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Elogio de Gian Franco Pagliaro

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Ayer falleció Gian Franco Pagliaro.
Quienes pertenecen a mi generación (soy del 57) seguramente lo han conocido y escuchado.
Algunos, entre quienes me encuentro, lo hemos admirado. Como poeta, como cantante, como hombre de convicciones, como loco lindo.
Tuve la suerte de verlo en vivo dos veces. La última, hacia 2004, en uno de sus tantos regresos, en el teatro Coliseo.
Gianfranco era un verdadero showman. Un tipo carismático, que sabía matizar las virtudes del narrador, el humor, la balada romántica y la canción de protesta (como le llamábamos en aquella época)
Compuso bellas canciones que quedaran en la memoria de quienes lo hemos seguido.
Quizás mereció mayor trascendencia. Quizás eso ya no interese. Quizás por aquello de que, en última instancia, el éxito y el fracaso son dos impostores.
Lo que sí importa es el recuerdo de sus canciones, para quienes las llevamos en nuestra memoria..
Mi preferida siempre fue “Todos los barcos, todos los pájaros”: “Te regalaré, mi rebelión, mi soledad, mi juventud (…)”
En aquel recital del Coliseo le escuché una canción que yo desconocía.
Antes de buscar la letra en Internet (que transcribiré abajo) quisiera hablar de mi recuerdo de esa canción que, justamente, sólo escuché aquella noche:
Trataba de la historia de un encuentro en un baile. Quizás fuera una noche de verano. Quizás hubiera una luna clara recostada sobre el fondo de un cielo estrellado. El protagonista masculino se daba cuenta que la magia del amor se había presentado en el rostro de una muchacha joven de ojos claros. Y se daba cuenta de que esa magia, así, tal como se presentaba, sería sólo esa noche. No habría otra noche.
No recuerdo un final definido. Sólo esa tensión oscilante entre la felicidad y la angustia que se siente cuándo se intuye profundamente que algo del orden de la maravilla sólo podrá darse en un único momento.
Quizás en nuestras vidas alguna vez hemos dejamos pasar esa noche en que habríamos conocido el sabor del cielo. Quizás alguna vez en nuestras vidas nos animamos a saborear ese dulzor del cielo. Y quizás fue sólo esa noche. Quizás no hubo otra.
Gianfranco querido: ya no podremos volver a verte. Pero me da paz saber que aquella noche única del Coliseo escuché esa canción que me quedó para siempre en el recuerdo. Como tu pinta de tano cantautor, loco lindo, eterno baladista del amor.

MIRA QUE LUNA, MIRA QUE CIELO
(Gian Franco Pagliaro)
Mira que luna, mira que cielo
Es una pena que te vayas esta noche
Es una pena, cuanto lo siento
No habrá otra luna, tan hermosa, ni otro cielo
No habrá otra luna, ni otro cielo
No habrá otra noche, tan perfecta para amarnos
Habrá tan solo, algún recuerdo
Que se perderá en el tiempo
Bajo otra luna, bajo otro cielo

Mira que luna, mira que cielo
Es una noche, para no dejarse nunca
Pero me dejas, que desencuentro
Con esta luna, te amaría hasta el cielo

Mira que luna, mira que cielo
Es una pena, que te vayas esta noche
Es una pena, porque te quiero
Y sé que no habrá en mi vida
La misma luna, ni el mismo cielo

Es una pena, porque te quiero
Y sé que no habrá en mi vida
La misma luna, ni el mismo cielo
Mira que luna, mira que cielo
Mira que luna, mira que cielo

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La inercia mental: apuntes sobre un matiz de la psicología del votante, a la luz del resultado de las elecciones primarias

La inercia mental: apuntes sobre un matiz de la psicología del votante, a la luz del resultado de las elecciones primarias
Federico González

El difícil arte de explicar el voto
¿Por qué el pasado 14 de agosto, en las elecciones primarias, la gente votó como votó? , ¿Por qué Cristina ganó como ganó?, ¿Qué es lo que votó la gente?
Las razones del voto son múltiples y heterogéneas. En otro trabajo , traté sobre los límites en nuestra capacidad para explicar los hechos políticos y sobre nuestra irrenunciable necesidad de transponerlos. Transposición que —en aquel trabajo— puse en acto enumerando 42 razones conjeturales para el triunfo de Cristina Kirchner, cuya enumeración trasciende el marco del presente artículo.

