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¿Podría Ricardo Alfonsín ser Presidente? Vigencia de una visión formulada hace cinco meses

En Diciembre de 2010, Ricardo Alfonsín lanzó su candidatura presidencial.

En ese tiempo Julio Cobos y Ernesto Sanz se perfilaban como candidatos en internas de la UCR.

Por parte del PJ Federal, Mario das Neves también se había lanzado.

Eduardo Duhalde y Alberto Rodríguez Saá aún no habían protagonizado ese tan confuso como grotesco papelón pre-internil.

Pino Solanas también se presentaba como presidenciable.

Mauricio Macri, aunque no había formulado intenciones enfáticas, aún no había sido corroído por la duda hamletiana del ser o no ser que hoy parece aquejarlo.

Aquel lanzamiento no tuvo demasiada trascendencia mediática. Sin embargo, en su discurso inaugural, Ricardo Alfonsín enunció palabras importantes para quienes pudieron leer entre líneas.

Por ese entonces, quien escribe, esbozo un documento señalando seis razones por las cuales Ricardo Alfonsín podía llegar a ser presidente.

Hoy, cuando el repertorio de los presidenciables inexorablemente se va achicando y, por ende, “suben las acciones” de quienes sostienen candidaturas que se van imponiendo, aquellas observaciones adquieran plena vigencia.

Lo que justifica su reproducción.

Ecos de un discurso de lanzamiento: Seis  razones por las que Ricardo Alfonsín podría ser Presidente (diciembre de 2010)

No soy radical ni nunca lo fui.  Mi simpatía hacia el radicalismo sólo se relaciona con ese sentimiento de esperanza y entusiasmo que alguna vez me despertó el ex Presidente Raúl Alfonsín.  Esto no exime de subjetividad al  presente texto, pero considero que permite dimensionar mejor su alcance.

Acabo de escuchar el discurso de Ricardo Alfonsín y, debo reconocerlo, me impresionó en forma positiva.  Luego de escucharlo mi sensación es simple: no sé si será o no presidente, pero existen sobradas razones para pensar seriamente en tal posibilidad. Por lo menos se me ocurren las seis razones siguientes:

1.       Honestidad / Transparencia: Ante todo Alfonsín parece una buena persona.  A partir de su discurso y más allá de éste, Alfonsín transmite la poco frecuente virtud de un político regido por valores y por buenas intenciones,  que expresa con convicción y claridad.

2.       Sentido común: Alfonsín expresa ideas complejas en un lenguaje simple. Aunque señaló explícitamente que no se adentraría en su programa de gobierno, su discurso fue una declaración de principios estratégicos propios de un estadista. Dejó en claro la diferencia entre crecimiento y desarrollo, destacando a la lucha contra la pobreza como uno de los fines básicos de la política. Refutó con argumentos simples pero a la vez sólidos varias de las objeciones que podrían menoscabar su candidatura. En tal sentido, logró develar con claridad y sencillez las falacias que se esconden detrás de ideas que se repiten de modo irreflexivo a la hora de valorar a un nuevo líder político.

3.       Pasión genuina y mística: Alfonsín transmite una profunda pasión por la política como instrumento de mejora de la vida humana. Y esa pasión suena enteramente creíble.  Y llega a transmitir algo muy poco frecuente en los políticos contemporáneos: una voluntad de propósito que entusiasma y contagia. Alfonsín logra aunar el sentido de la política en una dimensión existencial. Y eso es mística.

4.       Sensibilidad social: Como señalé antes, Alfonsín parece una buena persona. Y la sensibilidad hacia los más necesitados  se expresa con clara y convincente preocupación en su discurso.

5.       Inteligencia e Ideas: el discurso de Alfonsín no tiende a la enunciación de eslóganes vacíos de contenido. Al contrario, posee la sustancia típica de quienes están orientados a la acción.

6.       Coraje: Ricardo Alfonsín tiene algo de genuino idealista. Pero eso no va en detrimento de la fortaleza. Cuando se enfrenta al fantasma del poder sindical desbarata, con argumentos simples,  ese viejo lugar común que prescribe que este país sólo es gobernable por el peronismo.  Alfonsín transmite con vehemencia lo que nunca debería haberse olvidado: cuando se actúa con convicción a favor del pueblo, no hay motivos para temer a nada más que a la voz de ese mismo pueblo.

