Mintiéndote en la cara

Estaba leyendo un post de Oscar Cani. Como siempre, además de reírme de sus anécdotas, me llamaron la atención los apodos con los que describe a la gente que lo rodea. Si bien me reí muchísimo, imaginé que los acreedores de dichas descripciones no se deben haber sentido muy cómodos con ellas. Es que, aunque algunos apodos son en verdad muy graciosos, a sus dueños no suelen gustarles demasiado y tienden a responder a ellos con improperios y amenazas.

En ese entonces recordé (y a esto quería llegar con tanta perorata), algunos apodos que nuestros amigos se comían con gusto, creyendo que significaban una cosa, cuando el verdadero significado distaba enormemente de ser algo agradable.

El primero que recordé es el de una muchacha que conocí en el viaje de egresados. La niña, a pesar de no ser una belleza, ponía un esmero casi obsesivo en su producción y arreglo, con resultados no siempre favorables. Digámoslo de otra manera: entre las microminis, los stilettos y el exceso de maquillaje, daba más para un privado de Constitución que para un boliche de San Carlos de Bariloche.

Al segundo día, la muchacha ya había perdido su nombre de pila y había sido rebautizada con el apodo de “Estampita”. Como no tenía idea del significado de dicho apodo, algún turro tuvo la idea de decirle que las estampitas, al igual que ella, eran “imágenes para adorar”. La piba, por supuesto, se lo creyó en un segundo, y andaba por todos lados orgullosa de ser la Estampita del grupo. Nunca llegó a sospechar que, en realidad, le habían puesto Estampita porque quedaba feo decir Es Tan Puta…

El otro que me llegó a la memoria fue el de un vecino de un antiguo trabajo. El pibe venía al local ataviado con una gorrita con visera calada hasta los ojos e inundando el ambiente con el aroma de sus chicles de menta. Al poco tiempo, ya se había hecho habitué, y venía todos los santos días a contarnos sus fabulosas historias que no eran otra cosa que tremendos bolazos que nadie creía.

El vecino, al poco tiempo, pasó a ser para nosotros “El Pibe Bazooka”. Por supuesto, el flaco se lo tomó por el lado de la gorrita y los chicles, y cada vez que alguien lo llamaba así, se tocaba el borde de la visera, asentía con la cabeza y esbozaba una sonrisa. No creo que alguna vez haya asociado que el chicle Bazooka, en esa época, se promocionaba como “el de los globos más grandes”.

Por último, recuerdo a alguien a quien llamábamos Bebé, no por su inocencia y ternura sino por las siglas B. B. es decir Bastante Boludo.

En fin. Yo sé que ustedes son todos unos santos y jamás le pondrían un apodo malicioso a nadie… sin embargo, me encantaría que me cuenten si ustedes, o si quieren echarle la culpa a algún amigo (total no van a saltar a desmentirlos), hicieron lo mismo alguna vez.

Durmiendo con el enemigo

Tal vez alguno de ustedes recuerde la película, protagonizada por Julia Roberts. Ella tiene un esposo aparentemente perfecto, que resulta ser un maniático, obsesivo y violento. El maltrato que sufre esa mujeres tan grande, que la lleva a simular su propia muerte para huir del psicópata.

Pues bien, si bien mi marido no está aún como para internarlo en el Borda (le faltan un par de materias todavía), últimamente hay algo de esta película que se está reflejando en mi vida actual, y que puede llegar a hacerme cometer ciertas locuras que preferiría evitar. Si, mis amigos: yo estoy hoy en día durmiendo con el enemigo…

No vayan a creer que el tipo me rompe las costillas a golpes, ni me lleva de los pelos por la casa, ni nada parecido. Su tortura para conmigo es psicológica, y lleva una cuota de inconsciencia que frena mi mano en alto cada vez que intento partirle algo por la cabeza.

La situación se está poniendo cada vez más densa. Ya no encuentro soluciones y la desesperación me está llevando por caminos tortuosos. Cada vez que intento hablarlo, el culpable de mi sufrimiento me dice que todos son inventos míos y no acepta la cruda verdad. De vez en cuando, cansado de mis súplicas, desliza al pasar que va a buscar ayuda profesional, pero nunca cumple.

¿Qué debo hacer entonces? ¿Partirle de una vez por todas el control remoto en la cabeza? ¿Irme de mi propia casa? ¿Salir yo a buscar la ayuda que tanto necesita?

Si pudiera al menos fingir mi muerte para escapar… pero es imposible. Solo en yanquilandia una persona puede mudarse lejos y cambiar de nombre para tener una nueva vida. Y aunque así fuera, no podría dejar a mi hijo solo, con ese hombre que también a él lo empieza a maltratar (aunque, por lo que he observado, mi hijo ya empezó a seguir el camino de su padre).

Pienso que si mi insomnio no se hubiera agudizado los últimos meses, podría soportar mejor la situación. Pero es imposible, cuando empieza a amanecer y yo sigo despierta, no tener ganas de ahorcar al tremendo hijo de un simposio de putas que es mi marido, que no para de roncar…

Al principio, con la teoría de que los roncadores solo lo hacen cuando están boca arriba, le acariciaba la mejilla suavemente para que se pusiera de costado y finalizara con la cacofónica melodía. El efecto duraba apenas unos siete segundos, en los cuales debía dormirme a la velocidad de la luz.

Como la cosa no funcionaba, empecé a hacerme la boluda (me sale bárbaro) y me daba vuelta en la cama con cierta torpeza, como para sobresaltarlo y que se despierte brevemente. Tampoco funcionó. No solo me trataba de bruta, sino que se daba vuelta y seguía roncando aún peor.

