210. Nuevos padres para los nuevos sujetos (siglo XXI)
01. Las cosas están cambiando para todos: no sólo son distintos nuestros hijos, la escuela, las salidas, los horarios, las diversiones, su lenguaje, sus gustos o costumbres, sino que también nosotros somos distintos.
02. Por eso, en este encuentro, vamos a hablar de nosotros, no de nuestros hijos, entre otras cosas, porque no están presente para escuchar, aportar su visión, contra-argumentar o defenderse. Vamos a hablar de nosotros. Y los beneficiarios serán nuestros hijos. Es fácil decir lo que nuestros niños y adolescentes deben o no deben hacer: decirlo aquí, en esta charla, que lo diga yo y que ustedes estén de acuerdo o me corrijan. El problema es decirlo esta noche o mañana en casa, o el fin de semana o el domingo por la tarde o al llegar las vacaciones o en las situaciones concretas.
03. Todos ustedes hace rato que se han recibido de padres y, por lo tanto, no necesitan que yo le entregue recetas para hacer lo que ustedes saben hacer: tal vez necesitemos reflexionar juntos qué debemos ser como padres para que nuestra palabra, nuestro consejo, nuestras advertencias, nuestras correcciones, nuestras diversas formas de presencia tengan posibilidades de llegar a nuestros hijos. En palabras de un com-provinciano reconocido: Busco en mí la palabra que te debo y no la encuentro. Quiero hacerte un regalo que te sirva y que no tengo. Te acaricio y me tiembla la ternura en los dedos. Me preocupa quererte y no sé cómo hacer.
04. Si nosotros mejoramos, nuestros hijos serán mejores: si nosotros ajustamos nuestra forma de ser y de obrar, si somos mejores y asumimos nuestro rol de padres, seguramente ellos responderán mejor. Tal vez los padres del pasado no eran mejores educadores, no vivían pensando en la educación que necesitaban sus hijos, sino que se limitaban a “ser padres”, a “hacer sencillamente y todos los días de la vida lo que debían hacer”. Seguramente tenían miles de problemas (económicos, laborales, matrimoniales) pero nunca negociaban la responsabilidad principal por el que habían formado una familia: hacerse cargo de los hijos. No basta con tener un hijo para ser padre o madre. Uno tiene que hacerse padre, hacerse madre (“Me recibí de padre como si fuera un sueño. Puesto a andar en la vida, tropecé con los hechos”) Y, además, se puede ser huérfano aunque los padres estén vivos. De hecho habitamos en una sociedad de hijos huérfanos: una sociedad en la que chicos y adolescentes carecen de padres, de referencias, de límites y de valores que den sentido a sus vidas. Nadie nos obliga a ser padres. Si decidimos serlo, debemos ejercerlo: es compromiso del que no podemos retirarnos, aunque los contratos entre los adultos puedan legalmente disolverse.
05. En esta tarea, todos somos iguales, todos somos igualmente padres: no hay títulos que podamos conseguir. Nadie es más padre que otro, y los títulos que exhibimos, los trabajos o las profesiones, la clase social o la ubicación geográfica, la abundancia o la pobreza no otorgan jerarquías ni privilegios. Hay mejores padres y mejores madres simplemente porque ejercen esa función, se hacen cargo de esa responsabilidad, y obtienen buenos resultados. Y hay padres peores o simplemente malos padres porque se bajan de su rol, se borran, desaparecen o simplemente están aunque no cumplen ninguna función. Los hijos que viven la peor de las orfandades no son los que tienen a sus padres muertos, sino aquellos que tienen a sus padres vivos. Padres vivos e hijos huérfanos es la peor ecuación imaginable, porque son los padres ausentes, los que se borran, los que nunca están (porque no quieren, porque no pueden o porque no saben).
Algunos han desertado de su compromiso porque han interpretado que las relaciones familiares debían ser democráticas, cuando en realidad en la familia (como en otras interpretaciones) las relaciones son asimétricas y es necesario que se afirme el sentido de la autoridad. Otros han crecido discutiendo el poder y la autoridad de sus padres y como reacción se han convertido en rehenes de sus propios hijos. Y están los que han desarrollado un sentimiento de culpa (por el tiempo que le dedican al trabajo, a los viajes, a la vida social, a los negocios) que pagan con una falsa conquista de sus hijos. En los tres casos, los padres no saben o no desean cumplir con su rol. Y en esto no hay sustitutos: lo que los padres dejan de ser o hacer, no lo reemplaza nadie y lo paga toda la sociedad.
