Archivo para la categoría ‘Existenciales’

Silencio y olvido

Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados.
Jorge Luis Borges, “He cometido el peor de los pecados”

Las antiguas luces de los esplendores juveniles ya se van apagando.
Estoy aquí. Presintiendo mi hora.
No hay dolor. No hay remordimiento.
Sólo la inmensa paz de quienes ya no esperan.
El silencio es un suave manto que arrulla el ser.
Quisiera despojarme para siempre de la memoria.
Para ser solo olvido y vacío.
Una pura libertad sin pasado, sin presente, sin futuro.
Ya los vientos azules me cubren de nieves.
Es el tiempo que me envuelve en su inexorable magia.
Adiós a las alegrías infantiles.
Adiós al amor materno que alguna vez fue.
Adiós a los perfumes alados del amor.
Adiós al brillo refulgente de la pasión.
Irme solitario por el viejo camino.
En pura paz.
En puro silencio.

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Los ríos de la angustia

De pronto una fuerza oscura y despiadada se instala en el centro de nuestro ser.
Es la angustia. Una opresión sin forma parece que habrá de aniquilarnos.
La angustia es una puñalada en el alma.
La angustia es un fuego que nos carcome.
La angustia es una llaga sangrante que brota sin cesar.
La angustia es una palabra hueca cuyo significado podemos entrever pero no precisar.
La angustia es la expresión de nuestra insuficiencia.
La angustia es la prueba certera de nuestra nada.
La angustia es un silencio brumoso que nos lastima.
La angustia es un desierto árido y sin contorno.
La angustia es el cuerpo atravesado por la pena.
La angustia es el último escalón de la tristeza.
Y es la expresión más contundente de la desesperanza.
La angustia es un enigma que no tiene nombre
Es un sufrimiento atroz que no sabemos dónde mora
Pero que nos va matando de a poco.
Sin que podamos defendernos.
No no sé cuantos rostros tendrá el infierno,
pero sé que la angustia es uno de ellos.

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La noche negra del alma

Hay momentos en que la angustia es tan honda que se siente que el alma va estallar en mil pedazos.
El dolor es parte indisoluble del estar vivo.
La angustia es el certero testimonio de nuestra precariedad.
Ríos de pesares se deslizan por las grietas del alma que sufre.
Hay un centro que nunca termina de encontrarse.
La fuerza de la vida y su eterna batalla contra la noche.
Hay momentos en que sentimos que podríamos caernos.
Sentimos el violento salvajismo del abismo.
Vivir es resistir.
Vivir es la permanente lucha del ser contra la nada.
Vivir puede ser una oscura pesadilla en la que quedamos atrapados.
Quizás nunca encontremos la fórmula.
Quizás los dioses ya nos han sentenciado.
Pero seguimos allí, corazones de niños anonadados frente a lo incomprensible.

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La metamorfosis de Kafka y la aridez del alma

En su diario fechado el 3 de julio, Juan se refirió a un extraño sentimiento que lo invadió aquella tarde:
Súbitamente sintió que su corazón se había secado. Entonces recordó el argumento de la metamorfosis de Kafka. En realidad nunca había leído el original sino un comentario de otro escritor. En esa versión, sólo el personaje percibía que su cuerpo había experimentado una mutación. Pero nadie podía advertirlo. Entonces, luego de una lucha imposible, el personaje se resignaba.
Así se sintió Juan en aquella infausta tarde. Se daba cuenta que ya no podía sentir nada de lo que había alguna vez sentido. Sin embargo, todo se había trasmutado en una angustia hueca. Sintió deseos de llorar, pero no pudo.
Estuvo así varias horas. Su principal problema radicaba en cómo haría para disimular su alteración.
Hacia la noche, Juan volvió a marcharse bajo la intensa llovizna.
Nadie volvió a verlo.

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La fascinación de la mirada

Te miro y disfruto del enigma, de la maravilla de saberte.
Tus ojos. Tus ojos infinitos.
Fascinación del contemplarte.
Estás allí.
Existe un centro de luz, donde sos plena, real, única.
Sos mi ilusión de joven enamorado.
Te miro y sos mi éxtasis secreto.
El amor en silencio y soledad elige tenerte en mi mirada.
Recorrerte desde el bien que me habita.
Ser en vos.
Dulce vibración de tu nombre que perfuma el aire de soles.
Tu claridad hecha a la medida de mi emoción.
Te llevo en mi ser.
Sos la maravilla.
Te siento en el aire que respiro.
Tu ser me ilumina de brillos.
Sos la esencia del cielo,
en forma de mujer.

