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Soliloquios en noche de invierno

La noche densa, refugio de alma que tiene frío. O de espíritu templado a prueba de infiernos glaciares.

Glaciares que queman por dentro. Porque, a veces, el alma está desnuda ante tanta intemperie.

Vientos gélidos que portan belleza. La serenidad de quienes aún pueden mantener la mirada firme.

Mientras la luna nos recuerda que la magia puede ser el rostro escondido. Detrás de la máscara. Al fin de la espera. En la otra orilla.

El frío como dimensión cierta del ser. La plenitud de la desnudez. La ausencia que no es agobio. Sino poesía del sentimiento.

En páramos anónimos. Belleza clandestina siempre acechante.

Porque el amor siempre es uno con el dolor y la dicha.

Morada de refugio. Altivez de los corazones.

No es pena. Ni siquiera tristeza. Es celebración de los abismos que nos llenan.

Haces de luz brotando fosforescencias azuladas.

En tiempo detenido. Quizás no hay espera. Solo estar.

Presencia en noche profunda. Paz del alma. Soledad con brillos.

Quizás haga falta escribir un elogio del invierno. Tanto frío y tanta luz. Alquimia majestuosa. Inmensidad sin límite.

La noche espesa que nutre los corazones en refugio de éxtasis. La noche que ilumina las soledades que ansían el sabor de lo ausente.

Hay un ahogo. Hay un abismo. Hay algo que no se atreve a ser luz. A estallar en pétalos de emoción.

Quizás sólo se trate de completar el giro. Y entonces encontrar el mismo rostro, pero con la nueva plenitud.

No se trata de un juego de voluntades inútiles. Es algo más vasto…

Como aquello de recuperar la mirada maravillada del niño que fuimos. Corazón mágico. Quimera de soles.

El niño que alguna vez fuimos. Y que late a la espera de una revelación.

Ese niño que nos mira extrañado, con su ternura, con su absoluta libertad.

¿Cómo escuchar a ese ángel dormido, mientras se tejen los sueños de las vanidades?

Ese niño guarda una clave. Posee una cifra. Sabe de un nombre y de un lugar.

Y quizás nos espera, mientras nos extrañamos ante el espejo.

Quizás la poesía o lo poético sean como destrabar los grilletes.

Esas cadenas invisibles que alguna vez fuimos forjando, sin darnos cuenta.

Mientras comenzábamos a extraviarnos.

Viaje sin tiempo por autopista, en noche de invierno

Noche de frío

En invierno pleno.

El andar de un auto,

Perdido y anónimo.

Afuera, las gélidas caricias quizás templen el espíritu.

Pero, aquí, adentro, todo es cálido refugio.

Desde el alto puente

Entrever la noche que inunda.

Una calma clara,

Un rayo de dicha.

Pienso en el anverso,

En los gráciles soles,

Pienso en la ansiedad

De la playa joven.

Pero prefiero este anhelo

De viaje sin brújula,

Río sin espera,

En la noche de invierno.

Esta paz frágil y anónima,

Gratuidad sin prisa,

Lento deslizarse por la ruta huérfana.

Nada está predicho.

Estar en esta paz,

De suave descanso,

De puro paisaje.

Mar de soledad.

No añoro veranos,

Quiero este frío seco,

Desde mi refugio,

Este andar sin rumbo.

Bendigo esta dicha,

De viaje sin tiempo.

No quiero partida,

No quiero recuerdo.

No quiero destino,

Quiero sólo estar.

Late mi sentido,

Late el pensamiento

Yo sigo este viaje,

Mi viaje sin tiempo.

Pienso, sólo pienso:

Como un demiurgo que inventa su cosmos,

Beber la maravilla:

Eternidad sin rumbo.

Viaje de regreso,

Noche de autopista,

Yo sigo en camino,

No quiero llegar.

Magia acongojada,

Lentos deslizares (…)

Estoy en tiempo pleno.

Y ya no quiero más.


Curarse al alma

Al día siguiente de la tristeza,

Después del silencio que sobrevive a la pérdida,

Después del naufragio en las lágrimas del llanto,

La noche espesa comienza a ceder.

Oigo el canto lejano de los pájaros

Anunciando que la vida habrá de seguir.

Ráfagas de suave sol

Entibian el alma apenada.

Todo es tenue, grácil, minimalista.

Pequeñas gotas de rocío

Perfumando la quietud.

El dolor empieza a cesar

Para transmutarse en recuerdo.

Se intuye una paz mansa,

Un puerto de descanso.

Un rinconcito que nos cobije.

No pedimos más.

Tal vez estemos temerosos de ofender a algún dios.

Sólo queremos este suave descanso.

Antes de que el fragor de la vida

Nos vuelva a encandilar

Con las eternas ilusiones

De que la próxima vez no saldremos lastimados.


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