La violación de la voluntad ciudadana y la violación del sentido común: reflexiones sobre las supuestas irregularidades en las elecciones primarias y su tratamiento por parte de los principales actores involucrados

Desde hace días asistimos con cierto estupor a la presentación de información que revelaría que en las elecciones primarias se habrían cometido irregularidades, picardías, anomalías o, simplemente, fraude.
Entre otras cosas nos hemos enterado que en la provincia de Buenos Aires, tales irregularidades han sido muy recurrentes y que eso se estaría verificando durante el escrutinio definitivo, aún no finalizado.
En ese contexto nos enteramos también de opiniones disímiles vertidas por jueces electorales, funcionarios gubernamentales del oficialismo y candidatos y apoderados de la oposición.
Por supuesto, la eventual comprobación fehaciente por parte de la justicia de la existencia de tales irregularidades y la posibilidad de que dichos sesgos revistan un carácter intencional, representarían, en sí mismas, un caso de singular gravedad para la salud del sistema democrático basado en la voluntad soberana de los electores.
Independientemente de lo anterior, tanto para el ciudadano común, como para la oposición y el oficialismo, la magnitud de eventuales discrepancias entre los guarismos del escrutinio provisorio y definitivo deberían resultar relevantes.
En efecto, el sentido común más básico indica que si, finalmente, la presidente Cristina Kirchner obtuvo 50%, 49%, 45%, 42% o 53%, esas diferentes cifras poseen significados diferentes respecto al modo en que se presenta el escenario electoral de octubre, aun cuando ninguna quita mérito a la existencia de un triunfo holgado del oficialismo por encima de las fuerzas opositoras.
Y sin embargo, pareciera ser que a ninguno de los actores opositores, oficialistas o jueces le importara realmente cuál es o podría ser la magnitud de las discrepancias.
Evidentemente si, por caso, la Presidente terminara sacando un 48% en lugar de 50%, el desafío de la oposición casi seguiría teniendo similar carácter de epopeya. Pero si el porcentaje definitivo fuera, por caso, el 45%, el desafío que la oposición debería asumir para octubre radicaría en capitalizar apenas un 5.1% del votante oficialista. Tarea sumamente difícil, pero ya no epopéyica. En contraposición, si finalmente la Presidente obtuviera un 52% en lugar del 50%, no sólo significaría que la oposición bajaría sus chances tendiendo a cero, sino que se evidenciaría que el tan mentado fraude que se supone habría perpetrado el oficialismo no sería otra cosa que una mera ficción generada por anomalías del sistema o, por qué no, por intencionalidades non sanctas de la oposición!
Ante ese cuadro resulta incomprensible no sólo el reiterado silencio de los medios y de los actores políticos directamente involucrados, sino la pertinaz insistencia en sostener que, como no se cambiará sustancialmente el resultado de que el oficialismo ganó holgadamente, entonces la cifra carece de importancia.
A modo de ejemplo, esta noche en el programa de Mariano Grondona acaba de verse un bloque dedicado al tratamiento del tema donde asistieron los representantes de la Coalición Cívica, del Radicalismo, del Duhaldismo y del Pro, que estuvieron directamente vinculados con la denuncia de irregularidades. A diferencia de otros periodistas, en este caso Mariano Grondona inquirió dos veces (y la segunda vez de modo enfático) sobre la real magnitud de la discrepancia. No sólo no hubo respuesta directa a esa pregunta simple sino que se insistió en la muletilla de que eso no es lo que importa porque lo que verdaderamente importa es lo que sucederá en octubre.
Confieso que me cuesta comprender tamaño desatino. Es como si se hubiera jugado la semifinal de un partido que se sabe que se perdió por varios goles, pero a la vez se sospecha que fueron menos que lo que se dice; y que la cantidad de goles a favor o en contra fueran relevantes respecto al partido final. Y que se reclama que se aclare el carácter procedimiento de un conteo sospechado, pero al mismo se dice que igual eso no importa porque el partido ya se perdió…!
Tal vez ninguno de los opositores presentes en el referido programa conozca a ciencia cierta la magnitud en cuestión. En tal caso hubiera sido más sencillo que expresaran su ignorancia al respecto. Nadie está obligado a saber lo que desconoce. Otra alternativa sería que los allí presentes efectivamente supieran que apenas se trata de guarismos decimales. En tal caso, su omisión a responder a la pregunta llana del periodista sería objetable. Por último, tal vez crean sinceramente que realmente tal cifra no tiene importancia.
En ese último caso mi reflexión es simple y contundente: tal vez no sólo asistimos a una violación de la voluntad del ciudadano, sino, simultáneamente, estamos asistiendo a una nueva violación del sentido común.

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