Cuando los justos prosperan, el pueblo se alegra; cuando los impíos gobiernan, el pueblo gime.
Proverbios 29:2
La aspiración de todos los pueblos es ser gobernados con justicia y equidad. Todos desean que sus derechos sean respetados y que el gobierno interfiera lo menos posible en sus actividades normales siempre y cuando eétas sean lícitas, por supuesto. La triste realidad es que este tipo de gobierno justo y equilibrado es la excepción y no la regla y por eso es que vemos tantas rebeliones como las que ahora se están dando en algunas naciones árabes. El mundo siempre ha tenido su buena cuota de tiranos y opresores cuyo único objetivo es el uso indiscriminado del poder que se le ha conferido o que se han tomado por la fuerza de las armas y las trampas. Cuando un impío gobierna, al pueblo sólo le quedan ayes y tribulaciones. La única manera de obtener una solución que no resulte siendo peor que la situación de tiranía que se pretende corregir es acudir a Dios para que remueva al malvado gobernante. lL malo es que el hombre siempre ha pensado que puede alcanzar cualquier cosa que se proponga sin la ayuda de Dios y por eso los pueblos no buscan a Dios de todo corazón para lograr su liberación.
Cuanta alegría, por el contrario experimenta el pueblo cuando quien rige los destinos de un país es una persona justa y temerosa de Dios. la dirección del Espíritu Santo en su vida se encarga de que se tomen las decisiones más acertadas y adecuadas para alcanzar el bienestar del pueblo y la corrupción es eficazmente castigada para beneplácito de las masas. Si te encuentras sufriendo los rigores de hallarte bajo una tiranía busca a Dios. No creas en mecanismos establecidos por políticos y militares, por violentos o pacíficos que éstos sean. Sólo Dios tiene el poder y la autoridad para establecer o remover a las autoridades de un país o nación. Un pueblo que busca a Dios tendrá más oportunidades de vivir gobernado por una autoridad que realmente se preocupe de su bienestar que un pueblo impío y lleno de idolatría. Busca a Dios. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Quiero alabarte, Señor, con todo el corazón, y contar todas tus maravillas. Quiero alegrarme y regocijarme en ti, y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo.
Salmos 9:1-2
La alegría es una emoción que todos buscan sentir. Los intentos por alcanzar la felicidad son tantos como personas existen y han existido sobre la tierra. Cada quien tiene su propia definición de que es lo que significa para ellos la alegría y como creen que pueden obtenerla. Muchos piensan que la clave de la felicidad es el dinero y con mucho esfuerzo se dedican gran parte de sus vida a tratar de acumular grandes fortunas con el propósito de asegurar que sus vidas estarán llenas de alegría y gozo. Casi todos, sobre todo aquellos que no son extremadamente tercos, han terminando entendiendo lo que la sabiduría popular hace tiempo sabe: “El dinero no hace la felicidad.” Otros tratan desesperadamente de encontrar una ocupación que les represente la mayor satisfacción de sus inquietudes y el mayor reconocimiento de quienes les rodean. Su ídolo es la aprobación y cuando no se les presta atención o no se les reconoce verbalmente sus logros entran en franca depresión. Otros creen que la alegría sólo se alcanza ejerciendo un fuerte dominio sobre quienes han de obedecer y cumplir todo capricho que salga de sus ambiciosas mentes. Estas son apenas algunas de las maneras como la gente trata de llenarse de alegría con muy poco éxito.
La base de la alegría y el gozo del hijo de Dios es la presencia del Espíritu Santo controlando la mayor parte de los aspectos de su vida, tantos como se lo permitamos. No se trata de comportarse como zombis sin personalidad o voluntad propia ejecutando automáticamente toda orden que reciban del Consolador. Se trata más bien de la transformación de nuestra perversa naturaleza por el poder del Espíritu Santo de Dios en una condición de santificación y mejoramiento que nos permita cada día parecernos un poco más a nuestro Señor Jesucristo. Dentro de la larga lista de beneficios que nos produce la presencia del Espíritu en nuestra vida tenemos la alegría. Alegría de saber que ahora somos hijos de Dios, que hemos sido rescatados de la condenación y que muy pronto nuestro Señor Jesucristo regresará por su iglesia para vivir juntos por los siglos de los siglos en la incomparable e indescriptible presencia de Dios. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
El padre del justo experimenta gran regocijo; quien tiene un hijo sabio se solaza en él. ¡Que se alegren tu padre y tu madre! ¡Que se regocije la que te dio la vida!
