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Reminiscencias musicales de amores perdidos

Cadencias musicales

Se deslizan por los pliegues de la memoria.

Tesoros escondidos desfilan como hechizos

De antigua miradas angelicales.

Sonrisas evanescentes detrás del pasado abolido

En las inciertas entrañas de los corazones dormidos.

Pétalos de rosas que se deshicieron

Para evaporarse en el tiempo de la ausencia.

El saber dulce y triste de la dicha adolescente.

Y esta paz que no me calma.

Ríos extraviados en vendavales

De viento y arena.

Luz desvanecida en la eterna noche sin rumbo.

Amores que no pudieron ser.

Despertares desiertos de tu magia aniñada.

Esta opacidad de no saberte.

Esta espera ansiosa

Del otro lado de la dicha.

Te oigo y no puedo hablarte.

Te siento pero no puedo alcanzarte

Mientras el cielo se cierra sin retorno.

Porque el tiempo se consumió

Matando la llama de tu juventud.

Y no fuimos sino desierto de imposible.

Pequeños barquitos a la deriva en alta mar

En noches borrascosas.

Puerto sin destino.

Anochecer sin día.

Muros invisibles.

Cadenas de hielo.

Noche sin luna.

Voz sin sonido.

Angustia sin centro.

Mirada aniñada que reapareces

Desde la noche sin tiempo

Convocada por el encantamiento de cadencias musicales olvidadas.

Símbolo de lo que se escapó.

Agua cristalina escurrida de manos de niño.

Arrullo dulce hecho sólo para el recuerdo

Escondido para siempre

Detrás de canciones que alguna vez escuchamos

Pero que nunca pudimos cantar.

Evocaciones

Retazos de poesía y canciones tristes

Que quedaron anegadas en la memoria

De un pasado adolescente, escrito con fuego y ausencias.

Beber una vez más la tristeza dulce de la nostalgia

Para ilusionar el imposible regreso.

El otro lado.

La promesa cifrada.

El tiempo que se expandía.

La dulzura de tu sonrisa,

Cuando todavía el secreto no había sido develado.

Tu belleza atemporal.

La edad de la espera ardiente.

Corazones entrelazados en veranos perfumados por tu piel.

Esa angustia honda que transcurre entre los intersticios de la dicha.

Esa oscura intuición de la evanescencia del encuentro.

Esa ansiedad ciega que precede el saber que los momentos únicos, son sólo eso.

Y luego esa interminable letanía de la memoria.

Morir en el éxtasis

Para comenzar a vivir en el recuerdo, que es dicha y ausencia.

El sino inevitable de nacer y morir para, finalmente, seguir siendo recuerdo,

Fantasma, angustia.

Hechizo de luna,

Brillo espejado.

Tu silueta reflejada en el lago,

O en mis ojos, o en el mar.

Y después, el fin de fiesta.

Ya es hora de irse.

El espejo roto y la daga del tiempo.

Ese febril adiós huérfano de palabras.

Tu imagen en el lago que se desvanece y mi memoria imperfecta que pretende reconstruirte.

Y te volvés a escapar.

Como ayer y como siempre.

Porque el amor es hechizo de una noche de verano,

Espuma de sueños,

Trampa del destino.

Silencio cargado de nuestras ansiedades juveniles,

Inundadas de las intemperies de lo frágil.

Sol de verano para esa tristeza eterna.

Para esta nostalgia perdida en los entresijos de las canciones tristes y bellas.

Como tu juventud.

Como la mía.

Elogio de El Principito (y del amor a su rosa)

Texto de Federico González (2009)

