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La inercia mental: apuntes sobre un matiz de la psicología del votante, a la luz del resultado de las elecciones primarias

La inercia mental: apuntes sobre un matiz de la psicología del votante, a la luz del resultado de las elecciones primarias
Federico González

El difícil arte de explicar el voto
¿Por qué el pasado 14 de agosto, en las elecciones primarias, la gente votó como votó? , ¿Por qué Cristina ganó como ganó?, ¿Qué es lo que votó la gente?
Las razones del voto son múltiples y heterogéneas. En otro trabajo , traté sobre los límites en nuestra capacidad para explicar los hechos políticos y sobre nuestra irrenunciable necesidad de transponerlos. Transposición que —en aquel trabajo— puse en acto enumerando 42 razones conjeturales para el triunfo de Cristina Kirchner, cuya enumeración trasciende el marco del presente artículo.

La tesis de la inercia mental del votante
Aquí me detendré a ampliar sólo una de aquellas razones, a la que denominaré tesis de la inercia mental del votante. Por cierto resulta apenas una razón más dentro de aquel vasto conjunto. Su verosimilitud no se contrapone a la de otras. Su peso relativo no se pretende mayor. La definiré por oposición:
En nuestro afán explicativo solemos conjeturar a un votante ideal que conoce, evalúa y decide. Así, pensamos que esa abstracción que denominamos “la gente” forjó una imagen de las diferentes ofertas electorales (Vg. los candidatos), analizó sus pro y sus contra para, finalmente, decidir su voto.
La tesis de la inercia mental nos muestra un cuadro diferente: mucha gente simplemente decidió en base a lo que emergió en su mente con mayor facilidad. En otros términos, la decisión del votante obedecería más a una lógica consistente en evaluar si lo más conocido (Vg. los candidatos oficialistas) es suficientemente satisfactorio como para poder decidir. Si la respuesta es afirmativa, simplemente se decide en consecuencia, sin necesidad de atender demasiado a las restantes ofertas.
Por supuesto, tanto aquel votante ideal como el que sugiere la tesis de la inercia mental, no son sino los extremos puros de un continuo de posibilidades.
No obstante, la invocación al fenómeno de la inercia mental ilumina algunos aspectos posibles de la lógica de algunos votantes. En primer lugar, la tendencia a satisfacer en lugar de optimizar (en efecto, si la información disponible conocida es suficiente, ¿para qué buscar más?) En segundo lugar, lo anterior semeja más un proceso simple y casi automático que otro de carácter reflexivo. Y, por último, nos permite considerar esa tendencia que aqueja a muchos y que consiste en cerrar la mente ante las diferentes alternativas de la oferta política.
Lo anterior conlleva algunas implicancias para explicar el fracaso de la oposición.

