Archivo para la categoría ‘Psicología ’

Los ríos de la angustia

De pronto una fuerza oscura y despiadada se instala en el centro de nuestro ser.
Es la angustia. Una opresión sin forma parece que habrá de aniquilarnos.
La angustia es una puñalada en el alma.
La angustia es un fuego que nos carcome.
La angustia es una llaga sangrante que brota sin cesar.
La angustia es una palabra hueca cuyo significado podemos entrever pero no precisar.
La angustia es la expresión de nuestra insuficiencia.
La angustia es la prueba certera de nuestra nada.
La angustia es un silencio brumoso que nos lastima.
La angustia es un desierto árido y sin contorno.
La angustia es el cuerpo atravesado por la pena.
La angustia es el último escalón de la tristeza.
Y es la expresión más contundente de la desesperanza.
La angustia es un enigma que no tiene nombre
Es un sufrimiento atroz que no sabemos dónde mora
Pero que nos va matando de a poco.
Sin que podamos defendernos.
No no sé cuantos rostros tendrá el infierno,
pero sé que la angustia es uno de ellos.

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La ventana Johari: un esquema sencillo para advertir las complejidades de la mente

Leemos en Wikipedia que “La ventana de Johari es una herramienta de psicología cognitiva creada por los psicólogos Joseph Luft y Harry Ingham —las primeras letras de cuyos nombre conforman la palabra Johari— para ilustrar los procesos de interacción humana
La ventana Johari es un esquema de clasificación (en rigor, un cuadro de doble entrada) que permite distinguir diferentes zonas (ventanas) de la mente humana.
El esquema es extremadamente sencillo: se trata de distinguir, por un lado, las partes de la mente que son auto-conocidas para la persona misma y, por otro, aquellas porciones que son conocidas o no por los demás.
Por combinatoria simple, quedan determinados cuatro cuadrantes o ventanas:
1. La zona pública: refiere a todo aquello de una persona que resulta conocido tanto por él como por los demás.
2. El área privada: refiere a lo que todo lo que el sujeto conoce sobre sí mismo, pero que los demás ignoran.
3. El área ciega: refiere a aquello que los otros pueden, de algún modo, conocer sobre una persona, pero que ésta, por diversos motivos ignora.
4. El área desconocida: refiere a todos los aspectos que resultan ignorados tanto por el propio sujeto como por los demás. Incluye tanto lo que resulta intrínsecamente incognoscible, como aquello que aunque potencialmente cognoscible, no lo es en acto.

La zona pública:
Ámbito de la transparencia. La magia de la comunicación. La comunión de las almas. Vibrar al unísono. Dulce danza de las almas gemelas. De los corazones entrelazados. O también del estar mutuamente desnudos. Descarnadamente expuestos a la mirada del otro que sabemos que sabe lo que no podemos dejar de revelar. Porque no queremos, porque nos resulta imposible. No hay máscaras. No hay velos que oculten. Ser en la absoluta transparencia ante el otro. Para nuestro cielo o par nuestro infierno.

La zona privada:
Un lugar donde elegimos no revelarnos. El reino de lo secreto. De nuestra intimidad más pura. Estar detrás de la máscara. Morada de refugio. Es la barrera que decidimos colocar. Son nuestros escudos. Nuestras férreas corazas. Nuestros diques. Nuestros muros. O el ámbito de lo inefable. De lo que está más allá de las palabras. De lo que no podríamos revelar aunque quisiéramos.
Extraña paradoja: es también el teatro secreto donde actuamos nuestro guión, nuestra comedia, nuestra tragedia. Actuamos ante una deidad invisible. Inasible. Incorpórea. El ojo de la cámara cósmica. El Dios oculto y omnisciente testigo único de nuestros actos. Porque allí, en la zona del secreto, tramamos la urdimbre de nuestra vida. Forjamos el sentido. Inventamos nuestra propia historia. Proyectamos el futuro que no nos atreveríamos a revelar. Nuestro para qué más primordial. Somos soledades entregadas al eterno soliloquio de estar con nuestros pensamientos.