La tesis de la inercia mental del votante
Aquí me detendré a ampliar sólo una de aquellas razones, a la que denominaré tesis de la inercia mental del votante. Por cierto resulta apenas una razón más dentro de aquel vasto conjunto. Su verosimilitud no se contrapone a la de otras. Su peso relativo no se pretende mayor. La definiré por oposición:
En nuestro afán explicativo solemos conjeturar a un votante ideal que conoce, evalúa y decide. Así, pensamos que esa abstracción que denominamos “la gente” forjó una imagen de las diferentes ofertas electorales (Vg. los candidatos), analizó sus pro y sus contra para, finalmente, decidir su voto.
La tesis de la inercia mental nos muestra un cuadro diferente: mucha gente simplemente decidió en base a lo que emergió en su mente con mayor facilidad. En otros términos, la decisión del votante obedecería más a una lógica consistente en evaluar si lo más conocido (Vg. los candidatos oficialistas) es suficientemente satisfactorio como para poder decidir. Si la respuesta es afirmativa, simplemente se decide en consecuencia, sin necesidad de atender demasiado a las restantes ofertas.
Por supuesto, tanto aquel votante ideal como el que sugiere la tesis de la inercia mental, no son sino los extremos puros de un continuo de posibilidades.
No obstante, la invocación al fenómeno de la inercia mental ilumina algunos aspectos posibles de la lógica de algunos votantes. En primer lugar, la tendencia a satisfacer en lugar de optimizar (en efecto, si la información disponible conocida es suficiente, ¿para qué buscar más?) En segundo lugar, lo anterior semeja más un proceso simple y casi automático que otro de carácter reflexivo. Y, por último, nos permite considerar esa tendencia que aqueja a muchos y que consiste en cerrar la mente ante las diferentes alternativas de la oferta política.
Lo anterior conlleva algunas implicancias para explicar el fracaso de la oposición.