La oposición tiene debilidades, pero también tiene propuestas
Aquí no se trata de negar los simples o groseros errores estratégicos y tácticos cometidos por los diferentes candidatos opositores. Sí se trata de comprender que aquel fracaso no puede ser atribuido por entero a esos errores.
Muchas de las explicaciones sobre ese fracaso son una amalgama entre verdad, prejuicio, lugares comunes y metáforas ad hoc. Así, quizás se asista al abuso de sostener acríticamente que la oposición no tenía propuestas. O que si las tenía, no supo comunicarlas. O, en versión pasional, que la oposición no alcanzó a “enamorar al electorado.”
Todo eso puede tener una cierta dosis de verdad, pero también escamotear la otra campana: tal vez la oposición sí tenía alguna propuesta, tal vez algunas fueron comunicadas de un modo aceptable, tal vez las propuestas de la oposición no fueran ostensiblemente inferiores a las del oficialismo; pero quizás del otro lado no hubo suficientes receptores dispuestos genuinamente a escuchar.
Al respecto, la metáfora de la seducción puede ser esclarecedora: quien seduce debe conocer su arte, pero sí de antemano el otro ha decido negarse a considerar el juego de la seducción, ese arte se tornará estéril e impotente.
La inercia mental puede ser un mecanismo doblemente perverso: primero obtura la posibilidad y, luego, ante el hecho está consumado, aplica racionalizaciones que lo justifican (Vg. “elegí al oficialismo que conozco porque en realidad no había opciones, no había nada que elegir”)
A pocos menos de un mes de las elecciones, desde algunos medios se sigue insistiendo en que la oposición no tiene estrategia, no tiene rumbo, no tiene propuestas o no tiene convicción. Puede ser. ¿Pero será tan así?
Cuando se dispone verdaderamente a escuchar a varios de los candidatos se observa, por el contrario, que, tanto antes como ahora, sí existieron y existen propuestas.
Comencemos por Ricardo Alfonsín. Entre otros proyectos, ha presentado públicamente los siguientes: 1) el Plan Casa Joven, orientado a solucionar el problema de la primer vivienda de jóvenes de bajos ingresos, a través de créditos hipotecarios accesibles y con bajo interés (se aspira a otorgar 150.000 créditos por año); 2) el Plan Crianza, orientado a universalizar el beneficio de la asignación a la niñez y a transformarlo en un derecho al ingreso garantizado para la seguridad social de los niños (incluye al Plan Hambre Cero, encaminado, entre otros aspectos, a bajar drásticamente el índice de mortalidad infantil); 3) el Plan de Incentivos al Empleo Joven, basado en otorgar incentivos a las empresas que contraten jóvenes; 4) el Plan Nacional de Formación de Ingenieros, orientado a formar recursos humanos para achicar la brecha tecnológica y mejorar la matriz productiva del país; 5) el Plan Ferroviario, que apunta a extender el servicio ferroviario nacional; 6) El Plan Medioambiental para el Desarrollo Sustentable, orientado a pasar del crecimiento al desarrollo sustentable, en el marco de una gestión ambiental que garantice un manejo inteligente los bienes naturales.
Por su parte, Eduardo Duhalde, ha propuesto en forma pública: el programa “Hambre cero” y la renta básica de ciudadanía; un aumento de la inversión en la prevención y represión del delito; una concepción integral de los derechos humanos de modo tal que se incluyan los derechos a la vida, a la salud, al privilegio de niños y ancianos; la lucha frontal contra los narcotraficantes y prevención de la drogodependencia; la recuperación del sistema federal de gobierno; garantizar el derecho al arraigo y a la tierra para la vivienda en todas las poblaciones del NEA y el NOA que no superen los 100.000 habitantes; poner los organismos de control del estado en manos de la oposición; crear las condiciones para producir un shock de inversión.
Por su parte, Hermes Binner ha presentado un plan integral de gobierno en base a 10 ejes, con propuestas específicas en cada uno: Alimentación, Salud, Educación, Vivienda; Trabajo Decente, Jubilación Digna, Seguridad, Justicia, Medio Ambiente Sustentable e Inserción de Argentina en el mundo.
Alberto Rodríguez Saá, también hizo público un pormenorizado Programa de Gobierno que incluye varias decenas de propuestas desglosadas en las siguientes áreas: Educación, Salud, Protección Social, Justicia, Seguridad, Política Fiscal, Integración Global, Transporte, Energía, Plan Nacional de Energía, que incluya las energías alternativas que cuidan el medioambiente, Desarrollo Sustentable, Jefatura de Gabinete, Decretos de Necesidad y Urgencia, Superpoderes, Auditoría General de La Nación, Consejo de la Magistratura, Defensorías del Pueblo, Corte Suprema de Justicia de la Nación, Federalismo Fiscal y Digesto Nacional.
Elisa Carrió y otros dirigentes de la Coalición Cívica también han presentado de modo público su Plan Integral de Gobierno que incluye: Desarrollo económico sostenible, Rol decisivo de las PyMEs, Desarrollo Social: Distribución del ingreso e igualdad de oportunidades, Políticas públicas que universalicen y garanticen el trabajo digno, Acceso a la vivienda y desarrollo territorial, Educación, Seguridad pública y ciudadana, Políticas penitenciarias y Derechos de las personas privadas de libertad, Salud, Ciencia, tecnología e innovación, Cultura, Deportes, Turismo, Política estratégica de Relaciones, Defensa, Inclusión y ciudadanía plenas, Política agropecuaria, Políticas de desarrollo pesquero marítimo, Energía, Minería, Políticas ambientales y territoriales, Política institucional, Política de medios y acceso a la información pública.
En el ámbito provincial, Francisco de Narváez ha presentado en forma pública varias decenas de propuestas concretas agrupadas en estas áreas: Educación, Salud, Trabajo, Vivienda, Seguridad, Política Social, Infraestructura, Medio Ambiente, Inflación, Federalismo

Reflexión final: ¿Cómo romper la inercia mental del votante?
La tesis de un mecanismo de inercia mental del votante aspira a describir y no a valorar ciertos aspectos de la psicología de los electores. Por supuesto, no se trata de cuestionar a ningún votante y menos de deslegitimar los resultados de la democracia. Simplemente se pretende arrojar alguna luz en la ardua empresa de la comprensión.
Tampoco se pretende ser indulgente con las miserias de la oposición, que quizás no sean pocas.
Pero, nada de lo anterior quita la pretensión de ecuanimidad.
Oportunamente, Lilita Carrió lo expresó con claridad. Palabras más, palabras menos, ello habría dicho: “Estamos tranquilos: dijimos lo que debíamos decir, denunciamos lo que debíamos denunciar, hicimos lo que teníamos que hacer, nos preparados con equipos y con ideas; ¿qué más podríamos hacer?”. Su catarsis anticipada dejaba entrever, a modo de consecuencia lógica, que si la gente no comprende, si no quiere escuchar, si no quiere votar por algo distinto; entonces, ¿qué más puede hacerse?”
Luego del fracaso de las primarias, la oposición no ha padecido una sino dos derrotas: primero, la de la urnas; luego, de ser ubicada en el lugar del escarnio reservado a quienes no habrían podido ni sabido. Paradójicamente es como si “la gente” hubiera decidido votar al oficialismo y, luego, le reprochara a la oposición su magro desempeño.
Sin duda, insistiré, hay mucho para cuestionar a la oposición. Pero, ¿No será demasiado?
Ciertamente siempre podría hacerse algo más de lo que se hizo. Siempre podría haberse aplicado mayor, fuerza, mayor inteligencia, mayor coraje, mayor convicción.
Tal vez el fracaso opositor, su capital pecado, sea no haber advertido que si se pretende ser un digno oponente del oficialismo eso significaba un fin extraordinario. Y los fines extraordinarios deben ir precedido por causas extraordinarias. Algo del orden de la epopeya.
Romper la inercia mental del votante sería lograr hacerse escuchar, penetrar la mente y el corazón del votante para que, verdaderamente, conceda una posibilidad. Para que, finalmente, pueda realizar el poco frecuente ejercicio consistente en imaginar “Bueno, a ver, vamos a pensar en serio, ¿qué pasaría si ese candidato —a quien descarto— por inercia, accediera al gobierno?, ¿Cómo sería entonces ese país, o esa provincia?
Si eso ocurriera, quien sabe si el resultado cambiaría. Tal vez sí, tal vez no.
Quizás a la oposición tampoco le alcance para torcer su destino. Pero un resultado basado en la mayor reflexión de más votantes, sin duda, sería mucho más justo que aquel determinado en parte por una simple inercia mental.

