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El dilema argumental en el debate por la ley de comunicación audiovisual

A continuación se esbozan algunas consideraciones sobre los ejes bajo los que se habría desarrollado el debate por la ley audiovisual.

1. Lo que el oficialismo argumentó a favor de su proyecto

La ley contribuirá a desmonopolizar un mercado concentrado permitiendo su transfiguración en otro abierto y pluralista, donde existirán más voces con poder expresivo.

Tal transición provocará la incorporación de pequeños actores que podrán desarrollar nichos del mercado de producción audiovisual hasta ahora no explorados.

Eso redundará en mayores fuentes de trabajo debido a la incorporación de nuevos generadores de bienes culturales que hasta ahora no podían plasmar sus producciones.

La nueva ley representaría un sólido puente que debería transitarse para arribar a un nuevo renacimiento expresivo, que amplificará las voces que hoy desean hacerse escuchar, pero que el rígido corset de intereses hegemónicos no permite oír.

2. Lo que el oficialismo argumentó en contra de la oposición

El oficialismo se centró en la descalificar a la oposición sosteniendo que toda crítica a un proyecto de ley portador de méritos tan evidentes, el único fin comprensible que podría perseguir radicaría en la defensa de los intereses económicos de grupos de multimedios.

Así, un núcleo argumental para descalificar las críticas de opositores se sintetizó en el intento de adscribirlos dentro de la categoría de “voceros de los intereses de las corporaciones mediáticas”.

En la versión más radicalizada, se sugirió una continuidad histórico-ideológica entre los intereses de los actuales grupos multimediales, cuyo rol durante la dictadura habría sido cuestionable, expresada en su renuencia a modificar una ley sancionada bajo ese régimen.

3. Lo que la oposición argumentó en contra el proyecto oficialista

La ley propuesta lejos de democratizar y desmonopolizar el mercado sería otro intento del oficialismo de utilizar al Estado en pos de su propio beneficio. Específicamente: tratar de controlar y acallar las voces opositoras para poder consolidar y perpetuar su poder.

De implementarse, la vigencia de la ley implicaría el desguace de cadenas de medios ya establecidas.

Eso, lejos de propiciar el idílico renacimiento expresivo generaría un nuevo buró disciplinario capaz de decidir quien puede erigirse en agente emisor de opinión.

Adicionalmente, el colapso de las empresas generadoras de fuentes de trabajo aumentaría la tasa de desempleo del sector de producción de bienes culturales.

El resultado de la ley sería entonces el primer acto de una tentación controladora que conduciría a una aventura distópica con final anunciado, de características parangonables a las exhibidas por el régimen chavista (intervención y/o cierre de medios opositores, hostigamiento del periodismo independiente, avance hacia la censura de contenidos, etc.)

En síntesis, según la oposición, el proyecto de ley oficialista escondería un costado paradojal: pretendiendo instaurarse como un avance democrático y progresista, terminaría pareciéndose a aquello a lo que pretendería superar.

4. Una conjetura Borgiana para comprender por qué los hombres, a veces, no pueden sortear el pantanoso terreno del pensamiento dilemático

Jorge Luis Borges citando a Coleridge, para quien los hombres nacen aristotélicos o platónicos, sostiene que “a través de las latitudes y de las épocas, los dos antagonistas inmortales cambian de dialecto y de nombre”, pero, en esencia, sus cosmovisiones se mantiene invariantes.

Ignoro la universalidad de tal conjetural dicotomía. Lo cierto es que en estas alejadas pampas, unitarios o federales, civilización o barbarie, peronismo o antiperonismo, etc. parecen la corporeización cambiante de esas cosmovisiones irreconciliables.

Quizás en el núcleo de un debate donde pretende legislarse para problemas del siglo XXI, se filtren los ecos silenciosos del eterno desencuentro de los argentinos, que nos siguen acosando desde hace siglos.