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Al caer la tarde

La tarde que va cayendo.
Las luces que se encienden tapando la agonía del día.
De pronto podemos descubrir una ausencia, una presencia, o una esperanza.
La tarde cae y nos trae una paz fugaz que acompaña al silencio.
Hay un momento único en que no es día ni es noche.
Ese borde puede ser apertura o cierre.
Un momento de silencio puede revelarnos un sentido.
O ser apenas una señal de algo que no sabríamos descifrar.
La tarde avanzará despacio hasta convertirse en noche simple, en bruma, en densidad.
El pulso del tiempo y sus infinitos matices. Sus vaivenes.
A veces sabemos adonde debemos ir. Pero no siempre.
En las ciudades, algunas personas permanecen solas en las oficinas.
Y pueden sentir una extraña plenitud hecha de silencio y soledad.
Saben que la vida bulle en otra parte. En las calles, en los pubs, en hogares que aún pueden ser acogedores.
Pero postergan esa salida hacia el centro donde habitan las cosas.
Hay algo indómito que los retiene contra ese desierto de soledad y papel.
Hay algo que posterga la huida hacia el ancho mundo.
Saben que existe un momento preciso, ni antes ni después, para afrontar esa promesa del afuera.
Pero insisten en esos vanos ejercicios que forjan murallas.
Quizás parte de la magia sea saber que esas murallas sólo son parte de un juego que podrán quebrar con un simple golpe de voluntad.
Quizás han decidido impostar la existencia de muros ficticios que podrán derribarse con solo desearlo, para esconder la realidad cierta de otros muros, no menos ficticios, pero imposibles de doblegar.
En algún lugar de la ciudad alguien permanece en su reducto forjado con los retazos de una angustia que no podrá descifrar.
Por aquí yo creo que ya es momento de partir. Para vivir la única vida posible que ahora intuyo que pasa por afuera. Una bocanada de aire fresco.
Derribar los muros como quien derriba un castillo de naipes.
Quizás la noche incipiente nos muestra que los muros son apenas una ilusión del alma extraviada.
O que la vida está siempre del lado en que sentimos que puede estar.
Afuera de las cárceles imaginarias.
Maravilla de la libertad de volar.
De ser donde se quiera ser.
Encantos del devenir.
Sorpresas al caer la tarde.

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Algunas reflexiones antes de votar

Antes de las elecciones primarias escribí un aserie de reflexiones antes de votar. Hoy las vuelvo a publicar de modo ampliado.

Dentro de un mes tendremos que votar nuevamente. A diferencia de las primarias, esta vez nuestro voto resultará determinante.
La importancia del hecho justifica un llamado a la reflexión. Apenas se trata de una invitación al ejercicio del pensamiento. Si se prefiere: palabras al viento que quizás encuentren eco en alguien. Ojalá.
En principio, la propuesta es tan simple que parece una obviedad: cuando un candidato habla, hay que escuchar qué es lo que dice.
Más allá de cómo lo dice, de cómo gesticula, de su tono de voz. Simplemente analizar qué es lo que dice:
Atender a la densidad conceptual de lo que se dice. Cuántas son ideas. Cuántas son frases huecas. Cuántos slogans vacíos de contenido.
Cuántas auténticas ideas-fuerza. Cuántos golpes bajos.
Recomiendo el ejercicio. Yo lo hice. Quizás nos llevemos algunas sorpresas. Cuando uno se dispone realmente a escuchar muchas cosas son distintas a lo que parecen.
Y, cuando se escuchan ciertos discursos y se los compara con otros, no se comprende por qué las inteligencias de los candidatos/as a veces están tan poco alineadas con sus respectivas intenciones de voto.
Sería bueno que no votáramos a impostores/as ni a demagogos/as. Algunos candidatos/as lo son, otros/as no. Deberíamos evitar a los impostores/as disfrazados/as de corderitos salvadores.
Hay algunos/as candidatos/as de cuya honestidad no puede dudarse. Hay otros/as que generan serias sospechas.
Quizás valdría pensar quién es el candidato/a más impostor/a. Si inmediatamente se nos viene alguien a la mente, ¿Por qué votarlo/a entonces?
Quizás valdría el esfuerzo de pensar que pasaría el día después si ese candidato/a ganara. ¿Nos suenan familiares las palabras venganza o revancha?
¿Por qué votar entonces a alguien capaz de vengarse de alguien?
A veces se piensa a la política y a los/as políticos/as como entelequias que trascienden a los aspectos humanos básicos. Pero, vaya obviedad, los/las políticos/as son personas y, como tales, algunos/as son buenas personas; otro/as no.
¿Por qué votar por malas personas, cuando podemos hacerlo por buenas personas?
Seguramente la inteligencia es un valor. Pero, vaya obviedad, a veces está al servicio de causas innobles.
No estaría de más pensar en quienes aplican o aplicarían su inteligencia al servicio de causas nobles y quienes lo harían a causas innobles y/o egocéntricas. Políticos/as que aplican o aplicarían su inteligencia a la causa de sus egos o de acumular poder por el poder mismo.
Sería útil recordar que para algunos políticos/as primero están ellos mismos, segundo ellos, tercero ellos; finalmente quizás haya algún otro. Quizás.
Es tan tremendamente obvio saber quién es quién que no se comprende porque hay cosas que son cómo son.
Resultaría oportuno considerar que existen políticos/as que han construido fortalezas con una retahíla de palabras rimbombantes que no expresan nada.
¿Para qué votar entonces a esos encantadores/as de serpientes, embaucadores/as de verbo fácil y sustancia nula?
Antes de votar quizás valga la pena pensar en la diferencia entre las apariencias y la sustancia. Entre la imagen y la verdad. Entre el “chamuyo” estéril y el discurso conceptual.
¿No es acaso más que evidente la diferencia entre los/las políticos/as verseros/as y los/las creíbles?
¿Por qué extraño arcano hay tanta gente que se deja embaucar por políticos/as que no son más que charlatanes/as de feria. O por psicópatas disfrazados/as de salvadores/as?
Sería saludable desconfiar de políticos/as que se victimizan demasiado. De quienes hacen del golpe bajo un estilo de vida. De los lobos/as disfrazados de corderos/as.
Y también desconfiar de los políticos/as ego-maniacos/as, cuyo único vínculo verdadero es con el espejo.
Quizás nos suceda que tenemos que votar y nos asalten miedos de “lo que pueda pasar”. Pero seamos ecuánimes: las cosas preocupantes que puedan suceder, podrían ocurrir tanto si se cambian como si no se cambian las personas. ¿Por qué los miedos siempre deberían homologarse a los cambios y no a las permanencias?
Quizás un buen ejercicio radique en ordenar esos miedos para descubrir sus diferencias de magnitudes. Pensar con claridad a qué exactamente tememos cuando suponemos que podría ganar tal o cual candidato/a. Quizás nos sorprenda descubrir que, antes de reflexionar, creíamos temer a cosas que es difícil temer y, también, que no temíamos a cosas que si deberíamos temer.
Para finalizar: por supuesto, cada ciudadano es dueño de pensar o dejar de pensar sobre lo que se ocurra. Lo anterior no es sino una simple invitación a que, a la hora de votar, pensemos un poco más de lo que una especie de inercia mental nos impide hacer.
Cada uno sabrá de qué se trata.

