Sin farmacéutico no hay farmacia

Publicado por:    Roberto Cáceres Nazr, Farmacéutico y Bioquimico de Ciudad de Buenos Aires

Como profesiones farmacéuticos argentinos, no tenemos que envidiar nada a los de  otros países, ni de América, ni de Europa: estamos en la vanguardia.

Los farmacéuticos de Argentina, nos hemos distinguido del resto de los profesionales del arte de curar por la hegemonía de nuestras instituciones, llámese colegios o confederaciones, que a lo largo de los años nos dieron la solvencia y el respaldo, para que las farmacias -en especial pequeñas y medianas- tuvieran esa representatividad que les ha permitido defenderse y mantenerse como parte importante del sistema.

Hoy nos toca vivir nuevos y grandes problemas, lo que más que nunca exige del trabajo conjunto de todos los farmacéuticos: defender condiciones dignas de trabajo y salario que permitan al conjunto -y en marco de la crisis que se avecina- garantizar el pleno empleo y la continuidad de la institución que conforma la red sanitaria más importante del país: la farmacia.

Hay que defender a la farmacia y al medicamento. El medicamento debe ser un bien social, y la farmacia nunca debe dejar de ser un establecimiento sanitario.

Frente a este panorama siempre hay intereses que ponen en riesgo el modelo de Farmacia en el que creemos y que necesita la población.

La fractura del movimiento gremial profesional, alentado por los enemigos de la farmacia, no debe tener como cómplices a los mismos farmacéuticos. En nombre de nuestra historia debemos llamar a la reflexión a los que por exclusivos intereses personales, están colaborando en debilitar una profesión que se hizo grande desde la unidad. Por eso estamos aquí.

Colegas: en estas circunstancias decisivas les digo: nuestros  intereses están en juego, equivocarse hace peligrar gravemente el presente y el futuro profesional y económico.

La única forma de salir adelante y defender la profesión, es luchar todos juntos.

El llamado es a aunar esfuerzos para que no se concreten daños que puedan ser irreparables:  PARTICIPEMOS, porque sin farmacéutico, no hay farmacia.

 

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El farmacéutico más famoso del mundo

Publicado por:     Farm. Rubén Sajem

Una inevitable asociación nos llevaría a  buscar al farmacéutico más famoso entre quienes obtuvieron como resultado de su trabajo algún producto reconocido. Por ejemplo, podríamos pensar en el farmacéutico John Pemberton, que en 1885 en base a hierbas, semillas, azúcar, cafeína y hojas de coca  produjo un tónico que parecía ser efectivo para la fatiga y el dolor de cabeza. Con el tiempo llegó a ser el refresco más famoso y la bebida más consumida en el mundo después del agua. Pero Pemberton no se preocupó demasiado en obtener dinero del producto de su invención, los derechos de la Coca Cola se vendieron en una suma que no superaba los 2300 dólares. Una historia parecida es la del farmacéutico francés Jean-Antoine Menier (1795-1853), quien ideó un método de trituración de drogas vegetales que hizo posible la industrialización del chocolate. Menier era conocido en su comunidad por sus famosos polvos medicinales, y lo que buscaba era recubrir sus píldoras con chocolate para hacerlas más atractivas, hasta ahí llegaba su intención. Fueron sus descendientes quienes sostuvieron la producción de chocolate, de modo que el apellido Menier quedó relacionado con los más  famosos productores de chocolate del mundo.

En nuestra búsqueda nos hemos referido más que a los farmacéuticos, a sus descubrimientos, al resultado de su invención o de su trabajo. La evolución de la química farmacéutica se debe en parte a un buen número de farmacéuticos que participaron en el estudio de las sustancias activas de las drogas que utilizaban, o de los instrumentos o de los métodos de investigación que empleaban. Podríamos haber tomado el ejemplo de Mohr, que también buscó resultados aprendiendo de lo que hacía, ya en el laboratorio de la farmacia de su padre, quedando su nombre relacionado con la menos famosa “Sal de Mohr”, o con los métodos de análisis volumétrico. O podríamos mencionar al farmacéutico sueco Carl Wilhelm Scheele, que trabajando en su laboratorio descubrió el oxígeno antes que Joseph Priestley. Escogiendo al azar entre una lista interminable, se podría citar también a Oswaldo Crool, que descubrió el cloruro de plata y el sulfato de potasa; Berguin que descubrió los calomelanos; Glauberio, el sulfato amónico y el quermes; Otto Tachenns, la reacción del tanino con las sales de hierro; Tribunius, el tártaro emético; Klaproth, el urano, titano, teluro, zirconio, estronciana y alúmina; Kunkel, el fósforo,  Seignette, el tartrato sódico potásico; Dusbach, el Azul de Prusia, Hoffmann, el caucho sintético.

Fueron muchos los modestos boticarios que trabajando en soledad, en sus no menos modestos laboratorios, conquistaron de la Química las bases que dieron asiento a las grandes industrias que en el siglo XIX revolucionaron los sistemas de fabricación. Tiempo después, conocidas compañías farmacéuticas como Allen & Hambury y Wellcome, de Londres, Merck, de Alemania y las norteamericanas Parke Davis, Warner Lambert y Smithkline & French, fueron fundadas por farmacéuticos. A muchos farmacéuticos anónimos se debe el empuje actual de la industria farmacéutica. Una importante cantidad de farmacéuticos, también anónimos, participan del Proyecto Genoma Humano.

Hay muchos farmacéuticos vinculados a productos, marcas o proyectos famosos. Quizás entendieron que siendo anónimos podían seguir perteneciendo y aportando a su comunidad, su ciudad, su barrio, su municipio, su lugar de trabajo. Es que quien hace ciencia ¿no busca  producir resultados además de  adelantos conceptuales?, ¿y que mejor forma de testear esos resultados que permaneciendo en contacto con aquellos a quienes están destinados?

Pero hay una autocrítica que los farmacéuticos deberíamos hacernos. Si bien mantenemos nuestra inserción comunitaria, a veces no nos relacionamos lo suficiente con nuestros colegas. Quien fue, entre otras cosas, un estudiante avanzado de farmacia, Felix Guattari, introdujo en las ciencias sociales el concepto de transversalidad. Este concepto, muchas veces mal empleado en política, no significa unir lo incompatible con fines electorales. Por el contrario, significa que se debe identificar y valorar lo que las personas tienen en común, por vivir en la misma comunidad, o también por ejercer una misma profesión.

En una comunidad existen necesidades y proyectos comunes, y lo mismo pasa entre quienes eligieron la misma profesión. Más allá de lo individual, es necesario reconocerse en lo que se tiene en común con los demás. Es un paso previo para desarrollar un necesario sentimiento de confianza en uno mismo y en quienes comparten muchos de nuestros anhelos. Confianza mutua, confianza en el futuro compartido, y llegado el caso, confianza en el poder para cambiar las cosas. Debemos estar advertidos de que para planificar el futuro es necesario controlar el presente, pero que si se lo plantea en forma individual, el control del presente puede ser bastante endeble. Nuestro desafío, en una gran ciudad como la nuestra, es no permanecer aislados, participar en nuestras instituciones profesionales e intentar relacionarnos con nuestros colegas. Para salir del anonimato, para dejar de ser desconocidos. No para darle brillo a nuestro nombre ni para intentar ser famosos, sino para reconocernos en nuestras necesidades y proyectos comunes.