La oposición tiene debilidades, pero también tiene propuestas
Aquí no se trata de negar los simples o groseros errores estratégicos y tácticos cometidos por los diferentes candidatos opositores. Sí se trata de comprender que aquel fracaso no puede ser atribuido por entero a esos errores.
Muchas de las explicaciones sobre ese fracaso son una amalgama entre verdad, prejuicio, lugares comunes y metáforas ad hoc. Así, quizás se asista al abuso de sostener acríticamente que la oposición no tenía propuestas. O que si las tenía, no supo comunicarlas. O, en versión pasional, que la oposición no alcanzó a “enamorar al electorado.”
Todo eso puede tener una cierta dosis de verdad, pero también escamotear la otra campana: tal vez la oposición sí tenía alguna propuesta, tal vez algunas fueron comunicadas de un modo aceptable, tal vez las propuestas de la oposición no fueran ostensiblemente inferiores a las del oficialismo; pero quizás del otro lado no hubo suficientes receptores dispuestos genuinamente a escuchar.
Al respecto, la metáfora de la seducción puede ser esclarecedora: quien seduce debe conocer su arte, pero sí de antemano el otro ha decido negarse a considerar el juego de la seducción, ese arte se tornará estéril e impotente.
La inercia mental puede ser un mecanismo doblemente perverso: primero obtura la posibilidad y, luego, ante el hecho está consumado, aplica racionalizaciones que lo justifican (Vg. “elegí al oficialismo que conozco porque en realidad no había opciones, no había nada que elegir”)
A pocos menos de un mes de las elecciones, desde algunos medios se sigue insistiendo en que la oposición no tiene estrategia, no tiene rumbo, no tiene propuestas o no tiene convicción. Puede ser. ¿Pero será tan así?
Cuando se dispone verdaderamente a escuchar a varios de los candidatos se observa, por el contrario, que, tanto antes como ahora, sí existieron y existen propuestas.
Comencemos por Ricardo Alfonsín. Entre otros proyectos, ha presentado públicamente los siguientes: 1) el Plan Casa Joven, orientado a solucionar el problema de la primer vivienda de jóvenes de bajos ingresos, a través de créditos hipotecarios accesibles y con bajo interés (se aspira a otorgar 150.000 créditos por año); 2) el Plan Crianza, orientado a universalizar el beneficio de la asignación a la niñez y a transformarlo en un derecho al ingreso garantizado para la seguridad social de los niños (incluye al Plan Hambre Cero, encaminado, entre otros aspectos, a bajar drásticamente el índice de mortalidad infantil); 3) el Plan de Incentivos al Empleo Joven, basado en otorgar incentivos a las empresas que contraten jóvenes; 4) el Plan Nacional de Formación de Ingenieros, orientado a formar recursos humanos para achicar la brecha tecnológica y mejorar la matriz productiva del país; 5) el Plan Ferroviario, que apunta a extender el servicio ferroviario nacional; 6) El Plan Medioambiental para el Desarrollo Sustentable, orientado a pasar del crecimiento al desarrollo sustentable, en el marco de una gestión ambiental que garantice un manejo inteligente los bienes naturales.
Por su parte, Eduardo Duhalde, ha propuesto en forma pública: el programa “Hambre cero” y la renta básica de ciudadanía; un aumento de la inversión en la prevención y represión del delito; una concepción integral de los derechos humanos de modo tal que se incluyan los derechos a la vida, a la salud, al privilegio de niños y ancianos; la lucha frontal contra los narcotraficantes y prevención de la drogodependencia; la recuperación del sistema federal de gobierno; garantizar el derecho al arraigo y a la tierra para la vivienda en todas las poblaciones del NEA y el NOA que no superen los 100.000 habitantes; poner los organismos de control del estado en manos de la oposición; crear las condiciones para producir un shock de inversión.
Por su parte, Hermes Binner ha presentado un plan integral de gobierno en base a 10 ejes, con propuestas específicas en cada uno: Alimentación, Salud, Educación, Vivienda; Trabajo Decente, Jubilación Digna, Seguridad, Justicia, Medio Ambiente Sustentable e Inserción de Argentina en el mundo.
Alberto Rodríguez Saá, también hizo público un pormenorizado Programa de Gobierno que incluye varias decenas de propuestas desglosadas en las siguientes áreas: Educación, Salud, Protección Social, Justicia, Seguridad, Política Fiscal, Integración Global, Transporte, Energía, Plan Nacional de Energía, que incluya las energías alternativas que cuidan el medioambiente, Desarrollo Sustentable, Jefatura de Gabinete, Decretos de Necesidad y Urgencia, Superpoderes, Auditoría General de La Nación, Consejo de la Magistratura, Defensorías del Pueblo, Corte Suprema de Justicia de la Nación, Federalismo Fiscal y Digesto Nacional.
Elisa Carrió y otros dirigentes de la Coalición Cívica también han presentado de modo público su Plan Integral de Gobierno que incluye: Desarrollo económico sostenible, Rol decisivo de las PyMEs, Desarrollo Social: Distribución del ingreso e igualdad de oportunidades, Políticas públicas que universalicen y garanticen el trabajo digno, Acceso a la vivienda y desarrollo territorial, Educación, Seguridad pública y ciudadana, Políticas penitenciarias y Derechos de las personas privadas de libertad, Salud, Ciencia, tecnología e innovación, Cultura, Deportes, Turismo, Política estratégica de Relaciones, Defensa, Inclusión y ciudadanía plenas, Política agropecuaria, Políticas de desarrollo pesquero marítimo, Energía, Minería, Políticas ambientales y territoriales, Política institucional, Política de medios y acceso a la información pública.
En el ámbito provincial, Francisco de Narváez ha presentado en forma pública varias decenas de propuestas concretas agrupadas en estas áreas: Educación, Salud, Trabajo, Vivienda, Seguridad, Política Social, Infraestructura, Medio Ambiente, Inflación, Federalismo