Como dice esa hermosa letra de la “Canción de las simples cosas” (escrita por Armando Tejada Gómez) “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Será por eso que tarde o temprano volvemos a El Principito.
Tanto se ha ya escrito sobre El principito, ese libro mágico escrito para grandes que no olvidan su corazón de niños, que se torna difícil agregar algo original.
Pero los resquicios del alma siempre esconden algún matiz que nos deleita descubrir.
Este es el mío, en esta noche:
Como toda verdadera poética, la imagen de un universo que no es el mismo si en algún planeta lejano un cordero se ha comido o no a una rosa amada, transmite una estética maravillada.
La tensión entre un universo luminoso y otro oscuro, transmite ese incierto intersticio entre la dicha y la tristeza. Que la rosa sea o no sea: esa es la verdadera cuestión existencial que habita el corazón del enamorado.
Pero intuyo que no es sólo eso. Porque, como escuche decir certeramente a un querido psicoanalista1, “toda estética remite a una metafísica”. Lo cual -para mi- significa que el fondo de la pregunta que horada el corazón de nuestro Principito (¿pero es que el zorro se habrá comido a no a la rosa?) se revela no sólo el enigma y la angustia del sentimiento, sino también los del conocimiento.
Cabe recordar que en palabras de George Berkeley, el fundador del idealismo, “ser es ser percibido”. De modo que todo ese andamiaje de un universo infinito inmutable e indiferente a nuestro destino, se derrumba en ausencia de una conciencia que lo contemple. Para decirlo más sencillo: según ese filósofo británico, si súbitamente desaparecieran todas las conciencias del universo, entonces éste caería con ellas; ¿Por qué qué cosa podría (continúa Berkeley) resultar más inimaginable que un universo tangible que nadie puede ver o tocar?
Llego entonces al núcleo de la “mini tesis” que anima estas líneas: el dilema de El Principito no es sólo sentimental, sino –también- existencial. Porque quizás el verdadero amor sea la única garantía de existencia tanto del Otro como de Uno. (Eso que algunos psicoanalistas podrían llamar “narcisismo espejado”).
Me gusta imaginar lo que se imagina ese Principito perdido en un mundo de ausencia pero recordando una presencia hecha de “la sustancia de los sueños” (la frase es de Borges).
¿Vivirá o no la rosa? Si vive, entonces el universo es un regocijo hecho de luces de estrellas, en el cual habrá una rosa (otra conciencia) desde la que seré pensado y amado. Pero si no vive, entonces ese universo no será sino el vestigio inerte de lo que fue, pero ya no es; esa nada que me inunda y me arrastra al hielo del olvido. (Y no nos engañemos, es cierto que la rosa de algún modo vive en El Principito, pero quizás su angustia profunda sea saber si él también perdura existente en el corazón de la rosa”)
Decía el Gran Alejandro Dolina que hay dos ingredientes en la vida: conocimiento y sentimiento. Probablemente tenga razón.
Por eso quizás será que de tanto en tanto vuelvo a El principito, ese libro mágico que siempre nos recuerda que aún somos el niño que fuimos, pero que está noche extrañamente me reveló que aquello de que el universo es un vasto misterio hecho de amor, quizás tenga algún sentido.
Y eso a pesar del escepticismo que nos empezó a invadir cuando comenzamos a perder aquella inocencia del niño que fuimos y que El principito se encargará de recordarnos.

1Guillermo Martin, psicoanalista argentino.1Guillermo Martin, psicoanalista argentino.

Reflexiones sobre la memoria a partir de una vieja foto de unos amigos

A mi Querido Amigo Ricardo Lonzi:
Por permitirme evocar los recuerdos más lindos.
Por no olvidar al niño y al adolescente que fuimos.
Por hacer un culto de la amistad más allá de la distancia.
Por no olvidar.
Porque, parafraseando a Dolina: los que recuerdan siempre serán nuestros hermanos.

Ricardo:

Es una gran emoción verte a vos y a Beto cuando “éramos tan niños”

Las fotos tienen esa extaña magia de “contrariar” un poco nuestros recuerdos:

Porque (no sé cómo lo hace la mente, pero sí que lo hace) lo cierto es que los Ricardo y Beto de ese época, en mi memoria son pibés muy jóvenes, pero no son estos niños.

Para hacerlo más simple: La Srta. María Leticia Ferrero en mi recuerdo es una mujer joven, pero de una juventud evanescente y atemporal que -además- es algo más joven que yo ahora, pero no mucho más (para decirlo más simple: “no me puedo imaginar que fuera la pendeja de 18 años!!!! que inequívocamente mostraría su foto).

Es algo curioso, como si en el recuerdo la autoimagen de uno tuviera que “bajar algunos años”, pero no los necesarios, para así poder acompañar la imagen del otro, que necesariamente tenemos que “adultizar” o “envejecer” (o tal vez sea al revés: cómo “la Leticia” era mayor que nosotros, y nosotros ya no somos pibes (¿o sí?) entonces tenemos que “verla” un poco más grande.

Otro tema: ver a la hermana menor del “gordo” me produjo otra vivencia poco frecuente a la que trato de atender como “estudioso” de la memoria humana:
Sucede que llega un momento en que es difícil recuperar “recuerdos vírgenes”, porque casi todos nuestros recuerdos son ya “recuerdos de recuerdos” o, de otro modo, hechos que ya hemos recordado varias veces. En cambio, la hermana menor del “gordo” durante todos estos años había desaparecido de mi memoria. De modo que recuperarla fue una revelación.

Bueno, nada más por ahora.

Espero que estés disfrutando tu estadía por allá.

Un fuerte abrazo.

Federico

Enamorándote otra vez. Elogio de Chico Novarro y Silvana Di Lorenzo

En el cuento “Funes el memorioso”, Borges dice: Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable”.

Quizás sea por eso que desde los noventa, por alguna u otra razón, con mi esposa Susana siempre estábamos a punto de ir a ver a Chico y Silvana, pero no lo hicimos. Invariablemente, nos consolábamos con aquello de “ya van a volver”, pero al final no concretábamos.

Y bueno, ayer nos decidimos y fuimos al Ateneo, a la función de despedida del ciclo “Enamorándote otra vez”. Valió la espera y se justificó aquello de que “a lo bueno hay que saber esperarlo”

Chico y Silvana: canciones románticas, alegría, frescura, espontaneidad, recuerdos, buena onda, buena gente.