La espiral que horada la credibilidad pública: análisis de una paradoja a propósito del confuso episodio en que agentes de la AFIP irrumpieron en la sede del diario Clarín

“Si tienes miedo de quien te protege, quien podrá protegerte de ese temor”. Koan Zen “Si lo que creo que veo es distinto de lo que tendría que ver, no me estaré volviendo loco”. Reflexión de un paciente al borde de ingresar en un estado de extrañamiento ante la realidad.


En el imaginario popular -en parte nutrido por la cinematografía y por la literatura- uno de los modos posibles de enloquecer a una persona radica en hacerlo dudar de aquellos aspectos de la realidad que son experimentados como evidentes.

La versión más siniestra de tal enajenación sucede cuando el victimario es una persona de máxima confianza para la víctima. En tal caso, no se trataría de sólo un mal sino de dos: no se puede creer en la irrealidad de lo evidente, pero tampoco se puede creer en la evidencia de que quien debería protegernos es justamente quien desea enloquecernos.

Más allá de la gran porción interpretativa y subjetiva que tiñe la existencia humana, lo cierto es que necesitamos la verdad de la realidad tanto como el oxigeno mismo. Y tal hambre de realidad es naturalmente extensible a nuestra realidad social y política.

Por cierto, en estos ámbitos tal generalización asuma características distintas, quizás menos dramáticas. Al fin y al cabo (y por suerte) los vínculos que los ciudadanos establecen con quienes los representan en el marco del sistema socio-político resultan nítidamente más alejados que los lazos que los ligan con sus familiares y grupos primarios.

Sin embargo, el ciudadano necesita creer. Y cuando el ciudadano descree, la sociedad se enferma. Lo cual no es sólo una metáfora.

Luego de la extensa introducción voy a al núcleo de este artículo:

No está aquí en discusión si el denominado proyecto de ley de servicios de comunicación audiovisual es o no un buen proyecto.

Tampoco se trata de analizar el carácter y grado de reales o posibles monopolios multimediales. Y, menos, si la ley impulsada por el oficialismo generará mayor o menor democracia en el universo de los medios de comunicación e información.

En cambio, sí se trata de señalar que la irrupción intempestiva de un grupo de agentes de AFIP en la sede del Grupo Clarín, acompañada del posterior deslinde de responsabilidades por parte del Director de ese organismo y rematada por la elocuente frase del Jefe de Gabinete Aníbal Fernández quien expresó que “(el operativo realizado por la AFIP en empresas del Grupo Clarín) fue una operación política para perjudicar al Gobierno”; representan un caso ejemplar de cómo un Gobierno horada la fe pública de los ciudadanos a los que debería representar.

Porque, insisto, más allá del trasfondo complejo de intereses ideológicos y económicos involucrados en el referido proyecto de ley, lo cierto es que una vez más el Gobierno pretende burlarse de la inteligencia y buena fe de lo ciudadanía, cuando pone en marcha parte del aparato estatal para hacer lo que evidentemente se hizo (enviar subrepticiamente una comitiva de agentes a inspeccionar a una empresa de multimedios), para luego negar haber tenido participación alguna y para, finalmente, instalar un manto de sospecha sobre el verdadero artífice del operativo.

Para concluir, tal como prescribiría el más elemental manual de maquiavelismo político, para engañar en serio hay que saber manejar el valor de la sutiliza. Esta vez, el burdo accionar del Gobierno puso al desnudo su carencia de dicho valor.


Lic. Federico González – Director del programa de Actualización en Psicología y Opinión Pública, Secretaría de Posgrado, Universidad de Buenos Aires

Dos cosmovisiones en la explicación de los hechos políticos (a propósito de las referencias a la dimensión psicológica en el análisis de lo político)

Comprender por qué ocurren las cosas es una de las grandes pasiones humanas.

Queremos saber los por qué tanto del mundo natural como del mundo social.

