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El último mate y el último baile

Antonella y Tamara habían estado mateando. Era evidente que el agua ya no estaba caliente. Cuando me acerqué y me serví ese último mate, me lo advirtieron. Les respondí que no importaba: me gustan esos últimos mates. Tienen un sabor muy especial.

En mi sentimiento la asociación apareció como un rayo. El último mate tiene el sabor del último baile. Esos últimos bailes lentos de disco adolescente (porque soy de la época en que en las discos aún se pasaban lentos).

Me fue difícil traducir ese proto-pensamiento en palabras. Hice varios ensayos. Traté de defenderme de la primera lectura simplista: “No vayan a pensar que quiero decir que en ese último baile quedaban sólo las chicas menos agraciadas, esas que aún no habían tenido suerte”.

No, no era eso; era algo más sutil (…), pero no me daba cuenta qué exactamente. Balbuceé que no se trataba de chicas feas, sino de chicas con otra actitud.

Ensayé, sin convicción, que en el momento de los primeros lentos, que arrancaban con un extraño coro que exclamaba “Oh!”, expresión certera que señalaba que ahora sí comenzaba realmente un momento de verdad, como si todo ese baile movido previo no hubiese sido más que un mero pasatiempo para llegar a este clímax, a este verdadero vórtice -celestial y a la vez salvaje- de estrecharnos en las pieles, en los perfumes, en las miradas; ese dejarse llevar por la música hacia las esferas más íntimas del alma y de los cuerpos.

Bailes lentos. Magia de los sentidos. Palabras abolidas que cedían el paso a ese otro lenguaje hecho de abrazos, de silencios, de ojos cerrados, piel contra piel.

Decía entonces que en esos primeros lentos había demasiado expectativa, demasiada histeria, demasiada necesidad de flechazo previo de las miradas. Porque, tal vez, en esa primera ronda todavía nos animaba la convicción de que podríamos elegir. Todavía nos ilusionábamos con que podíamos aspirar a la reina del baile, esa cuya belleza dolía.

En cambio, los lentos del final eran otra cosa. Porque ya habíamos fracasado y estábamos más calmos, quizás algo resignados. Y las chicas, lo mismo. Era como una especie de barajar y dar de nuevo. Porque quizás las chicas de la belleza que duele tampoco habían logrado la magia del encuentro pleno y, tal vez ahora (…) quien sabe (…)

Entonces, el mate del final no era menos rico; sólo tenía un matiz diferente, menos rutilante pero algo más sólido. Por eso el baile del final tenía ese sabor tan especial, de algo que había madurado o que se había asentado, o vaya a saber qué; pero ahora era más pleno, más intenso, más real. Las mismas chicas, pero con una actitud diferente: Los peinados y las pinturas ya no lucían como en la primera ronda del “Oh!”; pero lo que habían perdido en prolijidad y brillo lo habían compensado con ese toque de naturalidad, de verosimilitud.

Es que hasta hace un rato nos habría tensado un poco besar esos labios perfectamente rojos o púrpuras o rosas. Tanta belleza inmaculada es difícil de tocar, y de asir. En cambio las chicas del último baile, aunque bellas aún, habían retornado a su condición de mujeres carnales. Deseo posible. Vocación de realidad.

Pero todo ese balbuceo que pretendía expresar mi soliloquio interno, no me convencía. Había algo que no terminaba de revelarse. Había un vacío de comprensión entre lo que sentía y lo que podía pensar y decir. ¿Pero qué extraño arcano epistemológico podía esconderse detrás de ese último mate y de aquel último baile?

Tuve que esperar un día para que la verdad de la emoción rememorada emergiera a la luz del pensamiento y se torne palabras. Entonces, sencillamente lo supe:

En la vida hay dos clases de amores: los del flechazo en el alma que duelen al cuerpo, y los que brotan del encuentro y endulzan los corazones. Los primeros deben necesariamente transitar por esa zona difícil de la ansiedad y la angustia que nace con las miradas y que sólo se calma con los besos. Nacen con el sino del peligro. Aparecen con el primer baile. Son mar impetuoso. No tienen paz.

Los segundos, en cambio, nacen al amparo de la ternura. Son suaves. Son azúcar. Son miel. Son Bien. Son montaña. Y eso no significa que sean platónicos, porque pueden ser tan intensos y sensuales como los primeros. Pero en ellos la pasión es un crescendo, un puerto de destino. Un fruto maravilloso que sabemos que será revelado. Lentamente realizamos ese tránsito hacia un cielo que puede ser salvaje, pero que siempre ha de ser dulce.

Porque, en verdad (y aunque parezca al revés) los amores del flechazo violento nos eligen más allá de nosotros. No los descubrimos. Simplemente aparecen. Pero en los bailes lentos del final podíamos realmente elegir vivir esa maravilla que estábamos descubriendo. Cuando ya no esperábamos nada. Porque la noche estaba terminando.

Pero pudimos robar ese último beso con gusto a cielo y gambetear al destino.

