Señor, tú eres justo, y tus juicios son rectos. Justos son los estatutos que has ordenado, y muy dignos de confianza. Mi celo me consume, porque mis adversarios pasan por alto tus palabras.
Salmos 119:137-139
No toda la naturaleza carnal es totalmente corrupta. Aún en las personas que no han tenido un encuentro personal con el Señor Jesús se pueden observar destellos de la grandeza de la obra de Dios y su creación. Salvos e impíos, todos contamos con una conciencia que se encarga de advertirnos antes de hacer lo malo, de ayudarnos a mantener una conducta ética cuando tomamos decisiones y de acusarnos cuando hemos pecado. Muchos logran mediante un mecanismo psicológico bajarle el volumen a la voz de la conciencia para evitar sus acertados señalamientos. Otros logran callarla por completo endureciendo su corazón para no ser objeto de sus exhortaciones. En todo hombre también está presente el sentido de la justicia, el cual muy pronto es utilizado para reclamar y protestar cada vez que los demás se aprovechan de nosotros pero que convenientemente ignoramos cuando somos nosotros quienes nos estamos aprovechando de los demás. Es esa semilla de justicia presente en nuestro corazón la que logra identificar la justicia de Dios aún en las circunstancias más terribles y espantosas.
No siempre podremos entender de manera cabal los designios de Dios pero siempre podremos confiar en que lo que Dios hace o permite hacer es lo más conveniente para nosotros, pues Dios nos ama y ha preparado para nosotros lo mejor. En Dios siempre encontraremos la reconciliación entre la justicia y el amor. En cada circunstancia que atravesemos busquemos el punto donde la justicia y el amor se cruzan y podremos entender el por qué de lo que nos ocurre. Si no logramos ver la intersección del el amor y la justicia, confiemos en que esta reconciliación está ocurriendo aunque por los momentos sea invisible para nosotros. Dios nos ama y tiene todo bajo su control. Sigue confiando en Dios para todo lo que represente tu vida. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Pero Finés se levantó e hizo justicia, y la plaga se detuvo. Esto se le acreditó como un acto de justicia para siempre, por todas las generaciones.
Salmos 106:30-31
Muchas veces, la apatía y el egoísmo paralizan nuestra acción. Al igual que el sacerdote y el levita de la conocida parábola del buen samaritano, nos desviamos y seguimos de largo sin detenernos cuando vemos, tirado en el camino, el cuerpo maltratado del hombre de Jerusalén que fue asaltado y golpeado por los ladrones. Nosotros no podemos mantenernos indiferentes a los diversos males que se practican en el mundo. Nuestra sociedad está siendo atacada con furia y desde todo ángulo por las fuerzas del mal y es necesario que alcemos nuestra voz para denunciar aquellos hechos que atentan contra la vida, la familia y nuestras creencias. Cada día que pasa el activismo de los grupos que se oponen al cristianismo se torna más violento e intransigente. Como hijos de Dios es natural y normal que recibamos ciertos ataques dirigidos por ya sabemos quién. Pero eso no significa que debemos mantenernos callados ante la proliferación de la injusticia. Nuestro compromiso es decir la verdad, eso sí con mucho tacto, pero siempre la verdad.
No hace falta transitar el camino de Jerusalén a Jericó para conseguirnos con nuestro prójimo. En todos lados podremos encontrarnos con la triste realidad del sufrimiento y el abandono. Esa, lamentablemente, es la naturaleza del mundo donde vivimos. Nuestra respuesta debe ser actuar con el amor que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones y darle una mano a quienes han sido golpeados por la adversidad y quizá están sufriendo las consecuencias de sus propios errores. Sin asumir una actitud de juicio debemos disponernos a prestar la ayuda que se nos requiere para de esta manera imitar el ejemplo de compasión y amor que nos dejó nuestro Señor Jesucristo. Nuestras acciones en este respecto serán consideradas por Dios como un acto de justicia. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
La justicia y el derecho son el fundamento de tu trono, y tus heraldos, el amor y la verdad.