Los límites de la explicación política y la necesidad de traspasarlos (reflexiones luego de las elecciones primerias del 14 de agosto de 2011)

Pregunta inocente: “¿Me podría decir por qué votó la gente?
Interpretación literal: “¿Me podría decir por qué aproximadamente 20 millones de personas votaron cómo votaron?!!!!”
Imaginemos que habrá muchos votantes que pueden dar una respuesta contundente y taxativa sobre sus razones de voto. Pero también imaginemos que habrá muchas personas que no tendrán una respuesta sencilla, o que no sabrían bien qué responder, o que no responderían.
Si multiplicamos los últimos casos por una cantidad elevada de ciudadanos, apreciaremos con claridad el carácter desmesurado de ensayar una respuesta razonable a la inocente pregunta; ¿por qué votó la gente?
A pocos días de las elecciones primarias conjeturé sobre los límites de las explicaciones de los hechos políticos y sobre la necesidad de trasponerlos.
Referí a la tesis del escepticismo empírico de Nassim Taleb, que enfatiza la importancia del azar y, por ende, advierte sobre la tendencia a sobrevalorar las explicaciones racionales de los hechos sociales.
Aludí a una idea que alguna vez balbuceé (probablemente inspirada en algún texto de Sorokin) y que sostiene que la estructura de una sociedad es tan compleja que cualquier intento de comprensión produce una especie de “corto-circuito mental”, que desencadena algo análogo a la “invención” o “fabulación” de explicaciones. En tal sentido, toda explicación socio-política sería una inevitable mistificación de la compleja realidad social, que —en rigor— quizás sea un arcano insondable.
Insistí señalando una obviedad que, al formularla, ilustra sobre el real abismo de lo no explicable: no tenemos la máquina de leer con precisión el pensamiento y los sentimientos de las personas. Quizás tampoco quisiéramos jamás contar con semejante artilugio, aunque su realización fuera técnicamente posible. Además, ese terrible lector generaría tal maraña de informes que deberíamos tener otra tecnología fenomenalmente prodigiosa que interpretara esa inmensidad informativa y la tradujera sin pérdida en un texto sencillo e inteligible.
Señalé también que la pasión por explicar es una motivación tan irrenunciable que no podíamos sino sucumbir a la tentación de esbozar un vasto repertorio de razones para, en ese caso, explicar por qué Cristina Kirchner ganó del modo en que lo hizo.
Luego de aquella introducción esbocé 42 explicaciones conjeturales sobre las razones de aquel triunfo, cuya enumeración no es objeto del presente análisis.
¿Por qué votó la gente?, ¿Por qué Cristina ganó como ganó?
Preguntas simples. Preguntas difíciles. Respuestas conjeturales. Tan conjeturales como irrenunciables.

Algunas reflexiones antes de votar

Antes de las elecciones primarias escribí un aserie de reflexiones antes de votar. Hoy las vuelvo a publicar de modo ampliado.

