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¿Cómo suicidarme si ya estoy muerto?

Me encuentro en un dilema. No es de amor, ni de dolor: Estoy pasando estos días creyendo que mis palabras han muerto, y si pienso esto es porque mi pensamientos también.

Cómo sabré si necesito marcharme de aquí, buscar un recurso para regresar o cómo cambiar mi vida si creo permanecer en un estado anormal; malditos los días en los que me alimento de mí, sabiendo que quienes me rodean son mucho más que una carne familiar.

Ando haciendo esfuerzos porque pienso que ya no sé escribir, estoy encerrado en la vaguedad de mis palabras y tiemblo al saber que progresivamente estoy dejando de elaborar mis bosquejos. Para alguien como yo, poseer una ventaja como ésta es perpetuarse en el tiempo, pero ahora que mi habilidad está carcomida podré morir intranquilo porque jamás aprendí realmente a escribir.

Estoy siendo absorbido por un círculo vicioso en esta ciudad y creo que mis únicas neuronas se acaban, se explotan, se reprimen y sucumbirán. Me molesta este silencio de la habitación porque me invade y me cohíbe a experimentar, lo que trato de decir es que intento alejarme del todo para dejar de escribir y perderme hacia otra dimensión.

Cómo haré para salir de este problema: por un lado trato de seguir con esta ‘vida’ que llevo y por el otro estoy seguro que he muerto hace mucho tiempo porque hasta mi sonrisa se ha empezado a liquidar. Soy consiente que conservo un solo arte y es mi razón, porque mi fuerza es tanta que me atreveré a maldecir:

…“Malditas sean las callen que me rechazan, los hombres que me golpean y ese Dios que no se ciñe a mí como a cualquier otro semejante en mi mundo.

…Maldita sea yo porque permití sofocar mis ilusiones hasta llegar a este estado donde ya no puedo llorar, ni sonreír, ni sentir… Esta carne en la que estoy sólo me sirve para formar un cuerpo y no puedo pretender iniciar un nuevo rumbo porque ya he perdido la realidad de mi pasado. Es una despedida del escritor a su dilema porque ya un frío y áspero balazo le cortará para siempre la raíz a su respiración…

…Celoso de la perfección del otro

Miento si no escribo esto repudiando el temor a la inspiración. Y es que múltiples personalidades nos dan la forma a nuestras carnes; las mías: el olvido, el egoísmo y también la bella obstinación.

Me he pedido limitarme en las fantasías de esta mente porque creo que ellas afectan a los demás, sin embargo, no soy yo el culpable de escribir lo que escribo porque justo en estos momentos, que sodomizo mi teclado, quien le hace el amor es otro hombre. Uno perfecto que le lastima su silueta y amedrenta su integridad: El escritor.

…El escritor que pregonamos no es más que un hombre oculto que pretende pulir nuestra sociedad, este parásito no tiene nombre pero ante el espejo de mi propio baño es mi supuesto ‘yo’. Es un personaje frívolo que encierra nuestras pasiones para liberarlas de forma agresiva y por eso lo amo: es el muñequito interno que me permite sentirme bien cuando algo me incomoda o cuando hay algo que mi razón quiere decir.

De ‘hombre a muñequito’ el proceso fue corto y resumido. No hay características similares para cada quien, y es que es un celoso que oculta la verdad, encierra por sí mismo los sentimientos que tenemos, los insultos que nos guardamos y la psicopatías que olvidamos.

A veces siento vergüenza de él porque me burlo de su felicidad, le exijo calidad en sus palabras pretendiendo darle gusto a la cuadrilla de este barrio y sin más presión lo logro obtener…

Es un buen trabajador el que todos tenemos, es la mata de nuestra sapiencia porque innova y refresca nuestros días con una lírica perfecta. Es el escritor encerrado como psicópata en un cerebro inferior al de él, pero que nos ayuda pidiéndonos un poco a cambio: al menos enriquecer esta invalidez creativa en la que hemos nacido con el fin de mejorar nuestra estructura vital que ni siquiera nos deja un final terminar.

Los otros, Lorenzo y Joe

Él caminaba un día ansioso porque quería un cuento empezar a leer. Cerca de sí, estaba una chica dorada, una que lo divertía con su sonrisa y que siempre le contaba sus historias tempranas del batallón en martes por la mañana.