Reflexión final: ¿Cómo romper la inercia mental del votante?
La tesis de un mecanismo de inercia mental del votante aspira a describir y no a valorar ciertos aspectos de la psicología de los electores. Por supuesto, no se trata de cuestionar a ningún votante y menos de deslegitimar los resultados de la democracia. Simplemente se pretende arrojar alguna luz en la ardua empresa de la comprensión.
Tampoco se pretende ser indulgente con las miserias de la oposición, que quizás no sean pocas.
Pero, nada de lo anterior quita la pretensión de ecuanimidad.
Oportunamente, Lilita Carrió lo expresó con claridad. Palabras más, palabras menos, ello habría dicho: “Estamos tranquilos: dijimos lo que debíamos decir, denunciamos lo que debíamos denunciar, hicimos lo que teníamos que hacer, nos preparados con equipos y con ideas; ¿qué más podríamos hacer?”. Su catarsis anticipada dejaba entrever, a modo de consecuencia lógica, que si la gente no comprende, si no quiere escuchar, si no quiere votar por algo distinto; entonces, ¿qué más puede hacerse?”
Luego del fracaso de las primarias, la oposición no ha padecido una sino dos derrotas: primero, la de la urnas; luego, de ser ubicada en el lugar del escarnio reservado a quienes no habrían podido ni sabido. Paradójicamente es como si “la gente” hubiera decidido votar al oficialismo y, luego, le reprochara a la oposición su magro desempeño.
Sin duda, insistiré, hay mucho para cuestionar a la oposición. Pero, ¿No será demasiado?
Ciertamente siempre podría hacerse algo más de lo que se hizo. Siempre podría haberse aplicado mayor, fuerza, mayor inteligencia, mayor coraje, mayor convicción.
Tal vez el fracaso opositor, su capital pecado, sea no haber advertido que si se pretende ser un digno oponente del oficialismo eso significaba un fin extraordinario. Y los fines extraordinarios deben ir precedido por causas extraordinarias. Algo del orden de la epopeya.
Romper la inercia mental del votante sería lograr hacerse escuchar, penetrar la mente y el corazón del votante para que, verdaderamente, conceda una posibilidad. Para que, finalmente, pueda realizar el poco frecuente ejercicio consistente en imaginar “Bueno, a ver, vamos a pensar en serio, ¿qué pasaría si ese candidato —a quien descarto— por inercia, accediera al gobierno?, ¿Cómo sería entonces ese país, o esa provincia?
Si eso ocurriera, quien sabe si el resultado cambiaría. Tal vez sí, tal vez no.
Quizás a la oposición tampoco le alcance para torcer su destino. Pero un resultado basado en la mayor reflexión de más votantes, sin duda, sería mucho más justo que aquel determinado en parte por una simple inercia mental.

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50, 38, 12, 12, 10: Lo que los números de las primarias dicen, lo que no dicen y lo que parecen decir, pero no dicen

Un diálogo imaginario a modo de introducción:
—¿Así que Cristina ganó con más del 50% y le sacó 38 puntos al segundo?
—Sí, la diferencia entre ella y los opositores es abismal!

Las primarias ya han quedado muy atrás. El resultado fue contundente. Aplastante. Inapelable. Irreversible. La ciudadanía le ha dado un amplio apoyo a la Presidente Cristina Kirchner.
Las anteriores afirmaciones, deliberadamente adjetivadas, surgen de los resultados y éstos le confieren aval.
Las metáforas no escapan a esa lógica de magnificencia: las urnas, que son la voz del pueblo, hablaron; la magnitud de las cifras expresarían que más que hablar, el pueblo gritó.
La anterior conceptualización puede sintetizarse en el austero lenguaje de los números: Cristina obtuvo un 50.7%, Alfonsín 12.17%, Duhalde 12.15%, Binner 10.26%. La distancia entre Cristina y sus inmediatos seguidores fue de 37.9 puntos.
Tomados literalmente, es decir con énfasis más descriptivo que interpretativo, los números significan, ni más ni menos, que cada candidato fue elegido por determinado porcentaje del electorado.
Pero, adicionalmente, los números transmiten, por resonancia, algo que desborda a lo que indica su fría austeridad.
Por un lado, como se dijo, parecen justificar diferentes adjetivaciones como las arriba señaladas. Tales énfasis representan ya un primer nivel interpretativo. En efecto la distancia de 38 puntos entre Cristina y Alfonsín es un dato objetivo. Pero la calificación de “diferencia casi irremontable”, aunque verosímil, supone decir algo más que lo que la cifra indica per se.
Por otro lado, resulta inevitable apoyarse en tales números para avanzar sobre el terreno de las interpretaciones: la gente votó gestión, la gente apoyó el modelo de crecimiento con inclusión, la gente priorizó la gobernabilidad, la gente no vio alternativa en la oposición, la oposición atomizada no supo enamorar al electorado, etc.
En un tercer nivel se ubican aquellas interpretaciones que, de modo explícito o implícito, sugieren algo decididamente erróneo. El caso paradigmático radica de homologar el caudal de votos de un candidato a la magnitud de las adhesiones al mismo por parte del electorado. Más específicamente, que Cristina Kirchner haya más que cuadruplicado a los votos de Alfonsín o de Duhalde no significa en absoluto que cada votante (o el promedio del conjunto) considere que la primera es cuatro veces mejor candidata que los segundos.
En síntesis: las diferencias de proporciones en los resultados electorales no equivalen a diferencias de magnitudes en las valoraciones que los votantes habrían realizado sobre los candidatos.
Los ciudadanos simplemente eligieron. Mayoritariamente esa elección recayó sobre la actual Presidente. Pero eso no justifica entender que las distancias de esas desproporciones equivalgan a diferencias en las valoraciones hacia cada candidato.
No se trata entonces de menoscabar ni de relativizar un resultado contundentemente favorable para la actual Presidente. Ni tampoco defender la performance de una oposición que obtuvo un resultado magro. Sólo se trata de no utilizar los fríos números para avalar lo que decididamente no puede desprenderse de éstos.