A medida que mis ojeras se iban intensificando, pasé a actitudes más desesperadas, como apoyarle los pies helados en los riñones (si eso no lo hace despegarse a quince centímetros del colchón, me rindo), tirarlo de la cama de un caderazo o taparle la nariz para ver cuánto aguanta sin respirar. Por desgracia, tampoco obtuve resultados positivos. El tipo tiene una tenacidad a prueba de todo, y es el único ser que conozco que es capaz de seguir roncando aunque esté despierto.

De más está decir que el guacho no solo se hace la víctima, sino que amenaza con denunciarme por malos tratos. Es que, aunque lo haya filmado en pleno concierto de ronquidos, aunque mi hijo lo putee desde su cama porque sus graznidos no le permiten escuchar la tele, y aunque varios amigos y familiares sean testigos de sus sonatas en Do menor, el tipo sigue insistiendo en que él no ronca…

Sinceramente, ya no sé que hacer. Los tapones para los oídos no son suficientes para los decibeles que alcanza este hombre. La casa es chica y, aunque me vaya al extremo opuesto, se escucha igual. La vecina de la planta baja (mi madre), ya me ha dicho que no me gaste en pedirle asilo, porque desde allá también se escucha, y encima tendría que luchar también con los ronquidos del perro. Solo me queda orar por que, cuando nazca mi segundo hijo, esté tan cansada que me duerma como un tronco, aunque la banda municipal, con el difunto Quindimil a la cabeza, se paren junto a mi cama para tocar la sinfonía 1812 con cañonazos incluidos.

P.D: estoy posteando esto en plena madrugada, mientras mi bienamado esposo, para no desentonar… está roncando!

Siempre un paso…adelante.

A lo largo de mi vida, he notado que la gente nunca está conforme con el momento en el cual se encuentra, y siempre quiere vivir el mañana, sin detenerse un momento a disfrutar el hoy. Lo peor de todo es que, así como no se bancan su propio presente, tampoco están de acuerdo con el presente que viven los demás, e intentan permanentemente impulsar a sus familiares y amigos un poquito más allá.

¿Se entiende?, ¿no?, mejor, porque me encanta ejemplificar…

La dama tiene unos quince o dieciséis años, solterita y sin apuro. La primer pregunta que el rompeguindas hace es “¿Para cuando un novio?”. Hay varias respuestas para ofrecerle, como decirle que se quisiera comer a unos cuantos bombones, pero de noviazgo ni hablar; que el que le gusta no le da ni cinco de pelota; que, en realidad, tiene novia; que está pensando seriamente en tomar los hábitos… La verdad es que no hay que gastarse en contestar, porque el bodoque no suele esperar respuesta. Su misión fue cumplida con la sola molestia de lanzar la pregunta al aire.

Ahora bien, la dama ya tiene dieciocho años y se ha puesto de novia hace más o menos quince minutos con algún caballero del que no sabe ni el apellido. Por mala suerte, se cruza al plomo en la calle que, en los primeros treinta segundos de conversación, se manda la pregunta del millón: “¿Para cuándo los confites?”. La piba se quiere matar; el acompañante empieza a sudar frío y a sentir un leve hormigueo en el brazo izquierdo; el pesado, ajeno a lo que ocurre, sigue su camino sin reparar en que, con suerte, el tipo va a sobrevivir con la suficiente energía como salir corriendo para no ver a la piba nunca más.

El tiempo pasa, la dama conoció a otro caballero, tuvo la suerte de no toparse con el hinchapelotas durante los primeros cinco años de noviazgo y ha llegado el día de decir “Si, quiero”. Salvo que la susodicha se haya casado después de tener uno o varios hijos, o que el vestido revele que se encuentra en camino, ni bien salga de la iglesia y empiece a saludar a los parientes, el salame la ataca con un “Ahora se viene el heredero…”, por lo que la novia, durante toda la fiesta de casamiento, se la pasará haciendo memoria de cuándo fue la última vez que le vino, si se acordó de tomar todas las pastillas y si habrá cerca del hotel algún kiosco para comprar preservativos antes de la noche de bodas.

Seguimos adelante. Pis mediante, dos rayitas le indican al joven matrimonio que su primer hijo está en camino. La familia se alegra, compra regalos, da consejos y desempolva viejos recuerdos. El hinchabolas, sin poder contenerse, le pregunta “¿varón o nena?”. Si la madre tiene ganas, le explicará que, con nueve semanas de embarazo, su hijo mide menos de dos cm, tiene un asombroso parecido con un poroto de manteca y sus gónadas deben tener el mismo tamaño que el cerebro de su interlocutor. Sin amedrentarse, se la pasará toda la reunión preguntando la fecha probable de parto, indagando cuánto falta y preguntando hasta el hartazgo los posibles nombres para el retoño.

Llegó el gran día. ¡Macho dijo la partera! Al fin ha nacido el niño. Ya sabemos que está sano, qué nombre le pusieron y a quién se parece. La madre, lejos de poder disfrutar en paz la llegada de su hijito, tendrá que oír al imbécil exclamando “ahora tenés que buscar la nena”. Si la madre no tuviera la que te jedi como una rosa china y no estuviera puteando por los puntos de la episiotomía, se levantaría para ahorcar al imbécil con el cordón de su primogénito.

En fin. Podríamos seguir así por horas. El rompebolas siempre va a tener algo con lo que molestar. Si el segundo hijo de la pareja es otro varón, les va a decir que hay que seguir buscando la nena; si tienen una nena, les va a decir que hace falta otro para desempatar; y cuando los pibes crezcan, les va a preguntar para cuándo los nietos, los bisnietos, los tataranietos y los choznos.

Solo falta que un día, viéndolos viejitos y achacados, se despache con la frase “¿Y para cuando el espiche? Miren que yo quiero ir al velorio, ¿eh?”.

Por motivos que deducirán luego

Han pasado casi tres meses desde mi último post. Mi alejamiento del teclado se debió a diversos factores, que describiré brevemente con la intención no ya de excusarme, sino más bien de pedir disculpas.

