Ya que no toman en cuenta las obras del Señor y lo que él ha hecho con sus manos, él los derribará y nunca más volverá a levantarlos.
Salmos 28:5
Nunca deja de sorprenderme la audacia y arrogancia con que algunos científicos tratan el tema de la creación del universo. Sus teorías cambian constantemente y no les importa que sus hipótesis sean descartadas a cada rato con base a nuevos descubrimientos o que no puedan ser probadas. Mientras más descabelladas sean sus ideas, más relevancia y renombre ganan dentro del mundo científico. En sus discursos eliminan por completo la conjugación de los verbos en los tiempos presente, pretérito y futuro y se limitan al tiempo condicional. Sus palabras favoritas son: quizás, tal vez, no se sabe, creemos, posiblemente, a lo mejor, acaso y otras parecidas que no afirman nada, todo lo suponen y a nadie comprometen. Y no es que el creyente tenga una mejor idea de como ocurrieron las cosas puesto que desde el punto de vista del método científico no hay manera de comprobar como sucedió la creación ya que sería necesario que nos remontásemos al momento de los hechos y eso es imposible para nosotros los humanos. El hijo de Dios cuenta con la revelación dada por Dios por medio de su palabra. La narración de los hechos proviene del testimonio de quien estuvo presente en tan importante acontecimiento. Esta información jamás podrá ser hallada mediante la aplicación del método científico.
Dejemos que los científicos sigan nadando en su océano sin fondo del ateísmo a priori y se enreden cada vez más con sus teóricas disquisiciones. Su destino es la angustia y la desesperación que produce el no encontrarle sentido a su existencia. Han rechazado a Dios y tercamente se han negado a darle a él una oportunidad para que les demuestre su realidad, su presencia y su poder. De no corregir su desprecio por las cosas de Dios tendrán que enfrentarse a una terrible condenación que ya está decretada. Nosotros, por nuestra parte, aferrémonos a las revelaciones que Dios nos ha entregado por medio de su perfecta palabra y regocijémonos al andar a la luz de su verdad. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Se acordarán del Señor y se volverán a él todos los confines de la tierra; ante él se postrarán todas las familias de las naciones, porque del Señor es el reino; él gobierna sobre las naciones.
Salmos 22:27-28
Algo que siempre ha caracterizado al mundo es la división. El mundo en general ha demostrado una gran incapacidad para trabajar unidos hacia el logro de objetivos comunes. Algunas naciones han tratado de establecer acuerdos y pactos que les permitan trabajar con reglas del juego bien definidas que les permitan eliminar las trabas burocráticas y así poder progresar económicamente. No obstante, por detrás de estos acuerdos imperan los intereses nacionales y tan pronto se presenta una crisis salen a relucir las diferencias de criterios y las desavenencias en materia de políticas económicas, fiscales y monetarias. Muchos de estos desacuerdos terminan en trágicos conflictos bélicos con gran derramamiento de sangre. Los sistemas políticos y económicos desarrollados por la humanidad han mejorado notablemente a lo largo de la historia pero todavía presentan graves fallas que originan desbalances sociales y férreas dictaduras.
Cuán diferente será en un futuro no muy lejano cuando el gobierno mundial esté bajo la perfecta autoridad del Rey de reyes y Señor de señores, el Cordero que pudo abrir los sellos, nuestro Señor Jesucristo. Todas las naciones experimentarán una bonanza cual no se ha visto jamás. Los pueblos acudirán en masa a presentar sus respetos y a rendir honores y todos reconocerán multitudinariamente la majestad del Señor. Ya no habrán diferencias basadas en la religión porque la religión será desechada y sustituida por la verdadera y pura manera de disfrutar de una relación con Dios. Ya no habrá política que nos divida. Todos unánimes nos someteremos a la única y perfecta autoridad con alegría y satisfacción y ante el nombre de Jesús toda rodilla se doblará en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre. Mientras tanto, miremos con esperanza ese glorioso futuro que viene en camino. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Al acostarte, no tendrás temor alguno; te acostarás y dormirás tranquilo. No temerás ningún desastre repentino, ni la desgracia que sobreviene a los impíos. Porque el Señor estará siempre a tu lado y te librará de caer en la trampa.
Proverbios 3:24-26
Cuando realmente hemos puesto toda nuestra confianza en Dios y hemos aceptado vivir como él lo espera de nosotros recibimos la recompensa inmediata de disfrutar de un sueño apacible. Ésto es algo que no se debe despreciar pues según estudios realizados en el año 2002 por la Fundación Nacional del Sueño, 58% de los adultos de los Estados Unidos han experimentado síntomas de insomnio unas pocas veces a la semana o más. Entre las causas o factores que más inciden en el problema para conseguir y mantener el sueño están la depresión y el estrés. Cuando dependemos de Dios y entendemos que todas nuestras ansiedades pueden ser llevadas ante su trono de gracia para que él se encargue de ellas, la presión y la incertidumbre disminuyen permitiéndonos disfrutar de un dulce sueño. Pero vivimos vidas agitadas y usualmente nos apoyamos en nuestras propias fuerzas que en realidad son más bien debilidades. El resultado de todo esto es un sueño de mala calidad.
Con la tranquilidad que nos produce saber que tenemos alguien que nunca nos defraudará y en quien se puede confiar todo el tiempo y bajo toda circunstancia, se reduce el nivel de ansiedad que normalmente nos mantiene agitados e inquietos. Si tienes problemas con el sueño recuerda que debemos depositar toda nuestra ansiedad en Jesucristo porque él cuida de nosotros. Nadie puede darnos la paz que sólo él puede dar, la paz que el mundo no conoce ni podrá conocer hasta que se coloque bajo la cobertura de Dios. ¿Has tenido problemas para conciliar o mantener el sueño? Apóyate en las promesa del Señor Jesús y pronto estarás durmiendo como un lirón, o como dicen ahora, como una morsa. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Pero tú ves la opresión y la violencia, las tomas en cuenta y te harás cargo de ellas. Las víctimas confían en ti; tú eres la ayuda de los huérfanos.
Salmos 10:14
Uno de los argumentos de quienes creen que Dios existe pero se desentendido de su creación (los llamados teístas) es el nivel de violencia y opresión que vive el mundo hoy. La violencia y la opresión no son nuevas, siempre han estado ahí. Lo que pasa es que nuestra memoria selectiva nos hace pensar que todo tiempo pasado fue mejor y eso no es cierto. Desde que el mundo es mundo y particularmente desde la caída del hombre, la violencia no ha dejado de reinar por todas partes. Su compañera la opresión es la firma de todos los imperios y poderes que han intentado controlar los destinos del mundo o al menos el suyo propio. La violencia y la opresión son normalmente ejercidas sobre los más débiles, aquellos que no tienen capacidad para defenderse de los despiadados ataques con que son agredidos. Pero de todo esto tendrán que dar cuenta los opresores y los violentos delante de trono de Dios. Las evidencias y las pruebas en contra de ellos serán tan abrumadoras que nos les quedará manera de presentar defensa ante las acusaciones que se encuentran registradas en los libros que se abrirán cuando llegue el día del juicio final.
Todos hemos cometido opresión y violencia en contra de alguien una o varias veces en nuestra vida. No obstante, para quienes hemos creído en Cristo y hemos colocado nuestras esperanzas en su obra redentora en el monte Calvario, todas esas faltas que se encuentran registradas en los libros del juicio, serán desligadas de nuestro nombre porque ya aparecen como saldadas en el libro del Cordero de Dios. Sólo páginas blancas hallarán cuando busquen la lista de los delitos cometidos. Mas los malvados y los impíos tendrán sus páginas totalmente cubiertas por sus malos hechos, por los cuales ellos pensaban que nadie los llamaría a cuenta. Dejemos la aplicación de la justicia a quien corresponde y concentrémonos en buscar primeramente el reino de Dios y su justicia y todo lo demás nos será añadido. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Yo proclamaré el decreto del Señor: «Tú eres mi hijo», me ha dicho; «hoy mismo te he engendrado.