Chico, mi esposa “te ama”. Debería estar celoso, pero no; puedo acompañarla en esa admiración porque para mi sos también un ídolo. Chico, sos un Grande (perdoname el facilismo de este lugar común; en todo caso tomalo como “licencias” para expresar agradecimiento de los que sabemos que no seremos un escritor importante)

Chico, ando pasando un poco de mis primeros cincuenta, y te recuerdo desde la época del Club del Clan. Si habremos cantado “El Camaleón”, “El Orangután”, “Un sombrero de paja”. (Por aquellos años también me viene a la memoria una de un tal conde Javier Humberto que no tenía donde caerse muerto (…) y que cuando se bañaba, una vez al año, y vendía como tinta china el agua negra que quedaba !!!)

Años más tarde te recuerdo en uno de esos programas de humor de la época (¿Vivir es una comedia?) cuando hacías ese sketch con Mariquita Gallegos en que eras poeta (diría que los personajes se llamaban Rodolfo y Beatriz). Hacías de poeta “chanta” con versos inverosímiles pero la ponías loca a la mina que repetía obnubilada: “Rodolfo: ¡es un poeta!”

Chico, cuanto nos hiciste divertir. Muchas gracias.

Y las canciones románticas. Cuanta poesía, cuanta bella melodía, cuántos buenos momentos.

Y siempre esa extraña combinación entre espíritu romántico, loco lindo, “atorrante” simpático.

Chico, cuantos recuerdos. Me acuerdo cuando en la fiesta de despedida a Monzón presentaste “Algo contigo” y se lo dedicaste a Carlitos. Sonaba tan raro dedicarle a ese entrañable “pedazo de bestia” algo como “hace tiempo que me muero por tener algo contigo”

Chico, te recuerdo en “Los caballeros de la cama redonda” donde encarnabas a la perfección el sueño del “porteño trampa” de aquellas épocas.

Silvana. ¿Qué te puedo decir?. Soy de la época de “Música en Libertad”.

Me pregunto si alguna vez muchos de los que disfrutábamos de ese ciclo único y mágico nos terminaremos de sacar esa pesada máscara de hombres serios, pseudo-intelectuales superados y consumidores de gustos refinados y vanguardistas, para –definitivamente- poder conectarnos sin culpa con ese tiempo tan lindo sintetizable en el título de un long play de la época “Mi chica, mi música, mi boliche” (porque será que uno se ve en la obligación de tener que decir “sí, a los 15 yo leía a Schopenhauer y escuchaba a Led Zeppelin, para poder decir que me sentía feliz viendo Música en Libertad)

Silvana: ¿Que te puedo decir?. Los jóvenes de ahora mueren por Angelina Jolie. Pero nosotros moríamos por vos. Eras el sueño del pibe: la mina linda con aire de barrio. Está claro que en esta época serías un top top.

Silvana, estás tan linda como siempre. Pero cantás mejor que nunca. ¿Me podrías cantar “Parole, parole” otra vez?, un poco en castellano otro poco en italiano. (¡y de paso “le damos celos” a mi esposa Susana que anda embobada escuchando a Chico!)

Gracias Silvana.

Silvana y Chico: Gracias por permitirnos disfrutar de un hermoso espectáculo. “Enamorándote otra vez” no tiene desperdicios: hay canciones, hay romanticismo, hay clima, hay humor, hay alegría y hay muy buena onda. Y para los memoriosos, hay revival.

Entonces porque no volver a tomar la licencia simplista para poder recomendar el espectáculo (cuando decidan reanudarlo) así: “No te lo pierdas, te vas a volver enamorar otra vez de Chico y Silvana”

Y por si todo esto fuera poco, hacia el final hubo una “perlita”, un regalo inesperado, la frutilla del postre:

Silvana invita al escenario a Pablo Novak, el hijo de Chico, y los tres cantan “Yo te amo”, la canción con letra del padre y música del hijo. La canción romántica que habla de amor, pero del amor del bien, ese capaz de reconocer y celebrar al otro.

Ver a un padre cantando con su hijo en una comunión de pasión y felicidad es de por si un espectáculo conmovedor (más para aquellos a los que, como yo, nos quedó una asignatura pendiente con nuestro padre). Tanto como sentir la comunión del amor que provoca un mágico “Uno” entre el padre, el hijo, la amistad, el amor de pareja, y el encuentro entre el artista y su público. Y además, la voz de Silvana y su belleza intemporal tocando ese lugar escondido de la ilusión adolescente. Y además, a mi lado Mi Amor, mi esposa Susana.

Fue, sencillamente, un momento de maravilla.

Querido Chico, Querida Silvana, me sumo una vez al aplauso y la gratitud de la gente que los ovacionó.

Junto a mi esposa Susana, estaremos nuevamente con Uds. en la próxima, esperando que nos vuelvan a “arrancar la vida” a través de la emoción.

Y ojalá que sea pronto.

Federico


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