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Los que quieren, pero no pueden y los que pueden, pero no quieren: Paradojas del actual mapa de la oposición (o de cómo Néstor Kirchner avanza de prisa mientras los demás tropiezan)

Es sabido que “Querer es poder” es la directriz básica de toda voluntad impetuosa. Y Néstor Kirchner no escapa a la regla. Se podrán ensayar decenas de explicaciones políticas, pero lo cierto es que la voluntad de poderío del ex Presidente parece ser la razón fundamental del extraordinario poder político alcanzado por ese ignoto gobernador austral que llegó a la Presidencia con apenas el 22% de los votos.

No obstante, en atención a la justicia de los hechos, la historia y la vida también revelan que muchas veces no sólo basta querer para Poder, si no se cuenta ya con alguna cuota de poder.

Luego de más de dos meses del supuesto triunfo electoral de la oposición y/o la supuesta derrota de del Kirchnerismo, la opinión pública y el establishment político asisten azorados a la paradoja de que los que perdieron parecen haber ganado y viceversa.

La pregunta obligada resulta entonces ¿Qué diablos le pasa a la oposición? que –a la manera de una conocida sentencia freudiana– parece condenada a fracasar cuando triunfa.

Por supuesto, formular tal pregunta implica considerar a la oposición como una entidad u organismo (vg. “un agente intencional autónomo”) antes que a un conjunto de individuos, cada uno de los cuales está constreñido por su propia lógica propositiva y sus circunstancias políticas.

Pensado de esa manera, el escenario político actual parece una partida de ajedrez donde uno de los jugadores tuvo una apertura ventajosa pero no pudo capitalizarla, encontrándose ahora en un formidable enredo cuyo desenlace resulta imprevisible.

De modo que, para comprender la naturaleza de tal enredo, resulta útil esclarecer qué lógicas específicas parecen animar a cada uno de los principales actores de la oposición.

Los que quieren, pero no pueden

En este grupo, en primer lugar, podría incluirse a Felipe Solá y a Mario Das Neves. Ambos tienen algo en común: haber lanzado sus respectivas candidaturas a Presidente 2011 de modo explícito, pero tener insuficiente intención de voto probable según las encuestas.

Al margen de las respectivas suertes que el destino les depare, parecen representar un claro ejemplo de autodeterminación y trasparencia con sus íntimos deseos.

Los que quisieran, pero no terminan de querer porque vislumbran que ahora no pueden

En esta categoría tan particular, cabe incluir un vasto grupo integrado por Elisa Carrió, Eduardo Duhalde, Mauricio Macri, Franciso de Narváez y Julio Cobos.

Respecto a Elisa Carrió, parece casi evidente que Lilita querría, pero la desafortunada circunstancia de haber salido tercera en Capital la ubican en el extraño limbo de quienes deben esperar cambios en la coyuntura para volver al ruedo con todo el ímpetu que otrora supieron exhibir.

Similares restricciones pueden aplicarse al caso de Eduardo Duhalde. Resulta casi evidente que el ex Presidente querría, pero sabe profundamente que aún no puede realmente querer porque el favor popular expresado en las encuestas está demasiado lejos como para siquiera comenzar a dar rienda suelta a su permanente ilusión presidencial. Todo lo cual explica que, por ahora, el bonaerense se limite a su casi eterno rol de armador desde las sombras, mientras sueñe quizás que alguna circunstancia extraordinaria lo catapulte nuevamente al rol de actor principal, con marquesina incluida.

El caso de Mauricio Macri, aunque superficialmente diferente, en definitiva resulta estructuralmente similar. En efecto, a la manera de un “tiempista hiper-racional”, el Jefe de Gobierno porteño parece un “eterno cavilante” a la espera de su mejor momento. El problema es que ese momento no termina de aflorar, entre otras razones, precisamente por la falta de determinación del deseo de quien lo anima. Si tal actitud de Macri corresponde a la sana prudencia de un estratega o es simple falta de determinación, constituye una incógnita cuya resolución el tiempo ya se encargará de descifrar.

