Posts etiquetados como ‘amor’

La fascinación de la mirada

Te miro y disfruto del enigma, de la maravilla de saberte.
Tus ojos. Tus ojos infinitos.
Fascinación del contemplarte.
Estás allí.
Existe un centro de luz, donde sos plena, real, única.
Sos mi ilusión de joven enamorado.
Te miro y sos mi éxtasis secreto.
El amor en silencio y soledad elige tenerte en mi mirada.
Recorrerte desde el bien que me habita.
Ser en vos.
Dulce vibración de tu nombre que perfuma el aire de soles.
Tu claridad hecha a la medida de mi emoción.
Te llevo en mi ser.
Sos la maravilla.
Te siento en el aire que respiro.
Tu ser me ilumina de brillos.
Sos la esencia del cielo,
en forma de mujer.

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El amor astillado

Hay un momento en que los corazones comienzan a llorar la despedida.
Quizás sabían desde hace tiempo que la magia había terminado.
Las luces de ayer hoy son agonía.
Agonía de los cielos que nos fundieran en abrazos.
Caminantes lunares adolescentes
Queriendo asir los rayos del sol con las manos.
Pero el destino ya urdió su trama
Y nos marca a fuego con su veredicto inquebrantable.
Los amantes deben separarse para que la vida comience a tejerse en otras tramas.
Bajo otros soles.
Con otras pieles.
Cuando llegue el momento de adiós
Habrá una desolación que inundara las almas.
Es el amor que se va transmutando en vacío.
Es el vacío que se irá transmutando en tristeza.
Es la tristeza que se irá transmutando en angustia.
Es el penoso tránsito del amor al recuerdo.
Continuar siendo en el recuerdo.
Hechizo de nada.
Sol sin brillo.
Emoción sin cauce.
Paisaje desierto que está ahí.
Para recordarnos que la magia del amor
Puede dejarnos inermes.
Desnudos ante tanta intemperie.
En días de frío.
Desangelados.

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Reminiscencia sobre el amor y la soledad en noche de invierno

¿Por qué será que los ocasos del amor apagan las luces del alma?

Los acasos del amor, los quizás, los podría ser, los algún día.

Tal vez deberíamos poder vivir varias vidas para poder vivir aquello que no pudo ser.

Tal vez deberíamos vivir varias vidas para curarnos de las heridas del amor.

A veces está todo. Pero no hay nada. El vacío es esa extraña fuerza que nos impulsa a tocar esa puerta. A abrir ese horizonte. A surcar el abismo.

Los abismos de los corazones. La imposibilidad de comunicarse. El milagro del encuentro. Somos tan complejos que el encuentro es un don del cielo. Por eso el amor habita en la zona del misterio y de lo sagrado.

La inmensidad del horizonte. Los paisajes lunares. Siempre hay alguien inerme ante la infinitud sin cielo.

Hay algo que no se nos revelará. Hay algo que se nos desvanece delante de los ojos. Imagen de hechizo sobre el estanque. Un viento leve puede ser suficiente. Y los falsos oasis pueden dejarnos en la soledad de los desiertos.

Las desdichas del amor. Su vano encantamiento. Habitantes nocturnos ebrios de pieles que se evaporan. Las pieles de las noches de invierno que son refugio. Estamos aquí, del lado de adentro de la intemperie. Y eso es la única magia que nos preserva. El instante en que sentimos la plenitud de la presencia.

Tocar un alma es como tocar un pedazo de cielo. Un cielo con gusto a besos. Un néctar que enciende el deseo y la pasión. La vida es la perpetua búsqueda de los cielos cotidianos. El amor es una brújula hacia algo que no podemos terminar de definir. Pero que siempre nos vuelve a llamar.

Tocar una piel es un intento de tocar un alma. A veces sentimos esa alma. Y eso es emoción.

De nuevo es la noche que deja entreabierta un sendero hacia el sentimiento. A veces, es necesario estar en la soledad avanzada de la noche para sentir la plenitud de la luna.

La luna de los enamorados donde el tiempo se ha detenido. Amar es un encantamiento dulce donde el tiempo ha quedado abolido.

Quizás la felicidad sea ese fugaz salvajismo del presente en que se contempla un rostro, se acaricia una piel, se cruzan las miradas, se murmura un nombre, se grita un éxtasis.

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Encuentros y abismos

Fiel a su rito, aquella noche Carlos acudió a aquel privado.

Una tras otra, las tres mujeres se fueron presentando.

Mariana fue la primera. Para Carlos fue suficiente. Con amabilidad, cumplió el ritual con las dos restantes.

Había algo en Mariana que lo hizo sentir tranquilo. Una tenue sonrisa. Una alegría juvenil.

