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El mundo que llevamos en nuestros corazones

De lo que se trata es socorrer a nuestros semejantes que sufren, sea por la razón que conocemos o no, y para ello habrá que comenzar a amar no ya solamente desde nuestros corazones sino con los suyos, a lo largo de la existencia humana. Se trata, en definitiva, de una forma de vivir, una filosofía de vida tal donde todas las vidas humanas se transformen, poco a poco, en una especie de cadena de amor. A veces tenemos en este reto, aprender a ver los sufrimientos ajenos desde el silencio y el hablar de los que sufren y padecen injusticias, de todo tipo, en nuestra sociedad. Estamos, de ese modo, comenzando a realizar el mundo que todos llevamos en nuestros corazones.

Los cristianos, por ejemplo, en la sociedad desean amar no de cualquier manera, a sus semejantes, sino como Jesús amaba y ama a todos en todos los tiempos y lugares, es decir, los cristianos desean que sea el mismo Jesús quien ame a través de sus corazones. Todos sabemos que cuando amamos, en realidad amamos poco y queremos amar más y más, con todo nuestro ser, con todas las fuerzas, comprendiendo siempre lo que pasa o sucede a nuestros semejantes, a veces en medio de un mundo que los arremete y los hacen sufrir, que no es justo porque hay semejantes que en vez de practicar la justicia a su favor ponen la injusticia como finalidad inmediata.

En el mundo complejo de nuestros semejantes nos toca encontrar el sentido y los valores capaces de inspirarnos hacia la expansión del amor y la práctica de la auténtica justicia social. A los crucificados de esta tierra hay que aprender evitar todas aquellas ocasiones que los llevan al patíbulo, que sus vidas sean de resurrección y no de muerte. Estamos, todos, comenzando a realizar el mundo que llevamos dentro: del amor o del odio, de la justicia o de la injusticia. Depende de nuestras actitudes y hábitos, en muchas ocasiones. Hay un porvenir bueno para todos si la cadena de amor no se rompe.

Ver la vida desde la perspectiva de los que sufren y de Dios, por ejemplo, es comenzar a ser vida para las muertes cotidianas de tantos prójimos en esta Argentina y en el mundo actual. De hoy y para siempre nos dirigimos hacia los corazones humanos y también ahí aprendemos que es Dios, a su modo, quien nos mira qué hacemos a cada uno de nuestros semejantes necesitados.

Los acontecimientos de todos nos llevan hacia el corazón del amor de Dios, y podemos llegar a comprender, poco a poco, de qué forma en realidad amamos, los unos a los otros, que viven en este próspero país que tantas veces sangra por las injusticias que albergan los corazones de quienes más amor deberían dar que sufrimientos impartir. Vivir todo desde el corazón empapado de amor hacia todos, concretamente.

Nuestros hermanos y prójimos

Todas las personas poseen algo que no pueden, jamás, utilizar como lo hacen con otras cosas. Me refiero a Dios, el cual es llevado (Dios) a los otros. Y Dios más que una riqueza es lo que las personas pueden encontrar en cada uno de nuestros semejantes a no ser que mal interpreten y crean, piense que es a partir de determinadas personas donde se encuentran con Dios y a partir de otras esto es imposible. Se puede encontrar con Dios en cada persona bajo la condición que jamás se lo desee encontrar tan sólo en algunas de ellas más que en otras. Dios habita en todo corazón humano, ni menos en una prostituta que en un sacerdote, en un pastor. Otra cuestión es si la prostituta está o no habituada en vivir desde la vida, unión que Dios tiene con ella, o con el pastor y el sacerdote. No veo a Dios más en unas personas que en otras. Porque todos somos criaturas de Dios, todos llevamos a Dios al mundo, somos una anunciación de Dios, por más que jamás hablemos acerca de Él. Y Dios se anuncia a sí mismo a través de cada persona, de modo especial lo hace a partir de aquéllas que son descartadas o menospreciadas por la religión oficial. Más me hace pensar en Dios, el de Jesucristo, por ejemplo, un mendigo, un pobre, un abandonado, uno que sufre, etc. que un sacerdote que predica todos los días los Evangelios. Más es posible “percibir” la presencia de Dios donde menos se puede creer y pensar que es. Más escucho a Dios donde menos hablan de Él y más mis semejantes aman a sus prójimos. Por prójimo, aclaro, no comprendo apenas a mis semejantes sino a toda forma de vida existente y todo aquello que hace parte del universo. Todo lo que Dios Creador ha creado es mi prójimo. La flor como mis hermanos son mis prójimos; los océanos, los pájaros, los animales, minerales, etc. son mis prójimos porque tienen como fuente y origen el mismo Creador. Perdón. Me retracto, más que prójimos son mis hermanos y hermanas.


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