Dentro de un mes tendremos que votar nuevamente. A diferencia de las primarias, esta vez nuestro voto resultará determinante.
La importancia del hecho justifica un llamado a la reflexión. Apenas se trata de una invitación al ejercicio del pensamiento. Si se prefiere: palabras al viento que quizás encuentren eco en alguien. Ojalá.
En principio, la propuesta es tan simple que parece una obviedad: cuando un candidato habla, hay que escuchar qué es lo que dice.
Más allá de cómo lo dice, de cómo gesticula, de su tono de voz. Simplemente analizar qué es lo que dice:
Atender a la densidad conceptual de lo que se dice. Cuántas son ideas. Cuántas son frases huecas. Cuántos slogans vacíos de contenido.
Cuántas auténticas ideas-fuerza. Cuántos golpes bajos.
Recomiendo el ejercicio. Yo lo hice. Quizás nos llevemos algunas sorpresas. Cuando uno se dispone realmente a escuchar muchas cosas son distintas a lo que parecen.
Y, cuando se escuchan ciertos discursos y se los compara con otros, no se comprende por qué las inteligencias de los candidatos/as a veces están tan poco alineadas con sus respectivas intenciones de voto.
Sería bueno que no votáramos a impostores/as ni a demagogos/as. Algunos candidatos/as lo son, otros/as no. Deberíamos evitar a los impostores/as disfrazados/as de corderitos salvadores.
Hay algunos/as candidatos/as de cuya honestidad no puede dudarse. Hay otros/as que generan serias sospechas.
Quizás valdría pensar quién es el candidato/a más impostor/a. Si inmediatamente se nos viene alguien a la mente, ¿Por qué votarlo/a entonces?
Quizás valdría el esfuerzo de pensar que pasaría el día después si ese candidato/a ganara. ¿Nos suenan familiares las palabras venganza o revancha?
¿Por qué votar entonces a alguien capaz de vengarse de alguien?
A veces se piensa a la política y a los/as políticos/as como entelequias que trascienden a los aspectos humanos básicos. Pero, vaya obviedad, los/las políticos/as son personas y, como tales, algunos/as son buenas personas; otro/as no.
¿Por qué votar por malas personas, cuando podemos hacerlo por buenas personas?
Seguramente la inteligencia es un valor. Pero, vaya obviedad, a veces está al servicio de causas innobles.
No estaría de más pensar en quienes aplican o aplicarían su inteligencia al servicio de causas nobles y quienes lo harían a causas innobles y/o egocéntricas. Políticos/as que aplican o aplicarían su inteligencia a la causa de sus egos o de acumular poder por el poder mismo.
Sería útil recordar que para algunos políticos/as primero están ellos mismos, segundo ellos, tercero ellos; finalmente quizás haya algún otro. Quizás.
Es tan tremendamente obvio saber quién es quién que no se comprende porque hay cosas que son cómo son.
Resultaría oportuno considerar que existen políticos/as que han construido fortalezas con una retahíla de palabras rimbombantes que no expresan nada.
¿Para qué votar entonces a esos encantadores/as de serpientes, embaucadores/as de verbo fácil y sustancia nula?
Antes de votar quizás valga la pena pensar en la diferencia entre las apariencias y la sustancia. Entre la imagen y la verdad. Entre el “chamuyo” estéril y el discurso conceptual.
¿No es acaso más que evidente la diferencia entre los/las políticos/as verseros/as y los/las creíbles?
¿Por qué extraño arcano hay tanta gente que se deja embaucar por políticos/as que no son más que charlatanes/as de feria. O por psicópatas disfrazados/as de salvadores/as?
Sería saludable desconfiar de políticos/as que se victimizan demasiado. De quienes hacen del golpe bajo un estilo de vida. De los lobos/as disfrazados de corderos/as.
Y también desconfiar de los políticos/as ego-maniacos/as, cuyo único vínculo verdadero es con el espejo.
Quizás nos suceda que tenemos que votar y nos asalten miedos de “lo que pueda pasar”. Pero seamos ecuánimes: las cosas preocupantes que puedan suceder, podrían ocurrir tanto si se cambian como si no se cambian las personas. ¿Por qué los miedos siempre deberían homologarse a los cambios y no a las permanencias?
Quizás un buen ejercicio radique en ordenar esos miedos para descubrir sus diferencias de magnitudes. Pensar con claridad a qué exactamente tememos cuando suponemos que podría ganar tal o cual candidato/a. Quizás nos sorprenda descubrir que, antes de reflexionar, creíamos temer a cosas que es difícil temer y, también, que no temíamos a cosas que si deberíamos temer.
Para finalizar: por supuesto, cada ciudadano es dueño de pensar o dejar de pensar sobre lo que se ocurra. Lo anterior no es sino una simple invitación a que, a la hora de votar, pensemos un poco más de lo que una especie de inercia mental nos impide hacer.
Cada uno sabrá de qué se trata.

La violación de la voluntad ciudadana y la violación del sentido común: reflexiones sobre las supuestas irregularidades en las elecciones primarias y su tratamiento por parte de los principales actores involucrados