La zona ciega
Allí donde nos desconocemos pero nos conocen. Algo que ignoramos pero que nos delata. Donde los demás aben lo que yo no sé. O no quiero saber. O decido no saber. Estar desnudos ante los otros sin saberlo. Quizás ahí es donde somos extraños a nosotros mismos. Pero con una extrañeza que sólo comprenderíamos desde la mirada del otro. Es nuestro talón de Aquiles. O nuestra fortaleza ignorada. Si tan sólo pudiéramos ver lo que esos ojos empapados de amor ven. O quizás sea mejor nunca saber de esa mirada ante la cual ya somos meros objetos. Cosas entre las cosas. Tal vez nuestra ceguera sea un sutil modo de protegernos. De no sucumbir al peso del ojo que es infierno. Aunque paguemos el costo de no advertir las miradas celestiales. Esas que podrían por fin justificarnos.

La zona desconocida
Lo ignoto. Lo incognoscible. Ser allí en un desierto de miradas. Auténtico mar de soledades. Donde estamos sin estar. Donde la nada se confunde con el ser. Ser desde allí y no ser allí. Arcano imposible. Aporía inescrutable.

Una reflexión final
La ventana Johari. Apenas un extraño simplismo clasificatorio capaz de señalar los vastos misterios del alma, sus ventanas, sus muros, sus oscuridades, sus transparencias, su íntima e inescrutable sustancialidad.

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El concepto de inteligencia electoral

La inteligencia electoral es la capacidad de maximizar un resultado favorable en una elección política.

Los factores involucrados en la inteligencia electoral incluyen a la comprensión de las necesidades, motivos y deseo del electorado así como la comprensión de las estrategias de los contendientes a lo largo del proceso electoral.

Se materializa en el diseño y ejecución de una estrategia eficaz que permita ganar la simpatía, y confianza del electorado para poder traducirlas en una conducta de voto favorable.

Incluye la elaboración de alianzas electorales ventajosas, la elaboración de un discurso comprensible, diferenciador y de alto impacto emocional y una estrategia de medios eficaz en términos de costo-beneficio.

La inteligencia electoral no debe confundirse con meras zancadillas, chicanas y argucias electoralistas.  Aunque éstas puedan producir efectos, no alcanzan a conformar un auténtico plan inteligente de acción.

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Tiempo, presente dualidad y pluralidad

Vivir el presente. Extraño imperativo de los tiempos modernos y no tan modernos.

Habitar en el presente como si se pudiera entrar y salir de las distintas variedades del tiempo por un acto mágico de libertad y autodeterminación.

Vivir  el hoy para evitar esa temida trampa de hundirnos en un pasado que podría atraparnos cual agujero negro del alma.

Vivir el presente para salvaguardarnos de ser expulsados hacia el futuro por la insistente daga de la ansiedad sin cauce.

Pero quizás en el fondo sospechemos la imposibilidad de vivir realmente en un puro presente.

Esa frenética necesidad de fotografiar los instantes, de guardar los recuerdos, de perdurar en la memoria…

Somos sujetos duales, porque vivimos en el presente pero nos proyectamos como recuerdo.

Somos sujetos plurales, porque no podemos renunciar a ese abismo futuro expresado oscuramente por la palabra “siempre”

Vivir el presente. Realidad de hierro. Extraña quimera.

Filo de navaja de la existencia humana.

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Las ilusiones del transhumanismo