En primer lugar, un terremoto laboral de 8.5 en la escala Richter (recordemos que el valor 9 representa la destrucción total) envolvió a mi jefe Nº 1 y nos llevó a todos sus subalternos a conflictos con la empresa que acrecentaban su intensidad con la cercanía a él. Digamos que, siendo una de las tres personas más cercanas a su círculo laboral, terminé metida en un pintoresco quilombo del cual todavía no he salido del todo. Sin embargo, como rasgo positivo, destaco que he logrado, después de tres años, amputarme dos de mis tres teléfonos (y al tercero, a decir verdad, le doy tan poca bola que hoy me vence el crédito y todavía me sobran 15 mangos) y dejar de calcular mi vida según los cierres de facturación y liquidación de sueldos. La metáfora sería algo así como que todavía estoy peregrinando a la Basílica de Luján, pero ya no llevo un elefante a cuestas. Por otro lado, mi situación laboral está algo complicada (decir que es un despelote suena poco profesional, pero es cierto) y he tenido que dejar pasar una interesante propuesta laboral, por motivos que deducirán luego.

Para sumar estrés, mi marido no tuvo mejor idea que agarrarse la tan popular gripe A, poniendo en peligro la salud de toda la familia, y manteniéndome con el alma en vilo (forma fina de decir “con el culo en la mano”) por motivos que deducirán luego. Si bien el hecho de que justo La Gorda se haya pescado la gripe de chancho nos permitió hacer numerosos chistes al respecto, la parte de bancar a un mariconazo que se queja hasta de que le pesan las sábanas, no fue tan risueña. Aún espero que algún alma caritativa me explique por qué carajos los hombres, cuando se enferman, son tan pero tan hinchapelotas.

Si esto no bastara, mi querido nervio ciático volvió a las andadas. Allá por diciembre, el guanaco me tuvo casi dos meses caminando como si tuviera zapatos tres talles más chicos, con tacos de 15 cm, los pies con sabañones y caminara pisando brasas. Para el que considere que exagero, le cuento que tardaba cerca de diez minutos en levantarme de la cama (cosa jodida a las tres de la mañana cuando te estás haciendo pis encima), me inyectaba cada 6hs una medicación que se suele dar cada 24, y una pichicata como para voltear caballos, que supuestamente debía permitirme caminar bien por 30 a 40 días, me hizo menos efecto que un mejoralito… vencido en 1982. Si bien esta vez no fue para tanto, mi principal problema es que, por motivos que deducirán luego, esa medicación que me enchufaba ya no la puedo usar, lo que me lleva a la disyuntiva entre no medicarme, o tomar unos comprimidos que sí me autorizaron, pero que, en comparación con la magnitud de mi dolencia, equivale a querer encerar los pisos del palacio de Luxemburgo con un cotonete.

Como punto a mi favor, la licencia médica con la que fui bendecida me permitió, en las dos o tres horas que no estoy tirada en la cama hecha bosta, mirar una película con mi hijo, cocinarle un guiso de mondongo a La Gorda, pintar a mi hermano menor como si tuviera la piel en estado de descomposición (el cadáver de Tolkien todavía se está revolcando de la risa) y charlar media hora con mi vieja sin quedarme dormida en la mesa, cosas todas ellas que, desde el comienzo de la hecatombe laboral, no había podido hacer. También he logrado conllevar mi reciente insomnio (adquirido por motivos que deducirán luego) soportando casi estoicamente los infomerciales, programas del tipo “mandá un SMS al *pindonga y ganate $150” y la repetición Nº 614 de Alf, Prince of Bel Air y Aquellos años felices.

Finalmente, la noticia más relevante se las paso por foto. Un poco porque ya es consabido que una imagen vale más que mil palabras, y otro poco porque, por motivos que deducirán luego, necesito ahorrar algo de tiempo para realizar numerosas cosas que aún tengo pendientes (tirarme de cabeza en la catrera es, en este momento, la más apremiante).

Saludos para todos y fotito esclarecedora:

Actualización de los cuentos infantiles

Para los que siempre se preguntaron qué fue de los personajes de los cuentos con que nos tortu… deleitaron en nuestra niñez, les traigo una pequeña actualización.

Caperucita: Aprovechando la excusa del stress post traumático, mandó a la abuela a un asilo y le usurpó la casa para acollararse con el leñador. A raíz del asesinato del lobo, ambos se vieron denunciados por diversas asociaciones pro defensa de los animales, y, si bien lograron zafar, el juez que atendía la causa se percató de que Caperucita era aún menor de edad y el leñador fue acusado de corrupción de menores. Fue sentenciado a prisión y pereció durante una violación en masa. Acosada por la prensa sensacionalista, Caperucita decidió sacarle provecho a la situación y se presentó en cuanto programa amarillista quisiera oír su historia. Tras su paso por los programas de Gelblung, Rial y Canossa comenzó una carrera mediática que la llevó a participar de Patinando por un sueño, pero debió abandonar el show al descubrir que estaba embarazada. Actualmente, con sus seis meses de embarazo a cuestas, protagoniza una obra de teatro producida por Gerardo Sofovich titulada “El lobo no me comió… fue un error de imprenta”.