El último mate. El último baile.

Addeddung

Pero todavía faltaba algo. Porque, pensaba, los flechazos que simplemente suceden también podían venir arropados con la magia de la dulzura. Entonces, aunque algo de eso había, el contraste entre la adrenalina pura del primer baile y la suavidad del último, no quedaba plenamente explicado por el contraste entre mar y montaña. ¿Y entonces qué?

Arribo así a mi certeza final, de la cual no he de moverme:

En la vida hay dos clases de amores: los que se buscan y los que se encuentran. O, quizás, los que encontramos mientras buscamos y los que aparecen cuando ya nos los esperamos. Esa es la clave.

El primer mate viene cargado de expectativas, de anticipos de ese calor inminente. El ritual de prepararlo es la ofrenda que entregamos gozosos. Disfrutarlo es nuestro premio secreto. En cambio, el maye del final es puro regalo. Viene caído del cielo. Y esa es su magia.

Ese amor que encontramos cuando ya estábamos por partir. Ese baile lento que justificó nuestra noche. Y nos fuimos con el alma plena. Noche amable que finalmente nos entregó la magia del amor inesperado. Como el último mate.

El última mate. El último baile.

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El final de “La Dolce Vita” de Federico Fellini

El título de este post es deliberadamente ambiguo. Tanto como el título mismo del film “La Dolce Vita”
La Dolce Vita es una película de 1960, dirigida por el magistral Federico Fellini e interpretada por el “bello” Marcello Mastroiani y por esa diosa voluptuosa y sensual que fue Anita Ekbergg.
La vi por primera vez siendo aún adolescente. La disfruté en algunas particulares escenas. Pero, también, debo reconocerlo, sentí la aridez de extensos pasajes. Con todo, la atesoro como una de las grandes películas de la historia del cine.
Porque, para mi, La Dolce Vita es un complejo manifiesto de filosofía existencial, donde están el amor, la vacuidad, la soledad, el éxtasis ante la hembra humana, el misterio de la mujer, la dulzura perdida…
La Dolce Vita tiene mucho: la pinta y simpatía de Marcello Mastroiani (ese latin lover que él adolescente que fui quería ser), la sensualidad pagana de Anita Ekbergg, la pregunta sobre el sentido de la existencia, la vida inauténtica de la que no se puede escapar, la ilusión de resurrección a través del amor…
Hace muchos años que no veo el film. Sólo puedo hablar de mi recuerdo (de qué otra cosa podría hablarse sino de los recuerdos que quedaron). De los sentimientos que me dejo.
Roma. 1960. Marcello Rubini es un periodista de prensa amarilla. Seductor y carismático. Insatisfecho con su vida. Quizás sea profundamente escéptico. Quisiera ser novelista, hacer algo más comprometido. Pero su drama radica en la imposibilidad de comprometerse. Ya ha sido aguijoneado por la duda sobre qué vida deberíamos vivir. Y eso no tendrá retorno.
La historia de Marcello es la de una lucha interna entre su permanente coqueteo con la frivolidad y una inquietud existencial. Eso marca dos aguas:
Cuando Marcello se deja “encandilar” por la frivolidad, Fellini nos muestra su encuentro con Silvia, actriz americana y bomba sexy del momento (Anita Ekbergg); sus escarceos pseudo amorosos con su aristocrática amiga y confidente (Anouk Aimée) y su clara indiferencia hacia una amante a quien no ama.
Cuando en Marcello aflora la pregunta sobre el sentido, Fellini nos muestra sus diálogos con su amigo periodista intelectual, a quien respeta y a quien parece escuchar.
En diálogo intimista, ese amigo le manifiesta su temor ante el futuro de la sociedad, donde avizora una caída en la banalidad, un eclipse del amor. Mientras le muestra a Marcello el dormitorio de sus hijas aún niñas cubierta por velos angelicales, le confiesa que quisiera preservarlas de ese destino desangelado; y le revela una frase: “Deberíamos poder amarnos mejor”
Poco después sucede lo que, a mi juicio, resulta el punto de inflexión de la historia: su amigo mata a sus hijas y se suicida. Y esa noticia quiebra finalmente a Marcello. Ya no habrá retorno para él. Sólo frivolidad y vacío.
Me quedaron tres escenas grabadas de “La Dolce Vita”:
Por supuesto, la escena de Marcello y Anita Ekbergg en la Fontana di Trevi. La perplejidad e indefensión de Marcello ante la belleza voluptuosa de esa hembra bestial, diosa pagana. Marcello, tipo ganador, hombre experimentado, es apenas un niño pequeño ante la magnificencia de esa belleza femenina que hace doler el alma. Éxtasis, arrobamiento, encandilamiento, embeleso, temor ante el dios femenino, todo eso en unas pocas frases simples: “¿Pero quién sos?, Sos la mujer, la hermana, la amiga, la amante” (no estoy seguro de cada frase, sino de lo que transmite el conjunto; me gustaría recordarlas en italiano, porque esa lengua expresa mejor esa pasionalidad sensual)
También, la escena con Anouk Aimée, la amiga aristócrata. Ambos participan de una fiesta en un castillo de la alta realeza. En un momento se encuentran en un gran salón. Anouk se esconde y Marcello le habla. Marcello le declara su amor. Anouk responde en consecuencia. Por un momento, el espectador cree asistir a una revelación. Pero esa ilusión dura nada. La cámara de Fellini ya nos está mostrando que, mientras Anouk le habla de amor a ese Marcello al que no ve, otro hombre se que se ha filtrado en la sala la abraza desde atrás y la besa. Ocaso del amor, nacimiento de la vacuidad.
Reservo para el final la escena del final. Marcello, junto a su grupo de amigos y amigas de la noche, participa de una fiesta frívola, esa especie de orgías que en aquellos años se denominaban “happenings”. Vemos que Marcello ya se ha entregado al vasto mundo de lo insubstancial, al que temía. Al amanecer salen a caminar por la playa.
En una escena anterior, Fellini ya “plantó una Información” para esa escena final: Marcello está escribiendo en un parador de playa donde la camarera que lo atiende es una adolecente simple y dulce. La chica podría ser una provinciana. Es seguro que no ha sido contaminada por las luces de Roma. Marcello le pregunta si tiene novio. Ella, en su cálida ingenuidad le responde algo como: “¿Novio yo?, Que va!”
Vuelvo entonces al final. El grupo en que va Marcello se detiene curioso para ver a una extraña raya que yace en la orilla. A lo lejos se oye la voz de aquella adolescente. Marcello se vuelve para escucharla, pero no alcanza a comprender lo que dice. Una entrada del mar en la playa, los separa. La chica, siempre con una limpia sonrisa, gesticula para hacerse comprender. Marcello insiste en que no oye: “Non capisco, non si sente”. La escena se repite tres veces y Marcello está ya por renunciar. Finalmente, una amiga del grupo lo reclama: “vamos”. Y se va.
¿Se habrá perdido Marcello para siempre en el mundo de lo vacuo?. ¿Es que no puede ya escuchar el canto de la ternura?. ¿Se habrá perdido para él la dulzura de la vida?.
Conjeturas de espectador basadas en los sentimientos despertados por el film.
“La dolce vita” es un título ambiguo. Podría corresponder al “dolce far niente” de una vida disipada. Podría referir a la dulzura de la vida.
Me gusta concluir en que Marcello sucumbió a la primero por su imposibilidad de atender a lo segundo. En todo caso, es mejor que pensar que esta última posibilidad sea sólo una ilusión quimérica.
“La dolce vita”. Federico Fellini, Marcello Mastroinai, Anita Ekbergg. Un tesoro de imágenes. Un ensayo de existencialismo. Un deleite para el espíritu.

