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La palabra de hoy 29 de julio de 2010

Que nuestros bueyes arrastren cargas pesadas;
que no haya brechas ni salidas,
ni gritos de angustia en nuestras calles.
Salmos 144:14

Paz y Prosperidad. El sueño y la meta de muchos pueblos. Los pueblos que han alcanzado estas metas se han dado cuenta de que hay que trabajar muy duro para conseguirlas. También saben que para mantenerlas se requiere tanto o más esfuerzo que para alcanzarlas. Grandes líderes han conducido a naciones en guerras y catástrofes y han dejado su nombre grabado en la historia pero la paz y prosperidad por la que tanto lucharon es muy probable que haya desaparecido desde hace mucho tiempo. Con todo y eso las naciones tiene mala memoria y pronto se olvidan de que los planes humanos alcanzan éxitos efímeros y de que nada es seguro si no proviene de Dios. Algunos líderes han tratado de hacerles creer a sus seguidores que sus planes son un fiel reflejo de los planes de Dios y el pueblo se ha tragado este anzuelo.

¿Cuál de los líderes de hoy en día puede decir como David «Bendito sea el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos para la guerra, mis dedos para la batalla. Él es mi Dios amoroso, mi amparo, mi más alto escondite, mi libertador, mi escudo, en quien me refugio. Él es quien pone los pueblos a mis pies.»? ¿Pueden imaginarse a cualquiera de ellos expresando en público su confianza en Dios con sinceridad y confianza?  Me temo que en esta área el secularismo le ha ganado valioso terreno a la fe. La porción de la palabra que hemos colocado en el inicio de esta reflexión es seguida por esta otra: “¡Dichoso el pueblo que recibe todo esto! ¡Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!” Una nación o pueblo no puede obtener y mantener el éxito económico y la paz si no cuenta con el apoyo de Dios y el apoyo de Dios no se obtiene por decreto. El apoyo de Dios sólo está disponible para aquellos que han tomado la determinación de seguir los pasos de Jesús y no los pasos del mundo. Quiera Dios que surjan líderes que puedan gobernar con sabiduría hasta el regreso del Señor Jesucristo, el Rey de reyes y Señor de señores. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

La palabra de hoy 4 de julio de 2011

Es él quien me arma de valor
y endereza mi camino;
da a mis pies la ligereza del venado,
y me mantiene firme en las alturas;
adiestra mis manos para la batalla,
y mis brazos para tensar arcos de bronce.
Salmos 18:32-34

Son muchas las expresiones que se encuentran en la palabra de Dios que comparan nuestro diario vivir con un conflicto bélico. Ciertamente a diario nos vemos envueltos en situaciones adversas que son el resultado de los ataques de alguno de nuestros enemigos, incluyendo nuestra propia carne o naturaleza pecaminosa. Nuestra familia se encuentran bajo un intenso fuego de artillería cuyo único propósito es dividirnos y hacernos pelear los unos contra los otros. Estamos en medio del campo de una batalla que afortunadamente le pertenece al Señor y por definición ya está ganada. Pero los enemigos no piensan reconocer que han sido vencidos y seguirán atacando a todos los que estén del lado del Señor mientras que Dios se los permita. Muchos pudieran preguntarse por qué el Señor no le pone punto final a este largo conflicto que ha afectado a la humanidad desde la época de nuestros primeros padres. La duración y participación de la tropa en el conflicto forman parte del perfecto plan de Dios y las hostilidades sólo culminarán cuando Dios considere que el plan se ha logrado llevar a cabo y se han alcanzado los objetivos. Mientras tanto, como tropa que somos en este combate, el Señor nos prepara y nos capacita para que podamos entrar en batalla y salir airosos del encuentro.

Entre muchas otras cosas con las que Dios nos capacita para entrar en batalla tenemos: valor, ligereza, firmeza, adiestramiento y fuerza tal como nos dice el rey David en esta porción del Salmo 18. Todas estas características nos permiten enfrentar al conflicto con una tranquilizadora sensación de confianza, no en nuestras propias fuerzas sino en la fuerza que nos da el Señor.  Si sabemos que contamos con estas capacidades y las aplicamos en el campo de batalla, nuestro avance espiritual será más sólido y permanente como el de fogueados guerreros. Gracias a Dios porque la batalla le pertenece a él y formamos parte del ejército vencedor. Gracias a Dios porque él nos capacita para que podamos salir airoso de los numerosos conflictos en los que nos veremos envueltos a diario hasta que el Señor mande tocar las trompetas de plata labrada que indicarán que se ha alcanzado la victoria final. ¿Sólo a Dios sea la gloria!