Los tres chanchitos: A raíz de la experiencia sufrida, el chanchito de la casa de paja y el de la casa de madera confundieron la moraleja del cuento y, con el lema “a disfrutar que se viene el lobo”, se dedicaron a una vida licenciosa y de excesos que terminó por exasperar a su hermano, quien los echó de su sólida casa de ladrillos. Los chanchitos decidieron emigrar y se instalaron en Monterrey, en el estado mexicano de Nueva León. Allí fueron acusados de iniciar la epidemia de gripe porcina y fueron recluidos en un laboratorio, donde fueron torturados y viviseccionados. El hermano de la casa de ladrillos, preso de un gran remordimiento, intentó suicidarse arrojándose desde el Empire State, pero fue rescatado por un boludo que lo confundió con Babe, el chanchito valiente, y lo restituyó a la Universal Pictures. Allí, el chanchito relató su historia y de inmediato le ofrecieron un jugoso contrato para llevarla al cine. La película se tituló “Fucking wolf” y fue estrenada en Argentina como “lobo y la que te remil parió”. La vista fue un éxito de taquilla, y resultó merecedora de siete premios Oscar. Lamentablemente, el chanchito de la casa de ladrillos no pudo participar del evento ya que, por un error técnico, en la avant premier del film había sido presentado como plato principal.

Pinocho: Si bien el hada madrina había transformado a Pinocho, él jamás logró vivir como un niño de verdad, debido que su alma, indemne a hechizos y varitas mágicas, permaneció siendo de madera. La gente del pueblo, envidiosa de su fortuna pero sin saber la inmensa carga que llevaba a cuestas, se burlaba de él en forma constante y lo hostigaba con crueldad. A la muerte de Geppeto, Pinocho decidió emigrar y empezar una nueva vida. Se dirigió a la Argentina y allí fue adoptado por un productor televisivo, a quien su nombre le pareció poco comercial, por lo que decidió rebautizarlo con el nombre de Sebastián. Si bien en un principio todo parecía color de rosa, las cosas se empezaron a complicar cuando el productor no tuvo mejor idea que intentar convertir a su hijo en un actor de prestigio. Aunque puso la mejor de las voluntades, Pinocho-Sebastián era de madera también para actuar y no había forma de sacarle ni las más paupérrima interpretación. Sin amedrentarse por eso, siguió participando de cuanta novela produjera su padre, hasta consolidarse en el medio no por su talento, sino más bien por su coraje y falta de vergüenza. En la actualidad, el muchacho de madera se encuentra protagonizando la novela “Herencia de amor” la cual se transmite a diario por el canal Telefé.

el síndrome House

Estoy mirando la serie Dr. House. Para quienes no la siguen, Gregory House es un médico brillante, analítico, intuitivo, capaz de llegar a diagnósticos a los que otros médicos ni se acercarían. Además de eso, es drogón, ególatra, cagador, desconsiderado, turro, sarcástico y le gusta humillar a sus pacientes y a su equipo médico. En síntesis, es un reverendo hijo de puta.

En una novela o serie costumbrista, este personaje sería el oponente de la figura principal, aquel a quien le desearíamos una muerte lenta y dolorosa… acá, en cambio, es el protagonista, y es un personaje admirado y hasta querido por una banda de fans.

Cuando me percaté de esto, me puse a pensar en cuantas veces nosotros mismos conocemos personas que sabemos fehacientemente que son una porquería de gente, y aún así decidimos hacerlos parte de nuestras vidas.

No voy a detenerme en los casos de esas mujeres a las que sus maridos las mandan al hospital una vez por semana y aún así se quedan con ellos, porque ahí entra en juego el tema del amor, y aunque yo no comparta la idea de “me rompe las costillas pero lo amo”, se puede llegar a pensar que el amor es ciego y la mina no puede evitar amarlo (que sea una reverenda boluda es otro tema).

Me refiero más precisamente a la amistad, ese tipo de relación que uno elige vivir con otra persona, sin participación de Cupidos ni otras porquerías similares.

Hace tiempo, una compañera mía que era aspirante a modelo estaba por salir a desfilar cuando se le rompió el taco de su zapato. Le pidió a su amiga que le prestara alguno de los suyos (tenía un bolso con una docena de pares, más o menos), pero la amiga se los negó, aduciendo una excusa barata. Cuando le dije a mi compañera que la otra era una guacha, me espetó: “ella tiene su personalidad; es mi amiga y yo ya me acostumbré a esas boludeces…”

Profundicemos (dijo el ginecólogo):

Ella tiene su personalidad: si, una personalidad de miércoles. Es una guanaca, pero podría no serlo. No es como si me dijera que es alta, o bizca, o chueca, cosas que no puede cambiar. Con ese criterio, también Hitler tenía su personalidad, y Mussolini, y Franco…

Es mi amiga: yo no busco que mis amigos sean perfectos, pero si mi amigo no es capaz de darme una mano cuando lo necesito, más cuando tiene la posibilidad de hacerlo sin costarle ningún sacrificio, debería dudar acerca de su amistad.

Ya me acostumbré a esas boludeces: es una boludez que no me convides un pucho o que te cagues de risa porque el color de la tintura me quedó como el traste, pero que teniendo la posibilidad de solucionarme un problema, elijas no hacerlo, no me parece ninguna boludez.

Sinceramente, no entiendo por qué alguien elige bancarse a alguien a quien no le importa. Tal vez sea que le gusta que lo boludeen, porque sus otras cualidades compensan lo basura que es, o porque no quiere andar solo por la vida y decide hacerse amigo de lo que venga.

Yo, por mi parte, considero que alguien es un verdadero amigo cuando:

- inexplicablemente, te llama justo cuando lo andás necesitando.

- soporta que le cuentes hasta el hartazgo tus problemas y, en vez de decirte que le tenés los huevos al plato, te ceba mate.

- está en todos los eventos importantes de tu vida, y vos en los de la suya.

- se acuerda de tu cumpleaños, el de tu hijo, el del perro, y el del gato.

- reparte la última mandarina en gajos pares y, si hay uno impar, lo parte al medio.

- si es necesario, te presta hasta los calzones.

- aunque vive el la loma del traste, siempre está en contacto por teléfono, mail, correo o señales de humo.

- sabe si estás llorando a través del MSN (¿cómo hacés?)

- se ha metido en miles de problemas, a sabiendas de que iba a cobrar, solo por seguirte la corriente.