Nota: Años después leí un reportaje al propio Fellini donde decía que su “La Dolce Vita” refería a la “dulzura de la vida”



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Me inundo de tu luz

El reloj se ha detenido

Y mi corazón se ha agitado,

Porque ahora estás aquí.

Y mis crepúsculos otoñales

Se han inundado de tus claridades,

Porque ahora estás en mí.

Tierna suavidad de tu sonrisa pura,

Mis alegrías mansas se cubren de tu luz.

Ausencia detenida, presencias encantadas,

Hoy vives aquí.

De tu corazón de niña,

De tu mirada limpia,

Hoy siento nostalgias de lo que está por venir.

Cadencias de jazmines en esta tarde cálida,

Anuncios de un mañana con tu presencia de flor.

Y estás.

Así.


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Amarte al compás de una suave canción

bailando enamorados

Canción suave,

De amores intensos

En bailes lentos.

Suavidades de abrazos.

Besos con gusto a amor.

Detener el tiempo

Para disfrutarte

En tu apogeo adolescente.

Sensualidad sin límite.

Cadencias de miradas y silencios

Magia de abrazarte con deseo.

Ternura de invierno contra mi pecho.

Sos la imagen de mis anhelos.

Amarte al compás de una suave canción.

Bailar sin tiempo mientras la noche se espesa

Luna encendida en tu corazón latiente.

Estoy tan cerca de ti

Y no me bastas.

Esa necesidad de fundirnos contra el fondo

De música encantada.

Sos mi deseo doliente en estado puro.

Sos mi suave niña en cuerpo de mujer.

Sos la brasa ardiente

En que elijo consumirme.

Quisiera esta noche ser puro espíritu

Pero soy alma encarnada en pasión de fuego.

Y vos, un océano de dulzura en que me deslizo.

Mirarte y saberte en mí.

Confluencia de almas

Deslizándose  en la levedad de la música.

Canción suave, influjo de enamorados.

Hechizo de tu perfume

Bordeando mi espíritu y mi piel.

Estar así hasta la eternidad incierta.

Estar en vos, como estás en mí.

Mientras bailamos la canción suave

En la noche de invierno y de luna.

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