El transhumanismo es una rama de la filosofía cuyo propósito final radica en el logro de mejoras superlativas de las capacidades humanas, tanto físicas como mentales, a través del uso del conocimiento científico y tecnológico.
Pero, además, cabe agregar que el transhumanismo expresa una actitud existencial profunda a la que podría caracterizarse como optimismo radical
Nick Bostrom (2005) aporta la siguiente definición:
El Transhumanismo es tanto un concepto filosófico como un movimiento intelectual internacional que apoya el empleo de las nuevas ciencias y tecnologías para mejorar las capacidades mentales y físicas con el objeto de corregir lo que considera aspectos indeseables e innecesarios de la condición humana, como el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento o incluso en última instancia la mortalidad. Los pensadores transhumanistas estudian las posibilidades y consecuencias de desarrollar y usar la tecnología con estos propósitos, preocupándose por estudiar tanto los peligros como los beneficios de estas manipulaciones.
La anterior definición resulta útil para comprender que el transhumanismo no se presenta como una nueva utopía de carácter acrítico, sino al modo de un realismo posible no exento de complicaciones y peligros.
Tal como expresé alguna vez, creo que resulta atinado sostener que el transhumanismo es tanto la rama más científica de la filosofía como la vertiente más filosófica de la ciencia.
Personalmente, simpatizo con la línea general propositiva del transhumanismo. Pero reconozco una ambivalencia profunda respecto a su eventual concreción. Como toda idea emparentada a lo que suele denominarse “progreso”, resulta difícil dirimir entre los posibles beneficios y perjuicios
Sin duda la utopía transhumanista promete múltiples cielos terrenales, tan fáciles de imaginar cómo los posibles infiernos alternativos.
A modo de “encuesta” por cierto asistemática (basada en una muestra de personas a de mi conocimiento) he observado que, salvo en el minoritario subgrupo afecto al futurismo científico-tecnológico, el programa transhumanista genera escaso entusiasmo, acompañado por sentimientos que tienden a oscilar entre la indiferencia y el rechazo.
Me aventuraría a sostener que la indiferencia suele asociarse con la incredulidad o la escasa probabilidad que se le atribuye a la empresa transhumanista (Vg. “no creo que eso llegue a ocurrir”, “si ocurriera, yo no estaría aquí para poder verlo”)
En cambio, el rechazo parece mejor relacionado con una aversión visceral a lo que signifique desvirtuar nuestra natural esencia humana.
Paro comprender mejor el trasfondo de esa tensión conviene precisar las promesas y los temores alrededor del controversial movimiento que se viene analizando.
Digámoslo de modo simple y elocuente: el transhumanismo nos promete, entre otras logros, prolongar de modo creciente e indefinido la duración de la vida humana, atemperar el sufrimiento, aumentar las capacidades intelectuales, incrementar la capacidad de experimentar estados placenteros, etc.
La singularidad de esa promesa es que no refiere a hipotéticas vidas después de la muerte, tal como se ha venido predicando en muchas religiones desde tiempos inmemoriales. Por el contario, se sostiene la importancia de considerar seriamente la posibilidad fáctica de aquellos logros.
Para comprender mejor la naturaleza de los sentimientos antagónicos que suscita el transhumanismo resulta importante destacar el énfasis con que expresa su ideario. Al fin y al cabo, el programa transhumanista podría considerarse como una versión remozada de humanismo convencional (en la medida en que cuestiones como la lucha contra el sufrimiento y la enfermedad, etc. siempre han estado incluidas dentro de las preocupaciones humanistas)
No obstante, la diferencia es un énfasis expresado en una intensidad: obviamente, no es lo mismo luchar contras las enfermedades que aspirar a una longevidad de 500 años.
De modo que la radicalidad del programa transhumanista se expresa con elocuencia por la magnitud de sus objetivos. En efecto, aspirar a objetivos de ese tenor supone un diagnóstico previo de las leyes de la biología y psicología humanas naturales a las que, de algún modo, habría que violar para avanzar hacia el logro de una evolución posible catalizada por la aplicación del saber científico-tecnológico.
Y eso es lo que constituye la grandeza y la miseria de la propuesta transhumanista: el logro de ese humano mejorado con capacidades extraordinarias aparece como la contrapartida aquello que concebimos como esencialmente humano.
Lo transhumano, lo post-humano, representarían entonces una extraña amalgama entre cielo deseados e infiernos temidos.
Cielos e infiernos posibles que quizás la humanidad futura deberá explorar en su incesante búsqueda de aspirar a emular a los dioses.