- te banca incondicionalmente y te considera su hermano.

- te conoce más que nadie, incluso lo peor de vos, y aún así te quiere.

Yo ya tengo una amiga así…

Sol, con mi hijo Jairo

¿Me estaré por morir? (un premio inesperado)

Hace unos cuantos días que veo rondando el cartelito que antecede estas líneas. Recorriendo varios blogs, pude enterarme que se trata de un premio que los integrantes de la comunidad otorgan a sus blogs favoritos, como una especie de recomendación para el resto de los autores.

Sin embargo, hoy me llevé tremenda sorpresa cuando ¡cuatro! (si, con signos de exclamación, porque ni yo me lo creo) de los autores cuyos blogs leo y disfruto me han contado entre sus favoritos.

Como suelo ser una persona bastante desconfiada, realicé una breve investigación para asegurarme de la veracidad de este premio.

En primer lugar, llamé a mi médico para consultarle si en mi última visita no se había olvidado de contarme algo, quizás una enfermedad terminal con pronóstico de deceso a corto plazo, pero se limitó a decirme: “no, negra, estás hecha pelota, pero no tanto como para espichar”.

Acto seguido, me efectué una prueba de alcoholemia, para investigar si no estaba sufriendo una confusión causada por una intoxicación etílica (miren que forma elegante de decir “si no tenía una tranca de órdago”), pero mi nivel de alcohol en sangre no daba ni para andar subida a la mesa bailando la macarena, menos que menos para alucinar.

Finalmente, llamé al banco para corroborar que no hubiera hecho un inconsciente soborno a quienes me votaron, pero el saldo en mi cuenta es de los mismos $3,47 que tenía la semana pasada.

Por lo tanto, debo deducir que a Fernet, Don Checho, Fotis y Platón realmente les gusta lo que escribo o bien me quieren mucho, así que me limito a darles muchas y efusivas gracias, comenzando para ello con publicar aquí abajito los enlaces a sus respectivos blogs:

Dr Fernet: http://blogsdelagente.com/dr-fernet

Don Checho: http://blogsdelagente.com/cosas-de-viejos

Fotis: http://blogsdelagente.com/verdades

Platón: http://blogsdelagente.com/platon

Para pasar la posta, aquí tienen a mis diez favoritos (que obviamente incluye a los cuatro de arriba, pero no vamos a andar jugando al ping pong con el premio). Ahí van:

http://blogsdelagente.com/kilometrozero de Balu el Dios, porque se arriesgó a postear una novela por capítulo que, además de estar muy bien escrita, te deja con el culo en el aire esperando la siguiente entrega.

http://blogsdelagente.com/sir-birra-con-mani porque con sus relatos te hace dar ganas de felicitarlo y bajarle los dientes de una piña, todo al mismo tiempo.

http://blogsdelagente.com/meme de un alter ego de lils, porque recrea a una bienuda venida a menos, que se resiste a bajar de nivel (y porque, de entrada, nos la hizo creer)

http://blogsdelagente.com/soplamocos porque a cachetazo limpio te deja la cabeza dando vueltas.

http://blogsdelagente.com/rogeroldan porque es reflexivo, irónico y hasta un poquito turro…

http://blogs.clarin.com/cocinaprender de Pepeluí, porque mezcla cultura con gastronomía, y ambas cosas me encantan.

http://blogsdelagente.com/mi-vida-conmigo de crislp2008, porque demuestra que, a pesar de lo que muchos digan, está bueno convivir con uno mismo.

http://blogsdelagente.com/martink porque no se sabe si crea una excelente ficción o tuvo más vidas que el gato Tom.

http://blogsdelagente.com/aqui-estoy de Amy, porque muestra la vida del barrio desde su singular caleidoscopio.

http://blogsdelagente.com/historiasserranas porque desde su Valle hermoso nos lleva a viajar por el tiempo y el espacio.

He llegado a los diez. Los que aquí no cupieron los pueden hallar entre mis amigos.

Para finalizar, dejo al pie las reglas del premio, las cuales son:

*Exhibir la imagen del premio Olha que blog Maneiro.

*Poner el nombre del blog que te lo otorgó.

*Hacer una lista con los 10 blogs preferidos.

*Avisar a los indicados

*Publicar las reglas.

Anexo 3/4/2009: inexplicablemente, más compañeros me siguen eligiendo entre sus favoritos. A fin de agradecer la deferencia, agrego aquí los enlaces a sus respectivos blogs:

Pepelui: http://blogsdelagente.com/microfono

Primer Arcano: http://blogsdelagente.com/kilometrozero

Sir Birra con maní: http://blogsdelagente.com/sir-birra-con-mani

Oscar Cani: http://blogsdelagente.com/cani

Ahora si: ¡Ya ta!

Descartando plomos

¿A quién no le ha pasado tener que dejar a alguien y no saber cómo hacerlo? Si bien es horrible que alguien te deje, tener que dejar a un plomo porque ya no lo aguantamos más, o tener que esquivar a un bodoque que no nos interesa, se hace muy difícil si uno no quiere herir sus sentimientos. Porque dejar a un turro que nos jodió la vida es fácil: solo hay que apelar a nuestro peor lado y hacerlo sufrir pegándole donde más le duele. Por ejemplo, si el quía es menor que una, y siempre lo vivió como algo negativo, sale con fritas un “vos sabías que esto no iba a durar mucho. Yo estoy en edad de criar hijos, no un novio”. Por el contrario, si el tipo nos lleva unos cuantos añitos, salimos con un “soy joven; tengo el sueño de cambiar pañales, pero no de adultos”.