Otro caso singular es el de Francisco de Narváez. Su principal nota distintiva radica en la clara distancia entre la fuerza del querer y los aspectos objetivos que condicionan el poder. Sin duda, durante la última campaña electoral el empresario devenido a político ha dado muestras elocuentes de un formidable ímpetu para avanzar en pos de su deseo. Pero su problema actual es que para aspirar a una presidencial debería contrarrestar muchos más escollos que sus posibles pares. En efecto, debería resolver la cuestión legal vinculada a su extranjería, luego debería dar batalla para ser aceptado como un auténtico peronista y, finalmente, para el caso de que lograra sortear ambos escollos, debería entonces convencer a la opinión pública de que no es un mero oportunista ávido de poder. Sin duda, demasiado para alguien nuevo en la política que, justificadamente, debería esperar un mejor momento.

Por último (pero quizás más importante), cabe considerar el caso del Vicepresidente Julio Cobos. Una vez más resulta evidente que el mendocino quiere. Es más, a diferencia de Carrió, Duhalde y Macri; Cobos ya dijo que será candidato en 2011. Lo cual no es poco. Pero su principal problema (amén de las “resistencias residuales” para su regreso a la UCR) es que, en virtud de su posición institucional, debe surfear constantemente entre la manifestación de su deseo a largo plazo y la prudencia que su actual investidura le impone.

De modo que, nuevamente, quiere pero (aunque por razones distintas) no puede.

Los que pueden pero no quieren

Si el lector pensó ya en Carlos Reutemann, coincide plenamente con el autor de estas líneas.

El ex corredor parece tenerlo todo, donde todo se reduce casi a dos aspectos: muy buena imagen en la opinión pública y amplia aceptación en el seno del Justicialismo. Pero entonces: ¿Qué le falta?

Ciertamente, no resulta fácil responder a la anterior pregunta cuando el personaje en cuestión ha forjado un estilo político en base la parquedad y el silencio.

No obstante, tampoco cabe exagerar las exasperantes indeterminaciones del santafesino para elevarlas a la categoría de un arcano filosófico. En tal sentido, resultan atendibles las razones que –entre líneas– pueden desprenderse de sus últimas declaraciones realizadas.

En aras de conjeturar, resulta enteramente plausible la hipótesis de que lo que trabaría al ex corredor surge de la síntesis entre una convicción personal referida a que el tiempo de lanzar una candidatura presidencial debe –en atención a la salud institucional del país– situarse más próximo a 2011 que a 2009; sumada al hecho de que quien lanza tamaña candidatura debe realizarla con plena autonomía, y no como imposición de un establishment político que le transferiría un hipotético poder que luego podría condicionarlo.

Sin duda, esa explicación resulta razonablemente atendible. Pero no toda explicación racional resulta la mejor explicación. El autor de este artículo se inclina por suponer que la “verdadera” razón se esconde en la psicología misma del enigmático Carlos Reutemann. En tal sentido, la causa de que el ex corredor no termine de hacerse cargo de un deseo para cuya consumación todas las fuerzas parecen resultar favorables, quizás resulte descarnadamente simple: la mesura y prudencia del santafesino que, en tanto virtudes, lo llevaron a ser un importante referente de la política nacional; quizás ahora, representan su talón de Aquiles, al trocarse en sencilla falta de determinación.

Síntesis:

¿Por qué entonces cuando Néstor Kirchner avanza raudamente la oposición parece corcovear?

Quizás porque el ex Presidente tiene lo que a otros le faltan: quiere y puede. Porque quiere, puede y porque sabe que puede, quiere.

Si la oposición quiere realmente constituirse en una alternativa ganadora debería comenzar por aprender esa lección tan elemental. Sea quien sea que la encarne, lo cierto es que para vencer a un “animal político” de la dimensión de Néstor Kirchner, hay que convertirse en un espécimen de la misma envergadura (y esto no va reñido ni con la ética, ni con los principios republicanos, ni con las ideologías; sino con la autodeterminación personal en pos de lo que realmente se desea)

¿Quién se va animar finalmente? Toda una sociedad está esperando.

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