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Candela: Reflexiones en torno a una asesinato salvaje, doloroso y absurdo

El salvaje asesinato de Candela motiva estas breves reflexiones:
La vida es un milagro acechado por un mar de fragilidades.
La impiedad y el mal existen.
Quizás parte de nuestra sociedad ha confundido comprender el mal, con bajar la guardia y tolerarlo.
Quizás hubo un día, luego de muchos días, en que la sociedad comenzó a acostumbrarse a lo que nunca debería haberse acostumbrado.
Hay algo que, profundamente, está mal. Hay algo que, profundamente, parece que no termináramos de comprender.
‎Hay límites que aunque son difícil de transitar, deberíamos adquirir la sabiduría para hacerlo: el límite entre la comprensión de las causas y la determinación para reclamar seguridad y justicia; el límite entre un sutil sentimiento de culpa social y el accionar preventivo contra la delincuencia organizada; el tramposo límite entre intercambiar bienestares económicos tangibles por inseguridades probables, que pensamos que no nos tocarán.
Lo cierto es que una niña inocente ha muerto. Eso es tragedia. Es dolor. Y, sobre todo, es irreparable.

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Sensaciones al caer la tarde

Cae la tarde. Las sombras ya tiñen el cielo. Hay una paz difícil de transmitir.

Cada momento del día esconde una magia. Un misterio único. Un matiz.

El mundo puede ser un caleidoscopio incesante. Un ritmo. Un compás de emociones.

Los pensamientos se suceden mutando en recuerdos. O en sueños.

Estamos acá, frente al mundo. Pero estamos en nuestro eterno soliloquio.

Una mirada nos devuelve la ilusión de la compañía.

Entonces el mundo se torna luminoso.

Un centro lleno de estrellas para regocijo del alma.

Mientras cae la tarde y nace arcano de la noche.

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La violación de la voluntad ciudadana y la violación del sentido común: reflexiones sobre las supuestas irregularidades en las elecciones primarias y su tratamiento por parte de los principales actores involucrados