Cuando intentamos explicar los acontecimientos del universo político podemos elegir diferentes marcos interpretativos.

El modo más propio y naturalizado de analizar lo político es hacerlo dentro del marco de las ciencias políticas.

Pero en la medida en que los hechos políticos resultan de las conductas y pasiones humanas (en virtud de que la política es un invento de los hombres realizado por hombres reales) podríamos también incurrir en la tentación de apelar a la psicología como un medio legítimo alternativo para comprender los hechos políticos.

Sin embargo, el científico y el analista político nos previenen contra el peligro de caer en los vicios del psicologismo, si es nos dejamos arrastrar por aquella tentación. Si lo que se quiere decir es que, por ejemplo, intentar comprender el fenómeno político-ideológico del Che Guevara a partir de la visión de mundo estrecho de una persona asmática, probablemente estaríamos desnaturalizando tanto la dimensión realmente política de su controversial figura como el contexto en el que le tocó actuar. En tal sentido, resulta fácil acordar con las reservas de la ciencia política en contra de la injerencia de la psicología.

No obstante, también es cierto que muchos fenómenos políticos trascendentes nunca se terminan de comprender sin invocar la psicología de los actores políticos involucrados.

Así, y por citar sólo dos ejemplos paradigmáticos, no se termina de entender la Alemania nazi ni el holocausto sin reconocer la personalidad paranoica de un Hitler, del mismo modo en que no se comprende la resistencia pacífica de la India, fuera del marco del espíritu de un Gandhi.

En síntesis, a veces en la comprensión de los fenómenos políticos cuenta considerar la psicología que mueve a los actores involucrados.

En tal sentido, emprender la tarea de análisis psicológico puede complementar y, a veces, hasta cuestionar una explicación en términos puramente políticos.

Extraído de González, Federico: “El extraño caso del pingüino y la pingüina. O de cómo un deseo personal podría resultar la causa oculta de una decisión política de alto riesgo.”

Dos cosmovisiones en la explicación de los hechos políticos (A propósito de les referencias a la dimensión psicológica en el análisis de los hechos políticos)

Comprender por qué ocurren las cosas es una de las grandes pasiones humanas.

Queremos saber los por qué tanto del mundo natural como del mundo social.

Cuando intentamos explicar los acontecimientos del universo político podemos elegir diferentes marcos interpretativos.

El modo más propio y naturalizado de analizar lo político es hacerlo dentro del marco de las ciencias políticas.

Pero en la medida en que los hechos políticos resultan de las conductas y pasiones humanas (en virtud de que la política es un invento de los hombres realizado por hombres reales) podríamos también incurrir en la tentación de apelar a la psicología como un medio legítimo alternativo para comprender los hechos políticos.

Sin embargo, el científico y el analista político nos previenen contra el peligro de caer en los vicios del psicologismo, si es nos dejamos arrastrar por aquella tentación. Si lo que se quiere decir es que, por ejemplo, intentar comprender el fenómeno político-ideológico del Che Guevara a partir de la visión de mundo estrecho de una persona asmática, probablemente estaríamos desnaturalizando tanto la dimensión realmente política de su controversial figura como el contexto en el que le tocó actuar. En tal sentido, resulta fácil acordar con las reservas de la ciencia política en contra de la injerencia de la psicología.

No obstante, también es cierto que muchos fenómenos políticos trascendentes nunca se terminan de comprender sin invocar la psicología de los actores políticos involucrados.

Así, y por citar sólo dos ejemplos paradigmáticos, no se termina de entender la Alemania nazi ni el holocausto sin reconocer la personalidad paranoica de un Hitler, del mismo modo en que no se comprende la resistencia pacífica de la India, fuera del marco del espíritu de un Gandhi.

En síntesis, a veces en la comprensión de los fenómenos políticos cuenta considerar la psicología que mueve a los actores involucrados.

En tal sentido, emprender la tarea de análisis psicológico puede complementar y, a veces, hasta cuestionar una explicación en términos puramente políticos.