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La explicación fenomenológica y la explicación psicoanalítica: esbozo radiográfico de una violencia interior

Sin entrar en consideraciones técnicas, me limitaré a decir que la explicación fenomenológica en psicología se centra sobre las vivencias de una persona, tal como ésta las experimenta.
Así, comprender el mundo de alguien supone imaginar sus deseos, creencias, sensaciones y sentimientos. El término empatía alude precisamente a esa virtual captación de la vivencia del otro. En su imposible límite, la empatía desembocaría en el viaje mental al interior de la mente de la otra persona, cuestión no exenta de una serie de paradojas de difícil tratamiento.
En contraposición, la explicación psicoanalítica se enfoca menos en lo que el sujeto vive en su experiencia directa, para centrarse en aquello que lo determinaría aún inadvertidamente.
La cuestión acerca de las convergencias o divergencias entre ambos modos de explicar la mente humana resulta un terreno intrincado y problemático y demasiado propenso a la especulación. En consonancia, especular sobre esas inconmensurabilidades queda fuera del alcance del presente análisis.
No obstante, al menos resulta necesario invocar una de las paradojas más básicas que surge al contraponer las explicaciones fenomenológicas y psicoanalíticas. Me refiero a la aparente subversión entre la certeza fenoménica y la teórica.
Así, desde la explicación fenomenológica lo cierto es lo que la persona vive, mientras que las explicaciones que invocan estructuras y mecanismos resultan conjeturales.
En cambio, para la explicación psicoanalítica, la certeza fenomenológica puede asumir el estatus de un error a la vez explicable desde una “verdad” cuya evidencia –en primera instancia– deriva de un saber teorético.
Par decirlo de modo más sencillo: mientras que la explicación fenomenológica nos invita a creer en aquello que se nos revela como evidente y a desconfiar de las conjeturas, la explicación psicoanalítica propone lo contrario.
Provisoriamente sólo quisiera concluir con una tesis, por cierto polémica, que habrá que demostrar en otro espacio: descreer de lo evidente en aras de una fe en lo incierto puede resultar una de las formas más extremas de violencia psicológica a la que, a veces, puede someternos una explicación psicoanalítica.
Por supuesto, se trata de una tesis de fácil enunciación y difícil demostración.
Demostración que habrá que ensayar.

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El concepto de histeria epistemológica y la máquina de leer el pensamiento




Musica y cerebro: Sting
Cargado por raulespert. - Vídeos sociales y ecológicos.

Con cierta frecuencia leemos alguna noticia de divulgación científica titulada más o menos así: “Científicos japoneses descubren una nueva tecnología para leer el pensamiento”

Sin duda, la idea de una máquina capaz de leer el pensamiento representa una de las grandes quimeras de esa vasta empresa que se llama ciencia.

Inversamente, la mera consideración de la factibilidad de tal desarrollo científico-tecnológico produce el horror de quienes consideran que algunas utopías de la tecno-ciencia chocan contra los valores humanos y/o contra las bases de nuestra naturaleza social.

Pero, ¿a quién le importaría desarrollar una máquina capaz de escudriñar nuestros pensamientos en tiempo real?
En este artículo no trataré de los intereses extra científicos (políticos, comerciales, militares, etc.) que podrían tomar partido a favor del desarrollo de la denominada “telepatía tecnológica”.

Sí me limitaré a indicar algunos intereses inherentes a la ciencia propiamente dicha.

En primer lugar, el tema interesa a las neurociencias, cuyo programa de investigación aspira a encontrar el código neural supuestamente subyacente a los procesos mentales.

Por su parte, el tema también importa a varias disciplinas emparentadas con la psicología y la ciencia cognitiva, interesadas en desentrañar la naturaleza de un hipotético código mental que resultaría clave para entender el funcionamiento del pensamiento humano, así como sus relaciones con la memoria, las emociones, las sensaciones y el lenguaje.

Muchos neurocientíficos y psicólogos pueden estar algo desencantados con los avances de sus respectivas ciencias. Ciertamente ha habido notables adelantos, pero, sin embargo, lo que ocurre en esa misteriosa “caja negra” denominada mente, todavía sigue resultando elusivo para la comprensión científica. La naturaleza inasible e intangible de la mente ha generado un descomunal edificio de teorías pero, en última instancia, parte de sus cimientos tiene la sustancia de las conjeturas.

Ese fondo de insatisfacción ha propiciado, por ejemplo, que quien escribe estas líneas (Licenciado en Psicología) alguna vez –y sin pretender demasiado– haya afirmado: “Mientras no tengamos la máquina de leer la mente, en psicología debemos conformarnos con teorías conjeturales”.

