La espera
Dicen que el embarazo se divide en dos etapas: la primera dura ocho meses; la segunda, una eternidad.
Estoy embarazada de nueve meses y sin novedad en el frente. Mi hijo menor se resiste tenazmente a nacer. No se si es porque está cómodo, por vagancia o si está tratando de crecer aún más, cosa de complicarme el laburo a la hora de parirlo.
Anoche, en las dos o tres horas que logré dormir, soñé con el personaje que hacía Gabriela Acher en un programa de Tato Bores: era una mujer cuyo hijo se negaba a nacer en Argentina, por lo que su embarazo llevaba ya treinta y cinco años. La Acher tenía una panza descomunal, y era frecuente que, durante el sketch, el hijo asomara la mano por debajo de su falda para vaciar de yerba el mate o sacar la bolsa de la basura.
Calculo que, si mi hijo no se decide de una vez, yo voy por el mismo camino.
Mientras tanto, la familia no hace otra cosa que hinchar las guindas. Parece que cuando les dije que iba a avisar si había novedades, no entendieron que el hecho de no llamarlos significa, precisamente, que seguimos como cuando vinimos de España.
Como no es la primera vez que esto sucede, es inevitable hacer un paralelo con el nacimiento de mi hijo mayor.
Estaba a diez u once días de mi fecha probable de parto, un día lunes por la mañana, cuando la doctora me comunica que tengo tres cm de dilatación y que, si para el viernes no hay novedades, me presente con mi bolsito para internarme. Mi bienamado esposo, que durante todo el embarazo estuvo levemente hinchapelotas, en vez de tranquilizarse pensando “cuando mucho, del viernes no pasa”, ya ha omitido el levemente y está a punto de desquiciarme. El resto de la familia, para no desentonar, está igual de insoportable que él.
El día jueves, al levantarme, descubro que estoy un poco mojada y mi pensamiento oscila entre “empecé a romper la bolsa” y “me habré meado”. Antes de caer en la guardia y que me manden de vuelta con la recomendación de apuntarle al inodoro o ponerme pañales, decido esperar un poco hasta estar segura. Por supuesto, ni oso mencionarle el hecho a la gorda, porque el loco es capaz de llevarme en calzones hasta el sanatorio.
Por prevención, decido dejar arreglados todos los detalles de último momento: guardar las últimas pavadas en el bolso, controlar los papeles de la obra social y sacar las últimas fotos. Como se acaba el rollo, propongo ir a revelarlo y comprar un par más. Después de todo, en los programas de medicina siempre hacen que las madres caminen durante el trabajo de parto, así que yo empiezo a caminar desde antes, para ir ganando tiempo. Calculando que vivo a quince cuadras de la estación, más las vueltas por los negocios, arranqué la mañana caminando unos cuatro Km. No está mal, ¿verdad?
En medio del paseo, mamá me descubre hablando por teléfono con mi cuñada, y empieza a sospechar que algo pasa. Le cuento lo sucedido para tranquilizarla pero, en vez de eso, se pone loquísima, y la tengo que bancar el resto de la travesía haciéndome señas como el penado catorce.
Volvemos a casa y nos disponemos a almorzar, mientras la gorda parece sentado sobre un hormiguero y mamá me revienta las costillas a codazos para que me decida a contarle. Le susurro por lo bajo que primero voy a ir al baño, para chequear si perdí líquido o no, antes de contarle.
Debo aclarar que no hizo falta. Ni bien me levanté de la silla, las cataratas del Iguazú inundaron el comedor. La gorda saltó de la silla como si lo hubieran espoleado. Si la terraza de mi casa hubiera sido más grande, me hubiera llevado al sanatorio en el helicóptero de la policía. Desde el baño, a duras penas logro hacerle entender que:
a- estoy empapada y en bolas
b- por más que me apure, tenemos que esperar hasta que llegue nuestro amigo con el auto para llevarnos
c- las últimas fotos que sacamos estaban horribles y hay que repetirlas, y si o si debo hacerlo mientras el niño esté aún adentro
d- si no se calma, lo calmo a cachetazos
Finalmente, llegamos al sanatorio. Si bien me dejan internada por la rotura de bolsa, mi trabajo de parto aún no ha comenzado y debo seguir esperando. Si para la mañana no hay cambios, me pondrán un goteo o decidirán una cesárea. La gorda camina por el techo. Cada treinta segundos me pregunta si estoy bien. Responderle “me siento tan bien que podría ahorcarte si me lo preguntás de nuevo” queda feo en una futura madre. Me dan una pseudo cena a las siete de la tarde, consistente en una pata de pollo y una rodaja de calabaza, que no me llena ni el huequito de las muelas. A las diez de la noche, la gorda consigue que lo dejen pasar con una pizza, solo bajo la promesa solemne de que no me deje comer. Técnicamente, su promesa fue cumplida, si no contamos que le afané una porción cuando se fue al baño.
A la mañana siguiente, aún en foja cero, me ponen el goteo y empieza la carrera. Las primeras contracciones son una delicia, las siguientes ya no tanto. Una hora después descubro que la oxitocina no solo contrae el útero sino también el estómago, y es cuando descubro por qué no tendría que haber comido la pizza la noche anterior. Los últimos veinte minutos, con contracciones cada diez segundos, empiezo a pensar que la adopción no era mala idea.
Al fin llegamos a la camilla de parto. ¡Qué posición tan elegante! Tengo medio culo afuera y las rodillas a la altura de las orejas. Se viene la contracción y la doctora me dice que puje. A estas alturas no vamos a contradecirla. Descanso diez segundos y se viene otra. La doctora me dice “¡vamos mami, mirá el espejo que en el próximo pujo sale!”. Miro el espejo y veo una abertura del tamaño de una pelotita de ping pong. Mi cabeza va a mil: “¿Me está jodiendo? ¡De ahí a que eso se abra como para que pase un pibe van a pasar horas! ¿Justo hoy se tenía que poner en pedo esta mina?”. Sin embargo, y contra todos mis pronósticos, estoy viendo nacer a mi hijo. Está colorado, arrugado, mugriento, baboso… es lo más hermoso que vi en mi vida. “¿Cómo? ¿Ya está? ¡Es una papa! ¡Ponelo de vuelta y volvelo a sacar, que estaba lindo!”. El personal médico duda de mi cordura (hacen bien). Se llevan al niño para revisarlo y limpiarlo, mientras yo me quedo tendida en la camilla.
Si hasta hace diez minutos me daba cosita estar medio en bolas delante de los médicos, ya ni me acuerdo que están ahí.
Si hasta hace diez minutos pensaba que este hijo era el debut y la despedida, se me ocurre pensar que, para el próximo, voy a tener que buscar de vuelta nombres de varón.
Y si hasta hace diez minutos tenía un cagazo de aquellos, pensando en lo que iba a pasar, ahora solo pienso que todo, absolutamente todo, valió la pena.
Jairo, 10-IX-2004 ( a una hora de su nacimiento)
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M Noel..: Recuerdo el Personaje de la Acher,.. era excelente.. y la historia del parto.. genial…! Espero que el que viene, sea al menos.. igual que el anterior.
Un Beso
El Sir