Desde hace días asistimos con cierto estupor a la presentación de información que revelaría que en las elecciones primarias se habrían cometido irregularidades, picardías, anomalías o, simplemente, fraude.
Entre otras cosas nos hemos enterado que en la provincia de Buenos Aires, tales irregularidades han sido muy recurrentes y que eso se estaría verificando durante el escrutinio definitivo, aún no finalizado.
En ese contexto nos enteramos también de opiniones disímiles vertidas por jueces electorales, funcionarios gubernamentales del oficialismo y candidatos y apoderados de la oposición.
Por supuesto, la eventual comprobación fehaciente por parte de la justicia de la existencia de tales irregularidades y la posibilidad de que dichos sesgos revistan un carácter intencional, representarían, en sí mismas, un caso de singular gravedad para la salud del sistema democrático basado en la voluntad soberana de los electores.
Independientemente de lo anterior, tanto para el ciudadano común, como para la oposición y el oficialismo, la magnitud de eventuales discrepancias entre los guarismos del escrutinio provisorio y definitivo deberían resultar relevantes.
En efecto, el sentido común más básico indica que si, finalmente, la presidente Cristina Kirchner obtuvo 50%, 49%, 45%, 42% o 53%, esas diferentes cifras poseen significados diferentes respecto al modo en que se presenta el escenario electoral de octubre, aun cuando ninguna quita mérito a la existencia de un triunfo holgado del oficialismo por encima de las fuerzas opositoras.
Y sin embargo, pareciera ser que a ninguno de los actores opositores, oficialistas o jueces le importara realmente cuál es o podría ser la magnitud de las discrepancias.
Evidentemente si, por caso, la Presidente terminara sacando un 48% en lugar de 50%, el desafío de la oposición casi seguiría teniendo similar carácter de epopeya. Pero si el porcentaje definitivo fuera, por caso, el 45%, el desafío que la oposición debería asumir para octubre radicaría en capitalizar apenas un 5.1% del votante oficialista. Tarea sumamente difícil, pero ya no epopéyica. En contraposición, si finalmente la Presidente obtuviera un 52% en lugar del 50%, no sólo significaría que la oposición bajaría sus chances tendiendo a cero, sino que se evidenciaría que el tan mentado fraude que se supone habría perpetrado el oficialismo no sería otra cosa que una mera ficción generada por anomalías del sistema o, por qué no, por intencionalidades non sanctas de la oposición!
Ante ese cuadro resulta incomprensible no sólo el reiterado silencio de los medios y de los actores políticos directamente involucrados, sino la pertinaz insistencia en sostener que, como no se cambiará sustancialmente el resultado de que el oficialismo ganó holgadamente, entonces la cifra carece de importancia.
A modo de ejemplo, esta noche en el programa de Mariano Grondona acaba de verse un bloque dedicado al tratamiento del tema donde asistieron los representantes de la Coalición Cívica, del Radicalismo, del Duhaldismo y del Pro, que estuvieron directamente vinculados con la denuncia de irregularidades. A diferencia de otros periodistas, en este caso Mariano Grondona inquirió dos veces (y la segunda vez de modo enfático) sobre la real magnitud de la discrepancia. No sólo no hubo respuesta directa a esa pregunta simple sino que se insistió en la muletilla de que eso no es lo que importa porque lo que verdaderamente importa es lo que sucederá en octubre.
Confieso que me cuesta comprender tamaño desatino. Es como si se hubiera jugado la semifinal de un partido que se sabe que se perdió por varios goles, pero a la vez se sospecha que fueron menos que lo que se dice; y que la cantidad de goles a favor o en contra fueran relevantes respecto al partido final. Y que se reclama que se aclare el carácter procedimiento de un conteo sospechado, pero al mismo se dice que igual eso no importa porque el partido ya se perdió…!
Tal vez ninguno de los opositores presentes en el referido programa conozca a ciencia cierta la magnitud en cuestión. En tal caso hubiera sido más sencillo que expresaran su ignorancia al respecto. Nadie está obligado a saber lo que desconoce. Otra alternativa sería que los allí presentes efectivamente supieran que apenas se trata de guarismos decimales. En tal caso, su omisión a responder a la pregunta llana del periodista sería objetable. Por último, tal vez crean sinceramente que realmente tal cifra no tiene importancia.
En ese último caso mi reflexión es simple y contundente: tal vez no sólo asistimos a una violación de la voluntad del ciudadano, sino, simultáneamente, estamos asistiendo a una nueva violación del sentido común.

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Reflexiones sobre el cinismo

Una de las grandes batallas de nuestro tiempo es la que se da entre el cinismo y la piedad.
El cinismo es el costado más salvaje de la ironía dañina.
Lo que más violenta del cinismo es su jactancia.
El cínico se jacta de su veneno como si tratará de una virtud.
El cinismo es un extravío de la inteligencia
O la expresión de una inteligencia extraviada por la ausencia de bien.
El cínico puede ser la expresión de un genio intelectual, pero agazapado contra un fondo de insuficiencia afectiva.
Ser cínico es creerse superior a causa de saber jugar con la miseria humana.
Sin darse cuenta que el cinismo, en sí mismo, es una miseria humana.
En el mundo del cínico sólo hay títeres, objetos sin alma, cosas entre las cosas.
El cinismo es una cruel manera de la arrogancia.
Hoy parece más cool ser cínico que piadoso.
Quizás confundimos piedad con debilidad.
Quizás hubo un día en que comenzamos a perder la piedad.
Y el cinismo es una forma elegante de la impiedad.
El cinismo es una mascarada para ocultar la ausencia de bien.
Su herramienta preferida es la burla. Burlarse del desvalido, del ignorante, del que no se da cuenta, del que, sencillamente, es feliz de manera simple.
Esos son los pretendidos méritos del cínico.