Salmos 2:7
La doctrina principal que caracteriza a los sistemas religiosos monoteístas es la que afirma que Dios es uno. No hay otros dioses aparte de Dios, Creador del universo. Lo que diferencia al cristianismo de las otras posiciones monoteístas es que Dios es a la vez uno y trino; Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ésto es algo que ha sido muy difícil de entender para quienes quieren analizarlo todo bajo el enfoque de la razón sin detenerse a pensar que la razón es tan sólo una cara de la moneda, la otra cara siendo la fe. En todo caso, aunque el término Trinidad no aparece por sí mismo en la Biblia, muchas porciones de la palabra apuntan y soportan esta doctrina. Quienes adversan la posición trinitaria aducen que Dios no tiene y no puede tener hijos. Es una arrogancia afirmar algo acerca de Dios que Dios no haya revelado al hombre por medio de su palabra. Negar que Dios tenga al Hijo es negar toda la obra de Dios llevada a cabo para salvar al hombre de la condenación.
¿Y tú, quién dices que es Jesucristo? ¿Para ti Jesús es un profeta, un gurú o Dios hecho hombre, el Salvador de la humanidad? El autor de la carta a los Hebreos, por inspiración del Espíritu Santo lo presenta de esta manera: «Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo. A éste lo designó heredero de todo, y por medio de él hizo el universo. El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas.» Si esta descripción no te aclara el asunto, tienes una gruesa venda sobre tus ojos que te impide captar la gloriosa realidad de nuestro maravilloso Señor Jesucristo, el Hijo de Dios y su obra redentora. Si lo puedes entiender, ¡Sólo a Dios sea la gloria!
¡Ay de los que descienden a Egipto en busca de ayuda, de los que se apoyan en la caballería, de los que confían en la multitud de sus carros de guerra y en la gran fuerza de sus jinetes, pero no toman en cuenta al Santo de Israel, ni buscan al Señor!
Isaías 31:1
La vida del hombre transcurre en una sola preocupación y búsqueda de consolidar su seguridad. Desde que nacemos buscamos la seguridad que nos da el seno de nuestra madre y más adelante siempre buscamos la seguridad que nos ofrece la cobertura de nuestros padres. Cuando estudiamos, lo hacemos para asegurarnos de que más adelante podamos tener un buen empleo. Al trabajar, nos aseguramos de que podamos incrementar y mantener un flujo de ingresos constante que nos permita la seguridad de cubrir nuestras necesidades básicas y los gastos de la vida diaria. También, si es posible, ahorramos dinero para asegurarnos de que contaremos con suficientes recursos en caso de que se presente alguna contingencia. También buscamos seguridad financiera para nuestra vejez. Y ya cuando estamos llegando al final de nuestro camino terrenal nos aseguramos de que nuestro fallecimiento no se convierta en una carga financiera para nuestros seres queridos. Muy pocos se dan cuenta de que después de la muerte física nos queda una larga existencia, ya no en este mundo, para la cual también debemos estar preparados y asegurados. Toda nuestra confianza la ponemos en las riquezas, pocas o muchas, que podamos acumular. Y así nos pasamos toda la vida trabajando arduamente para consolidar nuestra seguridad sin darnos cuenta de que la verdadera seguridad sólo proviene de Dios.
¿Dónde están los cimientos de tu fortaleza? ¿Qué es lo que te hace sentir seguro (o inseguro)? ¿Que situación temes pueda ocurrir que cause la conmoción de tu seguridad? ¿Qué has estado haciendo al respecto? En cualquier caso debes buscar primero el apoyo de Dios. Sin él nunca podrás tener una genuina firmeza. Necesitas hacer como el hombre prudente que construyó su casa sobre la roca. “Cayeron las lluvias, crecieron los ríos, y soplaron los vientos y azotaron aquella casa; con todo, la casa no se derrumbó porque estaba cimentada sobre la roca.” Necesitas colocar toda tu confianza en Dios, buscando primero su reino y su justicia y todas las cosas que necesitas te serán añadidas. Así que no perdamos el sueño por causa de la inseguridad sino coloquemos toda nuestras angustias en las amorosas manos de nuestro Señor Jesucristo. Tanto ahora como en la eternidad no hay mayor fuente ni garantía de seguridad que él. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Hay quienes se creen muy puros, pero no se han purificado de su impureza.