Extraído de González, Federico: “El extraño caso del pingüino y la pingüina. O de cómo un deseo personal podría resultar la causa oculta de una decisión política de alto riesgo.”

Una razón adicional para no hacer ciertos cambios en el gabinete, aún cuando fueran necesarios: análisis de una paradoja

Si fuerzas algo hacia un fin, produces lo contrario

Principio taoísta

Durante los últimos días se ha venido especulando en torno a la inminencia de relevar al controvertido Secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno.

Si el deseo de oxigenación del gabinete atribuido como genuina demanda de la sociedad fuera efectivamente cierto, entonces la Presidenta Cristina Kirchner haría bien en impulsar ese cambio.

Por supuesto, para que tal hecho se consume resultaría necesario que la Presidenta tenga la voluntad de hacerlo, cuestión que dista de ser clara.

Ahora bien, supóngase que efectivamente, dicha intención existiera. Para que se transforme en acto no debería ser incompatible con otras voluntades. Por ejemplo, con la voluntad de no ceder nunca a una presión, aún cuando coincida lo que uno está dispuesto a hacer. Y aquí es donde aparece el problema.

El psicólogo austríaco Paul Watzlawick, denominó prescripción paradójica a un tipo de instrucción cuyo cumplimiento resultaría imposible porque implicaría su negación (un ejemplo trivial –sugerido por Watzlawick- es la instrucción “tenés que ser espontáneo”, en la medida en que la esencia de la espontaneidad radica precisamente en un acto autónomo y no como respuesta a un mandato externo)

La prescripción paradójica ha sido utilizada (y quizás de modo abusivo) en la psicoterapia sistémica. Allí se tata de propiciar el cambio de una conducta o sentimiento prescribiendo justamente la imposibilidad de hacerlo (*)

Volviendo al tema objeto de este análisis, cuando todas las voces opositoras insisten en señalar sobre la necesidad imperiosa y urgente de relevar a Guillermo Moreno, dada las características de los destinatarios (léase Cristina y Néstor Kirchner), ¿no estarán realizando una prescripción paradójica inversa?

Supóngase, siguiendo con esta especulación, que lo descrito hasta aquí se correspondiera con la realidad ¿qué debería entonces hacer la oposición?

En tal caso, la oposición estaría encerrada en una paradoja: si insiste en reclamar la renuncia de Moreno, entonces ésta no se producirá; pero si permanece en silencio, entonces correría el riesgo de que tal falta de presión resulte funcional a la posible voluntad presidencial de mantener al funcionario en su cargo.

Finalmente, tal vez la gran paradoja sea que la realidad resulte más simple que cualquier interpretación paradojal. Tal vez lo más sabio, sea la sana prudencia de dejar pasar un tiempo razonable y esperar un resultado. Tal vez, en última instancia, quizás resulte más simple encuadrar el problema como uno de esos típicos caprichos, que –con algo de suerte–a veces caen por su propio peso.

(*) El Instituto de Palo Alto, en California, ha sido el que más se ha encargado de promulgar el uso de las técnicas paradójicas en psicoterapia (Brown & Slee, 1986). Por su parte, Shoham-Salomon y Rosenthal realizaron en 1987 un estudio donde expresan que la intervención paradójica en terapia familiar guarda relación con las técnicas de terapia conductual. Encontraron un impresionante número de reportes clínicos que aseguran la dramática manifestación y larga duración de la eficacia de la intervención que encara, elogia y prescribe el mismo problema conductual que el paciente espera cambiar. Como por ejemplo, el caso de un isomaniaco, el cual se encara para que trate de mantenerse despierto o una persona depresiva a la cual se le dice: “manténgase usted depresivo”, “su depresión demuestra el sacrificio enorme que hace para mantener su enfermedad”.

