140. Nuevos Relatos, Nuevos rituales + cumpleaños de quince

Sábado a la noche. Cumpleaños de quince de la hija de unos amigos. Invitación amable y compromiso de mi parte. Intuía qué me esperaba, pero hacía tiempo que no concurría.

No me interesa relatar el cumpleaños porque en general se trata de cuestiones conocidas por todos… me interesa comparar lo sucedido en la fiesta social y compararlo con el universo escolar.

Me encontré con un universo de mujeres vestida para la ocasión, absolutamente distintas y producidas, alejadas de la forma con que habitualmente se viste. En un rincón los varones tenían el mismo aspecto – un poco más cuidado – que siempre. A los varones los reconocía en seguida; a las chicas – compañeras de la cumpleañera – me costaba recuperar su imagen en los vestidos, los generosos cosméticos, los peinados y la apariencia en general. Adolescentes. Nada raro. Sucede algo parecido en las fiestas de graduación: los varones son los mismos con mayor formalidad; las mujeres son absolutamente otras, como si la escuela les velara el cuerpo y la belleza posible… y las fiestas le abrieran todas las puertas.

Lo que sucedió a partir de los saludos habituales y la ubicación en alguno de las mesas es lo que me llamó la atención.

He escrito más de una vez que han muerto los grandes relatos que sostenían a la escuela moderna. Tal vez no hayan muerto, simplemente se han retirado de los lugares escolares que solían frecuentar por una simple razón: los docentes cada vez ponen menos pasión en defenderlos y los alumnos definitivamente ya no creen en ellos.

Los relatos se asocian a rituales, a ceremonias que se respetan según un código compartido: orden, trabajo, símbolos patrios, honra a los próceres, actos patrios, desfiles, formaciones, palabras pronunciadas o escuchadas fueron siempre parte de ese ritual que sostuvo por mucho tiempo el funcionamiento de la escuela.

En algunos casos, todo ha desaparecido; en otro se ingresa en un juego de simulacros y mentiras en el que todos hacen como que creen en aquello que formalmente cumplen, aunque ya no le presta conformidad: no hay ya un asentimiento subjetivo, sino acatamiento formal de órdenes.

Con el fin de los relatos, se produjo el fin de los rituales… y entonces, como sabiendo que la naturaleza humana necesita relatos, estas historias, estos cuentos fueron a parar a otros lugares, ordenan otros aspectos de la vida de otras actividades: los relatos se privatizan y se convierten en banalizados micro-relatos a la carta.

Este cumpleaños – hecho a imagen y semejanza de todos los cumpleaños de la generación y de la zona – es una expresión de los rituales que obedecen a relatos implícitos, a los que se someten los adultos por imposición de las adolescentes. De hecho, desde siempre, la tradicional fiesta de los quince año fue un ritual paso (“has dejado de ser una niña para pasar a ser una mujer”, dicen los mensajes) que celebran las mujeres, sin que exista un ritual análogo entre los varones.

Cada uno de los pasos que pude observar desde una cómoda posición fueron parte de una liturgia que no manejaban los padres, ni la homenajeada, sino los encargados de catering y los que manejan la imagen y el sonido. Fueron ellos los que paso a paso dispusieron del tiempo, del espacio, de la música, del movimiento de los actores, de la presencia en los lugares centrales, de la diversión, de los mensajes.

Seguramente se trata de costumbres que se van consolidando, que nadie ha invitado, pero que todos terminan obedeciendo: la liturgia dispone de las luces, la ubicación de las mesas, el tipo de música, los adornos, la disposición de los invitados, los arreglos, etc.

Y entonces – como en las ceremonias religiosas o escolares – todos encuentran lo que van a buscar, todos ven lo que ya saben que van a ver: un video previsible que presenta la historia previsible de la cumpleañera, la entrada triunfal con el padre o con los padres, las lágrimas y la emoción, la recepción emocionada de familiares y amigos, el baile inicial , la ubicación en la mesa central, la fotografía y la filmación con cada uno de los grupos de invitados… la cena (con variados platos y formatos, y con ingreso teatral de los encargados del servicio), el baile prolongado con la música de la generación, con sus costumbres y movimientos, con la separación de varones y mujeres, con una limitada presencia de adultos… y el tiempo que se ordena para que la fiesta vaya extendiéndose y durando lo que debe durar.

Luego vendrán el ritual del corte de la torta y el brindis familiar, la entrega de souvenir a chicos y chicas, los mensajes que se leen a la homenajeada: familiares y diversas tandas de amigas y amigos (abrazos incluidos), nuevamente el baile, las nuevas bebidas… etc, etc.

Efectivamente los rituales se han ido de las aulas, de los patios de las escuelas, de sus actos y de sus ceremonias pero no pueden desaparecer porque no se puede vivir sin historias, sin relatos, sin rituales… en otros lugares, otros sacerdotes llevan adelante la liturgia que acompaña el funcionamiento de los nuevos cuentos. En este contexto, ¿quién se atreve a discutirlos mientras tienen vigencia y responden a las expectativas de los usuarios (que generalmente nunca son los creadores)?

Algo similar sucede con los VIAJES DE EGRESADOS, las DIVERSIONES DEL FIN DE SEMANA, las FIESTAS DE FINAL DE CURSO: también allí hay justificaciones, relatos, rituales, una sucesión de elementos y prácticas que no pueden faltar. Muchas de estas celebraciones vienen desde hace mucho tiempo, pero hoy: todo se compra a quien la entrega en cómodas cuotas, aunque se asegura – previsor – que todo esté pagado antes del consumo final.


NOTA: comenté estas ideas con amigos y alumnos de la formación docente. Y surgieron los rituales que no alcancé a ver o que simplemente no formaron parte de menú: LAS QUINCE VELAS, EL SHOW DE LOS PELUQUEROS, PRESENCIAS EXTRAORDINARIAS INVITADAS PARA LA OCASIÓN… ¡larga vida al ritual!


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