«¿Hasta cuándo, muchachos inexpertos, seguirán aferrados a su inexperiencia? ¿Hasta cuándo, ustedes los insolentes, se complacerán en su insolencia? ¿Hasta cuándo, ustedes los necios, aborrecerán el conocimiento?»
Proverbios 1:22
Inexperiencia, insolencia y necedad son tres cosas que se enfrentan a la sabiduría para impedir que el hombre pueda ver la luz y salve su vida. La inexperiencia lo lleva a cometer numerosos errores con dolorosas e imprevisibles consecuencias, no sólo para él sino también para sus seres queridos. Pocas personas analizan que fue lo que los condujo a caer en el error y por lo tanto no aprenden de sus propias experiencias. Es evidente que este tipo de personas tampoco aprenderá de los errores de los demás. También hay quienes tercamente se aferran a hacer las cosas de cierta manera todo el tiempo esperando lograr resultados diferentes. Alguien dijo que ésta era una buena definición de lo que es la locura. Por otro lado tenemos a la insolencia. El insolente es “un loco suelto” o “un mono con una hojilla” por usar dos expresiones que se utilizan popularmente para describir a estos individuos. Un insolente es irrespetuoso con todo lo que tenga que ver con la autoridad, llámese Dios, padre, maestro, jefe, líder o agente de la ley. Las armas del insolente son la burla y la desobediencia. Su placer es la anarquía. Finalmente, la necedad se opone violentamente a la influencia de la sabiduría porque el necio se considera a sí mismo como superior a todo los demás. Cualquier enseñanza que no provenga de sí mismo será considerada como inválida e innecesaria. Al necio no le interesa saber lo que piensan los demás porque las ideas de otros no tienen cabida en su estrecha mente.
Como podemos observar, estas tres funestas consejeras, inexperiencia, insolencia y necedad son un lastre y una atadura en nuestros pies en el camino hacia la sabiduría. Ignorar su presencia en nuestra vida ─aunque estén presentes en limitadas proporciones─ nos puede llevar directa y fácilmente al fracaso. Identifiquemos, pues, que aspectos de nuestra vida están dominados por estas dañinas actitudes y corrijamos nuestro actuar para que nuestro camino hacia la sabiduría no se vea impedido u obstaculizado. Hagamos a la sabiduría nuestra permanente compañera.¡Sólo a Dios sea la gloria!
El afán sin conocimiento no vale nada; mucho yerra quien mucho corre.
Proverbios 19:2
Para muchas personas la paciencia es algo desconocido. No es que no sepan qué es la paciencia, sino que nunca la han podido observar y practicar en sus vidas. Nuestra naturaleza pecaminosa busca la gratificación inmediata y por eso no es muy amiga de esperar pacientemente por algo o por alguien. Todo lo queremos para ya y el mundo, uno de nuestros enemigos, se aprovecha de esta debilidad para hacernos caer y para atrofiar nuestro crecimiento espiritual. Usualmente el entusiasmo es más fuerte que la cordura y ésto nos hace ser muy impulsivos, cosa que también es aprovechada por el mundo para mantenernos atados con pesadas cadenas que coartan nuestro progreso hacia la santificación. La misma impulsividad que nos empuja a querer alcanzar la madurez de inmediato es lo que se interpone en nuestro camino hacia esta. La impulsividad es mala consejera.
No nos dejemos, pues, llevar por los impulsos y las emociones que sólo harán que actuemos irreflexivamente. No tomemos decisiones apresuradas sino apartemos el tiempo necesario para analizar adecuadamente las implicaciones y consecuencias de nuestros actos. Luego, procedamos con cautela y con firmeza hacia el objetivo trazado. Pronto veremos como la paciencia nos ayudará a movilizarnos a paso firme y con seguridad hacia la tan anhelada madurez espiritual y crecimiento en Cristo. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
El que ama la disciplina ama el conocimiento, pero el que la aborrece es un necio.