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El amor astillado

Hay un momento en que los corazones comienzan a llorar la despedida.
Quizás sabían desde hace tiempo que la magia había terminado.
Las luces de ayer hoy son agonía.
Agonía de los cielos que nos fundieran en abrazos.
Caminantes lunares adolescentes
Queriendo asir los rayos del sol con las manos.
Pero el destino ya urdió su trama
Y nos marca a fuego con su veredicto inquebrantable.
Los amantes deben separarse para que la vida comience a tejerse en otras tramas.
Bajo otros soles.
Con otras pieles.
Cuando llegue el momento de adiós
Habrá una desolación que inundara las almas.
Es el amor que se va transmutando en vacío.
Es el vacío que se irá transmutando en tristeza.
Es la tristeza que se irá transmutando en angustia.
Es el penoso tránsito del amor al recuerdo.
Continuar siendo en el recuerdo.
Hechizo de nada.
Sol sin brillo.
Emoción sin cauce.
Paisaje desierto que está ahí.
Para recordarnos que la magia del amor
Puede dejarnos inermes.
Desnudos ante tanta intemperie.
En días de frío.
Desangelados.

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Reminiscencia sobre el amor y la soledad en noche de invierno

¿Por qué será que los ocasos del amor apagan las luces del alma?

Los acasos del amor, los quizás, los podría ser, los algún día.

Tal vez deberíamos poder vivir varias vidas para poder vivir aquello que no pudo ser.

Tal vez deberíamos vivir varias vidas para curarnos de las heridas del amor.

A veces está todo. Pero no hay nada. El vacío es esa extraña fuerza que nos impulsa a tocar esa puerta. A abrir ese horizonte. A surcar el abismo.

Los abismos de los corazones. La imposibilidad de comunicarse. El milagro del encuentro. Somos tan complejos que el encuentro es un don del cielo. Por eso el amor habita en la zona del misterio y de lo sagrado.

La inmensidad del horizonte. Los paisajes lunares. Siempre hay alguien inerme ante la infinitud sin cielo.

Hay algo que no se nos revelará. Hay algo que se nos desvanece delante de los ojos. Imagen de hechizo sobre el estanque. Un viento leve puede ser suficiente. Y los falsos oasis pueden dejarnos en la soledad de los desiertos.