En cambio, cuando el otro es alguien que nos tira amablemente los galgos, o cuando es nuestra pareja y no nos vació la cuenta del banco, no nos metió los cuernos, no nos bajó los dientes de una piña y de vez en cuando todavía se aparece con una rosa o un chocolate, la cosa se pone fulera, en especial porque el otro no comprende por qué lo estamos descartando. Por lo general nos preguntan qué hicieron mal, y es muy embolante hacerles un recuento de las mil estupideces, pequeñas en sí mismas pero agobiantes en su conjunto, que hicieron durante todo este tiempo o enumerar las razones por las cuales, sencillamente, no nos interesa en lo más mínimo salir con ellos.

Como a mí me encanta ejemplificar, pasaré a enumerar algunos casos que he sufrido en carne propia, y otros que he hurtado impunemente de experiencias ajenas.

- Plomo Nº 1: el tipo ya tiene sus treinta y pico. Viene de segunda vuelta y, como toda escoba nueva, barre a las mil maravillas. Sin embargo, con el tiempo empiezan a aparecer sus ataques de pendejo caprichoso, que se exteriorizan con quejas idiotas acerca de nuestra habilidad como amas de casa, con frases como “mi vieja lo hace distinto”, “yo no estoy acostumbrado a comer así” o “mi ex no hacía eso (nota al margen: cualquier pelotudo que te sale con comparaciones con su ex, merece una soberana patada en los huevos). También se empieza a olvidar que esa persona que lo recibe todas las noches en casa no es un maniquí, sino alguien que espera cariño, respeto y consideración. Cuando le recriminamos su accionar, y ve venir la voladura de platos, el tipo empieza a hacer buena letra, pero su esmero dura poco. Es como un adolescente, al que le dicen que si no limpia su cuarto no lo dejan salir el sábado. El cuarto permanece en estado calamitoso de lunes a viernes; el sábado, viendo que las posiciones son firmes, empieza la carrera contra el tiempo y a la hora de ir al boliche la habitación queda como para depilarse las cejas en el reflejo del piso. Lamentablemente, para el domingo a la tarde, el cuarto vuelve a emular a Kosovo, y así permanecerá hasta el próximo fin de semana. Llevado al caso de nuestra pareja, el plomo, durante una semana, se hace el caballero andante, regala flores a diestra y siniestra, desgasta sábanas con el ejercicio y es capaz de comerse una suela con una sonrisa de oreja a oreja. Pero a no confiarse, porque pronto nos volverá a desquiciar con sus eternas letanías. Cuando finalmente nos hartamos y lo echamos de casa, el pesado se pone a llorar como una Magdalena (a mamá mona con bananas verdes, que el verso del llanto lo tengo patentado), pide a gritos una última oportunidad (desperdiciaste las 183 oportunidades anteriores, ya no espero milagros) y nos dice que no podrá vivir sin nosotras (¿echarlo a patadas en el culo se considerará pena de muerte?). Si por fin logramos arrastrarlo fuera de la casa, sacar todas sus porquerías y cambiar la cerradura, no pensemos que la batalla está ganada. Nos romperá las guindas por teléfono con excusas baratas o pasará “casualmente” por nuestro laburo, buscando siempre revivir aquello que, recién ahora se da cuenta, fue lo mejor que le pasó en la vida.

- Plomo Nº 2: hace poco que nos sacamos de encima al plomo Nº 1. El nuevo ente nos cae simpático, nos dice esas cosas que el otro había olvidado hace tiempo, y terminamos aceptando una cena. Durante la misma, deslizamos al pasar que venimos de una relación de larga data, que nos demandó mucha energía, y que no estamos preparadas para iniciar una nueva relación. Si el tipo fuera un poco piola, entendería que una está en plan de revolear la chancleta y hasta debería salir del restaurante saltando en una pata y emulando el festejo del gol de Maradona a los ingleses. Lejos de eso, el zapato se nos empieza a enamorar. Después de un par de salidas donde descubrimos tristemente que el galán no sirve ni para entretenerse, y cuando agradecemos al cielo por habernos citado en la loma del traste, cosa de poder escapar raudamente en el primer bondi que pasa, el tipo se ofrece a acompañarnos a casa. Empezamos a poner excusas: que es tarde, que vivimos uno en cada punta del mapa, que después no va a tener como volverse a la casa, que los domingos comemos en casa de los viejos… pero el bodoque sugiere venirse a dormir a nuestra casa y, acto seguido, se autoinvita al almuerzo familiar del día siguiente. ¿Cómo decirle que solo lo queríamos para transpirar a dúo, y que esa área no es su fuerte?, ¿Cómo le explicamos que nos llevó mucho tiempo salir de Guatemela y no queremos caer en Guatepeor? Logramos zafar elegantemente, pero a partir de ahí se iniciará una odisea para evitar al individuo a toda costa. Tratamos de apartarnos escudándonos en abuelitas enfermas, necesidades inminentes de lavarnos el pelo o dolores de muela inexistentes, cosa de que el tipo se vaya dando cuenta solo de que la cosa no funcionó y se retire con cierta dignidad. Pero aparentemente, aunque nosotras la hayamos pasado pésimo, el tipo la debe haber pasado bárbaro, porque ninguna de nuestras evasivas lo hace claudicar. Solo nos queda la sinceridad y decirle, simplemente, “chango, c… muy mal”.

- Plomo Nº 3: el individuo nos conoce de pasada. Nos encuentra frecuentemente al viajar en el mismo tren, a la salida del laburo o en el kiosco de diarios. Siempre nos saludamos amablemente, nos hace algún comentario acerca del clima o de las demoras del tren. Un buen día, los saludos y las preguntas empiezan a variar: si nos trataba de “usted”, se empieza a infiltrar un confianzudo “vos”; si nos saludaba desde su puesto de trabajo, saldrá a la vereda para intentar una breve charla; de a poco empieza a preguntar nuestro nombre, la estación de destino o nuestro horario de trabajo. Como ya vamos viendo por donde viene la mano, vamos mermando considerablemente el caudal de nuestras charlas. Lejos de acusar recibo, el susodicho nos sale con un “siempre estás a las corridas… ¿por qué no me das tu teléfono, así charlamos un día de estos?”. Decirle que no lo tocaríamos ni con un puntero láser queda feo. Decirle que si fuera el último hombre del planeta nos haríamos lesbianas puede resultar un poco hiriente. Simplemente le mostraremos la alianza en nuestro anular (si una no es casada, basta con darse vuelta un anillo cualquiera y ocultar el adorno en la palma de la mano) mientras decimos que no con la cabeza y seguimos nuestro camino.