06. Lo primero que necesitamos es volvernos adultos, ser adultos. El adulto es alguien que asume la autonomía y la responsabilidad. En estos tiempos en los que muchos adultos quieren ser o parecerse jóvenes, la función de padres los coloca en el lugar del adulto, más allá de la edad que tengan como papá o mamá. El adulto renuncia a formar parte del bando de los jóvenes, a comportarse como joven que puede aun ser inconsciente, tomas la vida en broma y depositar la responsabilidad en otros. Los padres adultos toman decisiones, asumen riesgos, de hacen cargo de los hijos, saben que son sus últimos responsables hasta que alcancen su propia autonomía o adultez. Volverse adulto incomoda, nos quita de la tranquilidad, nos pone en un lugar autoridad, en el que decidimos sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Por eso muchos padres prefieren renunciar a ese rol y proponer una presencia de amigo y compañero: porque el amigo puede funcionar como confidente, como cómplice, respaldo y ayuda, pero no asume la responsabilidad por el otro. El desafío es construir unos padres que no sean autoritarios como fueron los suyos, pero que tengan la capacidad de contener y educar sin miedos y sin culpa. El adulto no añora la inconciencia de la adolescencia perdida, los sueños de la juventud. No vive, ni piensa como lo que fue o lo que gustaría haber sido. Habla y piensa como adulto: ama, vive, construye sus discursos, arma su vida, asume su trabajo y sus responsabilidades desde su rol de adulto educador. Cualquier confusión en este sentido pone en riesgo tanto al educador como a los educandos. Si en lugar de padres, los hijos encuentran un compañero, si en lugar de profesor los alumnos descubren y valoran a un amigo, esos mismos hijos/alumnos se quedarán huérfanos de educadores, padecerán la ausencia de quienes deben incentivarlos y guiarlos para el crecimiento, la marcha hacia el futuro que los demanda.
07. Por eso es imprescindible restablecer el sentido preciso de la autoridad. La autoridad siempre es sustantivo y remite a una posesión fundamental: lo que es o lo que se tiene. No existe un verbo que ponga en funcionamiento la autoridad, porque la autoridad es una propiedad fundamental de quien la posee. Pero no es dado simplemente por “tener un hijo”, sino porque uno aprende a tener y a ejercer esa autoridad de padre o de madre de familia. Más que un título es una conquista, una construcción: los padres se vuelven dignos de ejercer la autoridad, porque sus hijos los “habilitan”, los reconocen como tales. No es una imposición arbitraria, que se maneja con órdenes y gritos, sino una presencia que habla, indica, prescribe pero que sabe hacerlo siempre pensando en el crecimiento de sus hijos. Pueden disponer cuestiones agradables, difíciles o dolorosas, pero no pretende ampararse en la simpatía, sino en el amor, algo que supone estar siempre en los buenos y en los malos momentos, a la hora de conceder y de prohibir. Los hijos de este tiempos, de las últimas generaciones han tomado por costumbre ”habilitar” a los referentes y a los adultos. Nadie es reconocido sólo por ocupar un lugar o cumplir una función. Los padres ejercen su rol y funcionan como tales, solamente si sus hijos “los habilitan como padres” (entonces los escuchan, los consultan, los tienen en cuenta); de lo contrario los ignoran, los desconocen, desprecian. Habilitar viene de “volver hábil” e implica hacer a alguien o algo hábil, apto o capaz para una cosa determinada; dar a alguien el capital necesario para que pueda negociar por sí. Y de eso se trata: padres con autoridad saben siempre que es lo que hay que decidir y lo hacen pensando sólo en el bien de sus hijos: no deciden por miedo, por moda, porque lo hacen otros padres, para conquistar a sus hijos, para ocultar sus debilidades. Lo hacen porque hay que hacerlo, sin que falte la capacidad de escuchar, dialogar y consultar también a sus hijos.