Desde hace días asistimos con cierto estupor a la presentación de información que revelaría que en las elecciones primarias se habrían cometido irregularidades, picardías, anomalías o, simplemente, fraude.
Entre otras cosas nos hemos enterado que en la provincia de Buenos Aires, tales irregularidades han sido muy recurrentes y que eso se estaría verificando durante el escrutinio definitivo, aún no finalizado.
En ese contexto nos enteramos también de opiniones disímiles vertidas por jueces electorales, funcionarios gubernamentales del oficialismo y candidatos y apoderados de la oposición.
Por supuesto, la eventual comprobación fehaciente por parte de la justicia de la existencia de tales irregularidades y la posibilidad de que dichos sesgos revistan un carácter intencional, representarían, en sí mismas, un caso de singular gravedad para la salud del sistema democrático basado en la voluntad soberana de los electores.
Independientemente de lo anterior, tanto para el ciudadano común, como para la oposición y el oficialismo, la magnitud de eventuales discrepancias entre los guarismos del escrutinio provisorio y definitivo deberían resultar relevantes.
En efecto, el sentido común más básico indica que si, finalmente, la presidente Cristina Kirchner obtuvo 50%, 49%, 45%, 42% o 53%, esas diferentes cifras poseen significados diferentes respecto al modo en que se presenta el escenario electoral de octubre, aun cuando ninguna quita mérito a la existencia de un triunfo holgado del oficialismo por encima de las fuerzas opositoras.
Y sin embargo, pareciera ser que a ninguno de los actores opositores, oficialistas o jueces le importara realmente cuál es o podría ser la magnitud de las discrepancias.
Evidentemente si, por caso, la Presidente terminara sacando un 48% en lugar de 50%, el desafío de la oposición casi seguiría teniendo similar carácter de epopeya. Pero si el porcentaje definitivo fuera, por caso, el 45%, el desafío que la oposición debería asumir para octubre radicaría en capitalizar apenas un 5.1% del votante oficialista. Tarea sumamente difícil, pero ya no epopéyica. En contraposición, si finalmente la Presidente obtuviera un 52% en lugar del 50%, no sólo significaría que la oposición bajaría sus chances tendiendo a cero, sino que se evidenciaría que el tan mentado fraude que se supone habría perpetrado el oficialismo no sería otra cosa que una mera ficción generada por anomalías del sistema o, por qué no, por intencionalidades non sanctas de la oposición!
Ante ese cuadro resulta incomprensible no sólo el reiterado silencio de los medios y de los actores políticos directamente involucrados, sino la pertinaz insistencia en sostener que, como no se cambiará sustancialmente el resultado de que el oficialismo ganó holgadamente, entonces la cifra carece de importancia.
A modo de ejemplo, esta noche en el programa de Mariano Grondona acaba de verse un bloque dedicado al tratamiento del tema donde asistieron los representantes de la Coalición Cívica, del Radicalismo, del Duhaldismo y del Pro, que estuvieron directamente vinculados con la denuncia de irregularidades. A diferencia de otros periodistas, en este caso Mariano Grondona inquirió dos veces (y la segunda vez de modo enfático) sobre la real magnitud de la discrepancia. No sólo no hubo respuesta directa a esa pregunta simple sino que se insistió en la muletilla de que eso no es lo que importa porque lo que verdaderamente importa es lo que sucederá en octubre.
Confieso que me cuesta comprender tamaño desatino. Es como si se hubiera jugado la semifinal de un partido que se sabe que se perdió por varios goles, pero a la vez se sospecha que fueron menos que lo que se dice; y que la cantidad de goles a favor o en contra fueran relevantes respecto al partido final. Y que se reclama que se aclare el carácter procedimiento de un conteo sospechado, pero al mismo se dice que igual eso no importa porque el partido ya se perdió…!
Tal vez ninguno de los opositores presentes en el referido programa conozca a ciencia cierta la magnitud en cuestión. En tal caso hubiera sido más sencillo que expresaran su ignorancia al respecto. Nadie está obligado a saber lo que desconoce. Otra alternativa sería que los allí presentes efectivamente supieran que apenas se trata de guarismos decimales. En tal caso, su omisión a responder a la pregunta llana del periodista sería objetable. Por último, tal vez crean sinceramente que realmente tal cifra no tiene importancia.
En ese último caso mi reflexión es simple y contundente: tal vez no sólo asistimos a una violación de la voluntad del ciudadano, sino, simultáneamente, estamos asistiendo a una nueva violación del sentido común.

¿Quién es Ricardo Alfonsín? Cuando lo parecido puede ser diferente y lo diferente, parecido

Finalmente, el proceso eleccionario para las presidenciales de octubre ha ingresado en una zona de mayor certidumbre. Con excepción de la candidatura de la Presidente, al menos han quedado definidas varias de las fórmulas que conformarán la partida.

Adicionalmente, además de la evidencia del alto índice de intención de voto de Cristina Fernández (se mantiene firme alrededor del 40%), emerge como novedad que Ricardo Alfonsín se perfila como el principal candidato opositor, con una intención de voto que orilla los 20 puntos y superando a Eduardo Duhalde que apenas alcanza un 13%.

Dicha cifra resulta claramente exigua cuando se la contrasta con la de la Presidente (que la duplica) Pero adquiere significación al considerarse que resulta el doble de la que tenía el propio candidato hace menos de 30 días.

Respecto de la candidatura de Alfonsín, durante la semana que finaliza han surgido tres novedades relacionadas: la decisión de propiciar una alianza provincial con Francisco de Narváez; el anuncio del acompañamiento de Javier González Fraga como vicepresidente y, como consecuencia, la consumación de la ruptura de la anhelada alianza nacional entre la UCR y el socialismo, que decantó en la candidatura presidencial de Hermes Binner.

La decisión de Ricardo Alfonsín ha propiciado análisis disímiles tanto en el plano valorativo de las lealtades ideológico-partidarias, como respecto al impacto sobre sus chances electorales.

Por un lado, desde un análisis político más ortodoxo, algunos sostienen que la ecuación arrojaría un saldo negativo. Esta línea argumental expresa que la decisión de Alfonsín implica un giro hacia la centro-derecha, lo que implica cierta renuncia a valores en aras de cálculos electorales y que, además, menguarán sus chances debido a que parte del electorado radical migrará hacia el espacio de Binner, quien aseguraría mayor purismo ideológico.

Por otro lado, una tesis alternativa (a la que adhiero), más inspirada en el análisis de la opinión pública, sostiene lo contrario: las chances de Alfonsín aumentarán ahora de modo ostensible. Y no sólo porque el caudal de votos provinciales que podría aportar Francisco de Narváez superaría al que perdería a manos de Binner, sino porque -de cara al electorado- Ricardo Alfonsín se ha mostrado como un político con suficiente coraje para tomar decisiones, aún cuando éstas aparezcan como políticamente incorrectas respecto a cierta ortodoxia partidaria.

Lo anterior conduce al análisis de qué tipo de político es en verdad Ricardo Alfonsín. Convengamos que la ciudadanía aún no ha consolidado una opinión. Y, como suele suceder, cuando algo no se conoce plenamente se abona el terreno incierto de las comparaciones. El núcleo de este análisis radica en bosquejar un análisis crítico de algunas comparaciones que últimamente se han estado postulando, en el marco de otras también posibles.

Comencemos enunciando el catálogo de lo obvio: Ricardo Alfonsín es Ricardo Alfonsín. Lo cual significa que no es Rául Alfonsín, ni Fernando de la Rúa, ni Julio Cobos, ni Carlos Menem ni Arturo Illia. Pero avancemos en el posible significado de semejante comparaciones.