¿Pero qué pasa si tomamos seriamente aquella eventualidad? ¿Qué sería realmente una máquina capaz de leer la mente?

Por cierto, la respuesta dista de ser simple, en la medida en que habría que precisar qué es lo que tal dispositivo efectivamente leería (¿los pensamientos concientes?, ¿las representaciones mentales inconcientes?, ¿las emociones?, ¿las intenciones?, ¿los deseos?, etc.) y en qué formato se mostraría el resultado (¿texto?, ¿imágenes?, etc.)

También habría que determinar si tal lectura se realizaría a partir de la intención colaborativa del sujeto, que en ese caso actuaría como una especie de emisor o, por el contrario, si sería capaz de monitorear los estados mentales de una persona tal como estos ocurren en la vida ordinaria.

Aclarada entonces la complejidad que se esconde detrás de la referida “telepatía tecnológica”, cabe avanzar a través del siguiente experimento imaginario:

Una persona ingresa voluntariamente en un escáner fRMI (dispositivo que permite, a través de la denominada resonancia magnética funcional, mapear en tiempo real y a nivel de detalle neuronal la actividad cerebral) y al cabo de cierto tiempo se obtiene una serie de videos, imágenes y textos qué se corresponden a lo que está pensando, sintiendo y queriendo el sujeto de la experiencia.

Además, el resultado permite escudriñar imágenes de la memoria del sujeto voluntario.

Asimismo, el sistema permite reconstruir la génesis de los pensamientos e intenciones que ha emergido en su mente conciente, mostrando el conjunto de procesos de carácter inconciente que le dieron origen.

Aunque la imagen descripta en el anterior experimento hipotético pueda parecer simple y clara, está muy lejos de serlo.

Por ejemplo, resultaría elusivo cómo podrían visualizarse las emociones de la persona, en la medida en que las emociones son cualidades que “cohabitan” nuestra experiencia, pero no representaciones que puedan ser visualizadas (la cara de la mujer amada puede verse, pero no la emoción del amante al verla).

Tampoco resulta evidente si deberíamos ver imágenes separadas de textos, cuando el pensamiento real parece una amalgama entre ambos; aunque queda menos claro qué sería exactamente ver textos que simultáneamente se ensamblan con imágenes.

Sin embargo, asumamos -a modo de hipótesis útil- la plausibilidad del referido experimento. Podemos entonces preguntarnos: ¿quisiéramos realmente desarrollar esa tecnología?

Ignoro lo que pensará el lector (aunque me atrevería a adivinar lo que pensará la mayoría), pero creo saber cuál es mi opinión:

Si me pongo el “sombrero” del científico no puedo sino celebrar tal avance científico-tecnológico. Es que finalmente la mente habría dejado de ser un objeto de estudio opaco e inasible para transformarse en otro cognoscible y más “transparente”. Lo cual no parece poco.

Pero resulta inevitable colocarse el “sombrero” humanista y social. Es claro que la “telepatía tecnológica” podría sumirnos en una de los más espeluznantes distopías Orwellinas.

Porque ¿Cómo podría ser posible vivir en un sociedad donde nuestra vida privada podría ser completamente pública?, ¿Cómo seducir a nuestra parejas cuando nuestras cartas, buenas y malas, ya han sido reveladas de antemano?, ¿Cómo soportar el peso de la verdadera mirada del otro que, aplicada en su salvaje crudeza, puede pulverizarnos al estado de meros objetos (recordemos que para Sartre el infierno es la mirada del otro), etc., etc.

Arribo entonces a revelar el significado del título de este artículo:
Si la histeria es un estado del alma caracterizado por cierta ambivalencia del querer, entonces mi posición intencional hacia la “telepatía tecnológica” quizás deba catalogarse como “histeria epistemológica”.

De tal modo, histeria epistemológica sería ese sentimiento dual orientado a querer que algo ocurra, pero a la vez temiendo su ocurrencia.

Para finalizar, no creo ser el único ejemplar del universo aquejado de histeria epistemológica. En realidad, creo que muchas personas que hacen y piensan la ciencia se ven aquejadas por ese extraño síndrome. Creo que algunos pueden reconocerlo. Otros prefieren negarlo.

