El viento que vuelve a soplar
El Siroco es un viento mediterráneo que se origina en el Sahara. Se presenta en masas de aire calientes, secas, tropicales, que son arrastradas hacia el norte y alcanzan velocidad de huracán en el norte de África y el sur de Europa.
El siroco es un viento que, debido a sus especiales condiciones, provoca en personas más sensibles cambios de humor, hasta tal punto que, en conflictos judiciales, se ha usado como atenuante.
Eso, al menos, es lo que dice el gran diccionario de Internet. Sin embargo, pregúntenle a cualquier vecino de Lanús acerca del Siroco y les responderá que es un telo. Es más, el Siroco ha sido El telo de Lanús. Nadie de mi barrio decía “fui a un telo”; simplemente decían “fui al Siroco” y todos sabían exactamente de qué se trataba. Calculo que de los cincuenta mil habitantes que tiene el partido, al menos unos diez mil habrán sido manufacturados en sus instalaciones, más unos cuantos vástagos de las parejas de partidos vecinos, que no tenían auto para ir a los telos más alejados y que aprovechaban la cercanía de Siroco con la estación de trenes. Es que, siendo por años el único albergue transitorio de la zona, los que no tenían casa propia o andaban de trampa si o si terminaban ahí.
Habiendo existido durante años, las anécdotas que rodearon el Siroco han sido miles.
Cierta vez me contaron el caso de una muchacha que estuvo dando vueltas media hora de esquina a esquina junto con su novio, porque siempre le parecía ver a alguien conocido merodeando la cuadra, hasta que finalmente decidió entrar para descubrir que su tío trabajaba allí como conserje.
En otra oportunidad, en una charla sobreviniente a un asalto (andaríamos todos por los catorce o quince años), una compañera dijo haber pasado una vez por la puerta, y mencionó un detalle de la decoración… que solo se podía ver una vez franqueada la entrada. Cuando otro compañero mencionó esta cuestión, no solo pudimos ver a la piba alcanzar un tono entre granate y morado sino que, por el revoleo de ojos, logramos descubrir, además, con quien había ido.
También recuerdo que cuando el famoso bar pool Capítulo I fue inaugurado, en la misma cuadra se había instalado un restaurante llamado Capítulo II. Las mentes podridas (o sea, todos) terminaron acordando que, por lógica sucesión, el Siroco era el Capítulo III.
Cuando el Siroco debió cerrar sus puertas (la crisis llega incluso a esos menesteres), era inevitable sentir que una pieza de nuestro patrimonio cultural se estaba perdiendo. No importa si se trataba de un asiduo concurrente o alguien que no había ido en su vida. Ya sea extrañar un recuerdo, o pensar en una cuenta que nos quedaría pendiente para siempre, la sensación de pérdida era igual.
Pasaron muchos años. Los telos han proliferado, las agencias de remises también y, para ser sinceros, hoy los pibes terminan definiendo el asunto antes de salir del boliche o, simplemente, se llevan a cualquier desconocido a su casa con la anuencia de los padres. Pareciera ser que el Siroco ya no tiene razón de ser.
Sin embargo, hace algunos días andaba por la estación Lanús haciendo compras y vi un cartelito adosado a un poste. Decía “El Siroco vuelve a soplar en Lanús”. Sentí una alegría tremenda, como la que se siente cuando encontrás algo que hace rato andabas extrañando y no te habías dado cuenta… Me parece que para el aniversario de casamiento, nos vamos con el gordo a conocer el Siroco.
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Soy de Lanús así que te darás cuenta que lo conozco, de afuera nomás…
Lo habrán remodelado…
Llevalo al gordo y contá…
Abrazo