Proverbios 30:12
El hombre perfecto no existe. Todos tenemos muchas oportunidades de mejoramiento, eufemismo que ahora se utiliza cuando se quiere decir fallas pero no se quiere resaltar el aspecto negativo. El modelo para el cristiano no es otro que el mismo Jesucristo, por eso es que nos identificamos como cristianos. No obstante, constante e inadvertidamente utilizamos otros modelos para orientar nuestras actuaciones. Estos otros modelos, al ocupar el lugar que exclusivamente le corresponde a Dios, automáticamente se convierten en ídolos y terminan desviándonos del camino por el cual deberíamos estar avanzando hacia la madurez espiritual. Si a esto le agregamos todas las distracciones de todo tipo que se interponen en nuestro sendero de perfeccionamiento, no debe sorprendernos que muchas veces no estemos actuando como Dios espera de nosotros. El mundo nos absorbe y nos impide cumplir con la exhortación del apóstol Pablo a no amoldarnos al mundo sino a ser transformados por la renovación de nuestra mente. Si no contamos con una disciplina de lectura diaria de la palabra y de conversación con Dios por medio de la oración estaremos expuestos a las influencias del mundo con poca capacidad para resistir sus embates y tentaciones.
El no compararnos con el Señor Jesús y compararnos con los imperfectos modelos que hemos escogido para determinar las áreas donde estamos fallando hace que estemos disminuyendo el estándar de excelencia y que terminemos obteniendo mediocres resultados en el progreso hacia la madurez espiritual. También logra que nos engañemos a nosotros mismos pensando que estamos avanzando mucho cuando en realidad hemos progresado muy poco. Debemos estar claros cual es nuestra meta tal como nos mostró Pablo: ”olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús.” Tengamos siempre en mente la excelencia y nuestra mirada puesta en nuestro Señor y pronto nos daremos cuenta de que estamos avanzando con efectividad en el plano espiritual. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Que nuestros bueyes arrastren cargas pesadas; que no haya brechas ni salidas, ni gritos de angustia en nuestras calles.
Salmos 144:14
Paz y Prosperidad. El sueño y la meta de muchos pueblos. Los pueblos que han alcanzado estas metas se han dado cuenta de que hay que trabajar muy duro para conseguirlas. También saben que para mantenerlas se requiere tanto o más esfuerzo que para alcanzarlas. Grandes líderes han conducido a naciones en guerras y catástrofes y han dejado su nombre grabado en la historia pero la paz y prosperidad por la que tanto lucharon es muy probable que haya desaparecido desde hace mucho tiempo. Con todo y eso las naciones tiene mala memoria y pronto se olvidan de que los planes humanos alcanzan éxitos efímeros y de que nada es seguro si no proviene de Dios. Algunos líderes han tratado de hacerles creer a sus seguidores que sus planes son un fiel reflejo de los planes de Dios y el pueblo se ha tragado este anzuelo.
¿Cuál de los líderes de hoy en día puede decir como David «Bendito sea el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos para la guerra, mis dedos para la batalla. Él es mi Dios amoroso, mi amparo, mi más alto escondite, mi libertador, mi escudo, en quien me refugio. Él es quien pone los pueblos a mis pies.»? ¿Pueden imaginarse a cualquiera de ellos expresando en público su confianza en Dios con sinceridad y confianza? Me temo que en esta área el secularismo le ha ganado valioso terreno a la fe. La porción de la palabra que hemos colocado en el inicio de esta reflexión es seguida por esta otra: “¡Dichoso el pueblo que recibe todo esto! ¡Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!” Una nación o pueblo no puede obtener y mantener el éxito económico y la paz si no cuenta con el apoyo de Dios y el apoyo de Dios no se obtiene por decreto. El apoyo de Dios sólo está disponible para aquellos que han tomado la determinación de seguir los pasos de Jesús y no los pasos del mundo. Quiera Dios que surjan líderes que puedan gobernar con sabiduría hasta el regreso del Señor Jesucristo, el Rey de reyes y Señor de señores. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
El sepulcro, la muerte y los ojos del hombre jamás se dan por satisfechos.
