Oscar Wilde, Shakesperare y las paradojas de la inmortalidad

En una de sus tantas sutiles exquisiteces sobre la existencia humana Oscar Wilde señaló que “En este mundo hay sólo dos tragedias: una es no obtener lo que se quiere; la otra es obtenerlo. Esta última es la peor: es una verdadera tragedia”

Aplicada a un plano existencial más vasto, esa frase me permitió esbozar una síntesis sobre un dilema en el que venía pensando desde algún tiempo.

Como, supongo que debe suceder a muchos, cuando se pasan los cincuenta y la propia muerte deja de ser una abstracción remota para pasar a ser pensada como una realidad probable, el tema de la muerte comienza a hacerse presente en la cosmovisión de nuestra vida.

En “Del sentimiento trágico de la vida”, Miguel de Unamuno argumentaba que la creencia en Dios escondía secretamente el deseo de inmortalidad. Así, un universo regido por Dios puede deparar una grata sorpresa a nuestro destino; en cambio, un universo vacío de Divinidad nos deja fatalmente desnudos ante el azar cósmico inescrutable.

Pero casi un siglo después, la utopía científico-tecnológica ya comienza a balbucear que, quizás, no todo esté tan perdido. Por ejemplo, la denominada filosofía transhumanista, sostiene que ya es hora de revisar ese “supuesto paradigmático dogmáticamente aceptado” que prescribe que la naturaleza humana es sustancialmente invariante tanto a nivel biológico como psicológico y que, por ende, debemos resignarnos al sufrimiento y a la muerte.

Cómo sustraerse a sentencias como las que acostumbra a formular Ray Kurzweil, uno de los representantes más conspicuos del tecno-transhumanismo, cuando nos sorprende afirmando que hacia 2045 las mentes humanas podrán ser transferidas a soportes artificiales y, también, nuestros cuerpos podrán ser indefinidamente auto-reparados doblegándose así la -hasta ahora- aparente flecha de la irreversibilidad biológica.

Longevidad, inmortalidad, suprahumanidad parecen ser poderosas razones para explorar de qué se trata. Invito al lector curioso a iniciar esa apasionante exploración arrancando por cualquiera de los links que referencio al final de este post.

Personalmente, me llamó la atención el descubrimiento de la Turritopsis nutricula, especie de medusa que –desde el punto de vista biológico—podría ser considerada como inmortal. La tentación extrapoladora resulta casi inevitable: si en el seno de la biología misma ya se habría “logrado” un mecanismo orgánico para realizar la inmortalidad, ¿por qué no podríamos replicar algo análogo en nuestra propia biología?

Querido lector: ¿te entusiasma la idea?, ¿te parece posible?, ¿te gustaría que eso pasará? ó ¿temerías que pudiera llegar a ocurrir?

Confieso mi profunda ambivalencia en relación a todo este asunto. Desde mi adolescencia siempre he creído ser especie de optimista realista utópico, que albergaba la esperanza secreta de alcanzar a ser testigo y partícipe de revoluciones científico humanistas como la que ahora pregona Ray Kurzweil.

Pero, sin embargo, y más allá de la probabilidad que le asigne a ese tipo de epopeya científica, confieso que hay algo ahora que me inquieta profundamente.

Y tal inquietud me hace rememorar parte del argumento de Zardoz, extraña película de ciencia ficción estrenada en 1974, donde se narra el problema existencial de una sociedad de inmortales que cuya meta más ansiada era la muerte. Al igual que Jorge Luis Borges, quien quería morir del todo cuando muriera, los habitantes de ese inhóspito futurismo sentían una profunda nostalgia por su pasado de terrenales mortales.

Llegado a este punto, “mi tesis” es sencilla:

Tal vez el temor a la muerte no sea sino la contracara del temor a la inmortabilidad

Detrás del miedo a la muerte tal vez se esconda otro miedo no menor: el de ser realmente inmortales

Entonces, quizás el verdadero dilema shakesperiano sea “Desear la mortalidad o desear la inmortalidad: esa es la cuestión”


Referencias

Transhumanismo

Ray Kurzweil

Turritopsis nutricula

Zardoz

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