Salmos 89:14
He aquí cuatro cosas que la gente buena anhela pero el mundo rara vez ofrece: justicia, derecho, amor y verdad. El mundo no puede ofrecer lo que no tiene y tenemos que entender que es una necedad esperar que el mundo nos dé algo que sólo podemos hallar en Dios. Estas cuatro cosas están personificadas en Jesucristo y aún así el mundo lo rechazó porque no pudo reconocer en él a su Creador y Señor. Ahora bien, estas cuatro virtudes deben estar presentes en nuestra vida si queremos ser verdaderos testigos de las maravillas de Dios. En toda decisión debemos asegurarnos de que se impondrá la justicia. Si por nuestras acciones alguien está saliendo perjudicado entonces no estamos actuando con la justicia y equidad que Dios espera de nosotros. Por otra parte debemos asegurarnos de que en toda actividad que llevemos a cabo estemos cumpliendo con las leyes y los reglamentos establecidos, siempre y cuando éstos no nos lleven a hacer algo que desagrada a Dios. En cuanto al amor, ¿qué podríamos agregar a las exhortaciones del apóstol Juan, quien nos instó a permanecer en el amor, y así permanecer en Dios, y Dios en nosotros pues Dios es amor. En cuanto a la verdad, no hay manera más fácil de mantener al enemigo alejado de nuestro camino que andar en la verdad. Él, como padre de la mentira, aborrece la verdad y al igual que donde hay luz no puede haber oscuridad, donde está la verdad, la mentira no tiene cabida.
Aunque el mundo en general no practique estas cosas, debemos recordar que en el ADN espiritual de todo ser humano está faltando una secuencia de nucleótidos que sólo puede ser completada por la presencia de Dios y por lo tanto, todos están bajo condenación a menos que Dios los salve por medio de la obra salvadora de Cristo en la cruz del monte de la calavera. Que todo el mundo se entere de que la única manera de llenar el vacío que hoy existe en sus vidas es mediante el arrepentimiento de sus pecados, el perdón de Dios y la presencia de Jesucristo en sus vidas. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
El justo aborrece la mentira; el malvado acarrea vergüenza y deshonra. La justicia protege al que anda en integridad, pero la maldad arruina al pecador.
Proverbios 13:5
Andar en integridad es un buen negocio. Cuando andamos en integridad la justicia misma se encarga de protegernos, lo cual hace que nuestra confianza aumente y que nuestro temor disminuya. Una persona íntegra es una persona recta, proba e intachable. Su conducta siempre está ajustada a la moral. La codicia, el orgullo y la mentira no forman parte de su vida y cuando se acerca a ellas, inmediatamente las evita y se aleja prontamente para no verse contaminada por ellas. Integridad es estabilidad de carácter, es mantener una posición de firmeza y no dejarse doblegar por las tentaciones o las influencias dañinas que nos rodean. Integridad es saber que es lo bueno y hacerlo, así suframos pérdida o nos veamos expuestos al peligro. Integridad es hacer lo correcto incluso cuando nadie nos está observando. Lo contrario es maldad y perversión. Lo contrario acarrea vergüenza, deshonra y ruina.
La base de la integridad es la sabiduría y la base de la sabiduría es el temor de Dios. Todo comienza por mostrar respeto y obediencia en todo momento a nuestro Creador y Señor. ¿Quieres mantenerte siempre bajo la protección de Dios? Busca su palabra y confía en su santo nombre. Sólo Dios tiene el poder y la autoridad para lograr que nada malo te pase. Sus caminos son los caminos de la justicia y la verdad. No hay mayor deleite que saber que andamos por el camino correcto y bajo la protección verdadera y efectiva de Dios. Que nuestro Señor Jesucristo sea siempre el centro de atención de nuestra mirada y nuestros pensamientos. Él es nuestro objetivo y nuestra esperanza. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
La justicia endereza el camino de los íntegros, Pero la maldad hace caer a los impíos.