08. Necesitamos fortalecer los tiempos y espacios familiares, de encuentro familiar. No se trata de vivir juntos, de con-vivir, sino de encontrar tiempos y lugares para hablar, dialogar, escuchar, hablar. Los padres tienen cosas para comunicarles a sus hijos. Los hijos tienen cosas para comunicarles a sus padres. No se puede hablar en el curso de un almuerzo, con la televisión resonando en un extremo y llamados de teléfono. Tampoco en un momento en que estamos nerviosos, cansados, ansiosos, vulnerables. Necesitamos “buenos tiempos”, “tiempos oportunos” que saben encontrar el lugar adecuado: la casa, un bar, una caminata, una actividad juntos, un viaje. La calidad de la comunicación se mide por la capacidad de escuchar con todos los sentidos: mirar, oír, estar. Puede pasar que la palabra de nuestros hijos nunca sean escuchadas: nosotros estamos allí, pero seguimos metidos en nuestros mundos personales. Muchas de las patologías que socialmente lamentamos en el campo de las adicciones provienen de la incapacidad o imposibilidad de hablar. Nuestros hijos hablan para que los escuchemos. Si no los escuchamos, no hablan más.
“No puedo hablar con mi hijo. Está siempre encerrado en su mundo”. Puede tratarse de una personalidad adolescente muy cerrada, a quien le cuesta comunicarse. Pero puede suceder que sea alguien a quien nunca se ha escuchado, siempre silenciado o ignorado. La respuesta del hijo será natural: ahora no hablo más. Y hay tantas otras frases: “Papá, ¡vos nunca tenés tiempo para nosotros!”, “Mamá, tenés todo el tiempo para tus amigas y tus actividades, pero para nosotros, nada”.”Ustedes se preocupan por comprarnos todo, pero nunca quieren escucharnos. Pareciera que no les interesa conocer nuestros problemas”. En los verdaderos encuentros, aparecen los temas de fondo, aquellos que nos cuesta abordar (tanto a los padres como a los hijos): enamoramiento, sexualidad, salidas, excesos, consumos, bromas, mentiras, travesuras, criterios morales, lo bueno y lo malo, amistades, fracasos, riesgos. No siempre escucharemos cosas agradables, pero para eso estamos para intervenir como padres en el momento justo.
09. Necesitamos desarrollar y crecer en la cultura del cuidado, hacer de la familia un lugar del refugio y del amparo. Frente a nuestra sociedad actual que exhibe mayores niveles de peligros, inseguridades y riesgos, los padres debemos crear una red, una relación de hospitalidad, de acogimiento, de protección. Esta cultura del cuidado es la que aparece en la frase con que despedimos a los que queremos: “¡Cuidate!”. Cuidar implica ocuparse, preocuparse, estar junto, servir de respaldo, dedicarse.
Instalar la cultura del cuidado es la única manera de sobrevivir en un mundo demasiado ancho, demasiado ajeno, inhóspito, sumergido en múltiples formas de orfandad. Y ese el mundo en el que se ingresan nuestros hijos. Cuidar a los hijos, hacernos cargo de ellos, protegerlo para sentirse uno mismo cuidado, protegido, respaldado. Es lo que hemos hecho siempre – especialmente las madres – cuando han tenido alguna enfermedad. Esta cultura del cuidado es más general: porque hay otras amenazas, otras enfermedades. El cuidado valora al otro, recupera su iniciativa, respeta su pensamiento, se hace cargo de sus limitaciones, construye a partir de sus defectos, promueve el crecimiento de cada uno de ellos. En cada edad “los cuidados” son diferentes: porque sabemos que hay una clara diferencia entre la protección y la sobre-protección: entre cuidar e impedir el crecimiento, la posibilidad de comenzar a volar solos. Y nuestros hijos también deben acostumbrarse, aceptar nuestro cuidado, porque ésa es nuestra función, siempre que en el intento por cuidarlos no los ahoguemos. Y es verdad que siempre hubo problemas y peligros, pero hoy la situación parece más complicada. Hay una canción de los OLIMAREÑOS que refleja una realidad que no es la nuestra:
| Yo me quedaba sentado en sus rodillas Me quedaba dormido con mi padre. Me quedaba dormido, en el medio de aquella maravilla Y yo soñaba, cuando ellos conversaban, mi madre preguntaba por el mundo. Mi madre preguntaba, y mi padre sonriendo contestaba. | Y era tan linda, y tibia la cocina Y allí todos reunidos y apretados, y allí todos reunidos….., el mundo se iba haciendo sin orillas. Y en la ventana, el miedo, pero lejos.. Y en aquellas palabras misteriosas y en aquellas palabras, la llave de los sueños mas secretos…. |
Del otro lado está la cultura del descuido, de las familias – ricas o pobres, en el centro o en una villa – del abandono. Las que tienen hijos, pero no se ocupan de sus hijos. Allí los hijos quedan a un lado, son ignorados, se los saca del medio por molestos, se le deja solos (en la calle, en el barrio, en el club, en la escuela o una casa enorme pero solitaria). El des-cuidar a los hijos es dejarlos abandonados a tu propio destino. La casa des-cuidada es la casa abandonada. Una persona des-cuidada es una persona que no se arregla a sí misma (ni por dentro, ni por fuera). Un hijo des-cuidado es el que no tiene padres: nadie lo viene a buscar, no hay nadie en las reuniones, siempre tiene que arreglarse solo. Por eso decimos que el cuidado que los padres ejercemos sobre los hijos es una actividad que no se nota: el que cuida cotidianamente no recibe aplausos, no tiene monumentos, no aparece en los diarios. El cuidado es una práctica sin espectacularidad. Pero, curiosamente, hay una diferencia importante entre cuidado y sacrificio. El que se sacrifica, se priva de algo y excluye la reciprocidad. Por el contrario, el que cuida se consagra al otro y goza de ello: uno se encuentra al final de la acción más rico, no más pobre. El cuidado suele tener un saludable efecto bumerang. Uno como padre va hacia a los hijos y ellos regresan hacia uno.
10. Para ejercer nuestra responsabilidad necesitamos conocer el mundo de nuestros hijos, reconocer los territorios, los lugares en los que nuestros hijos están y se mueven. Desde allí se construye la confianza mutua, jugando con el control y la libertad, el sentido de los límites y los permisos, las autorizaciones y las prohibiciones. Nosotros somos los responsables, “los que respondemos” y por tanto nos corresponde decirles y recordarles lo que está bien y lo que está mal, lo que es un chiste y lo que es una falta, los amigos convenientes y los otros, los lugares adecuados y los riesgosos, las diversiones y los desbordes, los gustos y los excesos, los horarios convenientes y los caprichos, lo que hacen los otros chicos y lo que hacen nuestros hijos. Nosotros estamos para trazar la línea, sin depositar en otros (por ejemplo la escuela) la responsabilidad. Los hijos están creciendo y se alimentan mejor con nuestras intervenciones. Son como los árboles: crecen porque están llenos de vida, pero los tutores son los que le permiten crecer seguros, firmes, en altura.
11. Es necesario que nos vean como padres coherentes, consecuentes con lo que decimos. Si decimos algo y hacemos lo contrario es muy difícil educar. No se trata de ser perfectos, sino de comprometernos con las verdades en las que creemos. Seguramente estamos llenos de defectos y limitaciones, pero es necesario que ellos descubran una forma de ser familia, de ser padre, de ser madre, un modelo con el que impregnar su propia vida, guardar en su interior un modelo posible. Si no tienen eso subjetivado no podrán emprender seriamente la aventura de vivir. En un conocido texto SERGIO SINAY termina diciendo: “Mi padre no fue un gran hombre, pero fue honesto. Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue amoroso. Mi padre no fue un gran hombre. Y no importa. Los grandes hombres ocupan a veces, demasiado lugar. Asfixian. Y son acreedores de deudas que nos hacen la vida más pesada. Visto así, por suerte, mi padre no fue un gran hombre. En muchas cosas fue sólo un pequeño hombre. Pero más allá de todo fue algo más difícil y más importante. Mi padre fue un buen hombre. Agradezco eso”. Ojalá digan eso de nosotros: no fue un gran padre, no fue una gran madre, no fuimos una gran familia…pero hicieron el intento por ser honestos, por hacer siempre lo que había que hacer, nunca se bajaron de sus compromisos.
