuficiencia radica en tomar plena conciencia de nuestra precariedad como sujetos amantes.

De modo que, desde esta metafísica existencial, tal vez el remordimiento no sea un goce oscuro e inútil del alma, sino la inevitable contrapartida de ese sentimiento profundo de amor que no podemos alcanzar a transmutar en un bien para el ser amado.

Quizás sea esa entonces la culpa original del enamorado: el reconocimiento pleno de su inmensa fragilidad para preservar a lo amado.

Como con la angustia existencial, como con nuestra certera finitud, quizás deberíamos aprender a convivir con la insuficiencia de nuestro amor.

Tal vez de eso trataba el súbito remordimiento de Oskar Schindler.

Y quizás por eso nos conmueve intuir la inmensidad de ese momento de desdicha.



  • Comentarios
  • 1 voto

IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog