anclas en la memoria
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Hace poco, a raíz de un accidente ecuestre que tuvo un amigo y que le valió la amputación de dos dedos, mi madre me recordó que mi abuelo paterno también había sufrido un accidente laboral que lo había dejado en similar situación. Sinceramente, era algo que se me había ido de la cabeza por completo. Y eso que no se trataba de algo insignificante, como un lunar o una arruga… ¡al nono le faltaba un dedo! Creí recordar que se trataba del anular izquierdo, pero mi madre me corrigió que era el índice derecho. Tras mucho esfuerzo, logré recordar la imagen. Eso me hizo pensar en la cantidad de cosas que vamos olvidando con el paso de los años. Por eso, para no olvidar, he decidido tirar algunas pequeñas anclas en mi memoria y compartirlas con ustedes aquí a continuación.
El tío Juan fue siempre un tipo jodón. Solterón y sin hijos, se dedicó a malcriar a sus sobrinos tres décadas atrás y a sus sobrinos nietos en la actualidad. No solo fue siempre nuestro compinche a la hora de hacer macanas, sino que, la mayoría de las veces, fue también el ideólogo de las mismas (como cuando, en un cumple de quince, nos instó a jugar al tiro al blanco con las masas con crema, haciendo puntería sobre los parabrisas de los autos estacionados dos pisos más abajo). En cierta oportunidad, en plena madrugada, tuvo la imperiosa necesidad de tomarse un café. Se puso a recorrer cafés que, a esa hora y con un frío de la hostia, estaban cerrados o aprovechando la nula clientela para hacer la limpieza. Pero Juan seguía con ganas de tomar café. De pronto, como a una cuadra y media, vio las luces de un local que, a juzgar por la gente que entraba y salía, estaba abierto. A medida que se iba acercando, descubrió que el local no era un bar, sino una casa velatoria. El muy caradura saludó a la gente de la puerta, entró a la capilla ardiente, se quedó un largo rato mirando al muerto con cara de compungido y acto seguido encaró para la cocina…
Yo siempre fui moquera. Cada aventura mía terminaba indefectiblemente involucrando sangre, ya fuera propia o ajena, excepto aquella vez que le revolee con la tijera a mi hermano mayor, ya que el susodicho la esquivó hábilmente (pero estuve a unos tres cm de sacarle un ojo). En unas vacaciones en casa de mis tíos de Rosario, mis padres se cansaron de decirme que no anduviera jodiendo donde los hombres estaban trabajando, porque me podía lastimar con alguna astilla o clavo. Yo, por supuesto, no les dí ni cinco de bola. Estaba muy entretenida en medio del quilombo cuando me ensarté un clavo en el pie derecho. El muy simpático había atravesado mi ojota y mi pie, emergiendo alegremente junto a mi tobillo. Pegué un tremendo alarido y todos voltearon a verme. Fue ahí donde comprobé el significado de los términos “sexo débil” y “sexo fuerte”: mientras mamá corría con una toalla para comprimir la herida y parar la hemorragia y la tía corría a encender el auto para llevarme al hospital, papá y el tío corrieron en dirección opuesta, con destino hasta hoy incierto, los muy cobardes.
Lionel es un maestro en el arte hacer cagadas. Cuando la tía Ángela se instaló en su casa, lo tenía decididamente podrido. Para vengarse, se entretenía saliendo por la ventana y tocando el timbre. La vieja tardaba lo indecible para levantarse de la silla y recorrer los cinco metros que había hasta la puerta, para descubrir que no había nadie. Cuando finalmente recorría el camino de vuelta y se desplomaba en su silla, el guacho volvía a salir y tocaba el timbre otra vez. Una siesta, fue capaz de hacerla ir y venir ininterrumpidamente entre las dos y media y las cinco de la tarde.
En otra oportunidad, mientras mi papá dormía, cazó un par de almohadas, una pelota y una peluca vieja y las acomodó en el otro lateral de la cama. Tremenda sorpresa se llevó mi vieja cuando se fue a dormir y se encontró con una rubia mal teñida, acostada al lado de su esposo…
Leandro tenía unos dos años y una imaginación muy activa. Una tarde, se subió al descanso de la escalera y trató de emular a la hormiga atómica. Quedó estampado contra el piso, como las alfombras de oso de los dibujitos animados. Cuando lo levantamos del piso, desconcertado y triste, exclamó: “momiga atómica no güela…”
Ariel no tenía clases, pero yo sí. El tío Juan había llegado de visita y mamá los dejó a ambos almorzando arroz con pollo mientras me llevaba al colegio. Cuando volvió, los encontró a los dos comiendo en silencio. Sin embargo, algo no estaba bien. Un pedazo de piel de pollo pegado a la pared le dio la pauta. Los desgraciados habían jugado a la guerra con el arroz con pollo, de lo cual quedaban vestigios de grasa y salsa en muebles y paredes. Cuando mamá le recriminó a Juan el que le hubiera seguido la corriente al chico, Ariel aclaró: “no, mamá, él la empezó…”
Hasta aquí llego por ahora. La memoria es a veces caprichosa y quién sabe lo que recordaré mas tarde.
Los invito, mientras tanto, a que hagan también un poco de esfuerzo por recordar. Luego, si así lo desean, tienen aquí la puerta abierta para contarnos a todos sobre sus anclas tiradas en la memoria.

Uy, vos sabés que a mí lo que me pasa es que me olvido de aquellas cosas que fueron un poco complicadas, digamos.
Capaz lo hago como una forma de protegerme.
Soy de memoria corta y nada nostalgiosa.
Besos y voto.