La máquina de leer la mente. Extraño objeto de deseo epistemológico. ¿Nos animaremos a desarrollarla? ¿O preferíamos que la neurociencia y la psicología ensayen por otros caminos, sin importar lo que renunciamos a revelar?

Más información sobre proyecto de lectura articial del pensamiento:

http://psicuba.psicologia-mundial.net/19

 

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El remordimiento de Oskar Schindler y el amor que no puede terminar de decirse – Reflexiones sobre la tristeza ante una pérdida irreparable


Uno de los momentos de mayor hondura dramática en la película “La lista de Schindler” ocurre cuando Oskar Schindler se da cuenta que salvó a muchos judíos condenados a morir en las cámaras de gas del nazismo, pero, sin embargo, no salvó a todos los que podría haber salvado.

El remordimiento es uno de los terribles aguijones que pueden horadar el alma de una persona. Ignoro las diferencias entre el remordimiento y la culpa y no me interesa ahora rastrear o teorizar sobre las mismas. Me basta concluir que el remordimiento es culpa en estado puro.

Hace apenas unos días me tocó vivir por primera vez la profunda tristeza que embarga el alma de quien ha perdido una mascota con quien había establecido un vínculo de cariño. Quisiera decirlo sin eufemismos: mi vínculo con mi perra fallecida era de PURO AMOR.

Mi perrita murió después de un mes de padecimiento y complicaciones en su salud. Durante ese período hubo marchas y contramarchas en sus tratamientos derivadas de las consultas e interconsultas de los profesionales veterinarios que la asistieron.

Cómo suele suceder cuándo uno se involucra activamente en el proceso diagnóstico-terapéutico, dando y pidiendo información, aceptando las prescripciones, sugiriendo caminos posibles, etc.; de pronto uno no puede dejar de sentirse co-responsable de las acciones y/u omisiones llevadas a cabo.

Y cuando el desenlace no es bueno, junto a la tristeza lógica ante lo irreparable, puede emerger entonces con toda su fuerza el aguijoneo implacable de los podría haber sido.

“Porque si en lugar de hacer A, hubiera hecho B, entonces, quizás (….)”; “¿Por qué acepté hacer o no hacer tal o cuál cosa?”; “¿Por qué no me puse más firme e insistí en que se haga esto o aquello?”. Así, ad infinitum.

Emparentada con el remordimiento más puro está la lógica de pensar las posibilidades que no fueron. Extraña es la mente humana que parece necesitar el sostenimiento de una quimera como si su plausibilidad permitiera mágicamente revertir lo irreparable. Pero, más extraño aún es que el éxito de descubrir ese atajo imaginario que hubiera revertido el fin trágico de las cosas, puede esconder la paradoja de magnificar ese aspecto trágico. En efecto, si podría haber hecho lo que no hice para que no sucediera lo malo que sucedió, entonces lo único que se ha ganado es sumar el dolor del remordimiento al de la pérdida.

Me niego a los simplismos psicoanalíticos que señalarían la existencia de un oscuro goce en retorcernos ante lo irreparable.

Tampoco trato de desconocer el sano precepto de poder reconocer qué uno hizo todo lo que pudo y entonces lo más positivo es dejar el alma en paz y transmutar el dolor de la pérdida en los gratos recuerdos vividos con el ser que hemos pedido. Por supuesto, sería hasta insensato negarse a mirar para adelante en aras de sumergirse en un autoflagelación inutil.

Sin embargo, nada de lo anterior quita el valor de verdad de que en esa ardua procesión interior que denominamos duelo, nos damos cuenta de las insuficiencias de nuestro amor.

Como dije en algún otro texto “El amor nunca puede terminar de decirse”. Y agregaría aquí que tampoco puede terminar de realizarse en toda su potencialidad.

Creo que una de las grandes expresiones de nuestra insuficiencia radica en tomar plena conciencia de nuestra precariedad como sujetos amantes.

De modo que, desde esta metafísica existencial, tal vez el remordimiento no sea un goce oscuro e inútil del alma, sino la inevitable contrapartida de ese sentimiento profundo de amor que no podemos alcanzar a transmutar en un bien para el ser amado.

