La llegada
Como para hacerme quedar mal, menos de veinticuatro horas después de haber escrito que mi hijo menor se resistía tenazmente a nacer, el susodicho decidió hacer su entrada triunfal.
El miércoles diecisiete, en el transcurso de la mañana, mi familia y yo nos dirigimos hacia una fábrica de muebles, a retirar la mesa para la cocina que nos andaba haciendo falta. Durante el viaje, logré percibir algunas molestias en el abdomen que iban y venían. Como no eran muy fuertes ni regulares, decidí nuevamente no avisarle a la tropa, para no ponerlos más nerviosos de lo que ya estaban. Sin embargo, mamá se dio cuenta que algo pasaba cuando vio mi cara en el momento en que la gorda, con el auto, se comía un tremendo pozo. Otra vez tuve que decirle que se calme y otra vez la doña empezó a caminar por las paredes.
Yo, mientras tanto, de lo más tranquila. Mientras la gorda compraba algo para almorzar, estaba con el traste en el piso y la pinza en la mano, armando mi recientemente adquirida mesa. No es necesario que aclare que mamá me quería ahorcar…
Apenas un par de horas después, mientras almorzábamos, sentí un dolor que me obligó a levantarme de la silla. Cinco minutos después, otro igual. Y en otros cinco minutos, se vino el tercero. Evidentemente, la joda había empezado.
Bajé a la casa de mamá y le dije que me iba a bañar a ver si me relajaba o ya tenía que salir para el sanatorio. Otras cuatro contracciones en quince minutos me dieron la pauta de que lo segundo sería más acertado.
El viaje en el auto fue sensacional. Me sentía como en Hollywood. Mi hermano y mi vieja iban asomando los pañuelos blancos, la gorda iba ensordeciendo a la gente con los bocinazos y un pibe en moto, al que no pude siquiera darle las gracias, hizo entre ocho y diez kilómetros delante nuestro, abriendo camino y avisando a los automovilistas que veníamos detrás, mientras yo rezaba para que al pobre pibe no se lo llevaran puesto por ayudarnos.
Llegamos al sanatorio, me subieron a la carrera hasta la guardia y el doctor descubrió que ya tenía ocho centímetros de dilatación (gracias a Dios, si me llegaba a decir que estaba en cuatro o cinco, me cortaba las que no tengo), por lo que no había siquiera tiempo de sacarme la ropa para ponerme el camisolín. Así como venía, de remera y sandalias, me llevaron a la sala de partos. El médico llegó a la carrera, terminando de ponerse los guantes. Mientras me revisaba de vuelta, le dije irónicamente que me diga que ya había llegado a diez centímetros, así podía empezar a pujar. Para mi sorpresa, me respondió que, efectivamente, ya estaba con dilatación completa, así que me iba a romper la bolsa para empezar.
La enfermera salió para buscar a la gorda, que se estaba poniendo el ambo para entrar. Un pujo para acomodar al niño, otro para que corone. La gorda entró cagándose de la risa. No le había entrado el pantalón y tuvo que entrar a la sala de partos en bermudas. Llegó en el último momento. Me dio la mano, me sostuvo de la espalda y se vino el tercer pujo.
16:55 hs, Uriel Bautista llegó al mundo.

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Felicitaciones!!!!!!
Mis bendiciones para el recién llegado.
Besos desde Valle.