Proverbios 11:5
Quienes escogen actuar de acuerdo con la injusticia transitan torcidos y escabrosos senderos plagados de inseguridad. Su paso es irregular y siempre tienen que detenerse por la multitud de inconvenientes y obstáculos que se presentan en su camino. Su sendero es tan intrincado que ni la luz puede llegar para iluminar sus pasos por lo que constantemente tropiezan y caen con dolorosas consecuencias. Lo único que los mueve a continuar por tan equivocado camino es su necedad. Sus acciones están saturadas de engaño y su actitud es arrogante y llena de orgullo. Su falta de integridad hace juego perfecto con su hipocresía y ellos creen que todo puede resolverse por medio del dinero. Están atrapados en una pegajosa red que les impide escapar de tan abominable vida. No obstante, a pesar de lo oscuro de su camino, de vez en cuando un rayo de luz logra penetrar la gruesa capa que cubre su entorno y logran ver una salida a su desgraciada situación. Lamentablemente, la mayoría de las veces ellos ignoran estas grandes oportunidades de escape y se mantienen atrapados en la ruta hacia la perdición.
No tenemos que ir muy lejos para observar a estas pobres almas reducidas a la condenación. Ellos son multitud y nos rodean a diario. Cuando somos obedientes al mandato de Dios y les presentamos a ellos la gloriosa verdad del evangelio de Jesucristo, Dios permite que penetre un rayo de luz para alumbrarles el camino hacia la libertad. La escasa probabilidad de que quieran aceptar la oportunidad de salvar sus almas no debe constituirse en un impedimento para que compartamos con ellos nuestro testimonio de vida. El rechazo que seguramente podremos observar no va dirigido a nosotros; ese rechazo va dirigido a Dios y de ello tendrán que dar cuenta en el momento que corresponda. Nosotros sigamos compartiendo la esperanza y la alegría del evangelio de Dios que de eso también nosotros tendremos que rendir cuentas a nuestro Padre celestial. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
El rico se las da de sabio; el pobre pero inteligente lo desenmascara.
Proverbios 28:11
Hay quienes piensan que las riquezas provienen de negocios astutamente llevados a cabo y que son una demostración de la sabiduría de quienes se han enriquecido por esta vía. Nada más alejado de la realidad. Si bien es cierto que la palabra de Dios nos habla de ciertos principios financieros que debemos observar para no caer en deudas y disfrutar de una sana economía, no son estos principios por sí mismos los que garantizan el éxito financiero. El sabio honra a Dios con sus riquezas y con los primeros frutos de sus cosechas. Dios, que conoce los corazones de todos los hombres, sabe bajo que condición espiritual fue presentada esa ofrenda. La ofrenda con que alguien “honre” a Dios pudiera ser inefectiva si el corazón de quien la ofrece no actúa con sinceridad y devoción. La sabiduría que Dios nos concede nos permite tomar buenas decisiones desde cualquier punto de vista, incluyendo el financiero.Recordemos que el principio del conocimiento es el temor del Señor; es obediencia y reverencia a Dios.
Entonces, las riquezas no dependen de la astucia o de una supuesta “sabiduría financiera” sino de la voluntad de Dios que es buena, agradable y perfecta. Si bien es cierto que hay muchos malvados que “disfrutan” de cuantiosas acumulaciones de dinero y aparentemente se ven felices, en realidad no lo son. Su supuesta alegría es tan sólo una fachada detrás de la cual esconden su desdicha. Como le dijo el apóstol Pablo a Timoteo: “Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores.” Actuemos pues sabiamente y sigamos las enseñanzas de la palabra de Dios con corazones agradecidos por todas las bendiciones financieras o de otro tipo que recibimos de la mano poderosa de Dios. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Sobre sus goznes gira la puerta; sobre la cama, el perezoso. El perezoso mete la mano en el plato, pero le pesa llevarse el bocado a la boca. El perezoso se cree más sabio que siete sabios que saben responder.
