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El alma de Dorian Gray: una perspectiva alternativa a la novela de Oscar Wilde

No trataré aquí de los méritos literarios del “El retrato de Dorian Gray”, esa magistral novela de Oscar Wilde.
Sí me interesa centrarme en su argumento, el cual me permitió iluminar la naturaleza de la angustia que acompaña afrontar que, a los cincuenta y pico, aquella “juventud divino tesoro” comienza ya a formar parte del paisaje de lo lejano.
Por cierto, como en toda obra literaria de envergadura, “El retrato de Dorian Gray” puede resultar tanto una alegoría sobre el narcisismo humano, como una tesis existencial sobre la finitud y la decadencia que la precede.
Repasemos someramente la parte central de su argumento:
Basil Hallward es un pintor que queda impresionado por la belleza del joven Dorian Gray, a quien decide retratar. En la casa de Basil, Dorian conoce a Lord Henry Wotton, un amigo de aquel, y empieza a cautivarse por la visión del mundo de Henry. Lord Henry sostiene que “lo único que vale la pena en la vida es la belleza y la satisfacción de los sentidos”. Al percatarse de que un día su belleza se desvanecerá, Dorian desea tener siempre la edad que tiene en el cuadro de Basil. El deseo de Dorian se cumple, y mientras él mantiene para siempre juventud del cuadro, el retrato envejece en su lugar.
Cuando yo era joven, creía que el alma acompañaría los cambios del cuerpo de un modo armónico, casi natural. Suponía de modo acrítico que lo que mostraría el espejo se espejaría, a su vez, en esa sensación difusa a que la psicología ha denominado yo, sí mismo o conciencia.
Sin embargo, comienzo a temer que tal encaje de espejos no llegue a producirse o, en todo caso, que su acople quede desfasado en el tiempo. He notado, no sin inquietud, que mientras mi cuerpo sufre el natural embate de los años mi mente permanece casi inalterable, como si habitará un extraño Olimpo atemporal.
Como la letra de esa canción popular, “la vida te de sorpresas”. En mi caso, la idea de un alma que permanece joven encerrada en un cuerpo que envejece, resultó entonces algo que nunca había imaginado.
El “Retrato de Dorian Gray” ilustra sobre el deseo de alguien que se resiste a envejecer. Dorian realiza ese deseo logrando conmutar su cuerpo real con el de su retrato. Más allá de las consecuencias de ese acto mágico que se suceden en la novela, creo que parte de su belleza literaria radica en el modo en que aparece narrado el drama del envejecimiento, consubstancial del deseo de la eterna juventud.
Al modo de la tragedia griega, una ficción puede resultar un modo de aliviar el peso de nuestros sufrimientos humanos. Por eso la literatura resulta catártica o, en versión escéptica y borgiana, “un consuelo secreto”
La idea de un alma que se resiste a envejecer mientras permanece encerrada en un cuerpo que si lo hace, me pareció una clara analogía del argumento del “Retrato de Dorian Gray”.
En algún lugar, un alma resiste, mientras ese implacable verdugo que llamamos tiempo continúa el fatigoso juego que, inexorablemente, nos habrá de alcanzar.
Es una pena carecer del talento literario de Oscar Wilde para poder escribir esta extraña variante de su novela.

Evocaciones

Retazos de poesía y canciones tristes

Que quedaron anegadas en la memoria

De un pasado adolescente, escrito con fuego y ausencias.

Beber una vez más la tristeza dulce de la nostalgia

Para ilusionar el imposible regreso.

El otro lado.

La promesa cifrada.

El tiempo que se expandía.

La dulzura de tu sonrisa,

Cuando todavía el secreto no había sido develado.

Tu belleza atemporal.

La edad de la espera ardiente.

Corazones entrelazados en veranos perfumados por tu piel.

Esa angustia honda que transcurre entre los intersticios de la dicha.

Esa oscura intuición de la evanescencia del encuentro.

Esa ansiedad ciega que precede el saber que los momentos únicos, son sólo eso.

Y luego esa interminable letanía de la memoria.

Morir en el éxtasis

Para comenzar a vivir en el recuerdo, que es dicha y ausencia.

El sino inevitable de nacer y morir para, finalmente, seguir siendo recuerdo,

Fantasma, angustia.

Hechizo de luna,

Brillo espejado.

Tu silueta reflejada en el lago,

O en mis ojos, o en el mar.

Y después, el fin de fiesta.

Ya es hora de irse.

El espejo roto y la daga del tiempo.

Ese febril adiós huérfano de palabras.

Tu imagen en el lago que se desvanece y mi memoria imperfecta que pretende reconstruirte.

Y te volvés a escapar.

Como ayer y como siempre.

Porque el amor es hechizo de una noche de verano,

Espuma de sueños,

Trampa del destino.

Silencio cargado de nuestras ansiedades juveniles,

Inundadas de las intemperies de lo frágil.

Sol de verano para esa tristeza eterna.

Para esta nostalgia perdida en los entresijos de las canciones tristes y bellas.

Como tu juventud.

Como la mía.


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