Quizás sea esa entonces la culpa original del enamorado: el reconocimiento pleno de su inmensa fragilidad para preservar a lo amado.

Como con la angustia existencial, como con nuestra certera finitud, quizás deberíamos aprender a convivir con la insuficiencia de nuestro amor.

Tal vez de eso trataba el súbito remordimiento de Oskar Schindler.

Y quizás por eso nos conmueve intuir la inmensidad de ese momento de desdicha.



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El dilema argumental en el debate por la ley de comunicación audiovisual

A continuación se esbozan algunas consideraciones sobre los ejes bajo los que se habría desarrollado el debate por la ley audiovisual.

1. Lo que el oficialismo argumentó a favor de su proyecto

La ley contribuirá a desmonopolizar un mercado concentrado permitiendo su transfiguración en otro abierto y pluralista, donde existirán más voces con poder expresivo.

Tal transición provocará la incorporación de pequeños actores que podrán desarrollar nichos del mercado de producción audiovisual hasta ahora no explorados.

Eso redundará en mayores fuentes de trabajo debido a la incorporación de nuevos generadores de bienes culturales que hasta ahora no podían plasmar sus producciones.

La nueva ley representaría un sólido puente que debería transitarse para arribar a un nuevo renacimiento expresivo, que amplificará las voces que hoy desean hacerse escuchar, pero que el rígido corset de intereses hegemónicos no permite oír.

2. Lo que el oficialismo argumentó en contra de la oposición

El oficialismo se centró en la descalificar a la oposición sosteniendo que toda crítica a un proyecto de ley portador de méritos tan evidentes, el único fin comprensible que podría perseguir radicaría en la defensa de los intereses económicos de grupos de multimedios.

Así, un núcleo argumental para descalificar las críticas de opositores se sintetizó en el intento de adscribirlos dentro de la categoría de “voceros de los intereses de las corporaciones mediáticas”.

En la versión más radicalizada, se sugirió una continuidad histórico-ideológica entre los intereses de los actuales grupos multimediales, cuyo rol durante la dictadura habría sido cuestionable, expresada en su renuencia a modificar una ley sancionada bajo ese régimen.

3. Lo que la oposición argumentó en contra el proyecto oficialista

La ley propuesta lejos de democratizar y desmonopolizar el mercado sería otro intento del oficialismo de utilizar al Estado en pos de su propio beneficio. Específicamente: tratar de controlar y acallar las voces opositoras para poder consolidar y perpetuar su poder.

De implementarse, la vigencia de la ley implicaría el desguace de cadenas de medios ya establecidas.

Eso, lejos de propiciar el idílico renacimiento expresivo generaría un nuevo buró disciplinario capaz de decidir quien puede erigirse en agente emisor de opinión.

Adicionalmente, el colapso de las empresas generadoras de fuentes de trabajo aumentaría la tasa de desempleo del sector de producción de bienes culturales.

El resultado de la ley sería entonces el primer acto de una tentación controladora que conduciría a una aventura distópica con final anunciado, de características parangonables a las exhibidas por el régimen chavista (intervención y/o cierre de medios opositores, hostigamiento del periodismo independiente, avance hacia la censura de contenidos, etc.)

En síntesis, según la oposición, el proyecto de ley oficialista escondería un costado paradojal: pretendiendo instaurarse como un avance democrático y progresista, terminaría pareciéndose a aquello a lo que pretendería superar.

4. Una conjetura Borgiana para comprender por qué los hombres, a veces, no pueden sortear el pantanoso terreno del pensamiento dilemático

Jorge Luis Borges citando a Coleridge, para quien los hombres nacen aristotélicos o platónicos, sostiene que “a través de las latitudes y de las épocas, los dos antagonistas inmortales cambian de dialecto y de nombre”, pero, en esencia, sus cosmovisiones se mantiene invariantes.

Ignoro la universalidad de tal conjetural dicotomía. Lo cierto es que en estas alejadas pampas, unitarios o federales, civilización o barbarie, peronismo o antiperonismo, etc. parecen la corporeización cambiante de esas cosmovisiones irreconciliables.

Quizás en el núcleo de un debate donde pretende legislarse para problemas del siglo XXI, se filtren los ecos silenciosos del eterno desencuentro de los argentinos, que nos siguen acosando desde hace siglos.