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Lo que el país podría desaprovechar: Elogio de Ricardo Alfonsín

Las primarias han quedado atrás.
Si las urnas son la voz del pueblo, habrá que respetar y escuchar sus señales.
Con un resultado tan aplastante muchas ilusiones opositores quedaron comprometidas. Condenadas quizás a ser sólo ilusiones y no potencialidades probables.
Ricardo Alfonsín salió segundo, pero con un caudal demasiado magro como para quedar consolidado como una alternativa de peso real frente al oficialismo Cristinista.
Como en la vida, en política nunca está dicha la última palabra. Aunque la distancia es grande nadie debería perder las esperanzas. Nunca más atinados los versos del gran Almafuerte “No te des por vencido ni aún vencido”
Pero, convengamos, la realidad en acto ha dejado una herida importante para la realidad probable.
Las explicaciones post siempre resultan un ejercicio tan abusivo como irrenunciable. Sin duda, algo falló. Más allá de los aciertos del oficialismo (incluyendo la saga de acierto imaginarios y reales de la gestión), hubo algo que no salió como se esperaba.
Quien sabe de sus convicciones y está seguro del valor de sus ideas sólo puede apelar al fracaso en comunicar. Había sustancia, había ideas, había propuestas. Pero falló el mensaje. O el modo en que se lo ejecutó.
Una vez más la argentina podría perder (o perdió).
Podría perder la posibilidad de contar con un estadista en potencia.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la honestidad.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la sensibilidad.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la construcción de consensos.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la transparencia.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la institucionalidad.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la mesura.
Quizás el costado más absurdo de tales pérdidas radique en que, tal vez, ni siquiera se verán como tales.
Ricardo Alfonsín, quizás el mejor candidato a Presidente para una sociedad que no está dispuesta a disolver los prejuicios necesarios que le permitirían escuchar qué un país mejor es posible.
Tal vez sea injusto. Pero es real. A no ser que, esta vez, Almafuerte finalmente tenga razón.

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La explicación ideológica y la explicación psicológica

Para comprender el mundo, la mente humana necesita simplificar.
Explicar, entre otras cosas, es formular ficciones útiles para dar cuenta de la complejidad de lo real.
La “complejidad de lo real” es un ejemplo elocuente de lo anterior. Quizás la realidad es sólo lo que es. Su aparente complejidad tal vez no sea más que una figura para referirse al vínculo que establecemos con lo real, en tanto sujetos del conocimiento.
La política no escapa a esa lógica. La política es tanto una realidad como una abstracción. No resulta desatinado considerar que política no es otra cosa que una serie de hechos a los que les asignamos un carácter particular. Catalogar a un hecho como político supone hablar de ciertos significados e implicancias. Definir el alcance de los mismos es objeto de las denominadas ciencias políticas.
Pero, sea lo que sean los hechos políticos, resulta imposible concebirlos como entidades que trascienden a los factores humanos que constituyen su causa. En tal sentido no hay hecho político en ausencia de los motivos y creencias de los actores humanos que los generan.
Concluir a partir de lo anterior que la política deberái reducirse a la psicología es una temeridad y una confusión de niveles.
Por supuesto, si la política es una especial mirada sobre ciertos acontecimientos humanos, deberíamos atenernos a las leyes propias de ese nivel de abstracción. Pero, sin embargo, resulta difícil renunciar a lo que subyace a dicha abstracción. Esto es, nuevamente: deseos, creencias y pasiones humanas.
Lo mismo que se analiza sobre la política, se aplica a la ideología. Porque, en última instancia, la ideología no es otra cosa que sistemas de creencias y valores que guían las acciones de individuos y colectivos.
Hoy, como siempre, los hechos políticos se analizan en términos de las vicisitudes de disputas ideológicas. Izquierdas, derechas, centros, progresismos, liberalismos, etc. pretenden referir a fuerzas que transcenderían a la psicología de quienes se movilizarían dentro de sus respectivos senos.
Pero escamotear la psicología de los actores conduce a lo que los epistemólogos de la filosofía analítica denominan error categorial. En este caso, cometer un error categorial significa suponer que existen realmente entidades trans-fenoménicas que se desplegarían por encima de los actos psicológicos y conductuales de los actores humanos que se comportan bajo determinantes ideológicos.
Coleridge, citado por Borges, considera que los hombres nacen aristotélicos o platónicos, y que ambas cosmovisiones irreconciliables vuelven a aparecer a los largo de la historia bajo diferentes ropajes.
Similarmente, parece imposible explicar el universo de lo político en términos de categorías tales como izquierda y derecha. ¿Pero qué son realmente izquierda y derecha si prescindimos de que, fundamentalmente, son sistemas de creencias y valores?
En tanto significados de uso (es decir, más allá del análisis político teórico) reivindicarse y/o acusar a alguien de izquierdista o derechista supone atribuirle deseos y creencias analizados en términos valorativos.
De igual modo, definirse como progresista (modo contemporáneo de reivindicarse de izquierda obviando ciertas connotaciones problemáticas de dicha categoría) significa afirmar que se es éticamente superior, más humano, más sensible, más justo, más democrático, más abierto a nuevas ideas que nos permiten trascender viejos atavismos que hacían más pesada la carga de la existencia, etc.
Inversamente, no ser progresista (i.e. “ser de derecha”) parecería equivaler a ser más egoísta, más individualista, más pragmático y menos sensible, más propenso a conservar atavismos anticuados que complican el existir, etc.
En una síntesis más ajustada, ser progresista parece significar ser mejor persona y/o poseer mayor inteligencia y sabiduría. En cambio, ser de derecha significaría ser mala persona, por acción o por omisión, y/o (vía autoengaño conciente o falsa conciencia) estar prisionero de un sistema de valores perverso o profundamente degradante de la condición humana, o ignorar que ciertos medios no conducen a los fines que deberían consducir.
El bien y el mal, la conciencia de la lucidez o el determinismo del autoengaño, creencias verdaderas o falsas, ser más o menos inteligentes. Hablar de ideología es hablar de psicología. O de ética. De saber cómo se debería vivir y para que lo hacemos.
Hablar de política es hablar de lo que deseamos, de lo que no deseamos o de lo que “no queremos saber que deseamos” (la expresión es de Julio Cortázar)
Sería justo entonces suspender la pesada carga de los etiquetamientos ideológicos para poder hablar de lo que único que realmente se viene hablando: el bien, el mal, los medios, los fines, la inteligencia para alcanzarlos.
Eso revelaría, quizás, que no todo es como parece. Y que virtudes y disvalores pueden habitar o escasear detrás de muchos rótulos que confunden el ser y el parecer, la sustancia y declamación vacía, la verdad y la impostura.