Fuente: Priscilla Valenzuela – Psykhê Centro de Investigaciones http://www.psykhe.org/logospsykhe/2005/051226a.htm

Las razones de Julio Cobos: radiografía de una decisión difícil – Parte 2: ¿Principismo o conveniencia?

1. Planteo del problema

En el post anterior http://blogsdelagente.com/federico-gonzalez/2008/7/19/las-razones-julio-cobos-radiografia-una-decision-dificil sugerí la existencia de tres tipos de reacciones ante la decisión de Julio Cobos:

1. Según la posición favorable, el vicepresidente habría actuado en base a convicciones profundas respecto a lo que resultaba mejor para que el país superara la crisis y su decisión constituyó un acto de suma valentía.

2. Según la posición desfavorable, Cobos habría actuado como un traidor al gobierno que integra, al que no vaciló en perjudicar.

3. Por último, según la posición intermedia, la decisión de Cobos habría sido la mejor posible, aunque los motivos que la habrían determinado obedecerían más a razones de conveniencia personal que a principios éticos.

En rigor, y aunque suene a un lugar común, resulta imposible saber con certeza qué fue lo que realmente pasó por la mente del vicepresidente. En última instancia, y como en cualquier acto humano, sólo él y su conciencia lo sabrán.

No obstante, aquí me atreveré a bosquejar una posible interpretación.

Lo que sabemos es que las circunstancias enfrentaron a Julio Cobos a un aparente dilema (o -quizá mejor- un trilema, en la medida en que podría haberse ausentado para abstenerse) a saber:

1. Anteponer la lealtad hacia el gobierno que integra y votar a favor, relegando lo que él pensaba y valoraba sobre el conflicto.

2. Anteponer sus convicciones respecto al conflicto y al modo de solucionarlo, votando en contra del gobierno, sabiendo que con eso –en principio- le ocasionaría un daño.

Ahora bien, una versión tan esquemática del referido dilema deja afuera aspectos tan importantes cómo cuáles eran exactamente las convicciones y fines de Julio Cobos respecto a: a) el fondo del conflicto, b) el modo de destrabarlo, c) el gobierno y d) su futuro político.

a) En relación al fondo del conflicto, el vicepresidente se encargó de reiterar más de una vez cuál era su posición: estaba de acuerdo con el aumento de las retenciones y con la movilidad, aunque no estaba de acuerdo con las alícuotas.

b) En relación al modo de destrabar el conflicto Cobos también fue explícito: la clave para descomprimir la situación de crisis social era que el parlamento pudiera aprobar un proyecto surgido del consenso y que atendiera razonablemente a los intereses enfrentados.

c) En cambio, en lo concerniente a las posibles actitudes de Cobos respecto al Gobierno, caben diferentes conjeturas:

ü Cobos aspiraba a ayudar a un gobierno que, desde su percepción, se estaba dañando a sí mismo. En tal sentido, votar a favor, habría consumado tal daño y habría puesto al gobierno en una situación verdaderamente complicada.

ü Cobos se desinteresaba de la suerte final de un gobierno que reiteradamente lo había ignorado a él en el rol de aliado estratégico. Desde esta perspectiva, la supuesta “traición” no sería sino la contrapartida justa de una “traición” anterior del gobierno, al abandonar la bandera de la “concertación plural” que permitió ganar las elecciones de 2007.

ü Cobos se propuso realmente infligir un daño a un gobierno que lo había relegado previamente (por las mismas razones ya mencionadas)

d) Por último, respecto a los fines del propio Cobos, también caben conjeturas diversas, de las que señalaré sólo tres:

ü Cobos sólo quiso obrar de acuerdo a sus principios, más allá de la ventaja o desventaja para su futuro personal.

ü Cobos evaluó qué decisión lo dejaría mejor parado como político, al margen de sus convicciones respecto al conflicto.

ü Cobos aprovechó un momento propicio para facturar lo deslealtad previa para con él.

