El que amasa riquezas mediante la usura las acumula para el que se compadece de los pobres.
Proverbios 28:8
Uno de los peores oficios a los que se puede dedicar alguien es el oficio de usurero. Estas son personas que están dispuestas a prestarle dinero a otras personas que están atravesando una necesidad financiera─en algunos casos como consecuencia de vicios─pero a un altísimo costo de financiamiento. Los intereses que cobran estos despiadados individuos son astronómicos muchas veces superando ochenta veces la tasa de interés activa de la banca privada. La pobre víctima que sólo está interesada en salir de un atolladero de insolvencia no pone reparos al costo de la deuda en la que está incurriendo. Para su pesar, después de quedar enganchado en la maquiavélica obligación, es muy tarde ya para echarse para atrás y salirse de la trampa en la que ha caído. Sólo le queda resignarse a pagar mensualmente el alto costo de la “ayuda” que el usurero le prestó y a tener que aguantarse los insultos y agresiones verbales que éste utilizará para recobrar su dinero y su rédito. La trampa financiera de la usura no es un bonito lugar para pasar la vida.
Afortunadamente, la palabra de Dios contiene muchos consejos y guías para manejar adecuadamente las finanzas según los planes de Dios. Dios mira con muy malos ojos a esta detestable especie de sanguijuelas con patas y ha preparado para ellos graves consecuencias en esta vida y en el juicio venidero. Si has caído en las garras de estos despreciables individuos utiliza toda tu energía y tus recursos para escapar de su red. Confiesa tus pecados financieros a Dios y pide que te libere de la pesada carga que ahora estás llevando. Apégate a las enseñanzas de Dios y refúgiate bajo la protección que sólo él te puede brindar. Si sigues sus pasos encontrarás la solución a tus dificultades económicas y la fortaleza para salir de ellas. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Hay quienes tienen espadas por dientes y cuchillos por mandíbulas; para devorar a los pobres de la tierra y a los menesterosos de este mundo.
Proverbios 30:14
El orgullo y la codicia son malos consejeros. Hay personas que se dejan arrastrar por la negativa influencia de estas dos pasiones y terminan convirtiéndose en los más despiadados y despreciables seres que la raza humana haya podido engendrar. Su filosofía es una de las grandes mentiras que sustentan la teoría de la evolución ─aquella que habla de la supervivencia del más apto. Con esa gran mentira lo que han logrado quienes promueven estas ideas es que todos los seres humanos se consideren unos a otros como feroces competidores por los recursos disponibles haciendo de nuestra existencia una constante y feroz batalla por la supervivencia. En vez de mirar a los desposeídos como seres que necesitan de nuestra compasión y nuestra ayuda, los vemos como un estorbo que distrae y muchas veces acapara lo que pensamos que nos corresponde a nosotros poseer, quién sabe bajo cual pretexto. Estos seres despiadados, cuyo placer es enriquecerse a costillas de los más necesitados, se comportan cual fieras depredadoras posicionadas en lo más alto de la cadena alimentaria.
La palabra de Dios nos enseña algo diametralmente opuesto a estas ideas violentas y destructivas. El ejemplo de nuestro Señor Jesucristo es el amor y no cualquier clase de amor. El amor del que nos habla el Señor es un amor tan perfecto que nos dispone hasta a entregar la vida por nuestros amigos. Cuando un fariseo experto en la ley quiso montarle una trampa a Jesús le preguntó “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?” El Señor Jesús le respondió: «”Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente.” Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.» [1] Nuestra relación con Dios y nuestra relación con los hombres debe estar fundamentada en el amor. Ésta es la única forma en que estaremos apegados a la ley de Dios. Dejemos ya de destruirnos unos a otros. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
El que se burla del pobre ofende a su Creador; el que se alegra de verlo en la ruina no quedará sin castigo.
Proverbios 17:5
Hay que tener un corazón de dura piedra y poco temor de Dios para burlarse de aquellas personas que por diversas razones se encuentran en la escala más baja de ingresos financieros. Quienes han logrado acumular cierta cantidad de dinero usualmente miran con desprecio a quienes no lo tienen cuando en realidad debería más bien buscar la manera de ayudarlos para que salgan de la pobreza o al menos para que esa pobreza sea un poco más llevadera. Por el contrario, esos ricachones miran al desposeído con arrogancia y desdén. Es cierto que hay muchos casos de pobreza que son consecuencia directa del mal proceder de ellos mismos, pero en vez de juzgarlos deberíamos buscar la manera de extenderles una mano para ayudarlos a salir de la crisis en que se metieron. Pongámonos por un momento en el lugar de ellos. ¿Nos gustaría que si nosotros estuviésemos atravesando dificultades financieras alguien nos apoyara para poder salir del problema? ¡Por supuesto que sí! Entonces nuestra actitud debe estar sustentada por la guía del Espíritu Santo de Dios y en línea con las instrucciones que nos dejó el Maestro:
Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas.[1]
Dios recompensa a quienes se ocupan de dar a los necesitados, por tanto no descuidemos esta importante oportunidad para demostrar que el amor de Dios está en nuestro corazón. Actuar como aquellos que se alegran de la miseria ajena es hacerle flaco servicio a la obra y al mensaje de Dios. Dios se apiada de los pobres pero nos utiliza a nosotros para canalizar es piedad hacia ellos. Seamos instrumentos de bendición en las manos de nuestro amoroso Creador. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
El rico se las da de sabio; el pobre pero inteligente lo desenmascara.