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I’d love you want me

“Baby, I’d love you want me”
“Nena, me encantaría que me quisieras”
Es el estribillo de una canción que invita al baile lento.
Baile que alguna saboreamos en cielos juveniles.
En noches clandestinas.
Como milagros inesperados.
Como con tantas otras canciones, quienes desconocíamos el idioma apenas podíamos intuir un clima, un ritmo, una suave cadencia.
Un fluir informe que nos deslizaba hacia un centro cálido de dulce felicidad. Hacia una intimidad casi anónima. Hacia un breve cielo de la sustancia de la emoción.
Y todo eso, aún sin conocer el significado. Significado que hoy se me revela:
“Baby, I’d love you want me”
“Nena, me encantaría que me quisieras”
Versos simples para sentimientos intensos.
Versos simples para expresar los matices complejos de las cosas del amor.
Las cosas del amor. “Todos ensayamos mil caras y perfiles, pero al final, siempre dejamos entrever que la necesidad de quieran y que nos quieran es vital” (la frase es de Alfredo Alcón)
Porque le esencia del amor quizás sea querer ser amado mientras se ama. Y la celebración del amor es querer que el otro sepa que lo amamos.
Con palabras de Sartre, el amor es ese deseo impetuoso de que la libertad del otro nos elija. Y así nos preserve del mero estado de objetos, cosas entre las cosas.
O en palabras de Lacan, repetidas para extraer un significado oculto que trascienda lo evidente: “El deseo humano es deseo del otro. Uno quisiera ser la causa del deseo del otro.”
Las cosas del amor. Tan complejas y tan simples. Tanto infinito y tanta nada. Tanto abismo y tanto sol.
“Baby, I’d love you want me”
“Nena, me encantaría que me quisieras. De la forma que yo te quiero a ti”
Mientras bailamos el baile lento. Ensimismados en nuestro cielo.
Sin saber lo que dice la letra de la canción. Pero sintiendo que, de alguna manera, ya somos esa letra.
Los que se aman bailando mientras tejen su cielo.
Ser como letras del amor.
Un alfabeto hecho de caricias y suavidades.
De perfumes e intensidades.
De pieles y vibraciones.
Mientras sentimos que quisiéramos ser plenamente en el otro.
Aunque dure un instante.
“Baby, I’d love you want me”
“Nena, me encantaría que me quisieras”

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