Cuando la secretaria le preguntó, Carlos la eligió sin dudar.

Mariana volvió y Carlos sintió que era otra. Una distancia fría parecía envolver la situación. Era evidente que ese hielo partía de Mariana.

En vano Carlos intentó distender a través de algunas palabras. Mariana respondió con una cordialidad fría que confirmaba la sensación de Carlos.

Al comenzar el juego, Mariana comenzó a besarlo con cierta suave ternura. Una dulzura etérea parecía abrigar ese aire, cuyo fondo era de vacío y misterio.

Carlos ya no esperaba nada. La dulzura de Mariana era puro regalo. Tenía el sabor justo de lo que ya no se cree que pueda llegar. Pero estaba sucediendo. Carlos disfrutaba del paisaje pacífico de los besos de Mariana en su pecho. En todo su cuerpo. Hasta que Mariana lo besó en la boca. Carlos sintió que era el momento de actuar. Entonces la abrazo con fuerza contra su pecho, mientras comenzaba a recorrerla en sus suavidades. Él no podía dejar de embriagarse con la ilusión de que los besos de Mariana eran besos de novia.

Estuvieron ensimismados durante un largo rato. La ternura corporal de Mariana tenía el sello de lo evidente. Pero su silencio intenso no la confirmaba. Carlos comenzó a inquietarse. Había algo enigmático que lo perturbaba. Su tensión se tornaba tan cierta como la dulzura a la que asistía. Pero el silencio hermético de Mariana ahondaba un abismo.

Y así siguieron. Todas las variantes del ansia que es fuego. Todos los matices del amor que podría ser verdadero. Todos los ritos de los enamorados. Sin embargo, el abismo seguía allí. La ternura de Mariana era apenas un oasis contra un fondo de desasosiego. Su infinito silencio comenzó a lastimar el corazón de Carlos. Mientras ella lo apretaba contra su pecho con una extraña pasión, él libraba una violenta batalla interior que oscilaba entre el cielo y la nada.

Finalmente el clímax llegó. Y las tensiones se disolvieron al modo de una tregua fugaz. Carlos entendió que era el momento de hablar. Entonces intentó vanamente ponerle letras al vértigo que lo había consumido. Atinó a decir que, para él, Mariana era un enigma. Le confesó que jamás había sentido tanta cercanía y lejanía al mismo tiempo. Mariana respondía desde otra dimensión. Parecería hablar desde el seguro puerto de lo que no es trascedente.

La confusión de Carlos llegó al límite de lo intolerable. Entonces, jugando a la inocencia pero sabiendo lo que se jugaba, se animó a preguntar “¿Y qué pensás de mi?”. Mariana respondió impertérrita: no te lo voy a decir”. Carlos sintió el filo de la daga punzando su alma.

Ya era hora de partir. Mariana lo acompaño hasta la puerta. Antes de despedirse volvió a besarlo como sólo puede hacerlo una novia. Carlos volvió a repetir lo que antes había dicho: “Sos muy dulce”. Mariana, rápida, respondió con su mejor sonrisa juvenil “Vos también; necesitas saberlo todo”

Al salir a la calle sintió que algo se había roto. Se sintió un niño asustado. Un paria. La calle estaba desolada. Su alma también.

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El silencio en el amor

Hay ausencias de palabras
Que cargan el aire con la intensidad del deseo.
Un fondo de ansiedad cercana a la angustia
Podría hacer estallar los corazones que ya se han elegido.
Es el silencio de las miradas deseantes.
Lo que antecede al momento del éxtasis que se presiente.
Una atmósfera hecha de pieles y texturas.
A la espera del frenesí de los estallidos.
El silencio del deseo.
Cuerpos ardientes que son palabra no dicha.
Ser en la pasión.

Hay silencios expresan
La imposibilidad de decir el amor en palabras.
Porque cuando el amor estalla de veras
No hay palabra que puede colmarlo.
Porque el centro del amor,
Su infinitud,
Su inconmensurabilidad,
Habitan la zona de lo inefable.
De los intersticios innombrables dela alma
Que a veces es dicha y a la vez angustia.
Como todo amor que se sabe tan cielo
Con la misma certidumbre que se sabe nada.
Rosa fugaz.
Sol inasible.
Sustancia de lo efímero.
Es el amor acosado por el tiempo.
La dicha y la tristeza de lo condenado a morir.
Mientras el alma se tensa contra los arrullos de dicha.

Hay otros silencios llevan el signo del secreto.
Lo que se decide callar.
El umbral que no se debe trasponer.
Porque las palabras pueden ser puentes,
O alas,
Pero también anclas,
Y eclipses.
Los sabios amantes han aprendido el doloroso rito de la prudencia.
Hay una palabra que jamás pronunciaré.
Que sé que no debo pronunciar.
Que no podría pronunciar aunque quisiera.
Y elegimos entonces atarnos a este silencio secreto
Como un talismán que preserve al amor niño,
Huérfano, frágil.