Los dos andaban entretenidos y pasaban las calles antes de ver la ‘Guarida de Dios’. Sin problema pasaron los aros de seguridad y sólo al joven muchacho le faltaba actuar como siempre para que su destino volviera a girar. La rutina estaba aprendida y no había contratiempos, el problema es que era molesta, algo para de no repetir.

Él era enamoradizo. Si le mirabas te sonreía, si le hacías te advertía, si lo besabas podría morir, pero siempre era sincero, siempre demostraba lo que sentía por ti.

Les faltaba poco para llegar hasta donde debían andar, sin embargo, antes de eso una manada de jóvenes se cruzó junto a ellos y fue cuando los sentidos de ‘Lorenzo y Joe’ se empezaron a paralizar.

Lorenzo es atlético, Joe rejoneador… Se habían visto pocas veces y nunca lograron hablar porque eran de brigadas distintas pero ambos sabían que se conocían y vivían una extraña atracción.

Hace una semana, incluso, Lorenzo había bajado su ánimo porque él se despidió; fue una escena brusca en el que un Superior había retirado de Joe de su patrulla y el joven desprotegido aún no se había presentado y ya le habían roto su corazón.

Se estaban mirando… los dos se reparaban rápidamente pero eran delicados en sus coqueteos y juegos de miradas. Lorenzo se incomodó y bajó en el acto su cabeza, no pudo esquivársele y justo allí volvió a saborear la calidez de los ojos de Joe.

Lo estaban domando, le hacían el amor con tal fuerza que él no sabía cómo reaccionar. Todo estaba pasando tan a la ligera que se vio desnudo en esa pradera, se vio siendo ultrajado por aquel joven rubio de cuerpo de novillero y amado en seco algo temprano de la mañana.

Aún caminaban porque nunca se detuvieron. Eran tres personajes en esa escena: la chica que aún hablaba, Lorenzo que se extasiaba cada vez más y Joe que lo miraba intentando pedirle un beso pero obteniendo todo su cuerpo a cambio de más contacto visual.

El tiempo se les acababa por ya debían continuar, el destino de nuevo giró pero en Lorenzo y la sonrisa nunca se dilucidó.

Ya sería un rato hermoso por recordar y pensar en el chico de facciones marcadas, labios delgados y mirada fugaz. Todas sus vidas debían continuar, la chica hablando más, Joe en su nuevo batallón y Lorenzo leyendo su cuento, el que le causó risa durante todo el día y el que le complementó la alegría de las miradas que tuvo con su ‘amor’. El mismo ‘amor’ al que siempre esperaría mirando desde su ventana pero que un joven escritor jamás se lo permitió.

*Dedicado a Alejandro, el del mundo de arroz, el que me dijo Cosmo esposo de Wanda.

Adriana, tu voz ya no me basta

(Continuación de Lo fascinante de escucharte hablar)

Tienes un nombre de dama bella, no quiero decirlo pero me atreveré: Te llamas Adriana. No eres cantante ni modelo, no eres una diosa pero tu sonrisa es como de una reina…

Eres sólo una chica, una que amo. Una que pienso desde secretos, una simple mujer: la que me habla desde lo alto, eres la de los martes y los jueves tal vez.

Adriana: ¡Me estoy despreciando, porque te pienso!

Mi vida se torna complicada porque a veces me paralizas, sólo te sonrío pero tu atención no viene hacia mí. Ya me dije que no eres un amor imposible pero necesito de esos labios. Adriana, me vuelves loco, me encierras en tu luz y hasta me fugo contigo desde mis sueños.

Soy un hombre que busca algo de ti. Ríes bonito, hablas como siempre, te mueves como debes y sospechas lo que siento.

Adriana, ¿leerás esto?

Eres mayor, yo soy menor. ¿Qué pasa aquí? Sabes cómo soy, déjame tranquilo en la esquina de mi amor. Permíteme morir: eres experta para evadirme, tienes el control de estas palabras, ten valor de no fingir.

Hace dos semana caminé junto a ti, no te fijaste en mis labios, pero estaban que se desgarraban. Ya no me concentro, Adriana. Ya tu voz es algo molesta, empiezo a sentir que mis esperanzas se acaban y me prepararé para ello.

No me despido porque de nuevo te escribiré, soy como Florentino y en verdad estoy ahogándome en cólera. Soy tu Florentino, que desde estos días, he empezado a dejar de respirar.

Y cuando suena mi despertador


Cuando apago mi despertador siento que he regresado de un mundo inanimado en el que mis sentidos se limitan a uno: percibir con la mente. Cuando apago mi despertador ya son las 6:30 y creo que apenas el día está por comenzar. Cuando lo hago, imagino que vengo desde una muerte mental en la que mis sueños siempre se incrementan.