Proverbios 12:1
La disciplina es algo extremadamente necesario para la vida humana. Sin la disciplina seríamos seres absolutamente despojados de todo sentido de orden y justicia. Sin corrección cada quién podría hacer lo que le viniere en gana sin tener que presentar cuentas a nadie de lo que ha hecho y sin tener temor de recibir las consecuencias negativas que se puedan derivar de ello. Sin corrección todos estaríamos actuando sin otro criterio que la satisfacción personal sin importar lo que nuestro comportamiento pudiera afectar a otros. Todos conocemos casos de niños malcriados a quienes sus padres no han sabido enseñar y que son causa de vergüenza para ellos, si es que a esos padres les queda algo de dignidad Mucho llanto le espera a quien no levanta a sus hijos con disciplina.
Frente a la disciplina podemos tomar tres rumbos de acción. Uno es despreciarla como algo inútil que no nos interesa y por lo tanto es tan sólo una incomodidad y un obstáculo en nuestra persecución del placer. Otra es desanimarnos porque no terminamos de aprender y cada vez que actuamos mal, Dios nos disciplina y eso nos agota. Y otra es aceptar la disciplina de nuestro Padre celestial como algo beneficioso para nosotros que nos ayudará a corregir nuestros pasos y a vivir un a vida agradable a los ojos de Dios.
El apóstol Pablo nos dijo que “Ciertamente, ninguna disciplina, al momento de recibirla, parece agradable, sino más bien penosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella.” ¿Con cuál actitud recibirás la próxima disciplina que te aplique Dios? ¿La rechazarás, te desanimarás o la aceptarás? ¿Entiendes la importancia que la corrección tiene para tu vida? Ignorar la disciplina sólo ocasionará que sea necesario que recibamos disciplinas adicionales hasta que aprendamos a comportarnos con justicia y rectitud. Recibamos, pues, con alegría la corrección de nuestro amoroso Padre y mejoremos todo lo que haya que mejorar. Los primeros beneficiados seremos nosotros mismos. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Con sabiduría afirmó el Señor la tierra, con inteligencia estableció los cielos. Por su conocimiento se separaron las aguas, y las nubes dejaron caer su rocío.
Proverbios 3:19-20
El filósofo francés Voltaire al ser cuestionado sobre su posición con relación a la existencia de Dios dijo: “El universo me desconcierta y no puedo imaginar que exista este reloj y no exista un relojero.” Esta afirmación cobra mucho más valor cuando entendemos que provino de una persona a la que no podríamos llamar “creyente” en el estricto sentido de la palabra. Desde que los activistas ateos comenzaron a apoyarse en las doctrinas del Positivismo y luego del Postmodernismo, han aumentadolos ataques contra las escuelas de pensamiento y todas las personas que creen que Dios existe . El activismo ateo ha llegado al punto de contratar espacios publicitarios en vallas y costados de autobuses para exponer sus argumentos al común del pueblo y así ganar adeptos. Ellos está embarcados en una campaña proselitista. ¿Será que piensan que si logran ser mayoría podrán demostrar que Dios no existe? Es difícil saber que razonamientos se esconden detrás de sus estrategias comunicacionales. Lo cierto es que años de avances científicos no han logrado demostrar ninguna de sus descabelladas teorías sobre la vida o el origen del ser humano o el origen del universo.
Es evidente que es imposible que una estructura tan maravillosa y desconcertante como lo es el universo haya surgido de la nada sin la intervención de un Ser superior que haya ordenado su creación. Todavía más imposible es que el milagro de la vida se haya producido sin la orden directa y exclusiva del Creador. Con razón Voltaire decía estar desconcertado. Aunque los ateos por definición no creen en ninguna clase de dios, ellos tienen un dios que se llama el azar. El orgullo les impide a los ateos reconocer que se han equivocado con sus fantasiosas teorías sobre la vida y el universo. Ellos neciamente siguen insistiendo en que todo se debe al azar pero no explican cómo. La palabra de Dios nos dice que el universo y la vida fueron creados por Dios. Nos dice también que Dios hizo todas las cosas con sabiduría, inteligencia y conocimiento. No creo que el azar cuente con ninguna de estas capacidades. Gocémonos en la creación y aún más importante, gocémonos en el Creador que para eso fuimos creados. ¡Sólo a Dios sea la gloria!