Proverbios 26:14-16
La pereza es un mal hábito. La pereza es un vicio que promete descanso pero sólo termina generando angustia y graves problemas. El perezoso se engaña a sí mismo cuando trata de justificar su inactividad. La actitud del perezoso causa malestar en los demás pues las tareas que no pueden esperar tienen que ser asumidas por otros. El perezoso no entiende o le importa poco que hace daño a otros con su flojera. A él lo único que le importa es que no hacer nada le produce placer. Con todo y su egoísmo, el perezoso descuida su salud pues tampoco cuida de sí mismo por culpa de su flojera. Como podemos ver no hay nada de bueno en la flojera y con todo muchas personas exhiben este peligroso vicio. La razón de esta conducta la encontramos en que el flojo se cree sabio. En su propia opinión él lo sabe todo y no necesita que nadie le muestre como hacer las cosas. por eso no busca la opinión de otros y tampoco pone atención si alguien llegare a señalarle su vicio.
Los hijos de Dios, por el contrario deben ser diligentes en todo lo que emprenden. La palabra de Dios nos exhorta a estar ocupados en buenas obras, a estar siempre preparados, a ser perseverantes, a ser disciplinados, a ser persistentes en la predicación de la palabra, sea o no sea oportuno; a esforzarnos, a esmerarnos, a entregarnos de lleno a los asuntos de Dios, a no vivir como ociosos, a ocuparnos de nuestras propias responsabilidades, a trabajar con nuestras propias manos, a aprovechar al máximo cada momento oportuno, a seguir avanzando hacia la meta, a no cansarnos de hacer el bien y a ofrecer nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Si después de recibir todas estas exhortaciones seguimos dándole rienda suelta a la pereza nos encontramos ante un problema de rebeldía, que de no ser corregido requerirá de aplicación de disciplina de parte de Dios.¿Necesitas más advertencias? ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Lo que atestigües con tus ojos no lo lleves de inmediato al tribunal, pues ¿qué harás si a fin de cuentas tu prójimo te pone en vergüenza?
Proverbios 25:7b-8
Una de las cosas que nos hace muy humanos y no necesariamente en el buen sentido de la palabra es nuestra velocidad para emitir juicio. Ante una situación y muy a menudo cuando observamos el comportamiento de nuestro prójimo, analizamos los datos disponibles y con pasmosa velocidad llegamos a una conclusión, usualmente condenadora y la mayoría de las veces errónea. Desde el punto de vista de las probabilidades es muy posible que estemos en lo correcto pues el pecado es la norma y no la excepción, pero en un juicio no podemos basarnos en probabilidades sino en hechos y evidencias sólidas. Usualmente no conocemos todos los detalles de un asunto pero eso no nos impide que lleguemos a una conclusión como si lo supiéramos todo al respecto. Ese afán por emitir un juicio a pesar de no contar con todos los detalles es lo que nos mete en problemas muchas veces. En primer lugar porque estamos llegando a conclusiones erróneas por no tener toda la información del caso y segundo porque lo más probable es que comentemos nuestro juicio con otros y nos convirtamos en portadores de chismes e intrigas.
El Señor Jesús fue muy claro al respecto y a quienes caen es este error los llama hipócritas: »No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes. Porque tal como juzguen se les juzgará, y con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes. »¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no le das importancia a la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla del ojo” , cuando ahí tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano. En todo caso, debemos ayudarnos unos a otros a llevar las cargas y no nos quejemos los unos de los otros para que no seamos juzgados. El único juez es el Señor Jesús y a él todos tendremos que dar cuenta de nuestras acciones u omisiones. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Hijo mío, presta atención y sé sabio; mantén tu corazón en el camino recto. No te juntes con los que beben mucho vino, ni con los que se hartan de carne, pues borrachos y glotones, por su indolencia, acaban harapientos y en la pobreza.