2. Los agentes mentales plurintencionales

El lector podrá preguntarse legítimamente: ¿pero al final, Ud. piensa que Cobos actúo por principios o por conveniencia?

Quien escribe estas líneas considera que fundamentalmente el vicepresidente actúo por principios. No obstante, secundariamente, también podría haber pensado en su conveniencia y, terciariamente, también podría haber intentado un pase de facturas al gobierno.

Sucede que, en contraposición a una versión unitaria de la mente humana, las personas somos más bien colecciones de agentes que a veces persiguen fines antagónicos. Ya lo decía el escritor Unamuno: “somos multitudes”. Lo sabemos por propia experiencia: una parte de uno quiere algo, otra lo contrario, y así, sucesivamente.

La singularidad del enfoque de los agentes mentales destaca que cada aspecto de nuestra mente se define por su unidad de propósito. Y eso no nos convierte en esquizofrénicos sino en personas que permanentemente no podemos dejar de experimentar nuestros propios conflictos y dilemas. La resolución que hacemos de los conflictos viene dada por el modo en que podemos manejar y dominar a nuestros propios agentes interiores.

3. El conflicto de Julio Cobos y sus posibles agentes

El psicólogo Kurt Lewin caracterizó la existencia de tres tipos de conflictos humanos básicos:

1. Positivo – positivo: ocurre cuando debemos optar entre dos bienes igualmente deseados.

2. Negativo- negativo: ocurre cuando debemos optar entre dos males igualmente intensos.

3. Ambivalente: ocurre cuando debemos elegir entre opciones que encierran (cada una) tanto aspectos positivos como negativos.

A mi juicio, Julio Cobos debió enfrentar un conflicto ambivalente. A mi juicio, la ambivalencia fue así:

1. Un primer agente mental, al que llamaré “principios”, prescribe que se debe actuar en base a lo que uno cree y valora.

2. Un segundo agente, al que denominaré “creencias”, dictaminaba que el sistema de retenciones propuesto por la 125 era desmesurado y que de no mediar una propuesta razonable y consensuada por el congreso el conflicto se agravaría, lo cual perjudicaría a la sociedad, al gobierno y –también– a los senadores que votaran a favor, incluido el mismo Cobos.

3. Un tercer agente, al que denominaré “lealtad”, prescribe que se debe seguir a aquel con el que en algún momento se decidió asumir un camino.

4. Un cuarto agente, al que llamaré “orgullo y revancha”, prescribe que si alguien nos lastimó previamente, entonces se debe proceder de igual modo.

5. Un quinto agente, al que llamaré “pragmatismo personal”, prescribe que sólo se debe atender a la ecuación entre los costos y beneficios de una acción. Si el resultado es favorable, se debe obrar en consecuencia.

Por último, a mi juicio la dinámica de la dramática decisión de Cobos podría haber sido más o menos así:

Atender a sus convicciones y creencias se constituía en la principal fuerza dominante y lo inclinaba hacia un voto negativo. Pero algún resabio de lealtad hacia el gobierno lo hacía pensar que debía votar a favor. Este sentimiento quizás podría haber sido contrarrestado por la presencia de algún sentimiento de orgullo y revancha. Finalmente, la aparición de un análisis pragmático lo habría llevado a concluir que la mejor decisión –finalmente- era también las más acorde a sus convicciones.

Quiero concluir entonces destacando el alcance de lo que he venido sosteniendo:

1. En rigor, resulta imposible conocer con certeza las razones que habitan el corazón y la mente de un hombre.

2. A falta de certezas, sólo podemos aspirar a conjeturas razonables.

3. A modo de una posible interpretación, sostengo que l a decisión de Julio Cobos fue la coronación de un complejo entramado de diferentes motivos.

4. Me atrevo a especular que su decisión obedeció al tipo de principios que acostumbramos a caracterizar como éticos.

5. No obstante, como en cualquier acto humano, resulta razonable la coexistencia de principios altruistas con fines egoístas.