- Plomo Nº 4: Es un amigo. Siempre lo tratamos como tal y jamás hubo pie para otra cosa. Hemos salido de joda, nos hemos emborrachado juntos, nos hemos contado nuestras cuitas y nuestras aventuras amorosas. Sin embargo, por algún inexplicable motivo, el muchacho comienza a vernos con otros ojos. Empieza a hablarnos mal de todos los tipos que nos gustan y nos dice que no encuentra una mina piola como nosotras, porque todas aquellas con las que sale le resultan aburridas o tontas. Finalmente, nos sale con que está enganchado con alguien, pero que ese alguien lo ve solo como amigo y que piensa que la cosa da para algo más pero no se atreve a preguntarle por miedo a arruinar la amistad. Tratando de zafar antes de que se nos tire el lance y hacerlo pasar por el bajón de un rebote cara a cara, le decimos que no creemos que se pueda pasar de la amistad al amor y viceversa; que jamás seríamos amigas de nuestros ex, ni podríamos ver a un amigo como algo más; y que lo más seguro es que, si abre la boca, termine perdiendo a su amor y a su amiga al mismo tiempo. Sin embargo, y por desgracia, el tipo guarda un resquicio de esperanza en algún rincón de su corazón. La amistad ya está arruinada. Porque cada vez que nos colguemos de su hombro para sobrellevar una borrachera, el tipo se quedará esperando que pase algo más; cada vez que salgamos con alguien, lo vamos a tener que dejar afuera para no refregarle en la cara nuestra actual felicidad; las anécdotas entretenidísimas de aquello que nos pasó en el telo no lo harán reir, sino todo lo contrario; y los chistes boludos, al estilo de “con un cajón de cerveza encima te doy masa” tendremos que guardárnoslos allí donde no llega el sol.

¿Qué le vamos a hacer? Las relaciones humanas son complicadas. Es realmente jodido hallar a alguien que te ame, que lo ames, y que ese amor sea tan grande que hasta las estupideces del otro te parezcan queribles. Las probabilidades son ínfimas. Creo que un motivo por el cual vivimos buscando eternamente a nuestra media naranja, es porque la posibilidad de hallarla es apenas un poco mayor que la de ganarnos la lotería. Dichoso aquel que alguna vez en su vida se ha sacado el premio mayor…

¡Al carajo las vacaciones!

No, no estoy diciendo que las mando al carajo, sino que allí se me fueron.

 

Ayer, a la una de la matina, pisé nuevamente mi casa. Con apenas dos horas y media de sueño, tuve que levantarme para reincorporarme al trabajo y descubrir que, si bien el mundo siguió sin mí, tengo que remontar tres semanas de trabajo atrasado y arreglar los soberanos despelotes que me dejaron en la PC.

 

 Para empezar, debo comentarles que mi predicción acerca de La Gorda fue totalmente fallida, ya que el susodicho, por primera vez desde que lo conozco, no se perdió en el camino. Sin embargo, cuando por única vez en la vida mi hijo no jodió con lo de comprar porquerías durante todo el viaje, La Gorda se empeñó en comprar gaseosas en cuanto kiosco y estación de servicio halló a su paso, con lo que no solo gastamos una gónada y la mitad de la otra, sino que pasamos todo el viaje orinando como caballos, y encima me tuve que bancar todo el trayecto de ida y de vuelta con el bolso matero entre las patas para que llegara a destino sin haber tomado un mísero amargo.

 

 La travesía arrancó en Rosario (Santa Fe) visitando a mi parentela. Llegamos el domingo casi al mediodía para compartir un asado ¿a que no saben quien salió sorteada para encargarse de la parrilla? ¿Quién se encontró con que la pala de juntar las brasas había desaparecido y tuvo que improvisar una con la tapa de un medidor de luz? ¿Y quién tardó dos horas en hacer un trayecto de sesenta cuadras en auto para buscar a los tres que faltaban y llegó justo para sentarse a comer?  

 

 Si me leen hace rato sabrán las respuestas. Para los nuevitos: YO – YO – LA GORDA

 

 Seguimos camino y caímos en Córdoba. ¡Qué manera de comer, por Dios! La Gorda tiene parientes desparramados por toda la provincia, y más amigos que los que deseaba Roberto Carlos, así que la pasamos comiendo con cada uno de ellos como si cada día fuera el último de nuestras vidas: pan casero, dulces de lo que se les ocurra, fritos (esos que acá llamamos tortas fritas, pero más potentes), asados, embutidos, queso de pata (Pepeluí debe saber de qué hablo), alfajores, huevos de gallina y de pato recién sacaditos de los corrales, tortillas de grasa…

 

 Y para humectar los áridos, la cerveza local, algún tintillo y el infaltable Fernet con coca. Solo los niños y los que todavía queríamos llegar de pie a la cama, le entramos a la Pritty limón, que es la gaseosa cordobesa por excelencia.

 

 Entre las pequeñas vicisitudes de esas dos semanas encontramos:

 

- mi hijo de cuatro años rajándose por entre los corrales para buscar a la vecinita de tres años.