Proverbios 28:11
Hay quienes piensan que las riquezas provienen de negocios astutamente llevados a cabo y que son una demostración de la sabiduría de quienes se han enriquecido por esta vía. Nada más alejado de la realidad. Si bien es cierto que la palabra de Dios nos habla de ciertos principios financieros que debemos observar para no caer en deudas y disfrutar de una sana economía, no son estos principios por sí mismos los que garantizan el éxito financiero. El sabio honra a Dios con sus riquezas y con los primeros frutos de sus cosechas. Dios, que conoce los corazones de todos los hombres, sabe bajo que condición espiritual fue presentada esa ofrenda. La ofrenda con que alguien “honre” a Dios pudiera ser inefectiva si el corazón de quien la ofrece no actúa con sinceridad y devoción. La sabiduría que Dios nos concede nos permite tomar buenas decisiones desde cualquier punto de vista, incluyendo el financiero.Recordemos que el principio del conocimiento es el temor del Señor; es obediencia y reverencia a Dios.
Entonces, las riquezas no dependen de la astucia o de una supuesta “sabiduría financiera” sino de la voluntad de Dios que es buena, agradable y perfecta. Si bien es cierto que hay muchos malvados que “disfrutan” de cuantiosas acumulaciones de dinero y aparentemente se ven felices, en realidad no lo son. Su supuesta alegría es tan sólo una fachada detrás de la cual esconden su desdicha. Como le dijo el apóstol Pablo a Timoteo: “Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores.” Actuemos pues sabiamente y sigamos las enseñanzas de la palabra de Dios con corazones agradecidos por todas las bendiciones financieras o de otro tipo que recibimos de la mano poderosa de Dios. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Servir al pobre es hacerle un préstamo al Señor; Dios pagará esas buenas acciones.
Proverbios 19:17
¡Qué maravillosa oportunidad para servir al Señor cuando servimos a los pobres! A ellos muchas veces los miramos con desprecio y con arrogancia. Pensamos que su condición de pobreza es el resultado de quién sabe cuáles malas acciones han llevado a cabo en el pasado. Y aún si fuera así, actuamos como jueces implacables condenándoles al desdén, cuando lo que deberíamos hacer es darles una mano y si es posible (siempre lo es) concederles una nueva oportunidad. En vez de actuar con compasión como nuestro Señor Jesús lo haría, nos negamos a darles una mano para ayudarlos a salir del profundo hoyo en que han caído. El egocentrismo acalla cualquier remordimiento que nuestra conciencia haga aflorar en nuestros corazones. En vez de verlos como una excelente oportunidad de servir al Señor los vemos como una molestia que se atraviesa en nuestro camino y lo hace menos llevadero.
Busquemos la sabia dirección del Espíritu Santo para que podamos servir a nuestro pobre prójimo de la manera que el Señor Jesús lo haría, cuidando de no ocupar el lugar que le corresponde a Dios como proveedor. Nosotros somos simples peones que en las manos del Gran Maestro Universal del ajedrez cósmico avanzamos sobre el tablero llevando a cabo los movimientos estratégicos que nos llevarán a la victoria final. No tendremos que ir muy lejos para encontrar oportunidades para servir. Ellos están por todas partes y por si acaso no nos habíamos dado cuenta, ellos son mayoría, así que no podemos decir que no sabemos cómo encontrarlos. Cuidémonos de que nuestras acciones de ayuda no se lleven a cabo como un mero formalismo. Lo que hagamos debe salir de nuestro corazón y debe ser en todo momento realizado para la gloria de Dios y no para la gloria nuestra. Busquemos dónde está la necesidad y ayudemos con nuestras manos y nuestros recursos (que al final son los recursos de Dios) a mejorar las condiciones de vida de los desposeídos. Estaremos haciendo lo que el Señor espera de nosotros. ¡Sólo a Dios sea la gloria!