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La palabra de hoy 23 de agosto de 2011

Escucha a tu padre, que te engendró,
y no desprecies a tu madre cuando sea anciana.
Adquiere la verdad y la sabiduría,
la disciplina y el discernimiento,
¡y no los vendas!
Proverbios 23:22-23

La gran mayoría de las personas ignoran qué tanto de su formación y personalidad se la deben a sus padres. Muchos creen que la genética no funciona o tiene muy poca influencia sobre ellos. También desprecian la educación que recibieron desde muy pequeños, por no mencionar el amor con que fueron criados. Tan pronto llegan a una edad donde ellos creen que ya pueden tomar sus propias decisiones sin necesidad de consultar con sus padres o de tomar en cuenta sus enseñanzas, se olvidan de toda la instrucción recibida y se dejan guiar por los criterios del mundo, las mentiras de Satanás o las pasiones de la carne. Atrás quedó toda disciplina y sabiduría que con tanto esfuerzo les fueron inculcadas. El orgullo les hace pensar que no necesitan de nada ni nadie para defenderse y progresar en un mundo hostil.

La palabra de Dios nos muestra un cuadro totalmente diferente en el cual los hijos son respetuosos y obedientes a sus padres. El modelo bíblico es la manera instituida por Dios para que la familia crezca, se consolide y se multiplique. La sociedad contemporánea y sus filosofías sincretísticas han erosionado la sólida base familiar que imperó por siglos y siguen buscando la manera de lograr su total destrucción.  Una familia sólo puede prosperar si entre sus miembros existe el respeto y la consideración. Cada uno tiene una función que cumplir, los padres enseñan y los hijos aprenden. Cuando esto deja de suceder la familia se debilita y pierde su influencia como apoyo y núcleo de la sociedad. Recibamos pues la sabiduría que nos viene de lo alto y luchemos por la integridad y permanencia de nuestras familias. Para lograr este objetivo los hijos juegan un papel fundamental al honrar a sus padres. Entonces ¡honrémoslos! ¡Sólo a Dios sea la gloria!

La palabra de hoy 1 de agosto de 2011

Yo proclamaré el decreto del Señor:
«Tú eres mi hijo», me ha dicho;
«hoy mismo te he engendrado.
Salmos 2:7

La doctrina principal que caracteriza a los sistemas religiosos monoteístas es la que afirma que Dios es uno. No hay otros dioses aparte de Dios, Creador del universo. Lo que diferencia al cristianismo de las otras posiciones monoteístas es que Dios es a la vez uno y trino; Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ésto es algo que ha sido muy difícil de entender para quienes quieren analizarlo todo bajo el enfoque de la razón sin detenerse a pensar que la razón es tan sólo una cara de la moneda, la otra cara siendo la fe. En todo caso, aunque el término Trinidad no aparece por sí mismo en la Biblia, muchas porciones de la palabra apuntan y soportan esta doctrina. Quienes adversan la posición trinitaria aducen que Dios no tiene y no puede tener hijos. Es una arrogancia afirmar algo acerca de Dios que Dios no haya revelado al hombre por medio de su palabra. Negar que Dios tenga al Hijo es negar toda la obra de Dios llevada a cabo para salvar al hombre de la condenación.

¿Y tú, quién dices que es Jesucristo? ¿Para ti Jesús es un profeta, un gurú o Dios hecho hombre, el Salvador de la humanidad? El autor de la carta a los Hebreos, por inspiración del Espíritu Santo lo presenta de esta manera: «Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo. A éste lo designó heredero de todo, y por medio de él hizo el universo. El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas.» Si esta descripción no te aclara el asunto, tienes una gruesa venda sobre tus ojos que te impide captar la gloriosa realidad de nuestro maravilloso Señor Jesucristo, el Hijo de Dios y su obra redentora. Si lo puedes entiender, ¡Sólo a Dios sea la gloria!