1. Ricardo Alfonsín no es Raúl Alfonsín:

    Comparar a Ricardo Alfonsín con Raúl resulta un ejercicio tan lógico como de resultado inevitable: un padre político que dejó su huella en la historia en contraposición a un hijo que, por ahora, sólo aspira a un cargo presidencial.

    En ese marco, donde  resulta fácil destacar las virtudes carismáticas de aquel caudillo radical y presidente emblemático, la figura de Ricardo no puede sino quedar disminuida. Entonces pasa a ser “Ricardito”, un hombre que expresa un anhelo presidencial pero que padece la sombra de un padre poderoso.

    Sin embargo tal parangón no sólo resulta injusto sino falaz. Porque quizás la principal fortaleza de Ricardo no devenga de ese poder de seducción que portan los líderes carismáticos, sino tal vez de sus dotes intelectuales como estadista en ciernes. Al respecto, mi tesis es sencilla: al igual su fallecido padre , Ricardo Alfonsín es un hombre honesto y con profundos valores éticos-democráticos; pero, además, es un pensador y estratega político de alto vuelto.

    Para poner a prueba esa tesis he realizado un sencillo experimento exploratorio: simplemente extraje ideas centrales de discursos de candidatos presidenciales actuales, incluida la presidente, y pasados (por supuesto, cuidando de que no pudiera identificarse al autor) Luego, sobre una pequeña muestra de ciudadanos de nivel educativo medio, evalué la valoración de las ideas en términos de valor como propuesta para afrontar problemas del país, claridad de enunciación y grado de desarrollo (concepto explicado versus eslogan superficial de campaña). El resultado fue sorprendente: las ideas de Ricardo Alfonsín fueron las más valoradas entre los candidatos actuales y sólo superadas por las Arturo Frondizi.

    Mi corolario de lo anterior es simple: Ricardo Alfonsín tal vez carezca del carisma arrollador de su padre, pero, en el plano del ideario político, está plenamente a su altura y hasta quizás lo supere.

    2. Ricardo Alfonsín es radical, pero no es Fernando de la Rúa:

      La partida del helicóptero llevándose a un Fernando de la Rúa renunciante luego de las jornadas trágicas de diciembre del 2011, resulta el ícono elocuente del fracaso de la Alianza.

      Pretender asociar a Ricardo Alfonsín con De la Rúa a través de la dudosa ecuación: “De la Rúa, Alianza, radicales”; “Alfonsín, alianza, radicales”, no sólo es una simplificación: es simple deshonestidad intelectual.

      Porque Fernando De la Rúa nunca fue el Kennedy argentino que alguien avizoró allá por el 73, sino más bien, la mejor expresión de un político carente de ideas y con una imposibilidad casi patológica de tomar decisiones. Además, el discurso delarruista tenía un sello distintivo: simple retórica vacía de contenido.

      Corolario: que Ricardo Alfonsín no es Fernando de la Rúa es lo contrario a una tesis; es una verdad de Perogrullo.

      3. Ricardo Alfonsín no es Julio Cobos

        A raíz de le épica instaurada con el ya mítico “voto no positivo”, Julio Cobos alcanzó a tener todo lo que puede aspirar un potencial presidenciable: altísima imagen y similar intención e voto. Es cierto que le tocó también deslizarse por el filoso desfiladero entre la formalidad institucional de su cargo y su rol opositor. Lo cual no debe ser tarea simple.

        Pero no es menos cierto que apenas dos años después de aquel momento de gloria, sus permanentes indefiniciones sobre cuál era su lugar en el mundo político lo pulverizaron hacia la licuación de sus posibilidades. Julio Cobos irrumpió como un corajudo capaz de tomar la decisión más riesgosa. Pero terminó como la genuina encarnación del príncipe Hamlet, donde la permanente duda entre ser o no ser lo hicieron desaparecer de la escena política.

        En contraposición, cuando Ricardo Alfonsín decide correr el riego de comprometer el acuerdo con el socialismo en aras de una candidatura con posibilidades reales, lo que demuestra es el sello de un político de raza que sabe que aquello de que “la política es el arte de lo posible” no es una mera frase, sino un imperativo para la acción.

        Corolario: En 2008 Julio Cobos parecía tenerlo todo, mientras que Ricardo Alfonsín era apenas un dirigente más. Hoy Alfonsín es el  opositor más fuerte, mientras que Cobos no es candidato a nada. Ergo, Ricardo Alfonsín no es Julio Cobos.

        4. Ricardo Alfonsín no es Carlos Menem:

          Esta comparación parecería ajena al presente análisis. Es claro que nadie podría postularla con pretensión de seriedad. Sin embargo, aquí se la considera por la recurrente sentencia oficialista que expresa que la vuelta de un radical (cualquiera que sea) representaría una especie de retorno de una Alianza cuyo fracaso obedeció a la insistencia en mantener las recetas neoliberales de los 90, que Carlos Menem habría ejecutado de modo tan eficiente como catastrófico para el país y para el pueblo argentino.

          En el marco de esa lógica irreflexiva y acrítica, el acuerdo Alfonsín – De Narváez significaría algo así como una especie de “prueba del delito” o de “sincericidio”.

