
La justicia y el derecho son el fundamento de tu trono,
y tus heraldos, el amor y la verdad.
Salmos 89:14
He aquí cuatro cosas que la gente buena anhela pero el mundo rara vez ofrece: justicia, derecho, amor y verdad. El mundo no puede ofrecer lo que no tiene y tenemos que entender que es una necedad esperar que el mundo nos dé algo que sólo podemos hallar en Dios. Estas cuatro cosas están personificadas en Jesucristo y aún así el mundo lo rechazó porque no pudo reconocer en él a su Creador y Señor. Ahora bien, estas cuatro virtudes deben estar presentes en nuestra vida si queremos ser verdaderos testigos de las maravillas de Dios. En toda decisión debemos asegurarnos de que se impondrá la justicia. Si por nuestras acciones alguien está saliendo perjudicado entonces no estamos actuando con la justicia y equidad que Dios espera de nosotros. Por otra parte debemos asegurarnos de que en toda actividad que llevemos a cabo estemos cumpliendo con las leyes y los reglamentos establecidos, siempre y cuando éstos no nos lleven a hacer algo que desagrada a Dios. En cuanto al amor, ¿qué podríamos agregar a las exhortaciones del apóstol Juan, quien nos instó a permanecer en el amor, y así permanecer en Dios, y Dios en nosotros pues Dios es amor. En cuanto a la verdad, no hay manera más fácil de mantener al enemigo alejado de nuestro camino que andar en la verdad. Él, como padre de la mentira, aborrece la verdad y al igual que donde hay luz no puede haber oscuridad, donde está la verdad, la mentira no tiene cabida.
Aunque el mundo en general no practique estas cosas, debemos recordar que en el ADN espiritual de todo ser humano está faltando una secuencia de nucleótidos que sólo puede ser completada por la presencia de Dios y por lo tanto, todos están bajo condenación a menos que Dios los salve por medio de la obra salvadora de Cristo en la cruz del monte de la calavera. Que todo el mundo se entere de que la única manera de llenar el vacío que hoy existe en sus vidas es mediante el arrepentimiento de sus pecados, el perdón de Dios y la presencia de Jesucristo en sus vidas. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

El justo aborrece la mentira;
el malvado acarrea vergüenza y deshonra.
La justicia protege al que anda en integridad,
pero la maldad arruina al pecador.
Proverbios 13:5
Andar en integridad es un buen negocio. Cuando andamos en integridad la justicia misma se encarga de protegernos, lo cual hace que nuestra confianza aumente y que nuestro temor disminuya. Una persona íntegra es una persona recta, proba e intachable. Su conducta siempre está ajustada a la moral. La codicia, el orgullo y la mentira no forman parte de su vida y cuando se acerca a ellas, inmediatamente las evita y se aleja prontamente para no verse contaminada por ellas. Integridad es estabilidad de carácter, es mantener una posición de firmeza y no dejarse doblegar por las tentaciones o las influencias dañinas que nos rodean. Integridad es saber que es lo bueno y hacerlo, así suframos pérdida o nos veamos expuestos al peligro. Integridad es hacer lo correcto incluso cuando nadie nos está observando. Lo contrario es maldad y perversión. Lo contrario acarrea vergüenza, deshonra y ruina.
La base de la integridad es la sabiduría y la base de la sabiduría es el temor de Dios. Todo comienza por mostrar respeto y obediencia en todo momento a nuestro Creador y Señor. ¿Quieres mantenerte siempre bajo la protección de Dios? Busca su palabra y confía en su santo nombre. Sólo Dios tiene el poder y la autoridad para lograr que nada malo te pase. Sus caminos son los caminos de la justicia y la verdad. No hay mayor deleite que saber que andamos por el camino correcto y bajo la protección verdadera y efectiva de Dios. Que nuestro Señor Jesucristo sea siempre el centro de atención de nuestra mirada y nuestros pensamientos. Él es nuestro objetivo y nuestra esperanza. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

Escucha a tu padre, que te engendró,
y no desprecies a tu madre cuando sea anciana.
Adquiere la verdad y la sabiduría,
la disciplina y el discernimiento,
¡y no los vendas!
Proverbios 23:22-23
La gran mayoría de las personas ignoran qué tanto de su formación y personalidad se la deben a sus padres. Muchos creen que la genética no funciona o tiene muy poca influencia sobre ellos. También desprecian la educación que recibieron desde muy pequeños, por no mencionar el amor con que fueron criados. Tan pronto llegan a una edad donde ellos creen que ya pueden tomar sus propias decisiones sin necesidad de consultar con sus padres o de tomar en cuenta sus enseñanzas, se olvidan de toda la instrucción recibida y se dejan guiar por los criterios del mundo, las mentiras de Satanás o las pasiones de la carne. Atrás quedó toda disciplina y sabiduría que con tanto esfuerzo les fueron inculcadas. El orgullo les hace pensar que no necesitan de nada ni nadie para defenderse y progresar en un mundo hostil.
La palabra de Dios nos muestra un cuadro totalmente diferente en el cual los hijos son respetuosos y obedientes a sus padres. El modelo bíblico es la manera instituida por Dios para que la familia crezca, se consolide y se multiplique. La sociedad contemporánea y sus filosofías sincretísticas han erosionado la sólida base familiar que imperó por siglos y siguen buscando la manera de lograr su total destrucción. Una familia sólo puede prosperar si entre sus miembros existe el respeto y la consideración. Cada uno tiene una función que cumplir, los padres enseñan y los hijos aprenden. Cuando esto deja de suceder la familia se debilita y pierde su influencia como apoyo y núcleo de la sociedad. Recibamos pues la sabiduría que nos viene de lo alto y luchemos por la integridad y permanencia de nuestras familias. Para lograr este objetivo los hijos juegan un papel fundamental al honrar a sus padres. Entonces ¡honrémoslos! ¡Sólo a Dios sea la gloria!