Quizás ya hemos aprendido, por fin
Que las palabras del amor
Pueden ser las puertas del cielo.
O el pasaje al infierno del eclipse.
O la expresión certera de nuestra desnudez como amantes.
De nuestra infinita soledad ante tanta sol y tanta luz.
Que no termina de traernos la dicha de la paz.

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Sandro poeta

Hace tiempo que quería escribir sobre la poesía de Sandro.
No sobre su carisma, ni sobre su voz, ni su dimensión de showman.
Sabemos que Sandro fue un ídolo de la canción popular.
Tan cierto como que lo popular no se contrapone a lo poético.
Tan sólo elegiré tres fragmentos de tres de sus canciones no tan populares.

El primero corresponde a “Sin sentido”, una canción sensual y, por momentos, frenética en clave gitana.
“Tendrás la melodía que quizás en un amañan, encierre tantas cosas te quiero yo decir,
Un himno sin sonido, sin voz y sin palabras, que encierre sentimientos de amor y de nostalgia,
Que pongo en estas notas tan solo para ti”
Decir el amor a través de un himno insonoro que condense el puro sentimiento.
Sandro poeta. Sandro filósofo.
Todo el misterio de las palabras que dicen y no pueden decir. Y el anhelo de una forma superior de comunicación que nos permita decir lo imposible.
“Un himno sin sonido, sin voz y sin palabras.” Sandro poeta. Buceador del arcano de los matices del alma y de los misterios del amor que no puede terminar de decirse.

El segundo corresponde a “Cómo te diré”, una balada sensual que trata sobre la despedida triste del amor herido de muerte.
“Cómo te diré, que aquella flor que era este amor se marchitó,
Que el pájaro de fuego que tuvimos ya voló,
Que el vino estimulante del deseo se apagó”
Es el amor que se ha secado y son las duras palabras que lo revelan.
Donde había fuego, sólo quedan despojos, intersticios de nada.
Y sigue el poeta:
“Cómo te diré, que ya no hay leña en el árbol de la fe,
Que la mortaja del recuerdo me probé,
Que ya en la tumba del pasado me acosté”
Sandro poeta de los adioses sentidos. De lo irreparable del amor. De su destino de nada. De su lacerante vacío.

El último, corresponde a “La vida continúa”, una balada que narra un amor angustioso. Que llena pero no colma. Que no alcanza a ser divino. A detener el tiempo.
“Ven la noche se nos va, de prisa y sin tener
piedad de nuestro amor…
aferrate de mi y dame tu calor,
alivia mi agonia…
Ven que quiero la ilusion,
de morir junto a ti besándote mi amor,
pero la realidad es solo una verdad,
la vida continua…”
Sandro poeta y filósofo. Capaz de revelar en versos simples la impotencia de no poder asir el tiempo.
El tiempo que nos consumirá junto a nuestro amor. O el amor que la daga del tiempo pulverizará inexorablemente. El tiempo que no tendrá piedad de los corazones enamorados. El grito de angustia que se rebela ante la ilusión de morir de algún modo para que el amor no muera. La vocación de eternidad del amor.
Ven quedate, junto a mi, sin hablar…
ven quiereme, sin temer, sin pensar…
ven besame, porque el tiempo se va,
y despues del adiós…nada mas…
La vida que seguirá, matando el amor en recuerdo, en cenizas, en nada.
Sandro poeta.
Un poeta de América.

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El final del amor

Íbamos sin rumbo.

Como resignados al funeral de la nada.

Sabíamos que los esplendores de las magias pretéritas ya se habían consumido.

Nuestros corazones se habían secado para convertirse en el desierto del sin amor.

Un desierto áspero más cercano a un purgatorio que al infierno mismo.

Sabíamos que estábamos condenados.

Lo que desconocíamos fue cuando comenzamos a forjar las cadenas de nuestras soledades.

Éramos apenas frágiles estertores de aquellos fuegos salvajes donde supimos consumirnos.

Pero no era la pasión sino el bien lo que nos había dejado huérfanos.

La soledad de los amantes desencontrados es una tristeza altiva.

En cambio, la sequedad de los corazones es la punzante daga de la nada.

Ni siquiera nos animamos a mirar hacia atrás en busca de alguna señal reveladora.

Quizás un sano pudor nos preservaba del temor de encontrar más desiertos.

La fiesta había llegado a su fin.

Pero quizás queríamos preservar la ilusión de, que mientras aquel fallido amor duraba, algo real nos había tocado el ser.