          Es obvio, que cuando la tesis se enuncia de forma clara y no meramente alusiva, se pone de relieve que apenas se trata de simple chicana de campaña sin peso conceptual.

          Corolario: Ricardo Alfonsín sólo puede ser comparado con Carlos Menem cuando se renuncia a la argumentación razonable para sucumbir a la tentación de la diatriba acrítica.

          5. Ricardo Alfonsín no es Arturo Illia

            He dejado para el final esta posible comparación que, por lo que sé, a nadie se le ha ocurrido postular. Pero hacerlo puede resultar aleccionador.

            La historia ha juzgado que el derrocamiento de Arturo Illia condensó dos desgracias en un mismo acto. Por un lado, la evidente prepotencia de los alzamientos militares de aquellos años difíciles; por otro, la indiferencia de una sociedad inmadura que no supo valorar lo que estaba perdiendo.

            A mi juicio, Arturo Illia es el símbolo de la virtud política incomprendida. Un hombre austero, casi gris, sin el carsima de muchos embaucadores de feria, pero con un nivel de honestidad y de coraje para enfrentar al Poder, cuya conjunción resulta escasa en la historia argentina.

            Sin duda, Illia era mucho más de lo que parecía. Aunque podía parecer un abuelo bonachón, era un estadista con agallas. Sin embargo, la sociedad argentina no se dio cuenta.

            Evidentemente -que duda cabe- Illia fue un presidente honesto. Pero también fue un hombre que supo plantarse con firmeza ante los poderes de aquellos años.

            Corolario. Arturo Illia era mucho más de lo que parecía. Pero cuando las sociedades se acostumbran al seductor de turno suelen confundir las apariencias con las realidades.

            Tal vez haya algo de cierto en aquello de que Ricardo Alfonsín no alcance el fuego del carisma que otrora detentaron figuras políticas como Raúl Alfonsín o Carlos Menem.

            Pero sugiero el ejercicio de apreciar que su eventual falta de carisma sea, tal vez,  superada con creces por la calidad de sus ideas, por su honestidad, por su pasión y por su coraje para avanzar hacia un país mejor.

            Quizás una sociedad recién esté madura cuando puede discernir con claridad y sin preconceptos la gran diferencia entre el parecer y el ser.

            Corolario final: Ricardo Alfonsín: el candidato presidencial que es mucho más de lo que parece.

            Simplemente invito a la ciudadanía a pensar seriamente en esa posibilidad.

            Agregado final: he intentado demostrar dónde, a mi juicio, residen las fortalezas de Ricardo Alfonsín. Sí en la sustancia, no en la apariencia. Pero también sería injusto no conceder una distinción: cuando Alfonsín conversa exhibe un estilo sereno, amable, austero y, por momentos, lindante en la parquedad. Pero esa imagen contrasta con el Alfonsín orador en un acto de campaña. Allí sí, puede advertirse plenamente el parentesco con su padre. Al igual que el ex presidente, Ricardo Alfonsín tiene la potencia de llegar al núcleo emocional del auditorio. Y esto, sin duda, es también una de las genuinas expresiones del carisma.

            Implicancias de las deserciones de Mauricio Macri y Pino Solanas en las elecciones nacionales

            2.- ¿Cómo ve la elección nacional, ahora que se bajaron Macri y Solanas?

            • El escenario electoral finalmente comienza a definirse con mayor claridad. A nuestro juicio, el hecho de que Mauricio Macri apareciera sistemáticamente en segundo lugar (con un nivel de intención oscilante entre 12 y 16 puntos)  sobredimensionaba sus reales chances. Es que, más allá de la legitimidad de ciertas valoraciones ideológicas, lo cierto es que Macri representaba  tanto un límite para el tejido de alianzas opositoras de mayor alcance, como un techo real para el electorado  del arco opositor.
            • En otros términos: a nuestro juicio,  la salida de Macri amplía más de lo que resta al caudal electoral opositor.
            • Eso no quita que su baja no afecte en mayor medida al espacio del PJ Federal que al del pan-radicalismo. Tampoco despeja la incógnita acerca de quienes capitalizarán aquel caudal de votos macristas. Pero sí nos aventuraríamos  a especular que, para la  porción del electorado que sin llegar a ser anti-K no comulga con el oficialismo, la probabilidad de votar a Cristina ante la disyuntiva  de tener que optar entre ésta y una alianza encabezada por Macri, habría sido mayor;  que si esa disyuntiva fuera entre Cristina y una alianza de otras características.
            • En cuanto a la deserción de Pino Solanas, dado su escaso caudal de intención de votos (alrededor del 4%) no parece gravitar en demasía. Aunque sí parece más razonable suponer que favorecerán más al espacio opositor no macrista.
            • En síntesis, más allá de ganancias y pérdidas parciales, a nuestro juicio las bajas de Macri y  Solanas aclaran el panorama electoral y aumentarían ligeramente las posibilidades de un arco opositor que aún está demasiado lejos de consolidarse como un oponente de fuste para el oficialismo.
            • Por último, a modo de cierre, hemos conjeturado sobre las implicancias políticas de los referidos sucesos. Pero eso no equivale a analizar el impacto directo sobre la opinión pública. Tal como sostiene Cecilia Valladares, los tiempos del electorado difieren de los del establishment político y mediático. La imagen de una ciudadanía atenta y expectante a las vicisitudes de una “gran contienda electoral” resulta alejada de la realidad. Probablemente muchos de los futuros votantes ni siquiera se enteren de detalles como los aquí analizados, mientras que otros quizás los adviertan cuando ya resulten extemporáneos.