 

 - una parrilla libre con un costo por persona de siete pesos, que nos llevó a interesantes elucubraciones acerca de qué clase de bicho te estarían dando de comer (ninguno fue lo suficientemente corajudo como para entrar)

- nuevamente mi hijo, formateando la cámara de fotos y borrando la mitad de las vacaciones

- la visita a una amiga del blog que vive por esos pagos (la autora de “Historias desde mi valle”)

- una tormenta de la san puta que nos agarró volviendo de una joda y nos obligó a dormir en el auto porque no se veía a dos metros

- el viaje en auto, preparando sánguches de milanesa con rodajas de tomate tratando de no cortarme un dedo,  tirar a la miércoles el envase con las milanesas ni regar el aderezo por todos los güines

- y la mejor de todas: el teléfono que no tenía señal casi nunca, lo que me permitió amputármelo hasta el punto de casi olvidarlo el día que me volvía.

 

Desgraciadamente, todo termina y no quedó otra que volver. Pero se extraña. Sin ir más lejos, esta mañana, en el laburo, agarré el almanaque y me puse a calcular las vacaciones para el año que viene…

 

 ¿Falta mucho?

preparando la huida

Estoy por salir de vacaciones. Me falta poco y nada, pero estos últimos días se me hacer eternos. Estoy tratando de preparar los bolsos, pero sé que me voy a olvidar la mitad de lo que necesito, y que la mitad de lo que lleve no me va a servir para nada.

Ya voy preanunciando, como un Nostradamus de entrecasa, que La Gorda le va a errar por lo menos tres veces a la salida de la autopista, que los baños de las estaciones de servicio serán una gran bosta (literalmente hablando) y que sin importar cuantas vituallas lleve para el viaje, mi hijo me hará gastar fortunas en cuanto kiosquito encuentre a su paso.

Por suerte, Renata se porta de diez. No, no tengo una hija. Renata es mi auto. Según una amiga, como la marca de mi auto es francesa, y en francés la palabra auto es femenino, mi viejo Renault 12 es una niña, así que se llama Renata.

Ya empiezo a soñar con días soberanamente al dope, tirada en el pasto con la única tarea de evitar que me coman las hormigas y los mosquitos. Mi mente empieza a divagar e inicia una especie de viaje astral hacia otro tiempo…

…un viaje en micro…

…Mendoza…

Había nacido la mayor de mis sobrinas y viajaba a conocerla. Mi compañero de viaje era Pablo, un amigo de la familia, que viajaba para sorprender al flamante padre. Organizamos el viaje con muy poco tiempo, así que solo habíamos conseguido un micro semicama para la ida y un ejecutivo para la vuelta. Los casi dos metros de estatura de Pablo apenas si cabían en el asiento, y el pobre cristiano tuvo que comerse catorce horas sentado con las rodillas a la altura de las orejas (¿se acuerdan del dibujito de la pantera rosa en la juguetería?) y encima, como iba de sorpresa, se escabulló del micro apenas bajó (todo acalambrado) para buscar la forma de llegar a casa de mi hermano sin que este se enterara. (Nota: un mendocino dando direcciones te deja más perdido que sardina en un helado de chocolate).

La vuelta, en el micro ejecutivo, fue sencillamente surreal. Si bien Pablito pudo al fin estirar las piernas, la cosa ya empezó rara desde que subimos. Una azafata, que se suponía estaba para servirnos pero que evidentemente tenía más alcurnia que nosotros, nos dio la bienvenida explicando las restricciones para el uso de los baños. Explicó que los mismos solo reciclan líquidos, y a mí se me ocurrieron varias cosas:

a- ¿reciclan? No tomo nada que no venga en botella cerrada, por las dudas

b- Si por casualidad alguien quiere hacer un sólido, ¿qué hace? ¿se aguanta hasta Retiro? ¿le pide al chofer que para donde vea yuyos altos?

c- Si el baño no admite sólidos, imagino que habrá algo que permita pasar los líquidos hacia el sistema de reciclado pero no los sólidos, por lo que los mismos quedarán allí hasta el fin del viaje. ¿Viajaremos cientos de km. sin poder usar el baño ni para mear?

d- ¿En qué categoría incluimos una gastroenterocolitis?

La azafata me sacó de mis cavilaciones. Estaba pasando asiento por asiento preguntando qué deseábamos beber de aperitivo, con qué bebida deseábamos acompañar la cena y hasta que desayunaríamos al día siguiente. Luego empezó una ceremonia que se repetiría durante todo el viaje: la azafata pone la bandeja “gracias, señorita”, trae el aperitivo, “gracias, señorita”, trae los sanguchitos, “gracias, señorita”, recoge los vasos y los envoltorios, “gracias, señorita”, saca la bandeja, “gracias, señorita”, pone otra vez la bandeja, “gracias, señorita”, trae el primer plato, “gracias, señorita”, retira los platos, “gracias, señorita”… ¡me cansé, loco! Hay gente que le gusta mandar y sentirse superior, pero un par de humildes empleados como nosotros, no pueden hacerse los estrechos como si fueran los reyes de Holanda hospedados en el Hyatt, y bancarse catorce horas con la minita poniendo y sacando bandejas, trayendo cobertores y ofreciendo caramelos sin darle las gracias, nos parecía inaceptable (aunque, sinceramente, llega un momento que tanta amabilidad rompe las pelotas). Por suerte, a eso de las dos de la mañana nos dejó dormir, y la verdad es que eso de que te despierten con el desayuno estuvo bueno…

…ya volví. La Gorda me está mandando mensajes a cada rato para que no me olvide de guardarle los calzones, las ojotas, el short de baño del año pasado (el cual tiré a la basura en cuanto volvimos) y veinte mil porquerías más. ¿Por qué no se prepara su bolso y se deja de joder? ¿Dónde habrá quedado el papel en el que había anotado todas las estaciones de GNC del camino? ¿Por qué catzo mi hijo se empeña en sacar del bolso cada remera que guardo?

Al final, Mafalda tenía razón…


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