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Soliloquios Twitterianos

No trataré aquí de las promesas ni de las ilusiones alrededor de Twitter, la red social basada en microblogs o Tweets (una sencilla área de texto que admite hasta 140 caracteres, donde las personas pueden escribir “qué están haciendo”) y que promete ser (o ya es) la próxima revolución de las redes sociales y, por qué no, de la Web.

Tampoco me adentraré en las ilusiones y realidades de surrealismo, ese movimiento que pretendió una revolución del arte a partir de la técnica del automatismo psíquico, esto es: poner en obra aquello que espontáneamente fluye desde nuestro interior.

Sí me limitaré a un intento modesto (demasiado modesto) de aplicar esa espontaneidad rigurosa del automatismo dentro del marco de Twitter. Para decirlo más fácil: Twitter ya nos “limita en el espacio” (al confinarnos a los 140 caracteres), en mi experimento intenté también limitarme en el tiempo. En síntesis, la fórmula puede expresarse así: “dígalo rápido y con pocas palabras”.

¿Por qué hacerlo? Básicamente hay un solo motivo: curiosidad.

El imperativo implícito pudo haber sido: “Vamos a ver qué pasa”. “Vamos a ver hasta qué punto es cierto que la creación es hija de la restricción (por aquel ejemplo del soneto, estructura poética reglada de carácter autoimpuesto, que paradójicamente abre una ventana infinita dentro de un marco finito)

A continuación, el resultado (cada viñeta representa un tweet original, salvo algunos arreglos mínimos necesarios; errores de tipeo, alguna “licencia” para extenderse del espacio de los 140 caracteres, etc.)

Recomiendo micro poesía http://twitter.com/MicroPoesia Ellos son únicos, pero uno puede intentar lo suyo:

Aquí va un intento de micropoesía aleatoria sobre un tema que me desvela (esto parece Martín Fierro):

La memoria humana. Entonces comienzo:

Se me ha perdido un pensamiento, ¿donde habrá ido a parar?

Si pensamiento escondía una pena entonces ¿evité llorar?

Pero si la pena quedó dormida dentro del pensamiento extraviado, ¿sería mejor darla por perdida?, ¿o pugnar porque el pensamiento sea encontrado?

Bueno. (…) No anduvo. Apenas da para letra de una zamba, aunque para ese fin sería demasiado complicada o rebuscada. Muy intelectual.

En realidad quería usar Twitter para avanzar en una idea más bien teórica sobre psicología de la memoria:

La diferencia entre el recuerdo de lo vivido y el recuerdo de lo pensado.

Quienes nos dedicamos a la producción intelectual, cuando tenemos

la suerte de estar inspirados, pero no tenemos el instrumento a mano (birome y papel, grabador, PC, etc.)

No tenemos más remedio que guardar en nuestra frágil memoria el contenido de algunos pensamientos que juzgamos promisorios.

El problema es que a veces los perdemos. A veces, para siempre. A veces, temporariamente. En estos casos podemos recuperarlos vía un trabajo mental interno,

conciente y deliberado, que se vale de estrategias múltiples; lo que los psicólogos cognitivos llaman meta-memoria, es decir:

Pensar sobre la memoria. A lo que yo llamaría metamemoria estratégica, en la medida en que se trata de procesos encaminados a la recuperación mnémica.

Bueno, eso era todo. Mientras venía por la calle pensando en todo esto, se “disparo” el pensamiento: “se me ha perdido un pensamiento”

Entonces se me ocurrió escribir sobre ese fenómeno en “clave poética” (i.e. micropoesía) Pero el resultado creo que no fue bueno (…)

Aunque al menos quedó objetivado.

Para finalizar, todo este proceso fue desencadenado porque, efectivamente, estoy buscando un pensamiento en mi mente. Algo que no sé

Si lo pensé o leí. Pero sé que era útil para algo sobre lo que me interesaba escribir. Y bueno, todavía no lo encontré.

Entonces (…) “Se me ha perdido un pensamiento, ¿dónde lo podré encontrar?”

Tal vez esté perdido para siempre, pero este soliloquio ocupó su lugar.

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