Proverbios 27:20
La insatisfacción del hombre ─esa necesidad de llenar por sus propios medios el vacío que sólo puede ocupar Dios─ se manifiesta de diversas maneras según cuales sean las áreas débiles del carácter de la persona. Quienes son presa fácil de las tentaciones del mundo ─fama, dinero y poder─ muestran debilidades tales como la vanidad, la codicia o la ambición según el área por donde le estén cediendo terreno al mundo. La codicia con su poderoso elemento del amor por el dinero es lo que ha llevado a multitudes a desviarse del camino de justicia que Dios ha preparado para todos los que escuchan su voz y se disponen a seguirlo.
La filosofía del materialismo y su aliado, el consumismo, se han filtrado de tal manera que ya forman parte integral del estilo de vida de muchos en la iglesia y ¿qué decir del resto de la humanidad que no conoce a Cristo? El mantra de todos ellos es “Tanto tienes, tanto vales.” No se dan cuenta de que mientras más tienen, más desean poseer. Es como llegar a la cima de una montaña sólo para darse cuenta de que hay otra montaña más alta que escalar. El otro aspecto en que los ojos del hombre son insaciables es la curiosidad. La curiosidad por sí misma no es mala pero cuando permitimos que sea ella quien nos conduzca en vez de nosotros controlarla, ella nos llevará a lugares donde no tenemos nada que buscar y sí mucho que perder.
Mantengámonos alerta ante las tentaciones del mundo y no dejemos de vigilar las debilidades de nuestro ser. La fortaleza y la capacidad para resistir vienen de Dios y si sólo nos apoyamos en nuestras propias fuerzas iremos directo al fracaso. Busquemos mantenernos lo más apegados posibles al Señor y así evitaremos desviarnos del sendero de paz y justicia que Dios preparó para nosotros desde antes de la creación del universo. Sólo en él tenemos la victoria. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Lo que atestigües con tus ojos no lo lleves de inmediato al tribunal, pues ¿qué harás si a fin de cuentas tu prójimo te pone en vergüenza?
Proverbios 25:7b-8
Una de las cosas que nos hace muy humanos y no necesariamente en el buen sentido de la palabra es nuestra velocidad para emitir juicio. Ante una situación y muy a menudo cuando observamos el comportamiento de nuestro prójimo, analizamos los datos disponibles y con pasmosa velocidad llegamos a una conclusión, usualmente condenadora y la mayoría de las veces errónea. Desde el punto de vista de las probabilidades es muy posible que estemos en lo correcto pues el pecado es la norma y no la excepción, pero en un juicio no podemos basarnos en probabilidades sino en hechos y evidencias sólidas. Usualmente no conocemos todos los detalles de un asunto pero eso no nos impide que lleguemos a una conclusión como si lo supiéramos todo al respecto. Ese afán por emitir un juicio a pesar de no contar con todos los detalles es lo que nos mete en problemas muchas veces. En primer lugar porque estamos llegando a conclusiones erróneas por no tener toda la información del caso y segundo porque lo más probable es que comentemos nuestro juicio con otros y nos convirtamos en portadores de chismes e intrigas.
El Señor Jesús fue muy claro al respecto y a quienes caen es este error los llama hipócritas: »No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes. Porque tal como juzguen se les juzgará, y con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes. »¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no le das importancia a la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla del ojo” , cuando ahí tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano. En todo caso, debemos ayudarnos unos a otros a llevar las cargas y no nos quejemos los unos de los otros para que no seamos juzgados. El único juez es el Señor Jesús y a él todos tendremos que dar cuenta de nuestras acciones u omisiones. ¡Sólo a Dios sea la gloria!