Proverbios 23:24-25
El egocentrismo hace que sólo pongamos atención en las cosas que nos atañen y nos olvidemos de todo aquello que está fuera de nuestro ser. Cuando somos jóvenes, poco nos preocupa si nuestro comportamiento le agrada a nuestros padres o si por el contrario les estamos causando angustia en sus corazones por nuestra mala conducta. En esa etapa de nuestra vida sólo nos importa lo que nosotros mismos pensemos o sintamos. Tan pronto nos casamos y llegan los hijos la perspectiva cambia por completo y entonces nos damos cuenta del fuerte impacto que la conducta de los hijos tiene sobre la tranquilidad y el bienestar de los padres. Es entonces cuando nos damos cuenta de las insensateces que cometimos y llegamos a comprender el dolor o vergüenza que nuestro estilo de vida juvenil llegó a causar en nuestros progenitores. Es sólo entonces cuando nos podemos poner en el lugar de ellos y comprender la razón de todas las exhortaciones y advertencias que nos dieron mientras estábamos bajo su cuidado y responsabilidad.
Los hijos de por ellos son una gran bendición. ¡Cuánto más si esos hijos se comportan con sabiduría y se conducen siempre en el temor de Dios! Qué bueno sería que estas cosas las pudiéramos entender lo más temprano posible en nuestras vidas de manera que pudiésemos ahorrarnos muchos dolores y tribulaciones. Seamos en todo momento motivo de regocijo para quienes nos dieron la vida. Que nuestros padres puedan decir lo mismo que dijo el apóstol Juan en su tercera carta: “Nada me produce más alegría que oír que mis hijos practican la verdad.” [1] ¡Sólo a Dios sea la gloria!
El que se burla del pobre ofende a su Creador; el que se alegra de verlo en la ruina no quedará sin castigo.
Proverbios 17:5
Hay que tener un corazón de dura piedra y poco temor de Dios para burlarse de aquellas personas que por diversas razones se encuentran en la escala más baja de ingresos financieros. Quienes han logrado acumular cierta cantidad de dinero usualmente miran con desprecio a quienes no lo tienen cuando en realidad debería más bien buscar la manera de ayudarlos para que salgan de la pobreza o al menos para que esa pobreza sea un poco más llevadera. Por el contrario, esos ricachones miran al desposeído con arrogancia y desdén. Es cierto que hay muchos casos de pobreza que son consecuencia directa del mal proceder de ellos mismos, pero en vez de juzgarlos deberíamos buscar la manera de extenderles una mano para ayudarlos a salir de la crisis en que se metieron. Pongámonos por un momento en el lugar de ellos. ¿Nos gustaría que si nosotros estuviésemos atravesando dificultades financieras alguien nos apoyara para poder salir del problema? ¡Por supuesto que sí! Entonces nuestra actitud debe estar sustentada por la guía del Espíritu Santo de Dios y en línea con las instrucciones que nos dejó el Maestro:
Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas.[1]
Dios recompensa a quienes se ocupan de dar a los necesitados, por tanto no descuidemos esta importante oportunidad para demostrar que el amor de Dios está en nuestro corazón. Actuar como aquellos que se alegran de la miseria ajena es hacerle flaco servicio a la obra y al mensaje de Dios. Dios se apiada de los pobres pero nos utiliza a nosotros para canalizar es piedad hacia ellos. Seamos instrumentos de bendición en las manos de nuestro amoroso Creador. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Canten al Señor con alegría, ustedes los justos; es propio de los íntegros alabar al Señor.
