Juancito y la cigarrera
En el post anterior hablábamos sobre cuánto me fastidia la insistencia. A pesar de eso, tuve que reconocer que, a veces, la insistencia funciona. Para corroborarlo, les presento a Juancito.
Estaba el Padre Demetrio en la puerta de la iglesia. Como era su costumbre, al terminar la misa, había salido a saludar a los feligreses y se quedó una horita conversando con aquellos que lo anduvieran necesitando. Antes de volver a entrar para preparar la siguiente misa, se sentó en las escaleras a fumar un cigarrillo. Sacó entonces su cigarrera de plata española, la abrió y tomó uno de los cigarrillos. Lo golpeó tres veces para acomodar el tabaco, lo puso en su boca y lo encendió. Quiso el destino que justo en ese momento, Juancito pasara a su lado. El joven vio la cigarrera y sintió una especie de amor a primera vista. Inmediatamente, se vino el mangazo.
- Padre Demetrio, ¿no me regala la cigarrera?
- No puedo hijo – le respondió el curita- esta cigarrera es un recuerdo de familia. Fue primero de mi abuelo, luego de mi padre y ahora es mía. Por mi vocación, yo no he de tener hijos propios, pero algún día se la daré a mi sobrino, el hijo de mi hermana.
- Es que a mi me encantó su cigarrera, Padre. Yo la vi y me quedé atontado. Yo no sé como voy a poder vivir sin esa cigarrera, Padre. Es lo más hermoso que vi en mi vida…
- Te entiendo, hijo, pero me es imposible dártela. Lo siento.
Es obvio que cualquiera hubiera desistido, pero no Juancito. Un par de horas después, Juancito volvió a la carga.
- Padre, por favor, no aguanto más. Es imperioso que yo tenga esa cigarrera, Padre. Desde que la vi no puedo pensar en otra cosa. Se la compro. Por favor padre, se lo suplico.
- Ya te he dicho que no puedo, Juancito, es un recuerdo de familia.
- Adópteme Padre, si es necesario, pero quiero esa cigarrera. Deseo esa cigarrera. Necesito esa cigarrera.
- Que no, Juancito, ya te he dicho que no.
A la medianoche, el Padre Demetrio sintió violentos golpes en la puerta de la sacristía.
- ¡La cigarrera, Padre, démela! ¡Por lo que más quiera, se lo suplico, déme la cigarrera!
- Vete a dormir, Juancito, por el amor de Dios y olvida ya la cigarrera.
- No puedo dormir, no puedo comer, casi no puedo respirar de la pena que me oprime la garganta de no tener la cigarrera…
- Comprende, Juancito. Ya te he dicho que esta cigarrera es un recuerdo de familia. Fue primero de mi abuelo, luego de mi padre y ahora es mía. Y algún día, en el futuro, se la daré a mi sobrino, el hijo de mi hermana. Buenas noches, Juancito.
Juancito, sin amedrentarse, siguió insistiendo.
El Padre Demetrio iba a primera hora a comprar los libritos para desayunar…
- La cigarrera, Padre, por favor, se lo suplico, regálemela.
En la misa, en el momento de la Eucaristía…
- En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…
- ¡¡¡La cigarrera, Padre!!!
Durante una boda…
- Si alguno de los presentes tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre.
- ¡¡¡yo!!! ¡¡¡yo tengo que decir que no puedo seguir viviendo sin esa cigarrera, Padre!!!
En la sacristía, en el confesionario, en el baño, en el altar, en el cementerio, durante los bautismos, en los responsos, mientras daba la unción de los enfermos, en mensajes entre suplicantes y amenazantes transmitidos por la radio local, en pintadas con aerosol en el atrio de la iglesia, por cartas documento…
- ¡¡¡La cigarrera!!! ¡¡¡Amo esa cigarrera y tiene que ser mía, cueste lo que cueste!!!
Después de casi un mes, en el que la iglesia estuvo a punto de quedarse sin cura por la insistencia de Juancito, el Padre Demetrio no pudo más que ceder y regalarle la bendita cigarrera.
Inmediatamente, el pueblo volvió a la calma.
Algunas semanas después, una joven se presentó buscando ayuda. El Padre Demetrio se dirigió a su encuentro y le preguntó qué era lo que la atormentaba.
- Mi novio, Padre. Él quiere que tengamos relaciones sexuales, y yo le he dicho que quiero llegar virgen al matrimonio, pero él insiste.
- Hija, sabes que los hombres a veces son muy débiles, y son precisamente las mujeres quienes deben ser fuertes.
- Lo sé, y es por eso que busco su ayuda, Padre. Yo quiero ser fuerte, pero mi novio insiste cada vez más, y yo ya no sé como calmarlo…
- Es sencillo, hija, simplemente debes decirle “Yo te amo, y es por eso que quiero guardarme para ti, …” eee…Fulano…, no sé, como se llame tu novio
- Se llama Juancito
- Entonces dile “Yo te amo, Juan…” ¿Juancito? ¿Has dicho Juancito?
- Si, Padre.
- ¡Date por cogida…!
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Menos mal que lo contaste… ya no podia insistirte mas !!
Si no me lo contabas me moria…
Me estaba quedando sin aire, casi igual que Juancito… jaja
Dicen que en eso algunos hombres nos parecemos al burro, en que no lo hacemos por lindos, sino por insistidores… jaja (Aclaración, solo en eso nos parecemos al burro…)
Muy linda historia Maria Noel… quiero otra… quiero otra, dale por favor !!! otra…
Un beso
Oscar