Nunca he dicho que haya tenido un obstáculo difícil de superar, pero a veces encuentro unos que me llevan hasta situaciones extremas en las que desearía revolucionar la realidad para ponerla a mi favor. Uno de esos obstáculos es detener cada mañana mi despertador: ese artefacto azul y chillón, esa herramienta ‘útil’ con el logotipo de un proveedor de mi proveedor de celular, esa cajita de números y manecillas que casi es mi mayor enemigo.

No sé qué se siente morir en un sueño y aunque pretenda averiguarlo alguno de estos días no lo alcanzaré, lo cierto es que ese sonido penetrante de aquel amiguito azul me imposibilita disfrutar las madrugadas, me devuelve al mundo del estrés, me trae al de las personas y me saca de la tranquilidad de mi cama.

A veces me quedo mirándole y siento que se ríe de mí, me provoca y me dice que cada mañana vendrá, para agarrarme desde las piernas y obligarme a despertar, obligarme a empezar y dejar de soñar.

Soy un subordinado en su imperio, pero a veces le agradezco por que me ayuda en algunas cosas. No puedo bajarle el volumen porque eso implicaría más afán, no puedo tirarlo por mi ventana porque me lamentaría durante cinco días, no puedo odiarlo porque ya lo hago.

Tengo una solución y después les comentaré. Sus baterías están escazas y él solo morirá, ese día seré feliz y haré un truco pecaminoso, ese día meditaré sobre lo que escribo, a ver si así nunca revive y por fin me deja dormir.

Cosas sin terminar


Hace unos días era el joven más dichoso de la vida por que el blog había logrado superar la barrera del primer año. Son decisiones difíciles las que atravieso cuando voy a escribir, sin embargo, procuro que cada palabra sea de mi agrado y así poderme divertir.

Me caracterizo por ser un joven dinámico y poco obstinado, una persona que media sobre sí mismo para aumentar su ego poco a poco y que realiza tareas que dependen de su estado de ánimo para sacar las mismas: Todo en mi vida pudo ser peor. (Irónico)

Con los días estoy aprendiendo que se me hace aún más difícil encontrar algo lo suficientemente significativo para dedicarle todo mi tiempo. Esto corresponde a empleos, libros, pasatiempos o amantes. El problema no radica en ello, me atrevería a decir es que es la sociedad la que no me está brindando los recursos que merezco y esa es la razón por muchas de mis cosas están a medio empezar.

Me gusta leer y tengo tres libros que no se dejan tocar.

Me gusta compartir con mi familia pero a veces se encierran en sus vidas, entonces debo abortar.

Me gusta escribir, tomar alcohol, cantar y llorar. Me gustan las luces de ciudad, el viento del mar y las miradas que me absorben.

Me gusto yo mismo porque soy el único que me conoce y me gusta mi vida… “para por favor”.

¿A qué viene todo esto?, no tengo la respuesta: Es un desvarío de mi mente mientras escucho la música de Emir Kusturika… y como el nombre del artículo lo propone, esta será otra cosa sin terminar.

Dedicado al señor de las guadañas que ayer estuvo frente a mi casa.

Mientras te andes quejando, más satisfacción me darás


Hoy no tengo nada que decir: Mi blog ha cumplido su primer año, mis palabras están plasmadas en él y aún recuerdo ese día de febrero en que el olor a tango voló inocentemente para marcarse como mi primer post.

Los días fueron pasando y las historias de mi vida eran usurpadas por este medio digital: la comida mexicana, el mito de la machaca, la lágrimas y las risas que he vivido; todo está aquí en el WinslowHómer.tk, el blog de mis sueños.

Mantenerlo es difícil, pero como diría GaGa mi felicidad es un secreto de Estado. Es un trabajo complicado saber sobre qué iré a escribir: amores, tristezas, canciones o personas. Cuando tenemos un trabajo ideal las cosas son sencillas, los amigos quedan en el olvido pero la cuadrilla jamás estará agotada.

Gracias a mí, por perseverar en esta situación.

El paseo de la Fantasía

Como Dioses en busca de venganza pude sentirme aquel día, pero a diferencia del rencor lo único que pretendí fue divertirme desde la ebriedad.