6. En tal sentido, considerar que Cobos actúo por principios no invalida que también lo haya hecho por conveniencia. Sólo que, a mi juicio, tal conveniencia no fue la causa final de su acto, sino un aspecto más que reforzó una decisión previa eminentemente ética.

7. Mi posición dista de considerar a Cobos como un héroe, aunque comprendo a quienes lo ven así. La razón es que, arquetípicamente, un héroe es alguien que no tiene fisuras y está más allá de las mezquindades humanas.

8. En tal sentido, mi conclusión es que la de Cobos fue una decisión humana, con sus grandezas y sus miserias. Esa no la hace menos noble.

PD: Pueden consultarse otros análisis políticos basados en teoría de agentes mentales en http://argentina-politica.blogspot.com/search/label/derrota%20Menem

Las razones de Julio Cobos: radiografía de una decisión difícil – Parte 1: Tres posibles modos de interpretar un mismo hecho

Tal como lo hiciera en el post anterior, insisto en que –conforme a mi opinión– la decisión del vicepresidente Julio Cobos fue un acto valiente, sincero, sensato y sabio.

Sin embargo, como resulta esperable en el contexto, no todas las voces coincidieron ni coincidirán en el modo de calificar el mismo acto.

Por un lado, quienes mantuvieron una opinión favorable sostuvieron –entre otros calificativos– que se trató de un acto de grandeza política, fundado en la íntima convicción del vicepresidente, tanto acerca de la injusticia intrínseca de la resolución 125 como de las consecuencias negativas que hubiese acarreado su sanción parlamentaria, tanto para el país como para el propio gobierno.

El hecho de que tal decisión implicara una toma de posición contraria a la del gobierno que el mismo Cobos integra, sumado a que resultaba esperable que el oficialismo lo condenaría a un futuro aislamiento político, conferiría el tinte de dramatismo a la decisión.

Esto explicaría entonces, que –para muchos– la decisión de Cobos fue un acto de suma valentía, en la medida en que para preservar una lealtad hacia sus convicciones, el vicepresidente no vaciló en decidirse en una dirección manifiestamente riesgosa para su convivencia dentro del gobierno y para su futuro político.

En su grado máximo, la lógica decisoria arriba descrita explicaría por qué muchos ciudadanos adhirieron a la idea de que Cobos habría actuado como un auténtico héroe.

En cambio, en un extremo opuesto, quienes convergieron en una opinión desfavorable, argumentaron que la decisión del vicepresidente fue lisa y llanamente un acto de profunda traición al gobierno del que forma parte indisoluble conforme al mandato popular; razón por la cuál debería haberse comportado en forma solidaria o, en el peor de los casos, abstenerse.

En tal línea argumental, en su expresión máxima, se agrega que se trataría de un acto fundado en un oportunismo político gravísimo, en la medida en que se hallaría inmerso en la lógica de la conspiración.

Así, desde esta perspectiva, el vicepresidente no sería más que un traidor, que –por afanes netamente egoístas– no habría vacilado en poner en riesgo (de manera adrede) la causa noble de un gobierno que lo acogió en su seno.

Por último, en una opinión intermedia, se argumenta que la decisión de Cobos fue justa y con consecuencias positivas para el país, aunque subsistiría un manto de sospecha sobre las razones que la originaron.

Así, se argumenta que, al margen del valor final del acto, la verdadera causa determinante habría que encontrarla no tanto en convicciones de integridad moral, sino en un simple cálculo de conveniencia política.

En tal sentido, Cobos no habría actuado como un héroe de intachable moral y valentía, sino como un político astuto que, ante todo, supo privilegiar su supervivencia actual y futura.

Desde esta perspectiva, la razón fundamental del vicepresidente no habría sido el ánimo de socavar al gobierno, ni de hacer lo que mejor convendría al país, ni de ser consecuente con algún tipo de imperativo moral. Más bien habría sido el intento de sortear su propio dilema situacional del mejor modo posible.