            ¿Podría Ricardo Alfonsín ser Presidente? Vigencia de una visión formulada hace cinco meses

            En Diciembre de 2010, Ricardo Alfonsín lanzó su candidatura presidencial.

            En ese tiempo Julio Cobos y Ernesto Sanz se perfilaban como candidatos en internas de la UCR.

            Por parte del PJ Federal, Mario das Neves también se había lanzado.

            Eduardo Duhalde y Alberto Rodríguez Saá aún no habían protagonizado ese tan confuso como grotesco papelón pre-internil.

            Pino Solanas también se presentaba como presidenciable.

            Mauricio Macri, aunque no había formulado intenciones enfáticas, aún no había sido corroído por la duda hamletiana del ser o no ser que hoy parece aquejarlo.

            Aquel lanzamiento no tuvo demasiada trascendencia mediática. Sin embargo, en su discurso inaugural, Ricardo Alfonsín enunció palabras importantes para quienes pudieron leer entre líneas.

            Por ese entonces, quien escribe, esbozo un documento señalando seis razones por las cuales Ricardo Alfonsín podía llegar a ser presidente.

            Hoy, cuando el repertorio de los presidenciables inexorablemente se va achicando y, por ende, “suben las acciones” de quienes sostienen candidaturas que se van imponiendo, aquellas observaciones adquieran plena vigencia.

            Lo que justifica su reproducción.

            Ecos de un discurso de lanzamiento: Seis  razones por las que Ricardo Alfonsín podría ser Presidente (diciembre de 2010)

            No soy radical ni nunca lo fui.  Mi simpatía hacia el radicalismo sólo se relaciona con ese sentimiento de esperanza y entusiasmo que alguna vez me despertó el ex Presidente Raúl Alfonsín.  Esto no exime de subjetividad al  presente texto, pero considero que permite dimensionar mejor su alcance.

            Acabo de escuchar el discurso de Ricardo Alfonsín y, debo reconocerlo, me impresionó en forma positiva.  Luego de escucharlo mi sensación es simple: no sé si será o no presidente, pero existen sobradas razones para pensar seriamente en tal posibilidad. Por lo menos se me ocurren las seis razones siguientes:

            1.       Honestidad / Transparencia: Ante todo Alfonsín parece una buena persona.  A partir de su discurso y más allá de éste, Alfonsín transmite la poco frecuente virtud de un político regido por valores y por buenas intenciones,  que expresa con convicción y claridad.

            2.       Sentido común: Alfonsín expresa ideas complejas en un lenguaje simple. Aunque señaló explícitamente que no se adentraría en su programa de gobierno, su discurso fue una declaración de principios estratégicos propios de un estadista. Dejó en claro la diferencia entre crecimiento y desarrollo, destacando a la lucha contra la pobreza como uno de los fines básicos de la política. Refutó con argumentos simples pero a la vez sólidos varias de las objeciones que podrían menoscabar su candidatura. En tal sentido, logró develar con claridad y sencillez las falacias que se esconden detrás de ideas que se repiten de modo irreflexivo a la hora de valorar a un nuevo líder político.

            3.       Pasión genuina y mística: Alfonsín transmite una profunda pasión por la política como instrumento de mejora de la vida humana. Y esa pasión suena enteramente creíble.  Y llega a transmitir algo muy poco frecuente en los políticos contemporáneos: una voluntad de propósito que entusiasma y contagia. Alfonsín logra aunar el sentido de la política en una dimensión existencial. Y eso es mística.

            4.       Sensibilidad social: Como señalé antes, Alfonsín parece una buena persona. Y la sensibilidad hacia los más necesitados  se expresa con clara y convincente preocupación en su discurso.

            5.       Inteligencia e Ideas: el discurso de Alfonsín no tiende a la enunciación de eslóganes vacíos de contenido. Al contrario, posee la sustancia típica de quienes están orientados a la acción.

            6.       Coraje: Ricardo Alfonsín tiene algo de genuino idealista. Pero eso no va en detrimento de la fortaleza. Cuando se enfrenta al fantasma del poder sindical desbarata, con argumentos simples,  ese viejo lugar común que prescribe que este país sólo es gobernable por el peronismo.  Alfonsín transmite con vehemencia lo que nunca debería haberse olvidado: cuando se actúa con convicción a favor del pueblo, no hay motivos para temer a nada más que a la voz de ese mismo pueblo.

            El concepto de inteligencia electoral

            La inteligencia electoral es la capacidad de maximizar un resultado favorable en una elección política.

            Los factores involucrados en la inteligencia electoral incluyen a la comprensión de las necesidades, motivos y deseo del electorado así como la comprensión de las estrategias de los contendientes a lo largo del proceso electoral.

            Se materializa en el diseño y ejecución de una estrategia eficaz que permita ganar la simpatía, y confianza del electorado para poder traducirlas en una conducta de voto favorable.

            Incluye la elaboración de alianzas electorales ventajosas, la elaboración de un discurso comprensible, diferenciador y de alto impacto emocional y una estrategia de medios eficaz en términos de costo-beneficio.

            La inteligencia electoral no debe confundirse con meras zancadillas, chicanas y argucias electoralistas.  Aunque éstas puedan producir efectos, no alcanzan a conformar un auténtico plan inteligente de acción.


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