Érase una vez una mañana



Hoy desperté con algunas sensaciones, unas incluso me provocaron un sufrimiento interno porque eran tan fuertes que no las alcanzaba a asemejar. La razón de ese sufrimiento fue un sueño, el sueño que les voy a narrar.

Mis recuerdos son vagos pero me atrevo a decir que son exactos para lo que presencié, me encontraba en mi universidad, el día estaba cubierto de nubes y aún era de mañana. Me vi sin compañía pero de repente estaba rodeado de las personas que en este sueño me acompañarían: Mi hermano, la chica de los ojos celestes, la rubia que conocí en primer semestre y yo (que nunca emití algún bostezo).

Me estaba hablando la chica de los ojos celestes de forma alegre pero preocupada, recuerdo que debíamos subir en ascensor hasta el cuarto piso de aquella edificación para solucionar algún asunto en común; mi hermano se mostraba tranquilo y sólo se limitaba a seguirnos con su mirada mientras aquella chica estaba a mi lado. De repente una rubia nos saludó, era una amiga de nuestra colegiatura que también tomaría aquel ascensor.

Luego de la espera finalmente entramos, todo iría normal porque era una rutina aprendida y aburridora. El ascensor nunca se detuvo en los tres primeros pisos y al llegar al número cuatro extrañamente tampoco lo hizo. Es como si aquella ‘caja’ tuviera preparado un plan para nosotros, uno que resultaría mortal.

En pocos segundos me sentí aturdido, los demás conservaban la calma y no lo comprendía. Esos números rojos que avisaban cada piso me ponían aún más inquieto pero me aferraba a la esperanza de que en el último piso todo hubiera acabado…fue un viaje en ascensor interminable y éste cada vez aumentaba más su velocidad.

En el último piso, que era el siete, el aparato no se detuvo y entendí que todo debía acabar; los vi a todos en cámara lenta mientras destrozábamos el techo y salíamos expulsados con fuerza y velocidad del edificio y quise llorar, pero lo peor es que caeríamos sin reparo de nuevo a la tierra. En la bajada, recuerdo que me preparé para el choque sin despedirme de alguno de ellos, aquellas personas que junto conmigo morirían y después todo se borró.

Quienes habían muerto sólo eran dos: la chica de ojos celestes y mi hermano. Lo último que vi de ella es que la cubría una sustancia morada y lo último que supe de mi hermano es que me quería lo suficiente, tanto como para pensar en mí antes de la muerte porque había escrito en el piso del ascensor el nombre de su joven hermano.

…Cuando traté de llorar fue cuando desperté.

No hay miedo por llorar


“Mientras somos pequeños pretendemos llegar tan sólo a la juventud para volvernos hombrecitos que no lloran, personas medianamente maduras que limitan la verdadera felicidad a sonreír pero no verdaderamente a reír”


Anoche me encontré hundido en una extraña sensación. Estaba sintiendo que no podía llorar mientras me encontraba triste por alguna razón, fue necesario hacer un esfuerzo para al menos soltar una lágrima, pero se me complicaba cada vez más.

Era de noche, la madrugada se apoderó de la ciudad donde hoy vivo y aún los últimos carros eran los que me hacían sentir en una pequeña metrópoli. Mi habitación no tenía ninguna luz pero la pantalla de mi computadora reflejaba la imagen de una madre protegiendo un pequeño niño, en ese momento me sentí en la necesidad de recordar lo que rara veces pretendemos hacer: Soltar varias lágrimas, empezar a llorar.

Cuando alcancé mi cometido, el de llorar, sentía mi rostro lo suficientemente cálido como para volver a mi niñez, me ubiqué en un momento fantasioso que se dibujó en mi cabeza y era aquel en que nuestros padres nos reprenden por algunos actos, los momentos de los regaños.

Las gotas bajaban, me quemaban el rostro pero aunque mi alma estaba triste por la imagen de mi computadora y la sensación de mi alma, sentía felicidad por volver a llorar. ¿Cuánto habría pasado desde la última vez que lo hice?, ¿qué momentos desperdicié durante este tiempo y no lloré?. Sólo me aferro aquellas ideas que conmuevan mi corazón para poder repetirlo. Esperaré más escenas como la Benjamin Button en el regazo de Daisy o la imagen de Latika bajo la lluvia justo antes de Jamal la dejara dormir con él.

Cada gota brotando desde mis ojos me hizo entender qué es lo que perdemos cuando empezamos a madurar, pero además de eso, mi mente colapsó cuando entendí que vendrán más pérdidas y jamás las podremos reparar.


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