En próximos post ampliaré sobre mi opinión respecto a estas tres posiciones. Argumentaré por qué considero que todavía se podría esclarecer al respecto. Y, por último, intentaré justificar por qué –al margen de las exageraciones– coincido con la versión favorable a Cobos.

Mientras tanto, invito al lector a que exprese su opinión al respecto.

Las razones de Julio Cobos: radiografía de una decisión difícil – Parte 1: Tres posibles modos de interpretar un mismo hecho

Tal como lo hiciera en el post anterior, insisto en que –conforme a mi opinión– la decisión del vicepresidente Julio Cobos fue un acto valiente, sincero, sensato y sabio.

Sin embargo, como resulta esperable en el contexto, no todas las voces coincidieron ni coincidirán en el modo de calificar el mismo acto.

Por un lado, quienes mantuvieron una opinión favorable sostuvieron –entre otros calificativos– que se trató de un acto de grandeza política, fundado en la íntima convicción del vicepresidente, tanto acerca de la injusticia intrínseca de la resolución 125 como de las consecuencias negativas que hubiese acarreado su sanción parlamentaria, tanto para el país como para el propio gobierno.

El hecho de que tal decisión implicara una toma de posición contraria a la del gobierno que el mismo Cobos integra, sumado a que resultaba esperable que el oficialismo lo condenaría a un futuro aislamiento político, conferiría el tinte de dramatismo a la decisión.

Esto explicaría entonces, que –para muchos– la decisión de Cobos fue un acto de suma valentía, en la medida en que para preservar una lealtad hacia sus convicciones, el vicepresidente no vaciló en decidirse en una dirección manifiestamente riesgosa para su convivencia dentro del gobierno y para su futuro político.

En su grado máximo, la lógica decisoria arriba descrita explicaría por qué muchos ciudadanos adhirieron a la idea de que Cobos habría actuado como un auténtico héroe.

En cambio, en un extremo opuesto, quienes convergieron en una opinión desfavorable, argumentaron que la decisión del vicepresidente fue lisa y llanamente un acto de profunda traición al gobierno del que forma parte indisoluble conforme al mandato popular; razón por la cuál debería haberse comportado en forma solidaria o, en el peor de los casos, abstenerse.

En tal línea argumental, en su expresión máxima, se agrega que se trataría de un acto fundado en un oportunismo político gravísimo, en la medida en que se hallaría inmerso en la lógica de la conspiración.

Así, desde esta perspectiva, el vicepresidente no sería más que un traidor, que –por afanes netamente egoístas– no habría vacilado en poner en riesgo (de manera adrede) la causa noble de un gobierno que lo acogió en su seno.

Por último, en una opinión intermedia, se argumenta que la decisión de Cobos fue justa y con consecuencias positivas para el país, aunque subsistiría un manto de sospecha sobre las razones que la originaron.

Así, se argumenta que, al margen del valor final del acto, la verdadera causa determinante habría que encontrarla no tanto en convicciones de integridad moral, sino en un simple cálculo de conveniencia política.

En tal sentido, Cobos no habría actuado como un héroe de intachable moral y valentía, sino como un político astuto que, ante todo, supo privilegiar su supervivencia actual y futura.

Desde esta perspectiva, la razón fundamental del vicepresidente no habría sido el ánimo de socavar al gobierno, ni de hacer lo que mejor convendría al país, ni de ser consecuente con algún tipo de imperativo moral. Más bien habría sido el intento de sortear su propio dilema situacional del mejor modo posible.

En próximos post ampliaré sobre mi opinión respecto a estas tres posiciones. Argumentaré por qué considero que todavía se podría esclarecer al respecto. Y, por último, intentaré justificar por qué –al margen de las exageraciones– coincido con la versión favorable a Cobos.

Mientras tanto, invito al lector a que exprese su opinión al respecto.


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