Allí estábamos entonces, desnudos ante nuestros mutuos desencantos.

Huérfanos de aquel bien que se nos había escurrido irremediablemente.

Ni siquiera eran penas del amor.

Apenas pura soledad sin cielo.

Ahora ya sabemos.

Sólo nos queda nuestra ausencia.

Sin brillo.

Sin soles.

Pura nada sin bien.

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Somos un sueño imposible que busca la noche – Un austero homenaje a Mario Clavel

Hoy, a los 88 años, falleció Mario Clavel, cantautor de canciones inolvidable.

Aunque no pertenezco a la generación que le dio fama, pude descubrirlo en años tardíos.

Mari o Clavel fue el creador de exquisitos boleros románticos. De esos que cuentan sobre amores pasionales, imposibles, dulces, ardientes.

Tuve la suerte de conocerlo en vivo hace algunos años, en ocasión de presentar un espectáculo de canciones y humor junto al entrañable Carlos Garaycochea.  Mario era un hombre tremendamente sencillo y simpático que transmitía juventud y jovialidad. Como todo cantautor poseía el don de la narrativa. Lo que permitía disfrutar no sólo de sus canciones sino de las historias asociadas a su creación.

Si tuviera que escoger  su canción emblemática sin dudas  elegiría “Somos”.

“Somos” trata de un amor imposible que se revela tras una despedida.

De un amor que es sueño en ansia de noche para aspirar al olvido. Olvido total que arrastre al mundo y al tiempo.

Porque se trata de un amor de la sustancia de la quimera. Quimera tan querida como dolorosa, como es la dicha del amor condenado a morir.

Jugando a construcciones Borgianas, podría decirse que tal vez la vida de un hombre puede justificarse por algunos  versos. Si así fuera, creo que a Mario Clavel lo justificarían estos:

(Somos) Dos hojas que el viento junto en el otoño (…)

Somos dos gotas de llanto en una canción.

Nada más que eso somos, nada más

Somos

Letra y música: Mario Clavel

Después que nos besamos… con el alma y con la vida…
te fuiste por la noche de aquella despedida,
yo sentí que al irte mi pecho sollozaba… la confidencia triste de nuestro amor asi…

Somos un sueño imposible que busca la noche
Para olvidarse del mundo, del tiempo y de todo,
Somos de nuestra quimera, doliente y querida,
Dos hojas que el viento junto en el otoño-o-o…

Somos dos seres en uno que amando se mueren
Para guardar en secreto lo mucho que quieren
Pero que importa la vida con esta separación?
Somos dos gotas de llanto en una canción
Nada más que eso somos, nada más

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Las letras del amor

Amor.
Simplemente amor.
Estar en tu mirada.
Contemplar tu luz.
Tu rostro de hechizo.
Tu hermosura infinita.
El paraíso de tu piel.
Estar en vos.
Estás en mí.
Esta sensación de vorágine sublime.
Esta paz que inunda las mañanas de tu perfume.
Evoco tu nombre y es la llave de mi dicha.
Porque tu ser carga la atmósfera con tu maravilla.
Tu nombre es la llave del misterio.
Porque las letras del amor son refugio y vastedad.
Cadencias sin forma.
Magia alada.
Morada de ángeles.
Cuerpo de mujer.
Horizonte de llegada.
Este baile de ensueño en que te abrazo.
Danza sin fin de los enamorados.
Te miro y tiemblo.
Porque el tiempo se detiene ante tu ser.
Y siento la plenitud de la vida.
Porque sé que estás ahí.
Como siempre.
Como eternos amantes clandestinos.
Con la inocencia única de lo que comienza.
Magia de a dos.
Océano de felicidad.

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Hay una mujer

Hay una mujer
En algún lugar hay una mujer.
Ella es dulce. Intensamente dulce.
Y hay algún lugar en que ella existe.
Ella tiene una belleza salvaje que podría doblegar hasta el corazón más frío.
Ella tiene esa belleza intensa que agita el ser.
Una belleza que es remanso y a la vez infierno.
En algún lugar hay una mujer que puede acariciar tu alma.
Si besas a esa mujer sabrás lo que es pasión.
Alas y prisión.
Ansiedad y hechizo.
En algún lugar existe una mujer que está hecha a la medida de tu sentimiento.
No sabes si la encontrarás algún día.
Quizás ya pasó por tu vida sin que pudieras verla.
Quizás todavía te espera.
Quizás no la encuentres jamás.
En alguna parte, en algún lugar, hay esa mujer.
Quizás los dioses ya han escrito tu destino.
Pero tal vez no conocerás esos designios.
Una mujer que es el nombre del amor puede estar escondida en un rincón del universo frío, o del tiempo.
Y es un enigma.
El único que realmente te importa.

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