Salmos 33:1
Nos han enseñado desde pequeños a ser tan individualistas que nos cuesta reconocer públicamente los logros y los talentos de los demás. Eso sí, nos agrada muchísimo cuando nosotros somos el objeto de reconocimiento y de hecho, reconocimiento es algo que esperamos recibir cuando logramos algo importante. El problema es que todo nuestro pensamiento se centra en nuestro yo o en nuestro ego como también se le conoce. Lo peor de todo es que con Dios actuamos igual. Esperamos que Dios nos premie y nos elogie cuando “hacemos” algo bueno pero se nos olvida agradecerle por todo lo que él nos ha dado y ha hecho por nosotros. Disfrutamos de lo que “tenemos” y nos olvidamos de que nada tendríamos si no fuera porque Dios nos lo dio. Le pedimos a Dios en todo momento que nos haga más sabios y conocedores de lo que “somos” y se nos olvida que estamos aquí por su gracia y misericordia. Lamentablemente, muchas veces confirmamos lo que la sabiduría popular señala cuando dice: “Sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.” Este inaceptable comportamiento es muy propio de nuestra naturaleza pecaminosa. Como el gen del orgullo forma parte de nuestro código genético desde que el mundo es mundo, sólo nos interesa lo que representa un beneficio o una satisfacción para nosotros. Todo lo demás es accesorio y poco importante.
Cuando actuamos así estamos quebrantando los mandamientos, preceptos y normas que el Señor, nuestro Dios nos mandó que pusiéramos en práctica para que durante toda nuestra vida nosotros y nuestros hijos y nuestros nietos le honrásemos a él. Debemos siempre tener en cuenta que todo lo que “somos”, “hacemos” y “tenemos” se lo debemos a Dios y a nadie más y que sólo a él debemos expresar nuestro agradecimiento porque de esta manera lo estaremos honrando. Cuando centramos nuestra atención en nosotros mismos le estamos negando la gloria a Dios y ésto, clara y definitivamente no es honrarlo. Quitemos nuestra mirada de nuestro ego y tornémosla a nuestro Dios. Consideremos todas las bendiciones que él nos ha concedido y agradezcamos siempre y con alegría todo lo que él ha hecho por nosotros. ¡Sólo a Dios sea la gloria!
Bajo el peso de su poder, sus víctimas caen por tierra. Se dice a sí mismo: «Dios se ha olvidado. Se cubre el rostro. Nunca ve nada.»
Salmos 10:10-11
El poderoso y el malvado se engañan a sí mismos creyendo que ellos no están bajo la autoridad de Dios y que por lo tanto pueden actuar con toda impunidad. Este auto-engaño les produce una falsa sensación de seguridad que los motiva a seguir haciendo de las suyas sin prestar atención a las terribles consecuencias que su reprochable comportamiento va a traer sobre sus cabezas. La única vía que ellos conocen es la de la violencia y el abuso del poder. Su gozo y satisfacción estriban en humillar, doblegar y dominar a su prójimo tantas veces como sea posible. Mientras más éxito tienen en su campaña de dominio sobre los demás más se acercan a la trampa que los cazará como inocentes criaturas. La falsa sensación de seguridad con que se arropan les impide ver el triste futuro que se les avecina. Su arrogancia les da el ánimo que necesitan para perseguir al indefenso, convencidos de que Dios no existe y si existe, no ve, se ha olvidado de su creación o no le importa lo que ocurre en este mundo.
La realidad es todo lo contrario. Dios está completamente al tanto de toda la persecución y abuso que estos malvados seguidores e instrumentos de Satanás llevan a cabo con tanto placer sobre los inocentes y los oprimidos. El juicio de Dios no tarda, aunque el hecho de que Dios ve al tiempo diferente a como lo vemos nosotros, hace que nos parezca que él ignora nuestros sufrimientos o se ha olvidado de nosotros. Nuestra fe debe mantenerse firme bajo el peso de la opresión. Nuestra esperanza es que muy pronto Dios secará toda lágrima que nuestros ojos han derramado y nos devolverá la paz y la alegría que nos corresponde disfrutar como hijos de Dios. No permitas que el enemigo te robe el gozo de saber que estás completamente protegido por el poderoso brazo de Dios. Recuerda que el Señor escucha la petición de los indefensos, les infunde aliento y atiende su clamor. ¡Sólo a Dios sea la gloria!