Las desdichas del amor. Su vano encantamiento. Habitantes nocturnos ebrios de pieles que se evaporan. Las pieles de las noches de invierno que son refugio. Estamos aquí, del lado de adentro de la intemperie. Y eso es la única magia que nos preserva. El instante en que sentimos la plenitud de la presencia.

Tocar un alma es como tocar un pedazo de cielo. Un cielo con gusto a besos. Un néctar que enciende el deseo y la pasión. La vida es la perpetua búsqueda de los cielos cotidianos. El amor es una brújula hacia algo que no podemos terminar de definir. Pero que siempre nos vuelve a llamar.

Tocar una piel es un intento de tocar un alma. A veces sentimos esa alma. Y eso es emoción.

De nuevo es la noche que deja entreabierta un sendero hacia el sentimiento. A veces, es necesario estar en la soledad avanzada de la noche para sentir la plenitud de la luna.

La luna de los enamorados donde el tiempo se ha detenido. Amar es un encantamiento dulce donde el tiempo ha quedado abolido.

Quizás la felicidad sea ese fugaz salvajismo del presente en que se contempla un rostro, se acaricia una piel, se cruzan las miradas, se murmura un nombre, se grita un éxtasis.

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Encuentros y abismos

Fiel a su rito, aquella noche Carlos acudió a aquel privado.

Una tras otra, las tres mujeres se fueron presentando.

Mariana fue la primera. Para Carlos fue suficiente. Con amabilidad, cumplió el ritual con las dos restantes.

Había algo en Mariana que lo hizo sentir tranquilo. Una tenue sonrisa. Una alegría juvenil.

Cuando la secretaria le preguntó, Carlos la eligió sin dudar.

Mariana volvió y Carlos sintió que era otra. Una distancia fría parecía envolver la situación. Era evidente que ese hielo partía de Mariana.

En vano Carlos intentó distender a través de algunas palabras. Mariana respondió con una cordialidad fría que confirmaba la sensación de Carlos.

Al comenzar el juego, Mariana comenzó a besarlo con cierta suave ternura. Una dulzura etérea parecía abrigar ese aire, cuyo fondo era de vacío y misterio.

Carlos ya no esperaba nada. La dulzura de Mariana era puro regalo. Tenía el sabor justo de lo que ya no se cree que pueda llegar. Pero estaba sucediendo. Carlos disfrutaba del paisaje pacífico de los besos de Mariana en su pecho. En todo su cuerpo. Hasta que Mariana lo besó en la boca. Carlos sintió que era el momento de actuar. Entonces la abrazo con fuerza contra su pecho, mientras comenzaba a recorrerla en sus suavidades. Él no podía dejar de embriagarse con la ilusión de que los besos de Mariana eran besos de novia.

Estuvieron ensimismados durante un largo rato. La ternura corporal de Mariana tenía el sello de lo evidente. Pero su silencio intenso no la confirmaba. Carlos comenzó a inquietarse. Había algo enigmático que lo perturbaba. Su tensión se tornaba tan cierta como la dulzura a la que asistía. Pero el silencio hermético de Mariana ahondaba un abismo.

Y así siguieron. Todas las variantes del ansia que es fuego. Todos los matices del amor que podría ser verdadero. Todos los ritos de los enamorados. Sin embargo, el abismo seguía allí. La ternura de Mariana era apenas un oasis contra un fondo de desasosiego. Su infinito silencio comenzó a lastimar el corazón de Carlos. Mientras ella lo apretaba contra su pecho con una extraña pasión, él libraba una violenta batalla interior que oscilaba entre el cielo y la nada.

Finalmente el clímax llegó. Y las tensiones se disolvieron al modo de una tregua fugaz. Carlos entendió que era el momento de hablar. Entonces intentó vanamente ponerle letras al vértigo que lo había consumido. Atinó a decir que, para él, Mariana era un enigma. Le confesó que jamás había sentido tanta cercanía y lejanía al mismo tiempo. Mariana respondía desde otra dimensión. Parecería hablar desde el seguro puerto de lo que no es trascedente.

La confusión de Carlos llegó al límite de lo intolerable. Entonces, jugando a la inocencia pero sabiendo lo que se jugaba, se animó a preguntar “¿Y qué pensás de mi?”. Mariana respondió impertérrita: no te lo voy a decir”. Carlos sintió el filo de la daga punzando su alma.

Ya era hora de partir. Mariana lo acompaño hasta la puerta. Antes de despedirse volvió a besarlo como sólo puede hacerlo una novia. Carlos volvió a repetir lo que antes había dicho: “Sos muy dulce”. Mariana, rápida, respondió con su mejor sonrisa juvenil “Vos también; necesitas saberlo todo”

Al salir a la calle sintió que algo se había roto. Se sintió un niño asustado. Un paria. La calle estaba desolada. Su alma también.

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