Lo que el país podría desaprovechar: Elogio de Ricardo Alfonsín

Las primarias han quedado atrás.
Si las urnas son la voz del pueblo, habrá que respetar y escuchar sus señales.
Con un resultado tan aplastante muchas ilusiones opositores quedaron comprometidas. Condenadas quizás a ser sólo ilusiones y no potencialidades probables.
Ricardo Alfonsín salió segundo, pero con un caudal demasiado magro como para quedar consolidado como una alternativa de peso real frente al oficialismo Cristinista.
Como en la vida, en política nunca está dicha la última palabra. Aunque la distancia es grande nadie debería perder las esperanzas. Nunca más atinados los versos del gran Almafuerte “No te des por vencido ni aún vencido”
Pero, convengamos, la realidad en acto ha dejado una herida importante para la realidad probable.
Las explicaciones post siempre resultan un ejercicio tan abusivo como irrenunciable. Sin duda, algo falló. Más allá de los aciertos del oficialismo (incluyendo la saga de acierto imaginarios y reales de la gestión), hubo algo que no salió como se esperaba.
Quien sabe de sus convicciones y está seguro del valor de sus ideas sólo puede apelar al fracaso en comunicar. Había sustancia, había ideas, había propuestas. Pero falló el mensaje. O el modo en que se lo ejecutó.
Una vez más la argentina podría perder (o perdió).
Podría perder la posibilidad de contar con un estadista en potencia.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la honestidad.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la sensibilidad.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la construcción de consensos.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la transparencia.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la institucionalidad.
Podría perder la posibilidad de un poder basado en la mesura.
Quizás el costado más absurdo de tales pérdidas radique en que, tal vez, ni siquiera se verán como tales.
Ricardo Alfonsín, quizás el mejor candidato a Presidente para una sociedad que no está dispuesta a disolver los prejuicios necesarios que le permitirían escuchar qué un país mejor es posible.
Tal vez sea injusto. Pero es real. A no ser que, esta vez, Almafuerte finalmente tenga razón.

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