12. Finalmente – carece de sentido recordarlo – debemos amar mucho a nuestros hijos, amarlos en serio, saber amarlos. Porque ese amor de padres es un amor que no reconoce pausa y que siempre está vigente: en los buenos momentos y en los malos momentos, cuando los hijos nos enorgullecen y cuando nos avergüenzan. Siguen siendo siempre nuestros hijos. No se trata de defenderlos sino de ayudarlos a cambiar. Y cuando los retamos o los castigamos, cuando los premiamos o los privamos de algo estamos ejerciendo ese difícil amor de padres, que es el amor que siempre queda, el que no se maneja por compromisos o por contratos, sino por lazos de sangre. Y que ellos sepan, sientan, se den cuenta de que los amamos mucho. Que una persona ame es importante, pero que se sienta amado es un respaldo imprescindible. Amamos a todos los hijos, los amamos de manera diferente, pero ellos deben sentir que los amamos a todos por igual. A veces las canciones dicen lo que no siempre podemos expresar: Cada día que pasa sos distinta y confieso que no sé que decirte más allá de mis besos. Como yo y como todos sé que sos un misterio, un inmenso posible y un hermoso proyecto. Yo, tan sólo un testigo que te sigue de lejos con el alma en los ojos y soñando un encuentro.
13. Si somos buenos padres, si podemos hacer algo, mucho o todo lo que hemos dicho (y muchas cosas que no hemos desarrollar), nuestros hijos serán mejores, porque son un reflejo de nosotros como padres, como en la genética que anticipa configuraciones morfológicas o personalidad, los hijos son la proyección de la familia. Y si los hijos son mejores, seguramente la tarea de la educación que se completa en la escuela será – para todos – más llevadera.
BUENOS PADRES PARA BUENOS HIJOS: DECALOGO
01. Demuestren a sus hijos lo mucho que los quieren: los dos y a todos por igual. El amor es un gesto que fortalece y acompaña.
02. Construyan un buen clima familiar, a pesar de todos los problemas: en el lugar en donde los hijos construyen sus vidas.
03. Eduquen en la confianza y el diálogo. Ni los gritos, ni los enojos, ni el temor generan mejores resultados.
04. Deben predicar con el ejemplo: pídanle a los hijos lo que como padres y adultos estén dispuestos a cumplir y hacer
5. Compartan con ellos el máximo de tiempo, porque sólo el tiempo que le dediquen hace que los hijos sean efectivamente muy importantes.
06. Acepten a todos los hijos tal y como son, en los diversos momentos de sus vidas. A veces no son, no hacen, ni se presentan como hubieran deseado, pero siguen siendo los hijos.
07. Enséñenles a valorar y respetar lo que les rodea: nada es gratis y todo es resultado del trabajo y del esfuerzo.
08. Sean cuidadosos con los castigos tratando de crear las condiciones para corregir y reparar acciones o reacciones inadecuadas. Y nunca olviden que también allí, lo que vale es el amor.
09. Aunque a veces es necesario prohibir y marcar los errores, nunca hay que olvidarse de aprobar y felicitar por los aciertos y las buenas acciones
10. No pierdan nunca la paciencia, porque la educación es un prolongado ejercicio de paciencia que siempre mantiene su fe en el otro, aguardando su crecimiento esperado.
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CONCLUSION: Kahlil Gibran: Tus Hijos |
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Tus hijos no son tus hijos, son hijos |
Puedes esforzarte en ser como ellos, pero ni se detiene en el ayer. |
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¿EN QUÉ TEMAS Y ACTOS DEBEN EJERCER LÍMITES Y CONTROL LOS PADRES? ¿COMO HACERLO?
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VARONES |
MUJERES |
¿EDAD? |
¿COMO?
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HORARIOS
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LECTURAS, TV,
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VIDEOS, USO DE INTERNET
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BEBIDAS, CONSUMOS
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MANEJO DEL DINERO
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HABITOS, COSTUMBRES
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USO DE VEHÍCULOS
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MORAL, VALORES, CONDUCTA
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AMIGOS Y COMPAÑEROS
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SALIDAS, DIVERSIONES
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RELACIONES SEXUALES
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ESTUDIO, FUTURO, OBLIGACIONES
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PRACTICAS RELIGIOSAS
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SALUD Y CUIDADO CORPORAL
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GUSTOS MUSICALES
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CARÁCTER, FORMA DE SER
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Muy inmteresante este articulo gracias por aportar esta informacion un saludo
javier