Proverbios 23:19-21
Sin caer en juicios o pormenores podemos llegar a la conclusión que la mayoría de las personas que deambulan por la calles por no tener vivienda, también conocidos como los sin techo o homeless, se encuentran en esa triste y penosa situación por el uso excesivo del alcohol y las drogas, lo cual los llevó a terminar siendo esclavos de una terrible dependencia. La adicción al alcohol y las drogas es un grave problema que afecta a la sociedad en todo ámbito y estrato social. La adicción o dependencia a estas sustancias causa problemas a nivel personal, familiar y social. Sus consecuencias, tal como hemos indicado antes, son devastadoras y han llevado a muchos a caer en extrema pobreza. Aparte de restringir la libre disponibilidad, realizar campañas educativas, restringir la difusión de mensajes comerciales, establecer horarios de venta y limitar el expendio a determinadas edades, es poco lo que los gobiernos han podido hacer para controlar este mal. El problema va más allá de una legislación; el problema reside en el individuo pues forma parte de la naturaleza pecaminosa que todos los seres humanos poseen. La falta de disciplina y control del hombre es lo que hace que sus defensas contra este flagelo sean ineficaces para protegerlo de las terribles consecuencias a las que está destinado por haberse expuesto insensatamente al consumo descontrolado de estas sustancias.
El mejoramiento del individuo no se logra modificando el entorno de éste sino transformando su interior. Ésto sólo lo puede lograr el Espíritu Santo de Dios. La palabra de Dios nos advierte que el excesivo consumo de alcohol lleva al desenfreno. La palabra de Dios nos exhorta a no dejarnos controlar por nuestra naturaleza pecaminosa sino por el Espíritu Santo de Dios. Todo tiempo dedicado a satisfacer los extravagantes deseos de la naturaleza pecaminosa es tiempo perdido. No sigamos perdiendo tiempo y seamos sabios y atentos a la palabra de Dios. Ésto nos mantendrá en el camino recto. La respuesta al problema de las dependencias sólo la tiene Dios. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Junto a las aguas de Meribá hicieron enojar al Señor, y a Moisés le fue mal por culpa de ellos, pues lo sacaron de quicio y él habló sin pensar lo que decía.
Salmos 106:32-33
La mayoría de las veces en que las cosas salen mal la responsabilidad de lo ocurrido recae sobre los líderes y no es para menos pues al ocupar posiciones de liderazgo a ellos se les confiere mayor poder y esto implica un mayor compromiso con los resultados de sus decisiones. Un buen líder sabe a lo que está expuesto y cuando algo no sale como se esperaba asume su responsabilidad por lo que sucedió. No obstante, en raras ocasiones, la responsabilidad no recae sobre el líder sino sobre los seguidores. En el caso de la protesta por la escasez de agua en el desierto, el nivel de murmuración del pueblo era tan fuerte y tan repetitivo que hizo que Moisés, un hombre supremamente humilde, se exasperara al extremo de salirse de sus casillas y de actuar estúpida e irreflexivamente al llevar a cabo las instrucciones que Dios le dio. Moisés podía echarle la culpa al pueblo, de hecho, Dios disciplinó al pueblo por esta y muchas otras instancias de queja y murmuración. Lo que hizo que Moisés fallara fue su espíritu rebelde que consideró que lo que Dios le había ordenado era un fastidio para su vida.
A todos nos pasa que recibimos dirección de Dios pero creemos que nuestra manera de resolver los asuntos es mejor que la que Dios nos está indicando y terminamos rebelándonos. Las bases de la rebelión son el orgullo y la desobediencia y ya sabemos que ninguna de estas cosas le agrada al Señor. Cuando Dios nos ordene hacer algo y pensemos que hay una mejor manera de hacerlo, inmediatamente debemos sentarnos a analizar en que manera estamos fallando y que podemos hacer para cumplir las instrucciones de Dios al pie de la letra. De no hacerlo es muy probable que terminemos cayendo en el profundo hoyo del error y el pecado. Prestemos atención a la voz de Dios y dejemos que su Espíritu Santo nos guíe por sendas de justicia. ¡Sólo a Dios sea la gloria!