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La palabra de hoy 2 de octubre de 2011

Quiero alabarte, Señor, con todo el corazón,
y contar todas tus maravillas.
 Quiero alegrarme y regocijarme en ti,
y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo.
Salmos 9:1-2

La alegría es una emoción que todos buscan sentir. Los intentos por alcanzar la felicidad son tantos como personas existen y han existido sobre la tierra. Cada quien tiene su propia definición de que es lo que significa para ellos la alegría y como creen que pueden obtenerla. Muchos piensan que la clave de la felicidad es el dinero y con mucho esfuerzo se dedican gran parte de sus vida a tratar de acumular grandes fortunas con el propósito de asegurar que sus vidas estarán llenas de alegría y gozo. Casi todos, sobre todo aquellos que no son extremadamente tercos, han terminando entendiendo lo que la sabiduría popular hace tiempo sabe: “El dinero no hace la felicidad.” Otros tratan desesperadamente de encontrar una ocupación que les represente la mayor satisfacción de sus inquietudes y el mayor reconocimiento de quienes les rodean. Su ídolo es la aprobación y cuando no se les presta atención o no se les reconoce verbalmente sus logros entran en franca depresión. Otros creen que la alegría sólo se alcanza ejerciendo un fuerte dominio sobre quienes han de obedecer y cumplir todo capricho que salga de sus ambiciosas mentes. Estas son apenas algunas de las maneras como la gente trata de llenarse de alegría con muy poco éxito.

La base de la alegría y el gozo del hijo de Dios es la presencia del Espíritu Santo controlando la mayor parte de los aspectos de su vida, tantos como se lo permitamos. No se trata de comportarse como zombis sin personalidad o voluntad propia ejecutando automáticamente toda orden que reciban del Consolador. Se trata más bien de la transformación de nuestra perversa naturaleza por el poder del Espíritu Santo de Dios en una condición de santificación y mejoramiento que nos permita cada día parecernos un poco más a nuestro Señor Jesucristo. Dentro de la larga lista de beneficios que nos produce la presencia del Espíritu en nuestra vida tenemos la alegría. Alegría de saber que ahora somos hijos de Dios, que hemos sido rescatados de la condenación y que muy pronto nuestro Señor Jesucristo regresará por su iglesia para vivir juntos por los siglos de los siglos en la incomparable e indescriptible presencia de Dios. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

La palabra de hoy 5 de septiembre de 2011

Enaltécete, Señor, con tu poder,
y con salmos celebraremos tus proezas.
Salmos 21:13

Con todo y lo que nos pueda desagradar la conducta de aquellos que se niegan a reconocer la autoridad y el poder de Dios sobre el universo tenemos que entender que el juicio que viene para quienes rechazan a Cristo le corresponde exclusivamente a Dios. A veces nos desesperamos porque queremos que todo el mundo entienda el plan de Dios como nosotros lo conocemos, con todo y que es muy poco lo que conocemos al respecto. Los misterios de Dios seguirán siendo misterios hasta que él decida revelarlos. Sólo podremos conocer lo que él ya nos ha mostrado por medio de su palabra. Al compartir el mensaje de amor que Dios tiene para todos tenemos que tener en cuenta que: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él.” [1] Dios quiere que todos se salven y nosotros debemos actuar bajo esa premisa para no caer en juicios ni desarrollar actitudes de crítico intolerante. Por otra parte, “El que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.” [2] Nunca pensemos que cuando se nos rechaza o recibimos burlas y escarnio por el mensaje de salvación que intentamos compartir con otros se nos está rechazando a nosotros. A quien rechazan es a Dios y quien se encargará de administrar la justicia, que a ellos les corresponde por no haber creído en él, es a Jesucristo nuestro Señor.

Así que con paciencia y con certeza de que lo que se nos ha encomendado hacer es lo correcto y necesario, continuemos compartiendo las buenas noticias de la salvación disponible para todos por medio de la obra maravillosa de Jesucristo en el monte de la Calavera y por el poder con que venció a la muerte. Amemos y nos emitamos juicio, así Dios será enaltecido. Éste es el amor de Dios: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.” [3] ¡Sólo a Dios sea la gloria!

[1] Juan 3:17
[2] Juan 3:18
[3] Juan 3:16